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Inflexión estratégica en el Episcopado argentino

Uno de los aspectos políticos más notorios del primer año de gobierno de Néstor Kirchner es la ausencia casi total de comunicación entre el Estado y la Iglesia católica argentina, la iglesia oficial. Tanto el Presidente como la jerarquía eclesiástica se miran con desconfianza y han tenido muy pocos contactos personales. En un país donde el 90% de los ciudadanos se reconoce como católico (aunque los practicantes son muchos menos), ese distanciamiento es más que sintomático y dice mucho de las posiciones que han tomado unos y otros en el juego del poder.

Kirchner considera a la Iglesia como "una corporación a la que es mejor tener lejos" para que no se produzcan encontronazos como los que desembocaron en el tirón de orejas que el papa Juan Pablo II le hizo al canciller Rafael Bielsa por el tema del aborto en pleno Palacio Vaticano. El Episcopado, en cambio, apoya silenciosamente la negociación de la deuda externa, intercambia ayudas con la ministro de Acción Social Alicia Kirchner y al mismo tiempo planta banderas en reclamos sectoriales como la educación religiosa, la salud reproductiva y el aborto. Hoy, el sentimiento que mejor define la situación de la Iglesia es el de confusión respecto de qué hacer frente al gobierno. Esos titubeos dejan la puerta abierta para que los sectores más reaccionarios de la Conferencia Episcopal (CEA) jueguen las cartas que se reparten en Roma. Sin embargo, en las entrañas de la Iglesia local también se perciben algunos movimientos que pueden dar a luz una nueva estrategia eclesiástica.

 "Católico, pero no muy practicante", como se definió Kirchner ante los obispos en la primera reunión que tuvo al mes de llegar al poder, el Presidente delimitó el territorio frente a la Iglesia. Comprometido, al parecer, con el diseño de una democracia moderna y secular, Kirchner realizó dos gestos fuertes en el comienzo de su gestión: nombró como subsecretario de Culto a Guillermo Olivieri, un "don nadie" para los jerarcas eclesiásticos, y a Carlos Custer, un sindicalista cristiano cercano a la Teología de la Liberación, como embajador argentino ante la Santa Sede.

Moderna y premoderna

Si bien esos nombramientos fueron interpretados por el Episcopado como un guantazo en el rostro, ese distanciamiento fue bien aceptado, ya que desde la llegada de Estanislao Karlic a la presidencia de la CEA, en 1997, éste trató de independizarse del poder político. Esa línea se profundizó aun más con la llegada en 2002 de Eduardo Mirás, un obispo aun más crítico que su antecesor, convencido de que la Iglesia debe circunscribirse al ámbito de lo pastoral, aunque esto, como sostiene el Concilio Vaticano II, consista también en hacer política. Por primera vez en la historia argentina, los obispos parecen, al menos de palabra y en términos teológicos, más dispuestos a abrazar la tradición profética en detrimento de la constantineana, que aboga por un pacto entre sacerdotes y emperadores y que dominó la escena nacional en el último siglo.

Por un lado, los obispos ven con buenos ojos la firmeza con que el gobierno maneja el tema de la deuda externa, aunque temen que se trate sólo de gestos pour la galerie. Otro punto en el que no encuentran objeciones es la manera en que negocia con los "piqueteros duros". Los príncipes de la Iglesia opinan que "si bien es necesario garantizar el derecho a la libre circulación, hay un derecho primario a respetar que es el de la vida y el trabajo digno". Pero en donde se llevan a las mil maravillas es en el asistencialismo social. El presidente de Cáritas, monseñor Jorge Casaretto, y Alicia Kirchner entienden la ayuda social de la misma manera. En diciembre pasado el obispo fue claro: "En muchas provincias e intendencias continúa el manejo político de los planes sociales" 1. Lo que pareció en un principio una crítica al gobierno nacional fue, en realidad, un apoyo en la lucha interna contra el duhaldismo y los sectores piqueteros intransigentes.

Pero el coqueteo termina allí. El resto es desconfianza, desentendimiento y en algunos casos guerra abierta. El tema principal en disputa es el aborto. Pero no es el único. Para seguir conservando su cuota de poder, el Episcopado, siguiendo las directivas de Roma, se ha trazado un plan de acción cuyo eje es retener el supuesto bastión de la moralidad. Por eso las dos grandes preocupaciones de la Iglesia son la ley de salud reproductiva, que según los obispos puede abrir las puertas a una norma que despenalice el aborto, y la imposición de la educación religiosa en el sistema público de enseñanza, una idea que obsesiona al cardenal primado, Jorge Bergoglio. Este último tema retrotraería las cosas respecto del laicismo educativo a más de cincuenta años atrás, cuando la Iglesia, bajo el gobierno de Juan Domingo Perón, intentó tomar la enseñanza estatal por asalto.

