Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

Mercosur: una crisis largamente anunciada

En su octavo año de vida, el Mercado Común del Sur muestra profundos síntomas de inmadurez. Luego de una primera fase promisoria, debida sobre todo al crecimiento brasileño, la fase recesiva que afecta actualmente a la región pone en evidencia -en sucesivas crisis, como la de finales de julio, entre Brasil y Argentina- la falta de visión estratégica y órganos de integración estables. La persistencia de una visión económica ortodoxa compromete el futuro de este promisorio mercado regional.

El Mercosur está en crisis. Crisis económica, porque las mayores naciones del bloque sufren una intensa recesión. Crisis comercial, porque el flujo de intercambio está sometido a los efectos del cambio de rumbo en la estrategia del Brasil (caracterizado por la devaluación del real y la ausencia de perspectivas claras sobre su futuro previsible). Crisis política, en fin, porque las quejas que se oyen en las capitales de los países miembros contra las actitudes de sus socios han alcanzado un nivel inesperado por su dureza. Pocos dudan ya que se trata de la crisis más profunda y polifacética que vivió hasta ahora el bloque regional. El incidente entre Brasil y Argentina de finales de julio debe inscribirse -a pesar de su virulencia retórica- en la cadena de conflictos propios de toda integración, pero sobre todo achacarse a la persistencia de las debilidades estructurales del proyecto.

Las demandas de correcciones al proceso se repiten sin solución de continuidad. No bien ocupó su cargo de presidente de Paraguay, el señor Luis Gonzalez Macchi insistió en su deseo de "revisar el Tratado" , con el objeto de corregir lo que considera como evidentes "asimetrías regionales" . El Uruguay, aunque en sordina, plantea los mismos temas, esperando lograr algunas reivindicaciones para los socios más pequeños del bloque. Para Argentina, Brasil apareció casi como un "enemigo" cuya crisis, en especial a partir de la devaluación del real, es considerada causante de la recesión local. Buenos Aires protesta contra las intenciones del gobierno brasileño de anudar un tratado bilateral con México, mientras Brasilia murmura que lo mismo trató de hacer el gobierno argentino hace pocos meses. Las protestas no se originan sólo en los ámbitos oficiales. Numerosos representantes de sectores privados, como la industria automotriz, las cámaras azucareras, de la siderurgia y otras, están inundando la primera plana de los periódicos (o, al menos de sus secciones de economía y negocios), para expresar sus problemas frente a las actitudes de sus vecinos.

Las protestas se explican por diferentes razones de estructura, sectoriales o específicas, pero todas ellas se despliegan sobre el telón de fondo que ofrece la recesión brasileña. Este último fenómeno resulta esencial porque Brasil es un gigante en el seno del Mercosur. Sus dimensiones poblacionales, sumadas a las magnitudes de su actividad económica, explican que su producto bruto resulte alrededor del 70% del total de la región. No es casual que su crecimiento fuera, por eso, uno de los motores impulsores del bloque en estos últimos años; del mismo modo, ahora su crisis es una de las causas básicas, aunque no exclusiva, de los problemas de sus vecinos1.

Del facilismo a la decepción

La marcha relativamente rápida del proceso de integración regional durante la mayor parte de la década del noventa se debió, en buena medida, a los avances de la economía brasileña, que ofrecía un mercado ávido para muchos productos de sus vecinos. Por otro lado, el éxito económico del Brasil permitía a su gobierno efectuar concesiones menores -frente a la dimensión alcanzada por su mercado interno- pero decisivas para los otros miembros del bloque. La evolución de las ventas de Argentina al Brasil es representativa de ese estado de cosas. Entre 1991 y 1998, por ejemplo, las exportaciones totales argentinas se multiplicaron por algo más de dos, mientras las dirigidas al Brasil exhibieron un coeficiente superior a cuatro, de manera que éstas resultan las dos terceras partes del incremento exportador total argentino de ese período. En menos de una década, Brasil se convirtió en el principal cliente de Argentina y en su mayor socio comercial.

