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De fantasía literaria a realidad militar

En momentos en que el nuevo episodio de "La guerra de las galaxias" de George Lucas se apresta a invadir el mundo, la Cámara de Representantes de Estados Unidos votó, luego de que lo hiciera el Senado, un texto que replantea la idea de una defensa antimisiles. La Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) del presidente Ronald Reagan de principios de los años 80 -que apuntaba a proteger desde el espacio a los EE.UU. de los ataques soviéticos-, fue concebida por… escritores de ciencia ficción, rama de la literatura siempre atenta a la innovación científica.

Michel Butor propuso un día, al parecer muy en serio, que la comunidad mundial de escritores de ciencia ficción se reuniera, decidiera una visión común del futuro y ubicando todas sus novelas y artículos en ese cuadro consensuado, lograra concretarlo. Quienquiera conozca esta comunidad sabe que tal proposición es utópica, porque sólo un punto de acuerdo aúna a sus miembros: a largo plazo, el futuro de la raza humana es el de una especie que navega en el espacio y cuya civilización debe expandirse a todo el sistema solar.

Sin embargo, la comunidad en cuestión no carece de poder. Hace tiempo se atribuyó el mérito de ser la fuerza visionaria tras el programa espacial estadounidense que comenzó en 1959, luego del lanzamiento del Sputnik ruso, y que alcanzó su apogeo, tanto en sentido literal como figurado, diez años más tarde con el proyecto Apolo, cuando por primera vez los estadounidenses caminaron sobre la luna.

El viaje espacial, la colonización de otros planetas -o la conquista del espacio, expresión que traiciona el trasfondo imperialista del sueño- estuvieron en el meollo de la estética de ese género desde que existe. Muchos de los científicos, técnicos y astronautas que llevaron a los estadounidenses hasta la luna recibieron la influencia de las novelas de anticipación, que en muchos casos habían incidido en la elección de su carrera profesional.

El proyecto Apolo fue una apoteosis triunfante para la comunidad de la ciencia ficción, que lo saludó como el inicio de una edad de oro en la exploración espacial. Si los humanos habían caminado sobre la luna en 1969, los años ´70 verían seguramente expediciones hacia Marte, una colonia lunar y la exploración de los confines del sistema solar, tal como lo había representado Stanley Kubrick en 2001, Odisea del Espacio. 

Pero a partir de 1980 se puso en evidencia que el sueño no se concretaría. El proyecto Apolo no había sido el comienzo de la exploración humana del espacio, sino su apogeo. Los presupuestos asignados a la NASA disminuían y la parte del león iba al programa del transbordador espacial, que se conformaba con colocar tripulantes humanos en la órbita terrestre. La edad de oro de la exploración espacial para la especie humana estaba finalizada. El alunizaje no había sido el primer acto de esta conquista, sino el último.

Fue en ese preciso momento que el Dr. Jerry Pournelle decidió hacer algo. Era un escritor de ciencia ficción y ex presidente de la Science Fiction Writers of America… Había colaborado con el programa espacial estadounidense. Participaba en campañas electorales, principalmente republicanas, y gracias a sus actividades políticas conoció a Richard Allen, que sería Consejero de la Seguridad Nacional en la administración del presidente Ronald Reagan.

Con escritores de ciencia ficción como Robert A. Heinlein, Paul Anderson y su colaborador Larry Niven, científicos y responsables de la industria espacial, el general retirado Daniel Graham, el astronauta Buzz Aldrin y otros, Pournelle conformó en noviembre de 1980 un Comité Consultivo de Ciudadanos para la Política Espacial de la Nación (Citizens´ Advisory Council on National Space Policy). Este organismo parecía un lobby privado fundado por individuos cuyo objetivo era influir sobre la nueva administración republicana para crear un programa visionario de vuelos tripulados. Sin embargo su evolución fue peculiar y llegó a ser a la vez más y menos que eso. A través de Pournelle, rendía cuenta de sus acciones directamente a Allen, preparando informes para el equipo de transición del nuevo gobierno. Y siguió haciéndolo cuando Allen fue nombrado Consejero de la Seguridad Nacional, lo que le daba acceso directo a las más altas esferas de la administración Reagan, quien asumió sus funciones en enero de 1981.

En esa época yo era el presidente de la Science Fiction Writers Association. Había sucedido a Pournelle, pero éste nunca me invitó a formar parte de su comité, ya que mi desprecio por el presidente Ronald Reagan y los suyos era muy conocido. Sin embargo, Pournelle era mi amigo y a menudo discutíamos francamente esos problemas. Durante la transición -período que separa la elección del presidente y su asunción- circularon ciertos rumores: a Pournelle le ofrecerían el puesto de jefe de la NASA. "No quiero, más vale ocupar un puesto con más poder" , me confió con una risita. Bromeaba sólo en parte.

