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Shangai, vidriera del capitalismo chino

Después de haber sido en los años ´30 la quinta ciudad del mundo por su demografía y actividad portuaria, Shangai -enclave colonial en tiempos pretéritos- se eclipsó durante todo el período maoísta (1949-1976). Ahora, mientras China se empeña en la carrera económica mundial, sus dirigentes intentan relanzar esta megalópolis para hacer de ella una "ciudad global" que rivalice con las de la orilla americana del Pacífico. Espectacular desarrollo que se lleva adelante en nombre del futuro y bajo el signo de la desigualdad social.

La bandera roja flamea orgullosamente sobre los edificios de ambas orillas del río Huangpu, en Shangai. Con el brazo extendido hacia el porvenir, un Mao de bronce se destaca sobre el fondo de edificios elegantes de los años 30, los del Bund1, como para subrayar mejor la recobrada soberanía y la recuperación de China después de un siglo de humillaciones infligidas por las potencias imperialistas occidentales y asiáticas (1839-1945). Pero en ese laboratorio de la modernidad china, sólo subsisten signos ambiguos del comunismo, mezcla de idea nacional e impulso revolucionario. Estos no expresan sino el nacionalismo triunfante de un "país continente" que ingresa irresistible e irreversiblemente en la competencia económica y geopolítica mundial.

Fue en Shangai que Deng Xiaoping y sus sucesores decidieron, a principios de los 90, después de largas vacilaciones2, construir la primera "ciudad global" china. Se trataba de transformarla en uno de los centros neurálgicos del sistema internacional, que concentrara las funciones de mando, estructurara los flujos económicos y financieros, ritmara la marcha del mundo3. El presidente Xiang Zemin y su Primer Ministro Zhu Rongjii, prefirieron reunir los saberes y servicios "pos-industriales", los polos de alta tecnología, los recursos humanos "hipercalificados" y el capital requerido para erigir la ciudad en centro del capitalismo mundial capaz de rivalizar con Tokyo, pero sobre todo con Los Angeles y Nueva York. Esas megalópolis se han transformado en el horizonte insuperable de la visión china del futuro. Aquí, no se miden con una Europa de energía difusa, ni tampoco con el vecino nipón, sino con el gigantismo estadounidense.

De ahí el mimetismo arquitectónico y la carrera por la verticalidad, símbolo obligado del poder: procuran apropiarse de las fuerzas vitales reproduciendo las formas del objeto deseado. En Pudong, comuna de Shangai ubicada en la orilla oriental del Huangpu, destinada, según el Primer Ministro Zhu Rongjii a transformarse en una Manhattan oriental, el Estado construyó una ciudadela de cuarzo. Domina el conjunto la ya célebre torre de televisión, especie de nave espacial kitch, rosa metalizado, directamente salida de un dibujo animado de ciencia ficción estadounidense, y el Jinmao building, el más alto rascacielos de Asia (costo: 540 millones de dólares). Gris, elegante, de una frialdad casi amenazante, alberga algunos bancos y un inevitable hotel de lujo.

Dentro de la dinámica actual, la megalópolis más internacionalizada y próspera de China se convirtió en un símbolo del renacimiento del país más poblado del mundo, de su persecución de la riqueza, de su sueño de grandeza. Eclipsada durante cuarenta años por un poder central que alimentó la desconfianza instintiva hacia el cosmopolitismo de las ciudades costeras, Shangai se transformó en la vidriera de la política de apertura del equipo dirigente y en una zona privilegiada de experimentación social. La ciudad encarna el porvenir deseado e imaginado de una China moderna. Símbolo de los símbolos, la inmensa maqueta dorada de la comuna domina en el hall de entrada del flamante museo de urbanismo, en el Parque del Pueblo. Tiene un extraño parecido con un altar consagrado a las diosas Riqueza y Poder. La imagen del Rockefeller Center neoyorquino viene inmediatamente al pensamiento.

Muy poco queda del pasado arquitectónico. Todavía subsisten algunos lilongs, callejuelas y lugares tradicionales, llamados a desaparecer tarde o temprano; la antigua concesión francesa, refugio de la nueva burguesía y de los expatriados occidentales, recuerda el encanto obsoleto de la vida colonial; algunos islotes de tradición, como los jardines Yu, aportan singularidad a la megalópolis.

Esos enclaves no hacen sino subrayar la radicalidad del cambio. En los barrios nuevos, estamos en todas partes -en Caracas, Houston, Los Angeles, La Defensa- es decir, en ninguna parte. La memoria se pierde en un océano de cemento, de vidrio y de acero. "Arrasar barrios enteros para dejar lugar a las autopistas urbanas y a los rascacielos forma parte de un proceso de borrado de las huellas físicas de la memoria, mucho más seguro y rápido que las campañas políticas de la época maoísta"4. En el corazón de la ciudad, el Bund se convirtió en la cúspide del consumo masivo, sustituto mercantil del culto a las masas. En la arteria central, Nanjinglu, se concentran las grandes casas comerciales. En Pudong, no muy lejos de Jinmao, un hipermercado Carrefour recibe un flujo denso, permanente, casi estremecedor de consumidores. Esos sitios están reemplazando a las formas tradicionales de vida comunitaria.