Esa evolución no estuvo exenta de problemas. Hubo más de una protesta cuando algun sector empresario local perdía posiciones y negocios frente a la penetración de mercaderías competitivas desde el otro lado de la frontera. Los productores argentinos de pollos, por ejemplo, pusieron el grito en el cielo cuando en 1992 comenzó a ingresar carne de ave brasileña a precios muy bajos. Sus quejas sólo se diluyeron cuando lograron reestructurar su producción y sus costos a niveles adecuados. Estos procesos de acomodo a las nuevas lógicas de la integración explican que las protestas estallaran tan rápido y perdieran vigor luego con la misma presteza. En un plano global, la expectativa de crecimiento de los negocios que presentaba el proceso resultaba más potente que algunas pérdidas acotadas. Ahora, en cambio, los problemas agravan su influjo negativo sobre las tendencias de la integración porque la crisis reduce la valorización potencial de los beneficios imaginados para el futuro.

Esos problemas son difíciles de resolver debido a las formas adoptadas para la integración. Los primeros acuerdos, firmados por Argentina y Brasil, en 1986, planteaban mecanismos "graduales, flexibles y progresivos" para avanzar en la construcción de un mercado común2. Esos criterios llevaron a la creación de comisiones sectoriales y mecanismos de trabajo para coordinar el proceso y cuidar sus posibles efectos nocivos sobre algunos agentes y sectores menos preparados para enfrentar los desafíos el mercado regional. En general, éstos estaban formados por las pequeñas y medianas empresas de cada país -que tienen menor capacidad para enfrentar el desafío de competidores más poderosos- y aquellas que se ubican en sectores con escaso dinamismo técnico y mínima disponibilidad de ventajas naturales (como el azúcar en Argentina, o los lácteos en Brasil).

Los entes de negociación construidos en esa primera etapa fueron desarmados a partir del Tratado de Asunción de 1991, que amplió el ámbito social a cuatro países de manera casi formal, puesto que los dos socios más pequeños (Uruguay y Paraguay) estaban incluidos en el proceso por otros acuerdos bilaterales. Pero este nuevo tratado, si bien parecía mantener el objetivo final, decidió orientar el proceso sobre la base de criterios generales y medidas macroeconómicas. También ensayó acelerar el ritmo de la integración, sin tener en cuenta los requisitos y demandas de los agentes privados involucrados. Ya no se trataba de verificar la capacidad competitiva de un sector, o de esperar su reacomodo a la nueva situación, sino de imponer una condición de mercado generalizada y ciega a las necesidades de empresas y sectores.

El nuevo criterio estratégico derivaba de la retomada hegemonía de las corrientes ideológicas que responden a la ortodoxia en el Cono Sur. Tanto el gobierno de Carlos Menem en Argentina, como el de Fernando Collor de Melo en Brasil, preferían los mercados "abiertos" a los "regionales" ; el uso de políticas de tono macroeconómico frente a las sectoriales (siempre sospechadas de ceder ante la demanda de los grupos de interés) y la asignación de un rol mínimo al Estado, supuesto culpable de los males de la región. Esos paradigmas provocaran cambios decisivos en la estrategia de integración, cuyos efectos nocivos se destacan ahora, en el marco y a raíz de la crisis3.

Una consecuencia de esa estrategia fue la oposición a crear cualquier órgano de integración que tuviera apariencia de "aparato de Estado" . Se intentaba así crear un mercado regional sin más herramientas que los acuerdos de política global, que en una primera etapa fueron básicamente de orden arancelario. Esa típica visión ortodoxa choca contra las demandas naturales de un proceso de este tipo y lo diferencia de la estrategia aplicada para forjar la Unión Europea (UE). En este caso los órganos de regulación se fueron instalando en Bruselas como parte esencial del exitoso proceso de integración y forjaron los primeros elementos para construir un futuro estado supranacional, que incluyen desde el Parlamento Europeo hasta el actual Banco Europeo, destinado a gerenciar la moneda común, el ya famoso euro.