Los obispos ya habían advertido en noviembre de 2003 que estaban dispuestos a todo: "El aborto es un horrendo crimen" 2, sentenciaron en la asamblea anual que se realiza en San Miguel. El conflicto que se desató es casi una consecuencia natural de esa toma de posición. Pero en febrero se abrió una brecha difícil de cerrar entre el gobierno y la Iglesia. La postulación a la Corte Suprema de Justicia de Carmen Argibay, una feminista que se reconoce "atea militante" y partidaria del aborto, fue demasiado para la jerarquía católica (ver "El caso Argibay"). Los primeros en reaccionar fueron el arzobispo platense Héctor Aguer, Bergoglio y Casaretto. Luego continuaron los obispos Jorge Lona, de San Luis, Domingo Castaña, de Corrientes, y las campañas de laicos, que ya recolectaron más de 13.000 impugnaciones para presentar ante el Congreso Nacional, de acuerdo a la nueva normativa para la elección de jueces. Voceros eclesiásticos explicaron a El Dipló "las buenas intenciones y la tolerancia" que la Iglesia tuvo respecto del gobierno: "Que pase uno como Eugenio Zaffaroni, autor del Código de Convivencia porteño, podemos aguantarlo, pero ¿dos? ¿tres? ¿cuatro? ¿Cuántas agresiones más quieren que soportemos?".

La contrapregunta obvia que surge en estos casos es la siguiente: ¿Tiene derecho la Iglesia católica a digitar los nombramientos de uno de los poderes del Estado? ¿No se trata de una intromisión religiosa que debería resultar intolerable para un Presidente democrático y moderno?

El repliegue de la Iglesia hacia los valores conservadores tiene también su contracara. En muchos casos, los obispos constituyen la principal oposición en varias provincias donde persisten regímenes cuasi feudales. Lona, un hombre del integrismo católico, sacó a sus huestes a la calle contra el gobernador puntano Alberto Rodríguez Saá en un conflicto que tuvo su origen en la educación religiosa, pero que fue derivando hacia cuestionamientos políticos y exigencias de verdadera democratización en la provincia. El segundo ejemplo es el del obispo Juan Carlos Maccarone, más ligado al progresismo moderado, quien hizo lo propio con la dinastía de los Juárez en Santiago del Estero. Así, desde dos lugares ideológicos diferentes, la Iglesia se debatió entre lo moderno y lo premoderno casi sin inmutarse.

La situación en el interior del Episcopado es confusa y hasta contradictoria. Durante cuatro décadas, los obispos argentinos estuvieron obsesionados con la unidad y homogeneidad, pero ahora que parecen haberlas conseguido no logran un liderazgo distintivo. En la década del sesenta, por ejemplo, el clivaje intramuros fue el grado de adhesión a las reformas del Concilio Vaticano II 3. La CEA se encontró entonces dividida, pero con grandes liderazgos como el de Eduardo Pironio entre los reformistas, mientras los conservadores estaban representados por el entonces presidente del Episcopado, cardenal Antonio Caggiano.

Cruzados morales

Pero en los '70 la asamblea de obispos latinoamericanos en Medellín provocó el verdadero quiebre en la Iglesia. De un lado, los obispos que después simpatizarían con el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM): Alberto Devoto, Antonio Brasca y Enrique Angelelli. Del otro, el torreón tomista, que más tarde estrecharía filas con la dictadura militar: los obispos Antonio Plaza y Adolfo Tortolo, dos exponentes de lo más reaccionario del integrismo y del nacional catolicismo. Ya en los comienzos del gobierno de facto, éstos últimos ganaron la batalla e impusieron como presidente de la CEA a un conservador moderado que marcaría el ritmo de la Iglesia en los 25 años siguientes, Raúl Primatesta 4.

