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La extrema derecha nace en el centro

En agosto pasado los delitos cometidos por la ultraderecha alemana duplicaron todos los ocurridos durante el año 1. Aunque tarde y de manera contradictoria, la dirigencia política empieza a reaccionar ante un fenómeno alarmante que pone en cuestión el desarrollo económico y la imagen del país. Pero el problema tiene sus raíces en la propia historia reciente y en el progresivo reparto desigual de la riqueza y las oportunidades de empleo. No obstante, parte de la sociedad reacciona contra este regreso al pasado.

Este fue un verano boreal cargado de inquietud, que con frecuencia degeneró en pánico. Un atentado con bomba en Düsseldorf contra inmigrantes rusos (algunos de religión judía), a comienzos de agosto, desencadenó una reacción política en cadena. A pesar de no haber sido reivindicado por nadie, muchos datos permitieron atribuir su paternidad a grupos de extrema derecha. En las élites políticas, el temor de que la utilización de explosivos anunciara el paso al terrorismo armado de los medios neonazis se mezcló con el miedo a que el atentado empañara la "imagen de Alemania" en Occidente.

De repente, los medios de comunicación recordaron un drama acaecido un mes antes: el asesinato de un africano en Dessau, el nuevo Land de Sajonia-Anhalt donde la Unión Popular Alemana (DVU) había conseguido un éxito espectacular en las últimas elecciones regionales. Capturados en las proximidades del lugar del crimen, los asesinos pertenecían a medios ultranacionalistas de la ciudad. De inmediato la atención de los políticos y medios de comunicación se centró sobre la antigua República Democrática Alemana (RDA). A comienzos de los años noventa, la creciente influencia que ejercía allí la extrema derecha, tras el incendio deliberado de una residencia de refugiados políticos en Rostock-Lichtenhagen, había dado ya lugar a inquietud.

Después, la violencia política se manifestó tanto en el Oeste como en el Este, pero los últimos años el tema terminó por cansar a la opinión pública, hasta el punto de que algunos periodistas se burlaban del "alarmismo" de los colegas que continuaban cubriendo el fenómeno de manera no coyuntural. Seguir recordando con insistencia algo tan horroroso no corresponde a la imagen que a las elites políticas les gusta dar de sí mismas, ni tampoco a la conciencia de sí de una sociedad civil ilustrada.

Después de Dessau y Düsseldorf todo cambió. Los dirigentes verdes y los socialcristianos bávaros, que no habían tenido hasta entonces ningún problema con su "Estado fuerte", lanzaron un mismo llamamiento a la "acción": mayor presencia policial, una justicia más rápida, leyes más severas. En el coro de expertos en alarmismos y de consejeros áulicos, un grupo brilló por su ausencia casi total: el de los escritores y artistas de izquierda. Sin duda habían agotado sus fuerzas ocupándose de temas de política simbólica, como la batalla en torno al Memorial berlinés del Holocausto2. O tal vez al observar algunas tomas de posición -como la del escritor Peter Schneider, comprometido en la defensa de los inmigrantes- les pareció demasiado banal, demasiado de izquierda, poner en primer plano el trasfondo económico y psicológico de los actos de violencia.

Sin embargo la opinión pública se ha planteado dos cuestiones. La primera, saber cuál es la especificidad del extremismo alemán, en qué se diferencia de la ola de populismos de derecha existentes en distintas zonas de Europa, bajo cuya bandera se agrupan los perdedores de la "modernización". La segunda, saber en qué se diferencia el extremismo de derecha en el Este y el Oeste de Alemania.

Después de Dessau y Düsseldorf, cualquiera que analice las declaraciones de los dirigentes partidarios de cualquier color, no puede dejar de sorprenderse por su increíble unanimidad al abstraer las actividades de la derecha de su contexto social. El sociólogo Wilhelm Heitmeyer, uno de los mejores conocedores del tema, escribía recientemente: "Si se comienza por el final de un proceso, evidentemente no se está buscando comprender en qué fase tomaron cuerpo las convicciones misántropas y la violencia"3.

Racismo de masas

Pero hay un responsable político que no "comienza por el final": el presidente del Bundestag, el socialdemócrata Wolfgang Thierse, cuyo conocimiento de los medios de extrema derecha en el Este se basa en años de observación personal. Al igual que algunos investigadores sociales, Thierse defiende la tesis de que el radicalismo de derecha nació "en el centro".

Políticamente, esta afirmación significa que desde los tiempos de Helmut Kohl, pero también bajo su sucesor Gerhard Schröder, los representantes del "centro", con consignas como "el barco está lleno" o "los que piden asilo abusan de ese derecho", fueron los primeros en crear el clima de hostilidad hacia los extranjeros, tan propicio para los extremistas. La campaña para preparar y justificar las restricciones del derecho de asilo de comienzos de los noventa tuvo efectos negativos sobre la integración de los inmigrantes. Igualmente, el nacionalismo völkisch4 explota la hegemonía persistente del ius sanguinis (derecho de sangre) en el derecho alemán, que impide la solución de conflictos de reconocimiento anacrónicos.