Como la mayoría de los autores de ciencia ficción, fueran de derecha o de izquierda, Pournelle estaba apegado a una gran empresa de exploración humana espacial. Numerosos lobbies intentaban que la administración Reagan aceptara un programa sobre fundamentos ingenuamente idealistas. Pero Pournelle era un hombre sutil, avezado en política; tenía un acceso directo al Consejo Nacional de Seguridad y desplegó una estrategia más bien maquiavélica. Sabía que la NASA no conseguiría nunca los fondos necesarios para enviar seres humanos al espacio en gran escala. Lo más cuantioso del financiamiento debía provenir del Pentágono, que tenía un presupuesto treinta veces mayor que el de la NASA y mayor poder para obtener créditos del Congreso. ¿Cómo podría embaucar a los dirigentes del Pentágono? ¿Por qué se movilizarían en favor de un proyecto de este tipo? Pournelle encontró la respuesta: ¡había que defender a los Estados Unidos de los misiles soviéticos!

Esto explica la composición del Comité Consultivo de los Ciudadanos: escritores de ciencia ficción capaces de tener una "visión" ; militares retirados escuchados por el Pentágono y representantes de la industria aeroespacial con un interés económico personal en lograr un presupuesto lo más voluminoso posible para lo que a la postre sería la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), la famosa "Guerra de las galaxias".

Un salto cuántico

Su estrategia confesa consistía en convencer a la administración Reagan de que era posible erigir un escudo tecnológico capaz de destruir los misiles enemigos en plena acción y que hiciera a EE.UU. prácticamente invulnerables a un ataque nuclear. Una tarea relativamente fácil. La administración Reagan incrementaba de manera extraordinaria los gastos militares, la industria aeroespacial estaba encantada de emplear su influencia para disponer de la mayor cantidad de dinero posible, los militares adoraban los juguetes ultra eficientes, el fantasma estratégico era infinitamente seductor y al presidente Ronald Reagan le costaba distinguir entre el cine y la realidad, entre La guerra de las galaxias de George Lucas y la IDE. Tanto, que le dio el mismo nombre.

En efecto, cuando Ronald Reagan reveló la existencia de la IDE en el discurso anual sobre el estado de la Unión, era Jerry Pournelle el que había escrito ese pasaje, hasta el punto de hacerle decir al Presidente, poco conocedor de las metáforas extraídas de la física moderna, que se trataba de un "salto cuántico".

La estrategia oculta del comité era utilizar "la guerra de las galaxias" para engatusar al Pentágono y llevarlo a financiar un vasto programa de vuelos tripulados. Pournelle y los escritores de ciencia ficción creían que un sistema así debía instalar sus bases en el espacio. Soñaban con láseres orbitales y misiles antimisiles en órbita capaces de interceptar cohetes balísticos en su fase de despegue. Hasta imaginaban bombas de neutrones orbitales. Todo esto requería sistemas orbitales de detección, de comando y control y, sobre todo, tripulaciones humanas.

De este modo, los militares tendrían que construir estaciones orbitales habitadas permanentemente por decenas, incluso cientos de personas. Esto los obligaría a financiar también sistemas logísticos capaces de poner a todo ese personal en el espacio y mantenerlo. Aun antes de darse cuenta, el Pentágono habría financiado también la infraestructura necesaria para una edad de oro espacial: estaciones en el espacio, transbordadores más avanzados de la Tierra a la órbita, transportadores de carga pesada, "remolcadores" , "jeeps" y depósitos de carburante orbitales.

Cualquier autor de ciencia ficción sabe que el obstáculo más grande para los viajes espaciales en términos de energía (y por lo tanto de financiación), reside en la primera etapa, la de sustraer el material, las provisiones, el carburante y el personal de su estado gravitatorio para ponerlos en órbita. Una vez logrado esto, es posible llegar a la Luna, a Marte e incluso a los planetas más alejados a un costo relativamente bajo en términos de carburante, energía y financiamiento.