Problemas de la vida ortodoxa

La cerrada oposición oficial a cualquier institución del Mercosur de carácter estatal orienta el proceso en una dirección que resulta cada vez más incompatible con su desarrollo futuro. Esa falla plantea problemas obvios. En primer lugar, porque en la medida en que no hay instancias de negociación y reflexión, el sistema tiende a entrar en crisis sucesivas, que sólo pueden ser resueltas con la participación directa de los Presidentes de los países que lo integran y mediante decisiones políticas. Los repetidos viajes del presidente Menem a Brasilia para explorar la solución posible a problemas surgidos explosivamente (o bien simplemente para evitar malentendidos en las relaciones entre uno y otro país), han llenado las páginas de los periódicos locales. Lo mismo tuvieron que hacer los ministros y secretarios de Estado de los cuatro países miembros. Así se incrementan los costos políticos y personales del camino elegido, y se explica que no siempre las decisiones finales se basen en estudios, antecedentes y negociaciones adecuadas. La última crisis entre Brasil y Argentina es muy representativa de estas carencias institucionales: con uno de los presidentes (Menem) en final de mandato y generando iniciativas por lo menos arbitrarias (si no irresponsables, como el rechazado pedido de ingreso a la OTAN, (ver pág. 3, art. de Carlos Gabetta) el gobierno brasileño endureció sus posiciones y no aceptó la visita del Presidente argentino a Brasilia hasta que no tuvo la certeza de que éste cedería4. Un proyecto estratégico de la envergadura del Mercosur no debería estar sujeto a este tipo de vaivenes coyunturales de la política.

La supresión del rol estatal deja reservada la carga de las negociaciones a los sectores privados de las distintas naciones del bloque. El resultado se potencia cuando esos sectores disponen de agentes grandes y poderosos, como ocurre en automóviles, siderurgia, papel y química y petroquímica. En cambio, son más difíciles de llevar a cabo, por razones obvias, en las ramas formadas por pequeñas y medianas empresas. Es decir que el retiro del Estado fortalece el poder de negociación de los grandes oligopolios y reduce el de los agentes más pequeños.

El modelo exige reforzar las estrategias de coordinación macroeconómicas, en lugar del avance concreto en los temas que hacen a la producción. Es algo más que anecdótico que la ortodoxia proponga objetivos poco consistentes con la situación real. La moneda única puede parecer atractiva, pero es inaplicable en las condiciones de riesgo de inflación y desequilibrio fiscal que todavía viven algunos miembros del bloque, para no mencionar la falta de convergencia de diversos precios relativos en esos mercados. Del mismo modo, parece más simple y efectivo proponer condiciones para controlar el déficit del presupuesto en cada país, que explorar los medios para incentivar la producción y la riqueza regional. Sin embargo, este último objetivo es mucho más importante y mucho más redituable para el futuro que aquella actitud "contable" y puede viabilizarse mediante una política industrial o productiva moderna. Ese marco de referencia ortodoxa genera la propuesta de "dolarizar" al Mercosur, como si adoptar la moneda de otro país fuera equivalente a la creación (difícil, larga y complicada) de una moneda propia5. La experiencia europea, se menciona como ejemplo de manera arbitraria, sin explicar que su proyecto y contexto son muy diferentes a los del Cono Sur.

La excepción automotriz

La única rama que gozó de un trato regulatorio especial en el Mercosur es la automotriz. Su carácter estratégico en ambos países, la talla mundial de las empresas instaladas y la herencia recibida de la primer fase de la integración permitieron esa excepción, que tuvo efectos considerables en el proceso. Las normas que se establecieron regularon la marcha de la actividad, el flujo de intercambios y el reparto de inversiones. Al mismo tiempo, la demanda del mercado creció a pasos agigantados y el sector emprendió una veloz expansión, desde un millón de unidades producidas (en la región) hasta 2,2 millones en 1997. El proceso de renovación y ampliación de plantas resultó inédito en la historia industrial reciente de la región.

