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La democracia cristiana después del escándalo Kohl

Aunque lejos de de velar los nombres de los donantes ilegales de la democracia cristiana alemana en épocas del canciller Helmut Kohl, los dirigentes de ese partido parecen haber resuelto zanjar la cuestión sacrificando al ex canciller y a su sucesor Wolfgang Schaüble. Ducha en políticas de integración, defensora al mismo tiempo de las tradiciones conservadoras y de la liberalización que las destruye, la Unión Cristiano Demócrata (CDU) cuenta ahora con la credibilidad de la secretaria general Angela Merkel para sobrevivir al temporal.

Cuando en este mes de abril la CDU se reúna en Essen para designar a su nuevo presidente, no habrá mucho para elegir. La única candidatura posible es la de Angela Merkel. Durante largo tiempo protegida de Helmut Kohl (que la llamaba "la muchacha") esta física, ex ciudadana de la República Democrática de Alemania, ocupa actualmente el cargo de secretaria general del partido. La nueva personalidad democristiana no disimula ninguna cuenta bancaria secreta, y no dudó en criticar, desde diciembre de 1999, el "memorial" del ex canciller. En síntesis, ella encarna la credibilidad hecha mujer y es aparentemente la única persona capaz de sacar al partido del pantano.

La presión de la crisis que pesa desde hace tres meses sobre esa formación, provocó un imprevisto arranque de democracia interna, cuya única beneficiaria parece ser la señora Merkel. El sucesor del ex canciller, Wolfgang Schaüble, se vio involucrado en la recepción de una de las donaciones ilegales y debió renunciar a la presidencia. Fue por eso que los líderes del partido se decidieron finalmente a "escuchar a la base", con la esperanza de disminuir la presión durante las conferencias regionales abordando -aunque de manera prudente- el tema de la presidencia. Pero esas reuniones se transformaron, una tras otra, en un itinerario triunfal para la aguerrida secretaria general. "¡Angie, Angie!", gritaban por todos lados. Tanto, que los otros candidatos se retiraron rechinando los dientes, comenzando por el ex ministro de Defensa Volker Rühe (cuya conducta machista le valió el apodo de Volker Rüpel, "patán" en alemán). "Hay que ver la chance en la crisis", tal es la consigna del día, en medio de una retórica de "nuevo comienzo" destinada a los militantes.

Cierto que el deseo de "aclarar sin reservas" los casos de donaciones y de cuentas negras de la CDU -una de las banderas de Angela Merkel- se manifiesta débilmente dentro de esa formación, pero es muy fuerte en la opinión pública. Fue a instancias de esta última que el partido cedió. De todas maneras, por "brutal" que pueda parecer su autocrítica, falta mucho para que se sepa todo sobre el escándalo. Quien quisiese analizar este caso de compinches y de pícaros a la manera de una buena novela policial, debería distinguir entre las apariencias y los entretelones de la historia.

El escándalo parece ser doble. Por una parte están los millones de marcos que la CDU recibió sin admitirlo públicamente y que su presidente, Helmut Kohl, distribuyó entre las organizaciones y los dirigentes de su elección. Esto constituye una transgresión criminal de la ley sobre los partidos políticos, pero también una traición a las estructuras estatutarias del partido, que se vieron privadas de esas sumas. Por otra parte, la CDU consiguió dinero en el exterior, que transfirió luego a sus cuentas bancarias en Alemania y que posteriormente disfrazó de "préstamos" o incluso de "donaciones de conciudadanos judíos", como en el caso de la federación de Hesse. En síntesis: dinero negro. Se develaron muchos casos de este tipo y hay sospechas de muchos otros1.

Preguntas

Entre bambalinas, todo gira en torno a una pregunta: ¿quiénes eran los donantes? Tratándose de donaciones que él mismo recibió, Kohl se considera comprometido a no revelar sus nombres. En cuanto a las sumas importadas del exterior, se presume que podrían provenir de un mecanismo utilizado antaño por el partido para blanquear donaciones de empresas, en particular de la Staatsbürgerliche Vereinigung, disuelta luego del primer gran escándalo de financiamiento ilegal de la CDU, en los años "80. Es decir, que el origen de esos fondos sigue siendo un misterio.

Pero, siempre entre bambalinas, surge una pregunta aún más interesante: ¿A cambio de donaciones anónimas el gobierno de Kohl tuvo actitudes de complacencia política, por ejemplo en materia de entrega de armas a zonas en crisis, o en la asignación de misiones, o en la compra de empresas alemanas por grupos occidentales? ¿El anonimato era una condición necesaria para el éxito de las donaciones?