Pero esta era una visión propia de… la ciencia ficción. "¿Ustedes creen que van a poder engañar al Pentágono y hacerle financiar la estructura de un programa civil en el espacio, a partir del presupuesto militar?", pregunté a Pournelle. Políticamente era para mí pura fantasía, y traté de explicárselo. "Eso no se va a hacer nunca. Ni ustedes ni nadie podrá engañar a los militares cuando se trata de sus maniobras presupuestarias con el Congreso. Ellos son los campeones. Se los van a comer crudos. Nunca van a conseguir un financiamiento del Pentágono para acrecentar el presupuesto de la NASA, para la fabricación en serie o el perfeccionamiento del transbordador, por ejemplo. En cuanto a la industria aeroespacial, poco le importa saber para qué va a servir el dinero, una vez que lo consiguió. Por último, los militares no van a subvencionar el presupuesto de la NASA, van a militarizar el programa del transbordador y va a ser la NASA quien se hará cargo del pago".

Y es más o menos lo que ocurrió. En los primeros años del funcionamiento del transbordador, los militares se apropiaron de algunas misiones en su totalidad; de otras parcialmente. En la cúspide del frenesí de la IDE, la industria aeroespacial se llenó de dinero público gracias a la influencia del Pentágono sobre el Congreso, obteniendo miles de millones de dólares para misiles anti misiles que no funcionaban, láseres anti misiles que no podían abatir su objetivo y para cantidades nunca contadas y probablemente incontables de "estudios" aberrantes.

Es difícil imaginar a qué punto llegó este frenesí. Durante su apogeo, yo había asistido a una velada organizada por la industria aeroespacial en Vandenburg, California, el futuro "Spaceport West" que nunca pudo concretarse. Había allí reunidos muchos científicos e ingenieros, que discutían sus propuestas para la IDE. Decidí contar lo que yo consideraba un chiste científico. Evoqué el "taquion" , una partícula teórica que viajaría más rápido que la luz y por lo tanto remontaría el tiempo en lugar de acompañarlo en su curso. Inútil decir- aunque dado el tiempo transcurrido no lo es tanto- que una partícula así nunca fue generada ni detectada, que era sólo fruto de la imaginación. "¿Por qué no construimos un arma que proyecte un haz de taquiones?", sugerí. "Podríamos localizar los misiles enemigos en el momento en que despegan y los haríamos explotar sobre la rampa… ¡antes de que despeguen!"Para mi gran sorpresa nadie rió y uno de los científicos presentes se puso a soñar: "Es probable que pudiéramos conseguir medio millón para hacer un estudio" y hasta hubieran sido capaces de conseguirlo…

Veinte años y cuarenta mil millones de dólares más tarde, sigue sin existir un sistema de defensa antimisiles, aunque gracias a la inercia burocrática, al poder presupuestario del Pentágono y a la Realpolitik económica de la industria aeroespacial, los programas de la IDE siguen arrancando algunos reducidos financiamientos, a pesar de la desaparición de la Unión Soviética. Los cuatro transbordadores espaciales, ya obsoletos, siguen siendo los únicos medios de transporte estadounidense hacia la órbita terrestre. Nunca volvimos a la Luna. No hubo expedición a Marte y no existe ni una estación espacial estadounidense habitada, sobre la que pueda aterrizar el transbordador. Por cierto, la mayor parte del presupuesto de la NASA se utiliza para construir esa estación. Costará al menos cincuenta mil millones de dólares, pero no permitirá explorar el sistema solar y no podrá albergar a más de siete personas. Lo mismo que era capaz de hacer diez años atrás la estación rusa Mir, que costó diez veces menos. ¿Por qué la NASA hace esto?, le pregunté a uno de los responsables del programa. "Porque la NASA quiere una estación espacial con alta densidad de capitalización" , me contestó. Dicho en otros términos, muy costosa.

Visión nunca cumplida

Poco después de la caída de la Unión Soviética, Jerry Pournelle y Larry Niven declararon a la TV estadounidense que habían destruido el "imperio del mal" arrastrándolo a una carrera de armamentos en el espacio que no podía ganar y que lo debilitó económicamente. Puede ser. Pero finalmente, "la Guerra de las Galaxias" también debilitó el programa estadounidense de vuelos tripulados. La IDE gastó cuarenta mil millones de dólares que hubieran podido financiar una misión hacia Marte y una base en la luna y los dilapidó en el vacío intersideral. Peor aún, el programa espacial estadounidense se confundió casi con su dimensión militar al perseguir la finalidad propuesta con toda sinceridad por Pournelle. Su visionario objetivo nunca fue alcanzado, ni siquiera por aproximación. La Edad de Oro del espacio está hoy más lejos de lo que lo estaba en 1969. Y al parecer somos cada vez menos los que nos preocupamos por eso.

Autor/es Norman Spinrad
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 1 - Julio 1999
Páginas:32, 33
Traducción Yanina Guthmann
Temas Tecnologías, Armamentismo, Conflictos Armados, Geopolítica, Literatura
Países Estados Unidos