La capacidad de producción argentina pasó de algo más de 250.000 vehículos a comienzos de la década del noventa a cerca de 500.000 en estos momentos, mientras que la efectivamente utilizada saltó del mínimo de 90.000 unidades en 1990 a más de 450.000 siete años después. El mercado regional ya absorbe dos millones de vehículos por año, cantidad decisiva para alcanzar economías de escala en la producción; su dimensión y posibilidades generaron un fuerte efecto de atracción sobre numerosas multinacionales del sector. Algunas llegaron por primera vez, como Toyota, y otras volvieron a la Argentina, como Fiat y General Motors, despues de un prolongado exilio provocado por la caída de la demanda local. Todas invirtieron a uno y otro lado de la frontera, para captar las ventajas de la regulación específica, y todas tendieron a integrar sus operaciones como una unidad.

Los resultados no son sólo cuantitativos. Con esa integración, ya no hay autos "argentinos" (si se toma el origen de la mayoría de sus componentes) y cada vez hay menos autos "brasileños" . Todos son "Mercosur" . La "producción" argentina llega a 400.000 unidades, pero con gran cantidad de partes del país vecino. A su vez, la mitad de esa oferta se exporta a Brasil, mientras otras 200.000 unidades, "fabricadas" en ese país, entran al mercado local. Al consumidor se le ofrece toda una gama de modelos y las fábricas se especializan y ganan economías de escala.

Pero la euforia es mala consejera. A mediados de 1998 se hacía evidente que la producción excedía a la demanda y que se vería afectada no bien cambiara el ciclo. Ya en octubre se podía afirmar que "van a faltar compradores para tantos automóviles… y espacio para tanta fábrica"6.

La recesión frenó inversiones, provocó suspensiones en las plantas y generó el pánico entre los autopartistas de ambas naciones, ya que tienen menos capacidad para sobrevivir al ajuste. La caída es notable. La producción argentina de autos, por ejemplo, cayó a la mitad en el primer cuatrimestre de 1999, frente a igual período del año anterior, y lo mismo ocurrió con sus exportaciones a Brasil. La menor demanda de ese país explica ese resultado, que genera un clásico círculo vicioso: al contribuir a la recesión argentina, provoca una caída de la demanda local que ahonda los problemas de la coyuntura.

La perspectiva negativa actual no impide que se hayan instalado plantas y equipos que podrán producir en el futuro y confirma que el Mercosur podrá funcionar mejor bajo alguna regulación que en las condiciones anárquicas que plantea la actual política económica. Si los primeros pasos de la integración tuvieron éxito fue por el contexto económico favorable, por el crecimiento del Brasil. La crisis refleja ahora, con claridad, los defectos del Tratado de Asunción, que se aplicó contra viento y marea en los años siguientes. Ya no hay dudas de que es necesaria una revisión, cuyos mayores lineamientos deben estar en dos temas claves: la forja de instituciones para la integración, retomando el modelo flexible y gradual de la primera etapa, y el rechazo de las extralimitaciones de la ortodoxia, que cree a pie juntillas que basta el manejo de la moneda para impulsar el sistema productivo y la creación de riqueza. El desarrollo y el bienestar merecen ser tratados de otra manera.

