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Recuadros:

La apuesta perdida de Yasser Arafat

A la luz de la radicalización del conflicto palestino-israelí, queda en evidencia el callejón sin salida a que había llegado el acuerdo de Oslo: la disposición negociadora y realista de los dirigentes palestinos no siempre fue apreciada en su verdadera dimensión; mientras que la exigencia por parte de Israel de su reconocimiento como Estado se revela como un pretexto que encubre su resistencia a entregar Gaza y Cisjordania.

Los recientes acontecimientos en el Medio Oriente han traumatizado justificadamente a israelíes y palestinos, y más allá de ellos a la comunidad internacional. La desprevenida opinión pública se vio impactada por el brutal tránsito de un proceso que se pretendía pacífico a una confrontación de rara violencia sanguinaria, así como por la irrupción del ignominioso "racismo de guerra" (aunque, por naturaleza, superficial y coyuntural, según el sociólogo Maxime Rodinson), que golpeó a los ocupantes tanto como a los colonizados, a los palestinos ciudadanos del Estado de Israel, como a los judíos de Francia o -de otra manera- a los estadounidenses de origen árabe.

El esbozo de lo que se asemeja a una guerra de religiones resulta asimismo impactante: el mesianismo de los colonos judíos y de la derecha israelí -que sirve de pantalla para sus ambiciones expansionistas- y la provocadora visita de Ariel Sharon a la Mezquita de Al Aqsa en Jerusalén, contribuyeron en gran medida a otorgarle un cariz confesional a este conflicto esencialmente nacional, para gran satisfacción de los islamistas de todo color, en Palestina y en el conjunto del mundo árabe. "La sagrada unión" se selló así entre ambos campos, en detrimento de los partidarios de la paz, mayoritarios hasta hace poco en Israel y en Palestina.

La vuelta al previo statu quo parece de ahora en más descartada. El acuerdo de Oslo, firmado en Washington el 13-9-1993, a pesar de sus méritos iniciales, terminó en un callejón sin salida. Los israelíes pudieron constatarlo en el transcurso de las negociaciones que antecedieron al estallido en los territorios ocupados; los palestinos, sobre todo la joven generación, reprochan a sus dirigentes haberlos alimentado de ilusiones. La opinión pública árabe percibe unánimemente la "mediación" de Estados Unidos como una superchería. En efecto, no puede pretender interpretar el papel de "honesto agente", quien es al mismo tiempo el "aliado estratégico" de uno de los dos beligerantes. Por lo demás, Washington admitió implícitamente su impotencia para restablecer la calma al invitar a los representantes de la ONU y de la Unión Europea a asistir a la cumbre de Sharm el-Sheikh, el 16 y 17-10-00, sin duda para exhibir la imagen de un padrinazgo equilibrado, indispensable en todo intento de conciliación, que sin embargo Washington rechaza empecinadamente desde hace décadas.

Pero si bien es cierto que se ha vuelto definitivamente una página del conflicto israelí-palestino, los logros de estos últimos años no se han perdido. El postulado del intercambio de territorios contra una paz definitiva, establecido en la conferencia de Madrid de octubre de 1991, sigue siendo admitido por ambas partes, aunque le quepa al gobierno de Jerusalén hacer a un lado la interpretación restrictiva de este principio, por otra parte conforme a la resolución 242 del Consejo de Seguridad. ¿Acaso hubiese logrado acordar la paz con Egipto y Jordania si hubiese hecho lo mismo, negándose a restituirles integralmente los territorios conquistados por Tsahal en 1967?

Otro logro irreversible: gracias al primer acuerdo de Oslo, ratificado en septiembre de 1993, israelíes y palestinos tomaron la decisión histórica de reconocer recíprocamente sus derechos nacionales, especialmente el de vivir en sus respectivos Estados soberanos, en paz y con seguridad. Hicieron falta décadas para que Israel levantara su doble veto contra cualquier negociación con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y contra el establecimiento de un Estado Palestino, sea cual fuere. Distintos factores convergentes impusieron este cambio de rumbo: la obstinada resistencia de los palestinos, cuyo apogeo fue la primera Intifada (sublevación) de 1987 a 1993: la convicción de que una total normalización con el mundo árabe pasaba necesariamente por la solución del problema palestino; la toma de conciencia del carácter caduco de la "opción jordana" en cuanto que la monarquía hachemita renunciaba a la recuperación de la Cisjordania ocupada; por último, y sobre todo, la metamorfosis de la OLP, que había reconocido unilateralmente el derecho de Israel a existir dentro de sus fronteras de 1967, convertía a la organización palestina en un copartícipe ineludible.

