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Asimilación, tradición, religión

Las diferentes historias de los polacos de origen judío confluyen en el difícil itinerario recorrido para lograr reconocer sus orígenes y en el trauma del genocidio, que selló sus vidas en diferentes etapas

Extraña atmósfera la del viejo barrio judío de Kazimierz, en Cracovia. Destruido y exterminados sus habitantes durante la guerra, reconstruido más tarde, es de nuevo escenario de un renacimiento del judaísmo. Se destacan sobre todo la Fundacja Judaica (un centro de cultura judío), la asociación de Hijos del Holocausto y la Sociedad Cultural de los Judíos de Polonia.

Joachim Russek, director de la Fundacja Judaica, no es judío. Sin embargo pasa unas dieciocho horas por día en esta antigua casa de plegaria del siglo XIX. El edificio, durante mucho tiempo en ruinas, fue reconstruido entre 1989 y 1993: el 24 de noviembre de 1999 la Fundación -sostenida por la ciudad, el ministerio de cultura y auspiciantes- festejó su sexto aniversario. Lugar de estudios, pero asimismo de encuentros, de conferencias y conciertos, organiza casi un evento por día. A Joachim, un hombre de corazón generoso, se le reconoce la facultad de calmar los espíritus y los sufrimientos.

Ela X -prefiere no darse a conocer, lo que de por sí es significativo- se ocupa activamente de la asociación de Hijos del Holocausto, que se reúnen con regularidad y se ayudan mutuamente, sin preguntas indiscretas. Nacida en Varsovia en 1930, en una familia acomodada y "asimilada", vivía feliz sin saber siquiera el sentido de la palabra "judío". Pero estalló la guerra. Mientras sus abuelos son deportados a Treblinka, su padre está en el gueto. Consigue reunirse con su mujer y su hija en el campo. La madre muere. El padre deja a Ela en casa de unos amigos no judíos. La niña permanecerá con unas religiosas hasta el levantamiento de Varsovia. Y finalmente llega a Cracovia.

"Mi institutriz, que participaba de la resistencia, seguía mis peregrinaciones. Después de la guerra, terminé mis estudios como no judía, viviendo en un hogar de niños. Tenía miedo de confesar mis orígenes. Me bautizaron, rezaba en polaco, pero soy atea. Hace ocho años, me enteré por la prensa de que podía pedir la medalla de los "Justos entre las naciones"1 para la institutriz que me había salvado. En esa ocasión conocí las asociaciones judías, y entre ellas los Hijos del Holocausto. Por primera vez me sentí libre, como en casa, podía ser judía sin miedo".

De aspecto aristocrático, Henryk Vogler es una leyenda viva en Cracovia. Nacido en esa ciudad en 1911, Henryk sabía que era judío, pero era asimilado, como la mayor parte de la elite intelectual. "Era mi ciudad, mi lengua, mi cultura. La guerra cambió todo". Detenido por los alemanes en 1941, pasó tres años en campos de exterminio. "De regreso a Cracovia, mi mujer había desaparecido, y me volví a casar con una no judía. Nuestro hijo fue criado fuera de toda religión, pero recuperó el judaísmo en el transcurso de los acontecimientos antisemitas de 19682. Ahora vive en Estados Unidos y sus hijos van a una escuela judía".

Escritor, crítico literario, director de teatro y a la vez jefe de redacción de Zycie Literackie, Henryk, ahora jubilado, encarna en Polonia la cultura y la elegancia de Cracovia. "Soy judío y polaco. Volví a escribir después de la guerra. Tuve algunos disgustos en 1968, pero todos mis amigos me apoyaron. Pertenezco a Cracovia, al igual que mi mujer, directora teatral. No me proclamo judío, pero nadie ignora que lo soy y no acepté cambiar de nombre. No creo en Dios, pero estoy sentimentalmente ligado al judaísmo. No hablo yiddish, amo Israel, pero en Cracovia mi corazón conoce cada guijarro". ¿Antijudíos, los polacos? Según el escritor hay, como en otros lados, antisemitas y justos, como los que salvaron a su hermana. Henryk ve crecer, por cierto, el poder del clero, pero también el número de los partidarios del diálogo judeocristiano.

Rostro despierto y malicioso, Zofia Radzikowska adora los encuentros. Con su metro cincuenta, es una fuerza de la naturaleza: participa en todas las actividades, va de Cracovia a Varsovia como quien toma el autobús. Nació en 1935 en una familia asimilada. La llegada de los alemanes conmocionó la vida de Sarah e Itzhak, sus padres, propietarios de un taller de pieles. El padre, de rostro muy semita, fue llevado al gueto. La madre y la hija deambulan de aquí para allá, con documentos arios de una mucama y sometidas al chantaje de un "azul marino", sobrenombre de los policías polacos, muchos de los cuales se esmeraron en la caza de judíos. Itzahk murió en Auschwitz y Sarah se volvió a casar con un judío de Lwow, que ingresó a Cracovia junto con el Ejército Rojo.