De ahí la aparición de un nuevo peligro en las grandes ciudades de Alemania Occidental con alta proporción de extranjeros, como Francfurt del Main: las luchas por el reconocimiento y el reparto de migajas, en el seno de nuevas subclases, se organizan sobre una base cada vez más étnica, reforzando de esa manera la segregación racial. La esperanza de muchos "multiculturalistas" de que la multiplicación de contactos entre autóctonos e inmigrados refuerce la mutua comprensión podría transformarse en su contrario: la extrema competitividad refuerza los estereotipos. Es en ese terreno abonado que trabaja la extrema derecha.

En el curso de los años ochenta y noventa, los partidos de extrema derecha, la DVU y los republikaner, aprovecharon esas derivas del "centro". Pero aunque los republikaner -grupo típico del "chovinismo del bienestar" alemán- resultaron incapaces de afianzarse en la antigua RDA, la DVU logró entrar en el Parlamento de los dos nuevos Länder, donde de todos modos no llevaron a cabo ninguna actividad significativa. El escenario cambió radicalmente con la reorientación nacionalsocialista del viejo Partido Nacional Demócrata, que supo adaptarse al clima nacionalista, antidemocrático y antioccidental de Alemania Oriental y proporciona un techo a los grupos abiertamente neonazis, habiendo llegado a incorporar a algunos de sus dirigentes a su propia dirección.

En Alemania Occidental, como en el resto de Europa, la xenofobia estaba y sigue estando muy difundida; sin embargo, sólo una minoría, significativa aunque aislada, se ha desviado hacia convicciones claramente racistas, como la sobrevaloración étnica del germanismo y la exhortación a una "comunidad de sangre". Un abismo separa las opiniones racistas y la aprobación del apoyo a acciones violentas contra los extranjeros.

Pero en la antigua RDA se está desarrollando un racismo de masas, pese a que la proporción de extranjeros es mucho menor que en Alemania Occidental5: "A menor número de extranjeros, mayor es el odio". La segunda diferencia se refiere a la cultura política. Según investigaciones empíricas, en los nuevos Länder el nacionalismo völkisch tiene raíces mucho más profundas: expresa la sensibilidad mayoritaria de las regiones rurales, y también de muchas ciudades pequeñas. Por supuesto, la gente no acepta el conjunto de la ideología de la extrema derecha, sino algunos aspectos cuyo carácter fascista no perciben subjetivamente, cuando no lo niegan. Así, muchos adultos apoyan, excusan o aceptan en silencio las agresiones cometidas por jóvenes de extrema derecha contra extranjeros, "tiques" (denominación marginal de los militantes de izquierda), homosexuales o sin techo. Sin embargo cuestionan la ideología que subyace en esas acciones. "Pero nuestros jóvenes no son nazis", afirman. Aplicada a la sociedad germano oriental, la idea según la cual el "extremismo de derecha nace en el centro" reviste así un segundo aspecto, el social.

Bernd Wagner, experto especialmente agudo en materia de radicalismo de derecha en la antigua RDA, se refiere a una cultura ya sólidamente establecida en la juventud, que reagrupa a un conjunto heterogéneo, desde núcleos organizados neonazis a bandas de jóvenes delincuentes, pasando por los nazis-skins y los círculos apolíticos pero influenciados por el racismo. El extraordinario vivero de odio que comparten predomina sobre la diferencia entre, por ejemplo, el joven nazi robusto y disciplinado y el skin impregnado de subcultura, totalmente ajeno a la obsesión de toma del poder.

Los grupúsculos explícitamente neonazis se adaptan hábilmente a esta realidad. Actúan en grupos autónomos bien estructurados, prefieren organizarse en forma de red y apuestan a acciones descentralizadas. Su renuncia a cualquier forma de organización nacional burocrática los hace menos vulnerables a la represión y les permite eludir el rechazo a los partidos por parte de muchos jóvenes. En esa cultura de la juventud se expresa, utilizando los términos de Bernd Wagners, un "proceso espontáneo" que se sustrae a cualquier influencia.

El vocabulario neonazi designa a cualquier club de jóvenes, calle o barrio controlado por la extrema derecha como "zona nacional liberada", una fórmula tomada del arsenal de la izquierda radical, lo mismo que el concepto de hegemonía, que remite a Antonio Gramsci6. Concretamente, los matones deciden quién tiene derecho a entrar a la "zona" y quién no. Ese temible escenario, hecho realidad en muchos lugares, alimentó naturalmente este verano la exigencia de una presencia policial reforzada en el conjunto de los nuevos Länder.