Lo que es más, israelíes y palestinos están en su gran mayoría convencidos de que están condenados a coexistir en dos Estados. Las quimeras de un "Gran Israel" o de una Palestina árabe reunificada pertenecen a un pasado perimido, sólo privativas de minorías en ambos campos cuya visibilidad se acrecienta proporcionalmente a la violencia de las crisis.

Naturalmente, los vencidos se muestran más dispuestos a hacer concesiones que los vencedores. Los sufrimientos de los palestinos -especialmente las derrotas militares, el éxodo, la ocupación, su soledad en la escena internacional- así como su instinto de supervivencia, los llevó progresivamente a un realismo que no siempre fue apreciado en su justa medida. Si se recorriera la historia del movimiento nacional palestino en el transcurso de los últimos treinta años, se constatarían los esfuerzos, en general difíciles y penosos, emprendidos para abrir el camino hacia una paz de compromiso. A partir de junio de 1974, a los dirigentes les costó mucho que el XII Consejo nacional de la OLP adoptara una resolución que estipulaba que"se instauraría una autoridad nacional en toda zona liberada de Palestina" (lo que precisamente se llevaría a cabo veinte años más tarde, luego de la firma del acuerdo de Oslo).

Esa "frasecita", juzgada como anodina en Israel, había sido interpretada por el ala radical de la OLP como una tentativa de modificar la estrategia del movimiento, que para ese entonces sólo apuntaba a desmantelar "la entidad sionista". Los opositores a Yasser Arafat habían acertado: tres años más tarde, el Consejo Nacional Palestino ratificaba, en el transcurso de su decimotercera sesión, el objetivo, esta vez explícito, de establecer un Estado solamente en parte del territorio palestino. A partir de 1974, Yasser Arafat proclamaba ante la asamblea general que continuaría su combate, sosteniendo simbólicamente en una mano el fusil y en la otra el ramo de olivo. Quizás la formula resultara torpe, pero el mensaje de paz era claro. Sin embargo, los israelíes sólo retuvieron la imagen del fusil…

Tres años después, en 1977, Yasser Arafat encomendó a uno de sus hombres de confianza, Issam Sartaui, que viajara a París para reunirse con personalidades israelíes pertenecientes a la izquierda sionista: el general Matityahu Peled, héroe de la guerra de los seis días; Arié Eliav, antiguo secretario general del partido laborista; Meir Pail, diputado de la Kneset; Uri Avnery, periodista y futuro diputado y Jacob Arnon, un alto funcionario del ministerio de finanzas. Henri Curiel, un judío egipcio y militante tercermundista, sirvió de intermediario y de catalizador. En el transcurso de reuniones que se desarrollaron durante varios meses, Sartaui abogó a favor de la reconciliación de ambos pueblos. Describió detalladamente lo que Arafat estaba dispuesto a aceptar: un mini Estado palestino en Cisjordania y Gaza desmilitarizado, que mantendría buenas relaciones con el Estado judío.

Estupefactos ante esta propuesta inesperada, los israelíes se remiten -a instancias de Sartaui- al primer ministro de entonces, Itzhak Rabin. Uri Avnery informó que éste último los recibió con cortesía, los escuchó impasible, no preguntó nada y no dio curso al requerimiento. Para el futuro "héroe de la paz", la propuesta se había planteado con quince años de anticipación. Itzhak Rabin pagó un precio muy alto por haber optado ulteriormente por la vía del compromiso. Fue asesinado a balazos en 1995. Henri Curiel e Issam Sartaui habían sido asesinados en 1978 y 1983 respectivamente.

Sin embargo, en los años ´70 y "80 se multiplicaron los contactos secretos entre personalidades de la OLP, la más destacada de ellas Abud Iyad, principal dirigente después de Arafat, y políticos, parlamentarios e intelectuales israelíes que se arriesgaron a violar la ley que prohibía, so pena de prisión, reunirse con representantes de "la organización terrorista". Algunos de ellos, como Matityahu Peled y Uri Avnery, llevaron el desafío hasta hacerse fotografiar en compañía del jefe de la OLP en su cuartel general de Túnez. En 1985, Arafat y Abud Iyad le solicitaron discretamente a Francia, por intermedio de su embajador en Túnez, que propusiera al gobierno israelí una reunión con representantes de la OLP, en busca de una zona de entendimiento. Shimon Peres, quien entonces presidía un gobierno de unidad nacional, rechazó sin más la propuesta. Sin embargo, la devastadora ofensiva del general Ariel Sharon en el Líbano, tres años antes, no había logrado, como se lo proponía, el aniquilamiento de la organización palestina.