En democracia se reformuló la situación interna. Los progresistas, herederos de la Teología de la Liberación y la preocupación por los derechos humanos, quedaron representados por los llamados "tres mosqueteros": Esteban Hesayne, Jaime de Nevares y Jorge Novak. Los moderados, más identificados con el alfonsinismo, formaron el grupo San Isidro liderado por los obispos Jorge Casaretto y Justo Laguna. Los nacionalistas, reunidos en torno a la figura de Primatesta, comulgaban con el peronismo corporativo de los años '40; y a la derecha se ubicaban los príncipes de la Iglesia más reaccionarios, que dieron apoyo moral al menemismo a cambio de buenos negocios, como el presidente de la CEA en los '90, Antonio Quarracino, y sus paladines Emilio Ogñenovich y Desiderio Collino, entre otros. La idea que primaba en estos años era el equilibrio político por sobre el teológico.

De esa manera, Karol Wojtyla, Ratzinger y el secretario de Estado Angelo Sodano 5 marcaron el paso a la Iglesia sobre dos ejes: la ortodoxia más recalcitrante en cuestión doctrinaria y moral y cierta preocupación por los problemas sociales causados por el neoliberalismo en el mundo occidental. El actual papa es considerado, no sin cierta ligereza, como uno de los artífices de la caída del bloque soviético junto con el por entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, pero esa alianza con Estados Unidos comenzó a resquebrajarse ya en 1993 6.

El Episcopado argentino, más por sumisión al Vaticano que por gusto, obedece entonces al pie de la letra los dictados de Roma. A micrófono apagado, más de un obispo reconoce que los dictámenes de Ratzinger son premodernos, pero por miedo a las sanciones se ven obligados a militar en la "cruzada moral" de Juan Pablo II. La mayoría, obviamente, se siente a gusto con la nueva-vieja doctrina y algunos hasta son más papistas que el papa, como es el caso del arzobispo de La Plata, Aguer.

El "botón" del Vaticano

Consustanciado ideológica y políticamente con Sodano, Aguer es hoy el heredero más preciado del tomismo y del nacional catolicismo en el Episcopado. Cercano al menemismo por su concepción verticalista de la sociedad y la Iglesia, es la voz opositora al gobierno de Kirchner dentro de la CEA y el ejecutor de las decisiones vaticanas en Argentina, más aun que el propio Mirás o el cardenal primado, Bergoglio. El ejemplo más claro es el pago de un millón de pesos por la fianza para la excarcelación de Francisco Trusso, el ex titular del Banco de Crédito Provincial (BCP) que estafó a 21.000 personas. El caso, digno de alguna secuela de El Padrino, despertó duras críticas incluso dentro de la CEA y aumentó su aislamiento. Pero tenía una razón más que valedera: Trusso había sido un gran colaborador de las arcas del Vaticano y cuando cayó detenido lanzó un mensaje muy claro: "Yo sé muchas cosas de Roma y estoy dispuesto a contarlas". Roma entendió el mensaje y actuó rápidamente.

Aguer es el más controvertido de los obispos. Aun entre sus pares lo detestan por su política de correveidile ante el papa. Ya son un clásico sus denuncias ante el Vaticano por supuestos deslices teológicos de los obispos argentinos. El blanco preferido de sus ataques es Bergoglio, con quien tiene un encono personal motivado por celos y ambiciones. Por esta razón, muchos llaman al platense por su mote: "El ‘botón' del Vaticano".

Pero el arzobispo de La Plata no es un don nadie 7. Si bien está raleado en el Episcopado, es el obispo preferido del ex secretario de Culto Esteban Caselli y el líder natural de los obispos que comulgan con el integrismo católico, es decir, Lona, de San Luis, Rubén Di Monte, de la poderosa diócesis de Mercedes-Luján, Martín Elizalde, de Nueve de Julio, y el obispo castrense, Antonio Baseotto.

El peligro para la República no es que Aguer sueñe con convertir a la Iglesia en un castillo medieval y fundirla con el Estado -ya que justamente uno de los pilares del integrismo que dominó a la Iglesia entre los años '20 y los '80 es la indivisión entre la Iglesia y el Estado y entre la Nación y el catolicismo 8- sino que tiene un gran manejo de los medios de comunicación y los usa para su fin, como es el caso del programa Claves, emitido por canal 9 y conducido por el periodista Roberto Garabal. Desde esa tribuna televisiva, condenó los viajes de egresados por inmorales (!¡); la clonación por antiética; la ley de uniones civiles de homosexuales y llamó a la desobediencia civil porque "las normas que atentan contra el orden natural no tienen por qué ser respetadas".

