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Los periodistas y medios internacionales en Kosovo

Los medios occidentales que cubrieron la guerra en Kosovo tendieron a hacerse eco de las argumentaciones de la OTAN. Los pocos periodistas que intentaron ser veraces o cuestionar la versión oficial de los hechos se vieron tergiversados o censurados. Flaco favor a la libertad de prensa, uno de los valores de la cultura occidental que la OTAN dice defender y, otra vez (como en la guerra del Golfo), dura lección para el futuro.

En junio pasado, poco después de la llegada de las tropas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a Pristina, Kathy Sheridan, del Irish Times, se dirigió en automóvil hasta Vucitrn, una pequeña aldea en manos de las fuerzas de seguridad serbias. Al llegar, vio en una calle un cadáver aislado tendido en el suelo y a numerosos policías del ministerio del Interior serbio, más conocido con el acrónimo de MUP. Al regresar de inmediato a Pristina, declaró a un cronista de la BBC que había visto un cuerpo en Vucitrn, pero que el lugar "estaba lleno de policías serbios" . Unos minutos después, éste último divulgó un reportaje según el cual una enviada especial irlandesa había encontrado a Vucitrn "cubierta de cadáveres".

Una hora después, me encontré en la puerta del Grand Hôtel de Pristina con Keith Graves, de la cadena Sky TV, que le preguntaba a un funcionario británico cómo debería hacer para enviar un equipo de televisión a Vucitrn a fin de filmar todos los muertos. Se avecinaba la noche y Graves, cronista ingenioso y realista, prefirió postergar el viaje para el día siguiente. Fue entonces que se enteró de toda la verdad: la BBC simplemente había tergiversado las declaraciones de la señora Sheridan. La periodista irlandesa obtuvo de la radio británica la promesa de que podría explicar en antena lo que realmente había visto. Pero qué sorpresa y qué enojo los suyos cuando comprobó que la emisión había sido anulada. Comentario de Keith Graves: "El verdadero problema es que a partir de ahora el público sólo quiere historias de atrocidades".

Y de hecho eso es lo que durante días y días le ofrecieron los periodistas. No fue difícil encontrar las fosas comunes. Incluso antes de que las fuerzas de la OTAN penetraran en las aldeas del norte de Pec, me crucé en la ruta principal a Pristina -llena de restos de camiones, de animales muertos y de casas en llamas- con gente ávida de mostrarme los cadáveres de los suyos. Su aldea se llamaba Coska, y los relámpagos iluminaban un cielo oscuro mientras entrábamos en ese caserío en ruinas. Según nos confiaron, más de treinta hombres habían sido ejecutados por la policía especial serbia y nos mostraron fragmentos de esqueletos carbonizados, de columnas vertebrales, dedos, una alianza.

Yo sabía cómo se contaría esta historia. Los serbios cometieron actos atroces -lo cual es exacto- en su pavorosa persecución de la población albanesa de Kosovo. A lo largo del enfrentamiento, la OTAN no dejó de afirmar que masacraban a esa pobre gente, y hete aquí que cualquiera podía ahora ver las pruebas. Y así se justificaban los bombardeos áereos en Yugoslavia, y más aún, la cruel guerra lanzada en marzo por la OTAN. La alianza había "liberado" a Kosovo al cabo de una "guerra por los valores" (utilizo a propósito las expresiones de Anthony Blair). Y maldito el que sugiriera que este insensato conflicto no debió haberse producido nunca.

Un rebaño internacional

Desde el principio, la mayoría de nuestros colegas periodistas obraron como un rebaño en los briefings cotidianos de la OTAN. Ni siquiera se atrevieron a interrogar al portavoz, Jamie Shea, sobre la supuesta destrucción del III ejército yugoslavo, sobre el nombramiento como comandante en jefe del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) de Agim Cecu, uno de los responsables de la "limpieza étnica" de Krajina por parte del ejército croata; sobre el hecho de que las condiciones finalmente aceptadas por la OTAN para concluir la guerra fueron claramente menos duras que los términos de la paz que la Alianza quiso imponer a Serbia en Rambouillet. Incluso cuando se reveló que en la extraordinaria victoria sobre el ejército yugoslavo éste había perdido finalmente sólo trece carros de asalto de sus blindados y que se había retirado de Kosovo con su equipamiento casi intacto, los periodistas en la sede de la OTAN permanecieron silenciosos como ovejas.