Del catolicismo a las raíces

"Yo estaba en la escuela polaca y era católica, cuenta Zofia. Con la apertura de una escuela judía, sionista, me sentí feliz. Me encantaban la lengua, la historia, la gente, las danzas, los rituales. Para mí, la religión era secundaria: no creía en Dios, pero estudiaba los textos. Como el stalinismo consideraba enemigo al sionismo, la escuela fue cerrada en 1949". Aunque su padrastro fue excluido del Partido, Zofia en cambio "construye el socialismo". Sus amigos parten a Israel, pero -razón de Estado obliga- ella y su familia no tienen derecho a un pasaporte. Por cierto, en 1956, con Gomulka en el poder, hay permiso para viajar. Demasiado tarde: Zofia se siente polaca, su judaísmo se adormeció. Para que se despierte, será necesaria la visita de su tía y su tío de Israel. Zofia se va por tres semanas a Israel, por un momento piensa quedarse, pero finalmente regresa a Cracovia.

"Yo era investigadora en la Universidad, adjunta a la municipalidad: este es mi hogar, a pesar de las dificultades, de las luchas que debo enfrentar. No tengo problemas de identidad. En 1991 me conecté con la asociación de Hijos del Holocausto y el rabino Michael Shudrich. Era atea, pero Michael era comprensivo porque nos quería. Iba a una colonia de vacaciones para chicos y adultos. Así comencé a cambiar, como si Dios exigiera mi alma". Ahora Zofia estudia, participa de fiestas religiosas, de comidas sagradas. Ya no oculta su pertenencia. "Soy creyente, pero no ortodoxa. Tal vez mis enemigos políticos sean antisemitas, pero me respetan. Mi hijo es neutral. A veces hay profanaciones antisemitas en el cementerio judío, en la calle Miodowa, y algunos amigos míos se asustan, con razón o sin ella. Pero en mi opinión es mejor que los judíos no se oculten. Además la situación es más fácil en las ciudades grandes".

Delicado rostro de intelectual, infantil y frágil, Helena Datner pertenece a otra generación: nació en 1949, hija tardía de una madre atea, comunista, y de un padre sionista, deseoso de emigrar a Israel. De hecho, irá ilegalmente a Palestina en 1947, pero volverá a Polonia por amor a su mujer. "Mis padres hablaban polaco. Yo sabía que era judía, lo que significaba no tener ni tía, ni tío, ni primos. Papá me llevaba a los oficios religiosos, pero no me gustaba ese lugar, demasiado pobre. En casa no celebrábamos ni las fiestas católicas ni las judías. Durante mis estudios de sociología, me casé con un medio judío".

Todo cambia a mediados de los años ´70. Despedida de varios trabajos, Helena se rebela. Se declara "judía" en el rubro "nacionalidad" de su ficha de estado civil. Empieza a trabajar en el Instituto Histórico Judío (ZIH). Entra también al Centro de Educación de Cultura Judía, apadrinado por el Joint estadounidense. Nueva problemática: "¿Por qué ser judío en un mundo abierto?"

"No concibo el judaísmo sin la Torá, fundamento de nuestros valores. Sin embargo, no lo considero un libro santo. Es sólo un texto esencial porque nosotros somos el pueblo del Libro. Respeto cada vez más las fiestas judías, como el shabat. Siento la necesidad de seguir las normas de la vida religiosa. Mi hija de veintidós años fue a estudiar un año a Israel. Pero mi hijo, que tiene trece, es laico; además los rabinos lo aburren y para él es un esfuerzo ponerse la kippa en las plegarias…" Presidenta de la comunidad judía de Varsovia, Helena dirige el centro educativo. Se considera una "optimista realista", consciente de que todo es posible en Polonia, ese "país maravilloso y cruel donde conviven el antisemitismo más negro y seres iluminados, inteligentes, llenos de amor, en lucha contra el antisemitismo".

Kasia Zarnecka pertenece a otra generación aún. Nació en 1977 y sus padres nacieron a su vez después de la guerra. "Sus familias, por ambos lados, eran judías a medias. Mi padre habla de buena gana de sus orígenes, pero mi madre sólo los evoca a puertas cerradas". A los once años, Kasia escuchó a una de sus compañeras de colegio decir cosas desagradables sobre los judíos. En su casa pidió explicaciones: ¡por suerte estaba su padre para dárselas! Su verdadero encuentro con el judaísmo fue en una jornada en la colonia de vacaciones de la Fundación Lauder: "Cultura, religión, tradición: todo me gustó. Sobre todo estar con jóvenes de la misma edad y el mismo origen que yo". Kasia, que ahora vive sola, puede respetar el shabat. Frecuenta la sinagoga ortodoxa de Varsovia, y lamenta -no es la única- que no haya otra más liberal. En la universidad, donde estudia sociología, milita en la Unión Polaca de Estudiantes Judíos, que este año organizó "Jornadas de tolerancia" en Lodz, con ayuda de la municipalidad.

