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La ilusión del trabajo

Bush nos promete la luna, pero ¿dónde están los empleos?" Más de dos años después del fin de la última recesión, un importante centro de estudios económicos de Washington 1 formula la irónica pregunta, luego de verificar que a pesar de la recuperación económica, en ese período se perdieron otros 776.000 puestos de trabajo. En diciembre pasado, al calor de los fuertes aumentos de la productividad y el PBI (8,2% en el tercer cuatrimestre de 2003), los especialistas confiaban en que la economía estadounidense creara 150.000 puestos, pero sólo se "recuperaron" 1.000. George W. Bush subrayó el 8 de enero pasado que la tasa de desempleo había caído del 5,9 al 5,7%, pero los economistas sin intereses con el establishment le recordaron que 309.000 ciudadanos dejaron de buscar un nuevo empleo o, simplemente, no se incorporaron al mercado de trabajo. Sólo el sector manufacturero, que lleva 41 meses declinando empleos, perdió 26.000 puestos en diciembre pasado.

"Francia destruye más empleos de los que crea" 2. Así saludó Le Monde, en primerísima página, los relativamente buenos augurios de crecimiento para este año. Los subtítulos resumen: "20.000 empleos se suprimieron en el tercer trimestre de 2003"; "Desde fines de 2002, la creación (de empleos) en el (sector) terciario ya no compensa las pérdidas en la industria"; "En 2003 las quiebras aumentaron un 7%"; "Nuevas reestructuraciones industriales en 2004"... Unos días antes había anunciado que "En 2004, millares de desempleados perderán sus derechos" (al seguro de desempleo, a la asistencia médica y a otras prestaciones sociales), como consecuencia del creciente desequilibrio entre aportantes y beneficiarios del sistema social 3.

Es necesario insistir en que estas previsiones se dan en un escenario más bien optimista: 26 grandes grupos empresarios franceses se muestran confiados en la recuperación económica de su país y mundial, pero "la inversión en Europa será mínima; los nuevos proyectos se desarrollarán fuera. Lo mismo cabe decir del empleo: (los grandes grupos) no tienen la intención de contratar en Francia, (...) su política consiste en ganar en productividad" 4.

La trampa de las deslocalizaciones

"Si no estudiás, no vas a conseguir trabajo", decían antes los padres a sus hijos. Ahora da un poco lo mismo: millones de diplomados no encuentran empleo, incluso en el mundo desarrollado. El proceso de informatización, la robótica y la explosión de las comunicaciones han dado un frenazo brutal a la ecuación crecimiento=empleo.

Tal como está planteada, la pelea del trabajo no podrá ganarse. El meollo del problema es simple: desde hace un par de décadas, los desarrollos tecnológicos y científicos aseguran aumentos de producción y productividad con simultánea disminución de mano de obra. En 1985, 39.200 obreros belgas producían 10,6 millones de toneladas de acero. En 1990 sólo se necesitaban 21.200 trabajadores para producir 11,5 millones de toneladas: 8,5% de producción extra con 46% de trabajadores menos 5. ¿Acaso es un problema de la siderurgia belga? "En los últimos 20 años, la producción de acero estadounidense aumentó de 75 millones a 102 millones de toneladas. En el mismo período, de 1982 a 2002, el número de trabajadores en la siderurgia de Estados Unidos se redujo de 289.000 a 74.000" 6.

Cuando este cambio radical se hizo evidente, a fines de los setenta, la idea era que los puestos perdidos en el sector industrial se recuperarían con creces en el de servicios. Nadie explicaba por qué sería así, pero casi todo el mundo lo creía. Ahora basta asomarse a una sucursal bancaria, preguntar por el vendedor de billetes en un autobús, los empleados de un supermercado, de una agencia de turismo o los operadores telefónicos para comprobar que no ha sido así.

El capitalismo ofrece a los consumidores más productos y servicios a través de empresas más eficientes; es decir, que producen más y mejor empleando menos gente. Cada supermercado que se abre representa la ruina de centenares de pequeños comercios, pero sólo absorbe unas decenas de los puestos perdidos, con salarios más bajos y menores prestaciones. El deterioro del salario y de las condiciones laborales es un fenómeno concomitante.

La mundialización tiene otro nombre en términos de trabajo: deslocalización, que consiste en separar los lugares de producción de los de consumo; fabricar allí donde es menos caro y hay menos obligaciones (laborales, sanitarias, ecológicas y otras) y vender donde existe poder de compra. Así, aprovechando las computadoras, los satélites y el e-mail, muchas compañías vienen "deslocalizando" sus administraciones de Zurich, París o Londres a, por ejemplo, India, donde pagan a sus administrativos salarios diez veces menores. Hace ya casi una década, el economista Lester Thurow se preguntaba por qué clase de milagro los empresarios alemanes deberían continuar pagando a sus obreros 30,33 dólares la hora cuando en la vecina Polonia encuentran el mismo nivel de calificación a 5,28 dólares; por qué pagarle 75.000 dólares al año a un doctor en física estadounidense si se puede emplear un premio Nobel ruso por 100 dólares al mes... 7.