¿Era realmente necesario que esto fuera así? ¿Estaban obligados los enviados especiales de la prensa escrita, de la radio y de la televisión a comportarse como los loros de los generales de la Alianza y de los secretarios de Estado? Hacia el fin de los bombardeos Jamie Shea se permitió afirmar que el hospital de Sudurlica había sido bombardeado porque en realidad se trataba de un cuartel. Esta declaración era absolutamente falsa. Nosotros visitamos el sanatorio, vimos los deplorables restos de los muertos, entre los que se encontraba una joven poeta de diecinueve años: ninguno de mis colegas interrogó a la OTAN sobre esta mentira.

Asimismo, muy pocos periodistas cuestionaron desde el punto de vista moral el bombardeo de la sede de la televisión serbia en Belgrado. Unos dos días antes del bombardeo, la oficina central de la cadena CNN en Atlanta había advertido a los enviados especiales que el edificio iba a estar en la mira. Dieron la orden a estos últimos de retirar su equipamiento, y ellos lo hicieron. Fue entonces que el ministro de Información serbio, Aleksandar Vucic, -allegado de Slobodan Milosevic y por ende, un blanco elegido por la OTAN- fue invitado al lugar, de mañana temprano, para participar de la emisión del famoso presentador de la CNN, Larry King, e incluso se le pidió que llegara media hora antes…. para el maquillaje. Vuciv dice que llegó con atraso. La CNN asegura que había anulado la cita con doce horas de anticipación. Si él hubiera respetado la cita, habría estado allí en el momento en que caían los misiles, que mataron -entre otros- a la maquilladora. Para la CNN, se trata sólo de una coincidencia.

Esperemos que así sea… En cambio, la negativa de los medios a indagar sobre las condiciones para la firma de la paz que la OTAN impuso a los serbios en Paris, a mediados de marzo, no puede explicarse por una coincidencia. De acuerdo con los términos del llamado Acuerdo de Rambouillet, Belgrado tenía que aceptar que las fuerzas de la OTAN pudieran desplazarse a través de todo el conjunto de Yugoslavia, incluida la capital, y que los kosovares (de los cuales 90% son de etnia albanesa) tuvieran la posibilidad de decidir su futuro al cabo de tres años. Lo cual significaba para los serbios una suerte de rendición: no solamente era pisoteada la soberanía yugoslava, sino que comenzaba a tomar forma la futura independencia de Kosovo.

Los yugoslavos se rehusaron a firmar. Y la OTAN desató la guerra. Entonces los serbios encararon una brutal "limpieza étnica" dirigida a por lo menos la mitad de la población albanesa de la provincia. Cuando los bombardeos comenzaron a eternizarse, al cabo de cinco o seis semanas, numerosos colegas se abocaron a machacar con la línea de la OTAN: la Alianza luchaba "para que los refugiados puedan volver a sus hogares" . Ni un solo periodista señaló que la mayor parte de estos últimos estaban precisamente en sus hogares cuando estalló la guerra y que los serbios habían advertido que "ajustarían sus cuentas" con los albaneses si la OTAN atacaba Yugoslavia. Por otra parte, el general Wesley Clark, comandante supremo de la OTAN, reconoció que la tragedia épica de los refugiados era completamente "previsible" : pero ningún periodista le preguntó por qué no había compartido en su momento esa información con nosotros.

Llegó el momento en que los serbios firmaron la paz con la OTAN, la Unión Europea y los rusos. Entonces nos dimos cuenta de que las fuerzas de la Alianza intervendrían sólo en Kosovo, que no gozarían de libertad alguna de movimiento en el resto de Serbia y que el "mecanismo" que permitiría a los kosovares acceder tres años más tarde a la independencia había desaparecido misteriosamente: elementos todos que la prensa, la televisión y la radio ignoraron una vez más.

Otro hecho significativo: estadounidenses y británicos fueron notablemente menos propensos a cuestionar la autoridad -la obligación de un periodista de un país democrático en tiempos de guerra- que los franceses. Mientras "Les Guignols" , en la cadena francesa Canal Plus, se dedicaban a una sátira virulenta de las conferencias de prensa de Jamie Shea (durante dos noches consecutivas, la marioneta que lo representaba se disculpó porque un misil había alcanzado un autobús, para luego expresar su emotivo pesar porque había sido derribado un Mig 29), los anglosajones mantuvieron su aire inflexible hasta el final. Cuando me dirigí a Bruselas para formular en una de las reuniones de prensa cotidianas una pregunta sobre el uso de municiones con uranio empobrecido, al parecer responsable de muchos casos de cáncer en Irak, un general admitió en una declaración transmitida en directo que la OTAN lo había utilizado. Pero cuando la CNN trabajó sobre la banda para una futura emisión, mi pregunta y la respuesta del general habían sido enigmáticamente eliminadas.