  1. Como se sabe, las comparaciones del Producto Bruto entre naciones dependen de la valuación de su moneda en dólares, que se define por el tipo de cambio utilizado para ese cálculo. La devaluación reciente del real redujo, por eso, su PBI aparente expresado en dólares, cambiando los datos previos. Esto no ocurre cuando se toma como medida de comparación un tipo de cambio ideal definido por la llamada "paridad del poder adquisitivo" entre monedas. Este último valor, que figura, por ejemplo, en las estadísticas del Banco Mundial, es el que estamos tomando para la comparación, debido a que aun con sus amplios márgenes de error, parece más representativo de la situación real que el ofrecido por el tipo de cambio nominal. Con esos valores como base se deduce que Brasil aporta el 70% del PBI global del Mercosur, Argentina alrededor del 26%, mientras que el 4% restante se reparte en partes bastante semejantes entre Uruguay y Paraguay. En cuanto a las perspectivas de recesión en Brasil, ver "Brasil espera que su economía retroceda 2,3% este año por la crisis" , El País, Madrid, 4-5-99 y "La crisis de Brasil afectará a América Latina y al Caribe, advierte la Cepal" , El País, Madrid, 5-5-99. Estimaciones recientes, más optimistas, indican que el crecimiento brasileño sería nulo en 1999
  2. La ya extensa literatura al respecto incluye las publicaciones del CISEA: Evolución reciente de la integración Argentina-Brasil, Buenos Aires, 1991 y Antecedentes y perspectivas del Mercosur, Buenos Aires, 1992, que siguen esa primera etapa del proceso.
  3. Estos temas están analizados en CISEA, El desafío del Mercosur para la industria argentina, Buenos Aires, noviembre de 1992, cuyas conclusiones se resumen aquí.
  4. Eleonora Gosman, "Brasil insiste en desaconsejar una visita de Carlos Menem" , Clarín, Buenos Aires, 29-7-99 y "Argentina cedió y bajó la tensión en el Mercosur", Clarín, 30-7-99.
  5. La propuesta de "dolarizar" el Mercosur, una idea surgida de otras propuestas y presiones externas, fue lanzada por el presidente Menem y recibió el casi inmediato rechazo del gobierno brasileño. Ver Jornal dos Economistas, San Pablo, Brasil, febrero de 1999. Entre los proyectos con ese fin se cuenta el de Horacio Liendo, ex integrante del equipo del ex ministro de Economía argentino Domingo Cavallo, quien propuso que cada país del Mercosur adoptara por ley la libre circulación de las monedas emitidas por los demas países del bloque, como mecanismo de integración. Ver El Cronista, Buenos Aires, 2-3-99. La sola idea de permitir que monedas con escasa capacidad de conservar su valor y apenas aceptadas en sus propias naciones, puedan circular libremente en otros países merece ser registrada en algún Libro Guinness de records ideológicos de la ortodoxia.
  6. "Marcha atrás" , nota sobre el sector automotriz en América Economía, Buenos Aires, 22-10-98.

Países inviables

Dolhem, Nancy

La doble inminencia del final del siglo y del final del milenio alienta las reflexiones geopolíticas sobre la evolución del mundo. Entre los múltiples ensayos que aparecen sobre ese tema (recordemos los de Francis Fukuyama y Samuel Huntington), este libro de Oswaldo de Rivero, ex diplomático en las Naciones Unidas, es de lectura imprescindible. Debido a la originalidad de su reflexión, la pertinencia del análisis y la singularidad de sus propuestas.

En l Oswaldo de Rivero evoca el crepúsculo del estado-nación, el surgimiento del poder global favorecido por la mundialización, el darwinismo internacional y la depredación de planeta. Su crítica de los mercados financieros se acompaña de constataciones sobre lo que denomina "las entidades caóticas ingobernables" , las "economías nacionales no viables" , el "alto clero supranacional" y el "no desarrollo".

Pletrico de ideas nuevas y de conceptos originales, el autor propone una clave de lectura inteligente para comprender mejor los desórdenes contemporáneos. (Ver "Las entidades caóticas ingobernables" , de Oswaldo de Rivero, pág 5)

El mito del desarrollo. Los países inviables en el siglo XXI, por Oswaldo de Rivero. Mosca Azul editores. Malecón de la Reserva, 713, Parque Salazar, Lima 18, Perú, 1999. 


Autor/es Jorge Schvarzer
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 2 - Agosto 1999
Páginas:14, 15
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Mercosur y ALCA
Países México, Argentina, Brasil, Paraguay, Perú, Uruguay