De allí surge una inquietante sospecha: ¿el "sistema Kohl", es decir, esa madeja de lealtades personales y de subordinaciones en torno del presidente de la CDU, no fue alimentado por un grupo de empresarios que pretendía así crearse una zona de influencia fuera de todo control? La realidad resultaría ser aún más esquemática, más primitiva de lo que sugería la teoría del "capitalismo monopólico de Estado". El periodismo de investigación, que afortunadamente se desempeñó bien a propósito de todos estos escándalos, sin embargo sigue sumido en una espesa niebla respecto de este preciso punto. Significativamente, hasta los medios más críticos utilizan eufemismos para evitar una palabrita: corrupción.

Nada es más provechoso para las buenas costumbres que un escándalo político, escribió recientemente el politólogo Karl-Otto Hondrich. Con la condición, sin embargo, de que pase por tres etapas: el descubrimiento, luego la indignación moral pública, y finalmente la condena de los responsables. Dentro del criterio de esta dramaturgia, el escándalo de las donaciones a la CDU amenaza con detenerse en la primera etapa. Los líderes democristianos lograron magistralmente transformar a Kohl en el principal culpable, junto a un puñado de dirigentes del interior del país y de funcionarios de la administración financiera del partido. Calcularon zanjar drásticamente la cuestión de la culpabilidad, sacrificando al ex presidente y a su sucesor, Schaüble.

En realidad, la opinión crítica se interesó demasiado en los aspectos superficiales del caso, en las valijas llenas de billetes, en las cuentas clandestinas, mientras que los donantes y sus intenciones permanecían en las sombras. Ahora el interés de los alemanes ha decaído a pesar de varios detalles picantes, como el de ese transportador de millones hacia y desde Lichtenstein, que no era otro que… ¡el adalid de la ley y el orden, el ex ministro del interior Manfred Kanter! Todos los que en la CDU violaron la ley, interpretan su delito como un error, una estupidez a perdonar. Así el escándalo no tendrá un efecto purificador. Adiós catarsis.

El hecho de que actualmente la dirección y los militantes del partido "miren hacia adelante" y se consagren a los "temas de fondo" en su combate por retomar el poder, no da respuesta sin embargo a una pregunta insistente: el escándalo de las donaciones, ¿resquebrajó de modo duradero a la CDU, amenazando la sustancia que nutrió al partido durante medio siglo? Desde la fundación de la República Federal en 1949, los democristianos pretenden disponer de un alto grado de legitimidad y se han considerado siempre como los verdaderos demiurgos de ese Estado. Esa estatura excepcional se justifica en las "tesis de Essen"-sometidas al próximo congreso- por la tríada "Economía social de mercado, anclaje en Occidente e integración europea". La CDU, recuerda el texto, tuvo que luchar duramente contra la socialdemocracia en favor de esa orientación, hasta transformarla en un bien común de los alemanes.

Mientras que en Italia la democracia cristiana, a pesar de su monopolio del poder, consideraba a sus adversarios comunistas como parte integrante del "arco constitucional", la CDU se aferró -incluso cuando estuvo relegada a la oposición (1969-1982)- a la imagen que tenía de sí misma: el único verdadero partido-Estado. De esa actitud resulta una concepción extraña de la Constitución, según la cual, a despecho del derecho y de la ley, el partido sería el verdadero garante de la RFA. A partir de allí, si la práctica ilegal de donaciones pasa por una simple falta al derecho formal, es porque se considera que sirve a un objetivo legítimo: la salvaguardia de las bases de la política alemana. Sólo la CDU puede salvar a Alemania -sus afiliados están convencidos de ello en lo más profundo de su ser- de la decadencia y ruina final.

Pero ese orgulloso monumento ideológico sufre -igual que los demás- del desgaste del tiempo, actualmente tormentoso. Tanto más cuanto que el cemento que mantenía unidas sus piedras se ha disuelto: el miedo al poderosísimo vecino soviético desapareció al desmoronarse el sistema hegemónico de la URSS. Y los fantasmas de recambio (la socialdemocracia vista como el partido de una ruinosa distribución social, o los ecologistas como enemigos del desarrollo industrial), evidentemente no suscitan el mismo miedo: ¿no han erigido esos partidos acaso la preservación de las finanzas del Estado y de la producción alemana como credo de su política gubernamental? Más aún, los temores populares en materia de seguridad y de "invasión extranjera" a través de la inmigración de pobres, ya fueron disipados por la política de la coalición en el gobierno. Otrora espacio social privilegiado en la base de la CDU y en la conciencia que el partido tenía de sí mismo, el "centro" está ocupado ahora por la coalición rojiverde del canciller Gerhard Schröder.