Una visión ingenua de esta evolución, sostenida por la mayoría de los políticos de países subdesarrollados, es la de las "ventajas comparativas" laborales. Es decir: los polacos están encantados de que vengan los alemanes a contratarlos a 5,28 dólares la hora, porque de otro modo no tendrían trabajo. Pero se trata de una verdad a medias: algunos trabajadores se benefician, pero la instalación de una empresa de alta tecnología en una organización productiva atrasada, no competitiva, sin defensas sociales de mercado, ni planes de mediano y largo plazo, genera más daños que beneficios desde el punto de vista del trabajo y el tejido social: el caso de los supermercados es paradigmático. Además, siempre aparecerá mano de obra más barata en alguna parte. En 1994, los trabajadores de la Seat (Fiat-Volkswagen) de Barcelona lograron impedir, al precio de importantes concesiones, que la fábrica se llevara los bártulos a Checoslovaquia. Pocos años antes habían estado "encantados" de que vinieran a contratarlos por cuatro veces menos el salario de un alemán...

¿No es notable que las multinacionales reclamen más y más flexibilización laboral en países como Argentina, cuando nuestras "ventajas comparativas" laborales respecto de Estados Unidos y Europa son evidentes? Lo que ocurre es que no lo son respecto de Brasil, y menos aun de Bolivia y Paraguay. "Miren que nos vamos a otro lado...", dicen. Y el salario debe bajar, la protección social desaparecer. Por eso los sindicatos y consumidores estadounidenses se oponen al mercado común americano: entienden que las empresas latinoamericanas deben competir en pie de igualdad salarial y cumplir las mismas regulaciones ecológicas y sociales 8.

Pero se trata de una carrera a pura pérdida, de una zanahoria inalcanzable. El gigante emergente mundial, China, tampoco escapa a la regla: "entre 1995 y 2002, China perdió más de 15 millones de puestos de trabajo en fábricas, el 15% de su población activa en manufacturas" 9. En México, las maquilas emplean hoy 1.062.000 trabajadores, 250.000 menos que hace tres años, ya que las empresas estadounidenses han comenzado a "deslocalizar" hacia China u otros países de América Central 10.

En el otro extremo del arco, también Estados Unidos sufre "la presión insoportable para controlar costes (que) no deja otra opción a las empresas estadounidenses que idear soluciones productivistas" 11. Levi Strauss e IBM han anunciado que planean dejar Estados Unidos (y Europa) para ahorrar entre un 50 y un 80% en costes laborales...

Repartir la riqueza

"El objetivo de la economía no es proporcionar trabajo, crear empleo. Su finalidad reside en poner en funcionamiento, de la forma más eficiente posible, los factores de producción; es decir, crear el máximo de riqueza con el mínimo de recursos naturales, capital y trabajo. El mundo industrializado realiza cada vez mejor esta tarea. Durante los años '80, la economía francesa aumentó en un 30% su producción de riqueza, mientras disminuyó en un 12% la cantidad de trabajo que se requería para ello", apunta André Gorz 12, quien señala la urgencia de un profundo cambio cultural en relación al trabajo: "(...) en vez de preguntarse qué hacer para que en el futuro todo el mundo pueda trabajar mucho menos y mucho mejor y recibir su parte de la riqueza producida socialmente, la mayoría de los dirigentes se preguntan qué hacer para que el sistema consuma más trabajo..."; una meta definitivamente imposible.

Si no se empieza a concebir la mayor productividad como "trabajo economizado"; o sea, la producción de riqueza como social antes que privada, el problema del empleo seguirá agravándose, con la desagregación social y cultural consiguiente. Bernard Perret y Guy Roustang subrayan que "la percepción de la necesidad del trabajo, que es siempre -al menos simbólicamente- participación en la lucha colectiva por la vida, sigue siendo el principio de realidad que estructura las personalidades, que justifica las obligaciones respecto del propio futuro, de la familia y de la sociedad" 13.