La homosexualidad, justamente, es uno de los puntos que más molestan a Aguer. Ya cuando era vicario en el barrio porteño de Belgrano organizó una misa en plena zona roja contra los travestis, en cuya homilía dijo: "Que no seamos envueltos por las tinieblas del error. La legalización de la prostitución y el travestismo afecta la moral pública. Hay grupos minoritarios que pretenden hacer cambios culturales que no responden a las necesidades de la inmensa mayoría de la población". Por último, cuando el Congreso, a instancias del presidente Kirchner, derogó las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, Aguer fue contundente, desafiando incluso al titular del Episcopado: "Los reclamos de justicia que se oyen en nuestra sociedad suenan más bien a clamores de venganza. Hay mucho resentimiento, rabias ideológicas y odio aún en las entrañas de nuestra sociedad".

Como no podía ser de otra manera, Aguer es una de las principales espadas del catolicismo contra los nombramientos en la Corte Suprema. "Que Argibay sea una atea militante es de máxima importancia moral, jurídica y política", sentenció. Pero como bien se preguntó la diputada nacional Margarita Jarque: "¿A qué moral apelará y qué ecuanimidad política expresa un individuo a quien no se le conoce la misma vehemencia para condenar dictaduras genocidas, que paga fianzas millonarias para delincuentes y alienta a la ciudadanía a violentar las normas sancionadas respetando el orden democrático?" 9.

Vacío de liderazgo

Pero Aguer no sólo preocupa a extraños. Dentro del Episcopado genera urticaria no sólo entre los moderados sino también entre los autodenominados nacionalistas. Ambos grupos ven con preocupación el espacio político que deja vacía la actual dirigencia de la CEA y que ocupa poco a poco el sector integrista. Es por eso que desde hace unos meses se han producido importantes contactos entre Casaretto y Primatesta, otrora enemigos acérrimos.

Ese acercamiento es fundamental en la nueva estrategia de la Iglesia local, que busca recuperar voz y voto en la mesa de negociaciones del poder: hasta hace poco el Episcopado era fundamental en el armado político de cualquier presidente. Menem encontró en el tándem Quarracino-Caselli a sus mejores escuderos; De la Rúa, en cambio, sufrió los embates de Primatesta y Bergoglio desde la oposición; y Duhalde encontró en la Mesa del Diálogo moderada por Casaretto la ocasión para revivir las negociaciones corporativas que anhelan tanto el peronismo ortodoxo como el viejo catolicismo. El problema surgió con la llegada de Kirchner al gobierno: la Iglesia, encabezada por Mirás, decidió dar un paso al costado en materia política, y "la falta de liderazgo público" -la crítica proviene desde el seno mismo de la institución- dio vía libre para que algunos obispos, como Aguer, llenen el vacío de liderazgo con un discurso integrista.

Para la jerarquía, la Iglesia tiene que plantearse una nueva estrategia para imponer una vez más su proyecto de Nación, muy cercano al que ejecutaba la alianza económica que sustentó al duhaldismo y al kirchnerismo: el pacto social con los empresarios nacionales de la UIA -sobre todo los textiles- y un sector de la industria alimentaria agroexportadora. Pero para tener un peso fuerte en ese cónclave es necesario un liderazgo más pujante. Y dos nombres suenan para llevar adelante la tarea: Bergoglio y Casaretto.

Lo que está por verse aún es cómo reaccionarán los sectores progresistas dentro de la Iglesia. Herederos del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo cuestionan en voz baja a las jerarquías por tener "tortícolis de tanto mirar hacia Roma" y critican la censura vaticana y el miedo a pensar. Estos grupos mantienen una actitud más reflexiva sobre la salud reproductiva, las uniones civiles entre homosexuales e incluso el celibato, y más combativa respecto de la crisis política y económica. Los sectores más representativos de esta línea se reúnen en torno al Grupo Nacional de Sacerdotes, liderados por el cura quilmeño Eduardo de la Serna; la Pastoral aborigen, cuyo titular es el obispo humahuaqueño Pedro Olmedo; la Confederación de Religiosos, los Seminarios de Formación Teológica de laicos y las Comunidades Eclesiales de Base, una experiencia que se mantiene desde los tiempos del MSTM y que está en sintonía con las organizaciones más avanzadas de Latinoamérica.