Sin embargo, sería un error deducir una rápida decadencia de los democristianos -menos aún una descomposición del partido- a partir de su menor pretensión de superlegitimidad. En la posguerra la CDU cumplió un trabajo de integración impresionante: logró unificar los campos católico, social, protestante, nacional y liberal del sudoeste, al igual que otros grupos que nunca habían tenido denominador común en la historia alemana. Al mismo tiempo, durante los largos años de cuasi partido único cristiano-liberal-conservador, se agudizaron evidentemente las contradicciones confesionales y también los regionalismos y los conflictos de clase.

Como nada favorece tanto como el éxito, la CDU logró durante mucho tiempo reducir las fracturas en el seno de una política gubernamental que se basaba simultáneamente en valores conservadores tradicionales -la familia, el hogar, la patria- y en valores modernos como la supranacionalidad, la liberalización, la competencia internacional, que contradicen evidentemente a los primeros. De manera que no es equivocado calificar ese equilibrio como "semimoderno", pues se trataba de una política que predicaba a la vez el statu quo y una dinámica que lo destruye.

Esa contradicción interna se acentuó en el último período. Se acabaron la unidad étnica del "cuerpo popular alemán", la cohesión de la familia tradicional y el dominio político de los clubes de hombres, entre los cuales se contó desde siempre la CDU. No obstante, la supervivencia en el siglo XXI de esa fórmula unitaria demócrata-cristiana no tiene nada de causa desesperada. Como lo prueba el entusiasmo que despierta la señora Merkel.

Esta acción de salvaguarda implica sin embargo el sacrificio de los componentes del pensamiento conservador, cuya presencia ya se atenúa en la conciencia colectiva, en tanto que continúan floreciendo formas modernas de "defensa y de preservación" del medio ambiente -por ejemplo, la ecología del paisaje- como "conservadurismo de valor". Que nadie se engañe sobre la fuerza inercial que desarrollan las formas de organización política practicadas exitosamente antaño en Alemania. Para quebrar a la CDU serán necesarias catástrofes mucho más graves que los recientes casos de donaciones de dinero negro. Como prueba están los resultados de las recientes elecciones en el land de Schleswig-Holstein el 27 de febrero de 2000: en plena tormenta política y mediática, la CDU consiguió el 35,2% de los votos, retrocediendo apenas dos puntos respecto de 1996…

¿Vale esto también para la derecha del partido, donde se refugiaron los perdedores de la modernización, donde el miedo a la competencia extranjera en materia de empleo hace furor, donde la percepción ya inestable de la "identidad alemana" degenera en ultranacionalismo y en euroescepticismo? El historiador Michaël Stürmer advirtió recientemente contra la incertidumbre del trabajo de integración, que deberá ser retomado por cada generación política.

Fue sobre todo la Unión social-cristiana (CSU), hermana menor bávara de la CDU, la que desarrolló ese esfuerzo de atracción hacia su derecha, por medio de concesiones programáticas a la derecha populista, pero también a través de un combate -muchas veces sin escrúpulos- contra las organizaciones de extrema derecha. El problema que presenta semejante táctica es la dificultad de apropiarse de las banderas del adversario sin sufrir por ello su influencia. Por algo es que Jorg Haider considera a la CSU como su formación favorita2.

Según Michaël Stürmer, a la derecha radical le falta algo esencial: un programa, pero sobre todo un jefe aceptable. Aún no logra desprenderse de la imagen de los viejos nazis con cuello de toro, del olor pestilente de las tabernas de cerveza y del folklore repulsivo de los estandartes y los llamamientos. Esa derecha no puede ni quiere desmarcarse de los pequeños grupos fascistas terroristas, que de hecho utiliza como semillero de dirigentes. Pero todo eso puede cambiar. Ya comienza a formarse una escena intelectual en ese movimiento. La derecha radical podría disponer -si no ahora, quizás en cinco años- de un potencial de cuadros capaz de reagruparse con la fracción nacionalista de derecha de la CDU. Esa es la única forma de división que se puede prever y temer de manera realista. Por el momento, todo es júbilo entre los democristianos: Angela Merkel, el "nuevo angel" del partido -como la llaman incluso los adversarios de la CDU- va a ser entronizada.

  1. El Instituto de Relaciones Germano-Paraguayas con sede en Stuttgart y creado a instancias del ex dictador Alfredo Stroessner habría estado en los años "80 implicado en prácticas de lavado de dinero que financió a la CDU. Clarín, 19 y 23-3-2000.
  2. Ver dossier "El avance de la extrema derecha", en Le Monde diplomatique, Ed. Cono Sur, marzo de 2000.
Autor/es Christian Semler
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 10 - Abril 2000
Páginas:10, 11
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Corrupción, Estado (Justicia), Políticas Locales
Países Alemania (ex RDA y RFA), Italia