Profesor de universidad reconocido, investigador, Jakub Gutembaum es el motor del grupo de Hijos del Holocausto de Varsovia. Uno se pregunta de dónde saca su profunda serenidad. Cuando la guerra estalló, su padre, un maestro, huyó a la URSS, donde desapareció. "Mi madre, mi hermano y yo fuimos a dar al campo de Majdanek. Fui el único que regresó. Más tarde, cursé mis estudios superiores en Moscú. Al volver a Varsovia, mi único contacto con el judaísmo era el ramo que dejaba todos los 19 de abril ante el Memorial del gueto. No conocía las tradiciones, pero sabía que era judío y nadie lo ignoraba."

Además ¿cómo olvidar la judeidad en una Polonia comunista, donde cada período de crisis acarrea brotes de antisemitismo, como después de la guerra de los Seis Días de junio de 1967? Desde el cambio de régimen, la actividad social judía retomó impulso. Y Jakub participa en favor de quienes sufrieron tanto: los últimos testigos. Ofrece su tiempo sin medida, con resultados increíbles: desde hace poco, el gobierno polaco reconoce como "víctimas civiles" a los hijos escondidos, que gozan de los derechos correspondientes.

"No como casher, no participo en las ceremonias religiosas, pero leo mucho sobre el tema. Mi vínculo con el judaísmo es el destino común: como dice Julian Tuwim, nuestro gran poeta, ´no la sangre en las venas, sino la sangre derramada´. Algunos necesitan la religión, pero por una cuestión de sensibilidad personal, como con la música: no siento el llamado, pero comprendo y respeto a los que lo sienten. Soy científico, otros necesitan una metafísica. Además vi tantas atrocidades: ¿cómo creer que alguien vela por nosotros?", explica Jakub.

Tranquila, con una sonrisa luminosa, Krystina Budnicka irradia calor humano. Nació en 1932, octava hija de una familia judía tradicional no asimilada, que respetaba todas las tradiciones y normas religiosas. "En nuestro barrio de Muranow, sólo frecuentábamos a judíos". Llega la ocupación alemana. "Con mi aspecto semita, mi educación y nuestra carencia de dinero, no tenía a priori ninguna posibilidad de sobrevivir." Razzias y deportaciones vacían progresivamente el gueto. "En septiembre de 1943, descubren nuestro escondite: mi hermano y yo escapamos por las cloacas, pero mi hermana se quedó con nuestros padres; todos murieron. En 1944, después de que los nazis asesinaran a mi hermano mayor, me escondí con mi cuñada en casa de polacos, los Budnicki."

Cuando queda a cargo de las religiosas del orfanato, la pequeña Krystina parece un espantajo. Las monjas la cuidan, sin bautizarla ni obligarla a rezar. Para ella como para las otras pequeñas judías (seis sobre dieciocho, lo sabrá más tarde), es casi el paraíso después de todos esos años de horror. Hasta el punto de que pide ser bautizada: el sacerdote se niega, esperando que encuentre a su familia. "Después de la guerra retomé el colegio y a pedido mío me bautizaron en 1946. Era muy piadosa, lo que no me impedía conservar en algún lado mi fe judía. Pero me sentía tan bien con las religiosas…". Krystina, que encontró un tío, se negó a irse con él a París. Terminó sus estudios en la universidad de Varsovia en 1956, mientras seguía viviendo con las religiosas. Todo el mundo conocía su historia, pero nunca tuvo que enfrentar una reacción antisemita. ¿Y ahora? "Me siento judía, pero practico la religión católica. Para Yom Kippur, la fiesta del Gran Perdón, enciendo una vela. Puse una estela con el nombre de mi familia en el cementerio judío. Varias veces viajé a Israel, donde encontré primos. Acá me siento bien, tanto más cuanto que en la asociación de Hijos del Holocausto conocí otros seres errantes como yo…"

Para otros, la judeidad en Polonia sigue siendo una cuestión más delicada. En una entrevista, Adam Michnik, jefe de redacción de Gazeta Wyborcza, que no oculta sus orígenes, no satisfizo nuestra solicitud: no se considera "suficientemente competente" para manifestarse sobre ese tema. Bronislaw Gieremek, el ministro de Relaciones Exteriores, tampoco quería abordarlo. ¿Será todavía dificil para un hombre de vida pública asumir sus orígenes, aun cuando todos sepan cuáles son?

  1. El Estado de Israel otorga esta medalla a personalidades, organizaciones e instituciones no judías que contribuyeron a salvar judíos durante la guerra.
  2. Durante la guerra de los Seis Días, en junio de 1967, el gobierno polaco, lo mismo que el de la URSS y otras democracias populares, se alineó con los árabes. En cambio muchos judíos apoyaron a Israel. Para enfrentar esta situación, el poder comunista desató una campaña antisionista con connotaciones antisemitas, que se intensificó con los motines estudiantiles de marzo de 1968. Los judíos fueron expulsados de posiciones públicas, el yiddish fue declarado "lengua extranjera", las organizaciones extranjeras como el Joint fueron deportadas. La mayor parte de los 30.000 judíos que quedaban en Polonia abandonaron el país.
Autor/es Karolina Wolfzahn
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 8 - Febrero 2000
Páginas:18, 19
Traducción Yanina Guthmann
Temas Historia, Genocidio, Minorías, Ultraderecha, Judaísmo
Países Estados Unidos, Polonia, Israel, Palestina