El "factor" Vaticano

Claro que la nueva estrategia del Episcopado está en perfecta sintonía con el Vaticano. El repliegue hacia los valores conservadores está en concordancia con las necesidades geopolíticas de Roma 10. Es que el crepuscular Juan Pablo II, Sodano y el tercer hombre, el argentino Leonardo Sandri, están preocupados por un mundo que parece escapárseles de las manos. Europa transita un proceso de secularización y ateísmo creciente, y a pesar de que su modelo económico es el que más gusta a la cúpula religiosa, la Santa Sede no tiene poder de decisión real en las políticas de la Unión Europea. Las relaciones con Estados Unidos son tirantes desde el comienzo de las guerras contra países islámicos. El papa fue una de las más potentes voces discordantes con la invasión a Irak y George W. Bush le contestó con la exposición mediática de todos los casos de pederastía en la Iglesia católica de su país. Desde hace tiempo, pero sobre todo ahora, con Bush, Estados Unidos apoya a las iglesias pentecostales, comúnmente llamadas electrónicas, que han desplazado a millones de fieles católicos de América Latina hacia sus prácticas. Por último, y a pesar de los buenos negocios que puedan hacer juntos, a Washington y a Roma los separa (no es un dato menor) el protestantismo y su ética del capitalismo 11.

Pero el gran desafío del Vaticano llega del Este. No sólo porque no pudo evangelizar, como se había propuesto hace una década, ni África ni Medio Oriente, sino por la explosión económica de China y sus consecuencias culturales. El papa, que abrió el diálogo interreligioso con cristianos ortodoxos, judíos y musulmanes, no sabe cómo iniciar contactos ahora con una cosmogonía que no tiene su origen en la Biblia.

Al mismo tiempo, el avance del capitalismo neoliberal en Occidente deja un tendal de víctimas que deben ser atendidas y asistidas. Y esa es la función que reclama para sí el Vaticano. El 30% de la población mundial que queda fuera del sistema económico es la clientela que Roma intentará mantener en su rebaño para seguir manejando los destinos de Occidente.

En Argentina la estrategia es similar. Pero tampoco la situación es sencilla. El Episcopado sabe que en esa clientela se le filtran no sólo las iglesias electrónicas, sino también otros grupos sociales como los piqueteros, que ofrecen satisfacciones más terrenales e inmediatas. Si la Iglesia tomase en serio su papel profético podría recuperar su principal capital (según una última encuesta de Rosendo Fraga, el índice de buena imagen de la Iglesia descendió del 56% en 2001 al 15% actual), pero por ahora sigue navegando a dos aguas, mientras intenta por varios caminos recuperar el diálogo con el Estado, es decir, reproducir el modelo constantineano que la ligó siempre al poder en la Tierra.

  1. Clarín, Buenos Aires, 26-12-03.
  2. Documento final de la 86ª Asamblea Plenaria de la CEA, noviembre de 2003.
  3. Sobre el proceso interno de la Iglesia en los años sesenta y setenta y su relación con la dictadura, consultar H. Brienza, Maldito tú Eres. El Caso Von Wernich, Iglesia y Represión ilegal, Marea, Buenos Aires, 2003.
  4. Raúl Primatesta fue el hombre fuerte de la Iglesia en los últimos 25 años. Cardenal y arzobispo de Córdoba, fue presidente del Episcopado durante la dictadura militar.
  5. Angelo Sodano es el secretario de Estado del Vaticano y el segundo hombre en jerarquía, debajo de Juan Pablo II. Fue el artífice del acercamiento entre el Vaticano y el Opus Dei y quien piloteó la restauración conservadora en la Iglesia Católica. Fue nuncio en Chile y amigo personal de Augusto Pinochet durante la dictadura militar.
  6. Ver "Por voluntad de Dios", Página/12, Buenos Aires, 15-8-1993.
  7. Sobre monseñor Aguer, consultar "En el nombre de Dios, quién es el arzobispo amigo del banquero Trusso", TXT, Buenos Aires, 28-11-03.
  8. Roberto Di Stéfano y Loris Zanatta, Historia de la Iglesia Argentina, Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 2000.
  9. "Hablemos de doble moral", Margarita Jarque, Página/12, Buenos Aires, 28-02-04.
  10. Sobre el repliegue hacia lo premoderno y la estrategia del Vaticano ante el mundo contemporáneo, ver el libro del italiano Paolo Flores d´Arcais, El desafío oscurantista, ética y fe en la doctrina papal, Anagrama, Barcelona, 1994.
  11. Para profundizar en este tema siempre resulta interesante releer el ya clásico trabajo de Max Weber La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Hispamérica, Buenos Aires, 1988.
Autor/es Hernán Brienza
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 58 - Abril 2004
Páginas:14,15,16,17
Temas Estado (Política), Iglesia Católica
Países Argentina