El argumento que esgrimían los responsables israelíes se mantenía inmutable: no se trataba de transigir con una organización que no había adherido a la resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, recusada por los palestinos, dado que sólo concernía a los Estados árabes beligerantes. El texto de la resolución estipulaba, entre otras cosas, el derecho del Estado hebreo a "vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas", pero asimismo "la retirada de las fuerzas armadas israelíes de los territorios ocupados en el curso del conflicto reciente" (el de junio de 1967). Nahum Goldmann, uno de los fundadores del Congreso Sionista Mundial, admitía en privado su sorpresa ante el hecho de que la organización palestina hubiera sido excluida de oficio de la breve conferencia de paz que se llevó a cabo en Ginebra en 1973, y luego de las conversaciones de Camp David en 1978, sobre la base de que no había adherido a la resolución 242. El líder judío afirmaba que la sola presencia de los representantes de la OLP en estas conversaciones era equivalente a un reconocimiento de facto del Estado de Israel que se habría de transformar en un reconocimiento de jure.

Retrospectivamente, queda confirmado que la cuestión del reconocimiento de Israel no era más que un pretexto. Es más bien la perspectiva de la restitución de Cisjordania y de Gaza a los palestinos la que incitaba a los dirigentes de Jerusalén a no dar curso a las propuestas de la OLP. En efecto, la actitud del gobierno hebreo no cambió un ápice, pese a la solemne adhesión a la resolución 242 expresada por la OLP en el transcurso de su XIX Consejo Nacional, llevado a cabo en Argel en noviembre de 1988, y de su firme condena del terrorismo.

Sólo cinco años más tarde Itzhak Rabin se dejó convencer, a regañadientes, de firmar el acuerdo de Oslo. Los riesgos que asumió entonces eran mínimos: el acuerdo no prevé compromiso alguno de parte de Israel en cuanto a las cuestiones claves del litigio: las fronteras de la futura entidad palestina (todavía no se hablaba de un Estado), el porvenir de las colonias poblacionales judías, el destino de los refugiados palestinos, el reparto de los recursos hídricos, el estatuto de Jerusalén. El acuerdo de Oslo no es más que un cuadro vacío que los protagonistas se prometen llenar progresivamente por medio de futuros arreglos interinos. A cambio de lo cual Itzhak Rabin logró el cese de la Intifada, que no había podido sofocar durante cinco años, pese a la ferocidad de la represión y a las pérdidas infligidas a los insurrectos: unos 1.500 muertos, decenas de miles de heridos, miles de detenidos. Los promotores de la sublevación abandonaron sus piedras. Sólo pedían el establecimiento de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza, al que creían que el acuerdo de Oslo abría un camino.

En cuanto a Yasser Arafat, arriesgaba una apuesta fuerte. Es cierto que lograba el reconocimiento formal de la OLP como representante del pueblo palestino, e implícitamente de las aspiraciones nacionales que encarnaba y el regreso de los fedayines a su tierra natal, así como la autonomía limitada a ciertas partes del territorio. Pero también es cierto que no contaba con ninguna garantía en cuanto a lograr sus objetivos al finalizar un período transitorio de cinco años, aunque había conseguido la seguridad de que todo era negociable, incluido el estatuto de Jerusalén, lo que anteriormente había estado estrictamente excluido. Apostaba por ende a la buena voluntad recíproca, a medidas apropiadas para disipar la desconfianza entre los dos pueblos antagónicos, a la "distensión" de los israelíes. Algunos le reprocharon su "angelismo", otros su "traición", pero ¿acaso tenía otra opción, cuando la OLP, exiliada en Túnez, puesta en cuarentena por el mundo árabe y privada de recursos financieros por los países petroleros por haber apoyado a Saddam Hussein en la crisis del Golfo, mal vista por Estados Unidos y la mayoría de las potencias occidentales, se estaba quedando sin aliento?