Hace poco, el encargado de prensa de Blair, Alistair Campbell, pontificaba ante la Royal United Services Institute, en Londres, sobre la manera en que los periodistas habían sido engañados por la "máquina de mentiras de los serbios" , obviando por supuesto a sus dóciles compañeros concentrados en las "misas" de la OTAN y reiterando el tema viejo y gastado a fuerza de haber sido usado durante toda la guerra: si la OTAN mataba inocentes era por accidente; mientras que los serbios los mataban voluntariamente.

Este argumento infantil plantea dos cuestiones. Ante todo, el ataque aliado contra Yugoslavia se convirtió en algo tan inmoral que al fin resultaba casi imposible creer que una aviación que bombardeó de forma constante los hospitales, los puentes, un tren, dos autobuses, un puente de una aldea en día de mercado y numerosas casas -al mismo tiempo que cuarteles y refinerías- no apuntaba deliberadamente a civiles con la intención de poner a Serbia de rodillas.

Pero también existe una mentira según la cual los serbios habrían cometido sus atrocidades incluso si la OTAN no hubiese entrado en guerra. En pocas palabras, el compromiso total a favor de la Alianza representaba el deber patriótico de todo periodista. Es verdad que los serbios admitieron ser culpables de violaciones, ejecuciones masivas y crueldades contra kosovares inocentes. Pero la naturaleza de la paz que puso fin a esta guerra sugiere que ésta última pudo no haber ocurrido. Había que evitarla.

Y aun si las víctimas serbias fueron muertas accidentalmente ¿eso hace menos dolorosa su muerte, más fácilmente aceptable? ¿hay alguna diferencia entre ser decapitado por una bomba de fragmentación de la OTAN o por una granada serbia autopropulsada? Los serbios, es verdad, tienen horribles crímenes sobre su conciencia -verdaderamente horribles, a juzgar por lo que vi en Coska- mientras que la OTAN no tenía intenciones (al menos eso deberíamos esperar) de matar civiles. Pero si esta guerra no fue indispensable, entonces los muertos de los que es responsable la Alianza pesan mucho. Y los periodistas que trabajaron en Yugoslavia, lejos de ser los instrumentos de una "máquina de mentiras" , suministraron un informe doloroso pero necesario sobre lo que nosotros -nosotros: la OTAN, nuestra civilización occidental- hemos hecho sufrir a los serbios.

El último ataque contra los periodistas que no se doblegaron provino de algunos cronistas. En el Irish Times, una colega periodista free-lance me acusaba de crear una "paridad entre las víctimas" -expresión pueril aunque peligrosa- porque yo había predicho a principios de junio, con mucha razón, que Kosovo había sido "limpiada étnicamente" ante todo por los serbios y en pocos días -como máximo, dos semanas- los serbios serían a su vez "limpiados étnicamente" por los aliados albaneses de la OTAN. No sólo esta cita fue recortada de su contexto sino que, por sobre todo, mi verdadero pecado era tener razón.

Desde entonces, la mayoría de la población serbia de Kosovo huyó de la región, al igual que cerca de la mitad de los gitanos. Los civiles serbios que vi amontonados en sus vehículos familiares o apretados, llorando, sobre los carritos de sus granjas eran tan inocentes como los albaneses odiosamente privados de su patria dos meses antes. Pero el solo hecho de que estos nuevos refugiados fueran serbios bastó para hacer olvidar su condición de víctimas. Permitimos "bestializar" a todo un pueblo -los serbios- a causa de los crímenes de su gobierno y de sus detestables paramilitares.

¿Y por qué nos comportamos así? En la célebre novela Scoop, el escritor británico Evelyn Waugh se entrega a una magnífica parodia de los corresponsales extranjeros que todo periodista -tanto francés como británico, o de cualquier nacionalidad- debería leer: "En lo que concierne a la política, lo que la opinión pública británica quiere al principio, al final, y todo el tiempo, son noticias. Recuerden que los patriotas tienen razón y que van a ganar. Pero tienen que ganar enseguida. Los británicos no tienen interés en guerras que se eternizan sin terminar nunca. Algunas victorias espectaculares, algunos magníficos actos de coraje personal por parte de los patriotas y una entrada pintoresca en la capital. Esa es la política del Beast en materia de guerra" dice en el libro Lord Copper del Daily Beast (La bestia cotidiana).

Las tropas británicas entraron en Pristina el sábado 12 de mayo de 1999. Scoop fue escrito en 1938.

Autor/es Robert Fisk
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 2 - Agosto 1999
Páginas:8, 9
Traducción Patricia Merkin
Temas Radio, Televisión, Conflictos Armados, Genocidio, Justicia Internacional, Geopolítica, Migraciones, Periodismo
Países Irak, Serbia (ver Yugoslavia), Inglaterra, Yugoslavia