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Guerras humanitarias

La nueva manera de hacer la guerra basada en el mínimo riesgo y la superioridad tecnológica, aparecida en Irak y recientemente en Kosovo, es un desafío al espíritu de las convenciones de Ginebra y al derecho, que sin embargo se invoca continuamente.

A propósito de la guerra contra Serbia, Pierre Hassner evocaba los riesgos de "barbarización del burgués". Explicaba que "consistiría en conservar la idea del valor infinito de cada vida humana -y por consiguiente la exigencia de "muerte cero"- para sus propios ciudadanos, pero en resignarse cada vez más fácilmente a infligir perdidas a poblaciones civiles adversas o a tolerar las de las poblaciones que se quiere proteger, siempre que se trate de consecuencias involuntarias ("daños colaterales"), o aun previsibles e inevitables, de las acciones dirigidas contra objetos militares o gubernamentales"1. No hablaba de otra cosa Cornelio Sommaruga, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, cuando rechazaba el concepto de "guerra humanitaria (…) que significa que una de las partes es humanitaria y la otra diabólica". Esta simplificación "podría llevar a una discriminación entre las víctimas, habría entonces buenas víctimas, del lado de la parte humanitaria, y víctimas malas entre quienes se oponen a una intervención humanitaria" Cornelio Sommaruga, "Renew the Ambition to Impose Rules on Warfare", International Herald Tribune, Paris, 12-8-99..

Ahora bien, desde la adopción de las convenciones de Ginebra relativas a la protección de las víctimas de guerra, el 12 de agosto de 1949 -y de los dos protocolos adicionales en junio de 1977- la comunidad internacional aceptó restricciones que se aplican a todos los protagonistas de un conflicto, independientemente de la supuesta legitimidad de su causa. Así, el articulo 48 del primer protocolo adicional explicita "una regla fundamental" de las leyes de la guerra: "Con vistas a asegurar el respeto y la protección de la población civil y de los bienes de carácter civil, las partes en conflicto tienen que hacer siempre la distinción entre la población civil y los combatientes, como asimismo entre los bienes de carácter civil y los objetivos militares y por consiguiente dirigir sus operaciones solamente contra objetivos militares".

No siempre es fácil trazar la línea que separa los objetivos civiles de los militares, la justificada voluntad de proteger la vida de los soldados y la de evitar una cantidad excesiva de muertes entre los civiles. Pierre Mendès France cuenta cómo durante la segunda guerra mundial la preocupación por la vida de los civiles lo llevo, lo mismo que a los otros aviadores de Francia libre, a "especializarse progresivamente en un tipo de bombardeos que implicaba un mínimo de errores ( … ) es decir, bombardeos rasantes, a muy baja altura, el más riesgoso pero que permite una mayor exactitud en el bombardeo"2.

Durante la guerra contra Serbia, los bombardeos realizados a gran altura, la utilización de armas cuyos efectos sobre los civiles son devastadores -sobre todo las bombas de fragmentación- así como la elección de ciertos objetivos (sede de la televisión, puentes, centrales eléctricas, propiedades de allegados al presidente Slobodan Milosevic, etc.), hicieron que tanto la organización estadounidense Human Rights Watch como la Cruz Roja intemacional, se preguntaran sobre el respeto do las convenciones de Ginebra por parte de la OTAN, especialmente el articulo 57 del primer protocolo, que estipula: "Las operaciones militares deben realizarse cuidando constantemente dejar a salvo a la población civil, las personas civiles y los bienes de carácter civil"3. Este debate necesario no agota el tema de las relaciones entre guerra, derecho y moral. El abismo tecnológico entre Estados Unidos y el resto del mundo es tal que se puede establecer un paralelo entre las dos grandes guerras de esta década: la guerra contra Irak y la guerra contra Serbia, y las expediciones coloniales de los últimos 25 años del siglo XIX.Ya en esa época, se produjo una revolución técnica para ventaja de Europa, con la aparición del fusil a repetición y después de la ametralladora. Sus resultados se hicieron ver de modo mortíferos cuando los británicos reconquistaron Sudán en 1898. Enfrentaron a las tropas de Mahdi, un jefe político religioso, que unos años antes los había expulsado y había instaurado un régimen que la prensa europea denunciaba como "retrógrado" y "bárbaro". En ocasión de la batalla de Omdurmam, entablada en nombre de la defensa de la civilización, "nadie se preguntó cómo era posible que once mil sudaneses hayan sido muertos mientras que los británicos perdieron solamente 48 hombres. Nadie se preguntó cómo fue que casi ninguno de los 16.000 sudaneses heridos haya sobrevivido"4.