Siete años después de Oslo, es preciso reconocer que Yasser Arafat perdió su apuesta. Multiplicó los gestos de buena voluntad, cortejando a los medios de comunicación israelíes y las organizaciones judías estadounidenses, yendo a inclinarse ante Yad Vashem, el monumento conmemorativo de la Shoah, eliminando de la Carta de la OLP los artículos que condenaban a la desaparición al Estado sionista, instaurando una cooperación estrecha entre los servicios de seguridad palestinos e israelíes, recluyendo sin juicio previo, todos mezclados, a terroristas potenciales y opositores al proceso de Oslo, o entregando ocasionalmente sospechosos a la policía del Estado hebreo. Arafat se conforma con protestas platónicas cuando Israel prosigue e intensifica la construcción y la extensión de las colonias poblacionales en "Judea y Samaria", un territorio que en realidad pertenece a los palestinos; también expresa su indignación cuando Tsahal no respeta los términos de su reorganización, cuando el gobierno de Jerusalén hace caso omiso de su compromiso de liberar a miles de detenidos y se demora cuando se trata de concertar un tratado de paz… Humillado, el jefe de la Autoridad palestina se ve obligado a posponer en dos ocasiones la proclamación de un Estado, mil veces prometida.

A riesgo de verse denunciado por sus opositores como un "Pétain palestino", Arafat se obstina en proseguir con las negociaciones. Al término de la reunión de Camp David, en el pasado mes de julio, podría haber hecho alarde de algunas concesiones apreciables (más de forma que de hecho) que le otorgara Ehud Barak. Pero éste último se aventuró en un terreno minado cuando, en lo referido a la cuestión de Jerusalén, reivindicó la exclusiva soberanía de Israel sobre los lugares santos, especialmente la Mezquita de El Aqsa, haciendo valer el argumento según el cual ésta fue edificada sobre los vestigios del Templo de Salomón, una hipótesis sin embargo objetada por arqueólogos israelíes.

Así, Arafat deja Camp David llevando consigo una bomba de tiempo que Barak se encargaría de hacer estallar. Pese a las reiteradas advertencias de su servicio de seguridad, que ya desde el inicio de este año preveían la segunda Intifada, el Primer ministro israelí activó el detonante al autorizar a Ariel Sharon, acusado de varias matanzas de palestinos perpetradas en el curso de varias décadas -especialmente en Sabra y Shatila- a hacerse fotografiar en la explanada de la mezquita de El Aqs, el tercer lugar santo del Islam, después de La Meca y Medina.

Sangre para la paz

La Intifada que acaba de desencadenarse galvanizó a los palestinos y a los partidarios de su causa en todo el mundo. Algunos israelíes están impactados, porque como muchos palestinos, habían sido inducidos a creer que la paz estaba a la vuelta de la esquina. Muchos de ellos, lo mismo que tanta gente en todo el mundo, están horrorizados por la brutalidad de las imágenes. Infortunadamente, algunos responsabilizaron… a las víctimas, mientras los palestinos siguen pagando un alto precio por que se les reconozcan sus derechos elementales.

Algunos sionistas, y especialmente los colonos, preguntan "inocentemente": ¿por qué las madres empujan a los niños palestinos a la línea del frente, y después lloran sobre sus despojos? En primera instancia, la pregunta parece pertinente. En realidad su enunciado es patológico.

La verdadera pregunta es: ¿por qué soldados israelíes matan a esos chicos? Y a veces, es preciso añadir, con sangre fría y puntería precisa. Semejante pregunta debiera lógicamente llevar a otra: ¿qué están haciendo esos colonos aquí, en la tierra de los palestinos? En lugar de eso, miran hacia otro lado y consideran a los niños palestinos como pillos y demonios, que se posicionan ante los fusiles y provocan a los soldados hasta que los matan. Esos niños, se nos explica, no tienen ganas de vivir. Se sugiere que sus madres carecen de sentimiento maternal.

Reflexionemos sobre lo no dicho de estas afirmaciones: si las mujeres palestinas no quieren a sus hijos, entonces los palestinos no son seres humanos propiamente dichos. Peor aún: no solamente no son iguales a los seres humanos, sino tampoco a los perros y gatos, que cuidan a su cría en los momentos de peligro. ¿Es posible que los palestinos sean menos que los animales?

Estas conclusiones nos recuerdan lo que pensaban los sudafricanos blancos racistas de los negros, lo que los invasores europeos del continente americano y de Australia pensaban de los autóctonos y aborígenes, y cómo percibían los nazis a los judíos.

El mismo postulado niega por completo que los palestinos defiendan su tierra y su dignidad, lo cual es un derecho humano elemental. Sugiere que los palestinos son violentos por gusto de la violencia y que odian a los judíos simplemente porque son judíos. Quien se sume a esta idea no es consciente, o no quiere serlo, de que Israel ocupa los territorios palestinos de manera constante, terrible, destructora y humillante. Y que muchos israelíes y muchos judíos en todo el mundo condenan esta ocupación.