La exclusión duradera, incluso definitiva, de un número creciente de individuos del mundo del trabajo, no es sólo una patología social de amplio espectro con efectos económicos y culturales devastadores (aumento de la toxicomanía y de la criminalidad, trastornos mentales, suicidios, marginalización de la juventud, racismo); equivale también a una verdadera privación de ciudadanía, a una ruptura del contrato republicano. Cuando el fenómeno afectaba tan sólo a una pequeña minoría y era percibido como temporal, podía ser digerido por el sistema. Transformado en masivo y afectando a todas las edades y sectores, supone el desgarro del tejido social. A término, como se verifica actualmente, el agravamiento de los conflictos nacionales y mundiales, con máscara religiosa, étnica o nacionalista.

Algunos economistas y medios de comunicación liberales serios han comenzado a sugerir (o a preguntarse) que se trata de una tara estructural del capitalismo, algo que Carlos Marx vaticinó y demostró hace un siglo y medio en El Capital (ver Ramos, pág. 5). Temiendo quizá mentar al Diablo en casa del Señor, Jeremy Rifkin plantea el problema central sin citar a Marx; algo así como advertir sobre los peligros de la radiactividad saltándose a la torera las advertencias de Einstein. Dice Rifkin: "Y aquí está la adivinanza. Si los espectaculares avances en la productividad, en forma de tecnología más barata y eficiente y mejores métodos para la organización del trabajo pueden reeemplazar cada vez más la mano de obra humana, dando como resultado que sean cada vez más los trabajadores que dejan de formar parte de la población activa, ¿de dónde provendrá la demanda de consumo para comprar todos los nuevos productos y servicios futuros que estarán disponibles gracias al aumento de la productividad? 14.

Esta es la pregunta que deben hacerse todos los gobiernos y ciudadanos del mundo, pero muy en particular los de los países subdesarrollados, ya que el tema representa por un lado una amenaza cierta de frustración a corto plazo (si el "modelo" de desarrollo sigue siendo la zanahoria de la inversión extranjera, el productivismo y las exportaciones) y, por otro, la posibilidad histórica de encabezar una transformación paulatina de las relaciones de producción -el reparto del trabajo y de la riqueza producida- que tarde o temprano, de una u otra manera, en uno u otro lugar, habrá de producirse, ya que se trata de una necesidad estructural del sistema: en algún punto, será absolutamente imposible continuar produciendo más bienes por un lado, destruyendo potenciales consumidores por otro. "La humanidad ha sufrido mucho a causa de la idea según la cual sólo habría una manera de crecer económicamente, de desarrollarse, de organizar la sociedad y la economía..." 15.

  1. Mark Weisbrot, Center for Economic and Policy Research, Washington DC (www.cepr.net). Ver asimismo Kenneth N. Gilpin, "Job growth in the U.S. come to virtual halt", The New York Times and International Herald Tribune, París, 10/11-1-04.
  2. Michel Delberghe, Le Monde, París, 3-1-04.
  3. Claire Guélaud, Le Monde, París, 30-12-03.
  4. "Patrons optimistes", editorial, y Frédéric Lemaitre, "Les prévisions optimistes des patrons...", Le Monde, París, 13-1-04.
  5. Carlos Gabetta, "La ilusión del trabajo", revista trespuntos, Nº 12, Buenos Aires, 24-9-1997.
  6. Jeremy Rifkin, "Producir más bienes con menos trabajadores", El País, Madrid, 30-12-03.
  7. Lester Thurow, Les fractures du capitalisme, Ed. Village Mondial, París, 1997.
  8. Marcela Sánchez, "CAFTA, la próxima batalla...", The Washington Post, 21-12-04. Difundido por Rebelión           (www.rebelión.org/economía/031221sanchez.htm).
  9. Jeremy Rifkin, ibid. Según un estudio de Alliance Capital Management (EE.UU.), "entre 1995 y 2002 fueron eliminados 31 millones de puestos de trabajo en fábricas de las 20 economías más fuertes del mundo. (Mientras) las producción industrial global se incrementó en más del 30%, los empleos en fábricas cayeron más del 11% en todo el mundo".
  10. Juan Jesús Aznárez, "México en un charco", El País, Madrid, 21-12-03. Con estos títulos la prensa mundial conmemora el inminente décimo aniversario del Tratado de Libre Comercio firmado por México con Estados Unidos y Canadá...
  11. Ernesto Ekaizer, "El mercado laboral estadounidense es la primera baja", y Sandro Pozzi, "Los norteamericanos también se fugan", El País, Madrid, 25-1-04.
  12. André Gorz, Métamorphoses du Travail, Ed. Galilée, París, 1988.
  13. Bernard Perret y Guy Roustang, L'économie contre la societé, Le Seuil, París, 1993.
  14. Jeremy Rifkin, ibid.
  15. Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, "Il faut réformer la mondialisation...", Le Monde, París, 21-1-04.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 56 - Febrero 2004
Páginas:2,3
Temas Trabajo (Economía), Desempleo