Como observa el filósofo estadounidense Michael Waltzer: "El tiro al pichón no es un combate entre combatientes. Cuando el mundo se encuentra irremediablemente dividido entre los que arrojan bombas y los que las reciben, la situación se vuelve moralmente problemática, aun cuando el bombardeo puede justificarse en determinadas circunstancias"5. ¿Por qué vacilar en desatar las hostilidades, por qué dar todas sus posibilidades a la diplomacia, si el "precio de la guerra" es tan débil?

Claro que en nuestra época "civilizada" Occidente ya no matará prisioneros e incluso tratará de reducir las pérdidas civiles adversas: en la era de los medios de comunicación las consecuencias políticas de los errores pueden ser desastrosas. ¿Pero no asistimos a un simple "desplazamiento" de la crueldad? "¿Qué clase de humanismo se expresa en la negativa a padecer pérdidas militares y en la devastación de la economía civil del adversario por las próximas décadas?"6 se preguntaba el ex secretario de estado estadounidense Henry Kissinger a propósito de la guerra contra Serbia. La destrucción de Irak, la continuidad del embargo y los bombardeos ilegales angloestadounidenses que se prolongan desde diciembre de 1998 duplicaron en diez años la tasa de mortalidad infantil, según un informe de la Unicef. Esta estrategia puede resumirse en una frase: "Bomb today, kill tomorrow" (Bombardear hoy, matar mañana). Esta nueva manera de hacer la guerra es un desafío al espíritu de las convenciones de Ginebra y al derecho, que sin embargo se evoca continuamente. Los generales de la OTAN hubieran podido retomar para si las palabras que sus homólogos atenienses dirigieron, hace alrededor de 2.500 años, a los dirigentes de la isla de Melos, a los que deseaban someter: "Ustedes saben tan bien como nosotros que en el mundo de los hombres los argumentos de derecho sólo tienen peso en la medida en que los adversarios presentes dispongan de medios equivalentes, y que cuando no es el caso los más fuertes sacan toda la ventaja posible de su poder mientras que a los más débiles solo les queda inclinarse"7.

  1. Pierre Hassner,"Guerre sans morts ou morts sans guerre"?, Critique internationale, Paris, Nº 4, verano de 1999.
  2. Citado por Michael Walzer, Guerres justes et injustes, Belin, Paris, 1999.
  3. Carta de Human Rights Watch al secretario general de la OTAN el 13-5-99. Entrevista de Cornelio Sommaruga en Le Figaro, 12-8-99.
  4. Citado por Sven Lindqvist, Exterminez toutes ces brutes. L´odyssée d´un homme au coeur de la nuit et les origines du génocide européen. Le Serpent à Plumes, Paris, 1998.
  5. Prefacio a la edición francesa de Guarres justes… op.cit.
  6. Newsweek, New York, 31-5-99.
  7. Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso. Ed. Gredos, Madrid.
Autor/es Alain Gresh
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 3 - Septiembre 1999
Páginas:40
Temas Tecnologías, Armamentismo, Conflictos Armados, Justicia Internacional, Geopolítica
Países Estados Unidos, Irak, Serbia (ver Yugoslavia), Sudán, Francia