Del lado palestino algunos, ávidos de poder y riqueza, se prodigan en expresiones de impotencia. Pretenden que no se llegará a nada, que los árabes y el resto del mundo no tendrán ninguna influencia, que el aparato militar israelí es excepcional y que en última instancia sólo Estados Unidos decidirá el futuro. Toda sugerencia dirigida a sanear a la Autoridad palestina o a desarrollar una verdadera democracia se ve ahogada. Nuestra prioridad, claman, es enfrentar al enemigo. El mismo enemigo al que ya declararon invencible.

Esta nueva crisis representa una oportunidad histórica para los palestinos de vencer a la ocupación, de cicatrizar su dignidad herida. Y para los israelíes de lograr un acuerdo de paz con los palestinos y de obligar al gobierno a evacuar Cisjordania, Gaza y Jerusalén oriental.

Las masas palestinas debieran proyectarse hacia el protagonismo, de manera que la Autoridad palestina limpie sus filas de la corrupción y la mediocridad que reinan en ella. La confrontación con las fuerzas israelíes debiera ser civil y promover un mensaje de paz. El islam celebra la justicia y no el odio, la paz y no la violencia, la tolerancia y no la intransigencia, aun cuando llame a la gente a resistir contra la injusticia. El islam no estaba tras de la vergonzosa destrucción de la tumba de José.

Los israelíes y en general los judíos afectos a la paz no debieran dejar que el miedo los paralice. Pueden hacer muchas cosas. Los partidarios de la justicia en el mundo debieran iniciar una campaña de opinión exigiendo: a) Que el Consejo de Seguridad de la ONU proporcione una protección inmediata a los territorios ocupados y su población; b) Que el Consejo de Seguridad haga aplicar su propia resolución, la 242, que exige la retirada israelí de los territorios ocupados por Israel en 1967 y; c) Que la Autoridad palestina reivindique las negociaciones de paz fundadas en la resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.

No dejemos que la ensangrentada nación palestina desespere y hagamos escuchar más fuerte que nunca este llamado a la razón.


"No vamos a hacer la milicia"

"En el momento en que se traspone la frontera y se entra en Cisjordania, uno se convierte en un asesino en potencia. Eso es lo que sentí. Cualquier niño puede arrojarme una piedra y me vería obligado a correr tras de él, a hacer cualquier cosa para protegerme. Ante esta trampa, la única solución posible tanto a nivel emocional como político es negarse a hacer el servicio militar. Negarse a hacerlo tiene una significación política y era importante para mí, aun a riesgo de terminar en la cárcel, para influir en el curso de los acontecimientos".

El que habla es Igal Ezrati, uno de los cinco objetores de consciencia israelíes entrevistados por David Benchetrit en su film On tire et on pleure (Disparamos y lloramos). La velada que anuncia la cadena Arte de la televisión francesa para el 9 de noviembre bajo el título "No vamos a hacerla", y que incluirá el magnífico Por la patria de Joseph Losey (1964), tratará también sobre los desertores de la Wehrmacht durante la segunda guerra mundial y los desertores franceses de la guerra de Argelia.

Pero el drama que se desarrolla del otro lado del Mediterráneo da a la reflexión de los objetores israelíes un peso especial. Su valeroso acto se remonta a la guerra del Líbano y para el pionero Gadi Algazy, aún antes. Creado en 1982 para reunir a los objetores de conciencia en ocasión de la invasión israelí al Líbano, el movimiento Yesh Gvul (Hay un límite) publicó a principios de octubre de 2000 un nuevo manifiesto titulado "La guerra en las tierras de Ariel, Beit-El, Beit-Hadassa y Kiryat-Arba1, sobre las tumbas de José y Raquel, no es nuestra guerra", que alienta a los soldados a negarse a participar en una guerra sucia. Se ha distribuido especialmente en los lugares donde los soldados hacen autostop y en la estación central de autobuses de Tel Aviv.

El primer objetor conocido de la intifada Al-Aqsa, el conscripto Noam Qouzar, de 19 años, fue condenado a 28 días de cárcel por negarse a marchar a los territorios ocupados.

  1. Colonias judías en Cisjordania ocupada.


Autor/es Eric Rouleau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 17 - Noviembre 2000
Páginas:7, 8
Traducción Dominique Guthmann
Temas Conflictos Armados, Geopolítica
Países Estados Unidos, Túnez, Australia, Argelia, Egipto, Francia, Cisjordania (ver Autoridades Palestinas), Gaza (ver Autonomías Palestinas), Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Islas Salomón