No hay en el Este una sociedad civil eficaz en condiciones de gestionar pacíficamente sus conflictos (del tipo de la constituida en el Oeste en los años sesenta) y hay muchos indicios sobre la herencia autoritaria de la RDA -cuyo antifascismo ritual constituía sólo un ligero barniz- y sobre la falta de acostumbramiento a los extranjeros, a quienes el antiguo régimen acuartelaba impidiéndoles participar de la vida cotidiana…

Iniciativas antinazis

Piezas todas de un rompecabezas que son más complementarias que contradictorias entre sí y que sólo se hacen inteligibles si se las sitúa en el contexto de inseguridad generada por el "viraje" de 1989, comenzando por las carreras truncadas y las perspectivas de empleo arruinadas, en una sociedad caracterizada por el carácter central del trabajo. Los "Ossis"7, y en primer lugar los jóvenes, tuvieron muy pronto la sensación de que "ya no hacían falta ", según señala el especialista en inmigración Eberhard Seidel8. El rechazo de las demandas de integración de los habitantes de Alemania del Este por parte de las élites dominantes occidentales contribuyó a abrir la puerta del "reconocimiento negativo": el que ofrecía el extremismo de derecha con su programa aparentemente revolucionario. Esa nueva consciencia de sí parece difícil de quebrar, aun cuando las condiciones de vida de los jóvenes tendieran a mejorar y dieran resultado los programas de ayuda a la formación prometidos por el Estado.

En ocasión de su viaje a los nuevos Länder a finales de agosto de 2000, el canciller Gerhard Schröder proclamó su voluntad de empeñarse en un triple campo: represión, formación profesional de los jóvenes, aliento del valor ciudadano. Pero el debate público que se produjo a continuación puso el acento sobre todo en la represión y especialmente en la prohibición del NPD, a pesar de que el Consejo Constitucional duda en tomar una decisión de ese tipo, por razones pragmáticas. Efectivamente, el NPD no solo podría reconstruirse rápidamente con una nueva fachada legal, sino que su prohibición entrañaría el riesgo de que pasaran a la clandestinidad grupos hasta ahora controlables y donde es posible infiltrarse. La izquierda teme además que una medida de ese tipo sirva para facilitar el trabajo de los dirigentes conservadores, que ven en la represión el remedio milagroso para los problemas existentes entre alemanes e inmigrantes. Por otra parte, la suerte del NPD divide al conjunto de los partidos políticos: salta especialmente a la vista la extraña convergencia de dirigentes verdes y conservadores, ambos partidarios de la prohibición. La cuestión sigue abierta y en estudio.

Felizmente, en el caos del verano se hicieron oír voces que hacen frente desde hace mucho tiempo al extremismo de derecha. En tiempos del "socialismo real", Bernd Wagner tomó al pie de la letra el antifascismo oficial y se opuso, como policía, a los grupos radicales en gestación. Podemos citar también a Anneta Kahane, de la Oficina Regional de Trabajo de Berlín para las cuestiones de extranjeros. Al igual que ellos, otros expertos apoyan a los grupos de trabajo, "mesas redondas" y otras alianzas que hacen frente sobre el terreno a la amenaza de hegemonía de los neonazis. Cada local que instale una "entrada de urgencia" que pueda servir de refugio a los extranjeros perseguidos por matones, cada escuela que incorpore el título de "Escuela sin racismo", cada reconquista de un club de jóvenes, reconstruyen pequeñas parcelas de sociedad civil y nuevas redes de iniciativas antinazis.

Algunos gobiernos del Este miden desde hace tiempo la importancia de lo que se está jugando. Así, en Brandenburgo se ha creado la unidad policial Mega, que disputa a los neonazis el control de las "zonas nacionales liberadas". Entre órganos de represión del Estado e iniciativas populares se ha ido instaurando aquí y allá una forma de cooperación en la que el Estado renuncia a colocar bajo su tutela o a instrumentalizar a los ciudadanos comprometidos. Pero esos progresos ¿podrán sobrevivir a la constitución de una "gran coalición" entre socialdemócratas del SPD y cristianodemócratas de la CDU en ese Länder?

Los "militantes de la sociedad civil" saben que el llamamiento del canciller Schröder al valor ciudadano continuará siendo abstracto e infructuoso si no se apoya en un verdadero movimiento popular. Para desarrollar este último hará falta tiempo. Pero el tiempo parece cada vez más limitado en el conflicto que enfrenta a Alemania con la extrema derecha.

  1. Araceli Viceconte, "Crece la ola neonazi en Alemania", Clarín, Buenos Aires, 12-10-00.
  2. Christian Gerlach, "Una historia que obsesiona", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre 1999.
  3. Süddeutsche Zeitung, Munich,30-8-00.
  4. Los nazis utilizaban el adjetivo völkisch para definir la pertenencia a la raza germánica, que el derecho de sangre perpetúa aunque no reivindique explícitamente.
  5. Extracto del folleto Braune Gefahr (El peligro pardo), Jens Mecklenburg, Berlín, 1999.
  6. El fundador del Partido Comunista Italiano fijó como objetivo de su formación "conquistar la hegemonía en la sociedad civil".
  7. El término ossis designa a los alemanes del Este, wessis a los del Oeste.
  8. Die Tageszeitung, Berlín, 19-8-00.
Autor/es Christian Semler
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 17 - Noviembre 2000
Páginas:13, 14
Temas Ultraderecha, Deuda Externa, Políticas Locales
Países Alemania (ex RDA y RFA)