Shangai tiende hacia el futuro. Aquí, la nostalgia y la mirada estética no están de moda. La ciudad salió de su letargo, y se mueve. Desprende una indiscutible energía y suscita enormes esperanzas de ascenso económico y social. En materia de urbanismo, la gran masa de habitantes de Shangai aprobaría, sin duda, la filosofía urbana de Le Corbusier para quien las épocas de oro no son más que un engaño. Nada había de bello ni de memorable en las viviendas vetustas o en las desaparecidas villas miserias. Shangai no mira hacia atrás, ni siquiera ese anciano más sorprendido que nostálgico ante un semejante vuelco de las cosas: "Yo ya no me hallo aquí, pero está bien". Los signos que permitían narrar la historia antigua de la ciudad ceden lugar a un nuevo relato, vertical y de cemento.

¿Podían hacer otra cosa? El historiador Zheng Zu'an, investigador de la Academia de Ciencias Sociales de Shangai y especialista en la ciudad, subraya, incómodo, el precio que se debe pagar por un necesario desarrollo: "Había historia en cada casa, en cada esquina. La pérdida de la memoria es muy grave. Pero había al mismo tiempo una imperiosa necesidad de espacio y hubo que desbrozar". De ahí la necesidad de arrasar barrios enteros, insalubres, y de construir infraestructuras. En vez de reparar lo viejo, optaron por lo nuevo. Había que dar vivienda digna a la gente, léase entre 13,5 y 14 millones de personas, entre las cuales casi la mitad son obreros; de hecho, cerca de 17 millones, si se toma en cuenta a los inmigrantes del campo que desde fines de los 80 afluyen a la ciudad5.

Desde un punto de vista funcional, el progreso es indiscutible: cada habitante de Shangai de pura cepa, es decir, cada uno de los que tienen derecho a la residencia, dispone ahora de un poco más de espacio (nueve metros cuadrados habitables promedio contra seis metros cuadrados hace veinte años), agua potable, y un confort elemental.

Sin embargo, hay que diferenciar la urbanización de emergencia, llevada a cabo entre 1950 y 1990 para albergar a la gente, con recursos acotados, y aquella a la que se asiste desde fines de los 80, bajo el impulso de la liberalización económica. En la primera fase, las autoridades construyeron inmensos complejos habitacionales sobre el Huangpu, siempre cerca de las fábricas, en la periferia del centro de la ciudad y en la zona suburbana. Alegremente bautizados como "pueblos nuevos", pero inevitablemente grises, esos centros habitacionales mejoraron considerablemente la situación de la vivienda. De ahí en más, se construyó dentro de una fiebre especulativa (aunque el globo ya empieza a desinflarse) oficinas, torres centelleantes que permanecen medio vacías. El imperio de la necesidad cede el paso a lo superfluo y a los símbolos. No está en juego la estética: los rascacielos son visualmente mucho más atractivos que los monobloques que rodean al centro de la ciudad. Lo que está en juego es de orden social.

La repentina irrupción del mercado como lógica dominante provocó una inflexión en la naturaleza del desarrollo urbano. La privatización del sector inmobiliario y la declinación de la construcción pública generaron "una distribución desigual de la propiedad y acentuaron la desigualdad de la riqueza"6. A semejanza del París del barón Haussmann, la construcción de la ciudad futurista se hizo mediante la evacuación fuera del centro de la ciudad de cientos de miles, y hasta millones de personas. Shangai vuelve de manera brutal a una dualidad social que recuerda a la época colonial y una alteridad radical separa a los nuevos ricos involucrados en las actividades pos-industriales y en los servicios, de las clases obreras.

Corresponde decir clases obreras, pues hay varias. La que goza -¿por cuánto tiempo más?- de las ventajas del salariado dentro de las empresas estatales (protección social, jubilación, etc). Aquella, cada vez más numerosa, de los nuevos desocupados expulsados del sector privado y de las personas que se designan como "en espera de un empleo" (los xiagang, echados de las empresas públicas en proceso de reestructuración). Y finalmente aquella de los incontables inmigrantes rurales que llegan en un intento de escapar a la miseria, de encontrar un trabajo y sacar provecho del enriquecimiento actual. Dentro de la estratificación social que emerge, estos últimos forman un nuevo sub-proletariado.

El Estado reformador liberalizó de hecho el mercado de trabajo para integrar al país en la mundialización y para sacar partido de la ventaja comparativa que una mano de obra inagotable le confiere a China. Para lo cual flexibilizó el hukou (sistema de pasaportes internos del período maoísta que fijaba a la gente a su lugar de residencia), y favoreció los flujos migratorios rurales hacia las zonas de producción para la exportación y de la industria de la construcción. La segunda fase de este programa es la reestructuración de las empresas públicas, destinada a flexibilizar aun más el mercado laboral. Lu Ming, economista de la Universidad Fudan, subraya que al dejar actuar a las fuerzas del mercado, el gobierno "de hecho, está desregulando paso a paso el mercado de trabajo", con sus permanentes arbitrajes entre "eficacia económica y estabilidad social". Según él, habría que desregular aún más para "bajar los costos salariales del sector público con el fin de eliminar las rigidices" que subsisten.

Todos los días, miles de inmigrantes rurales se apiñan delante de la estación. Esperan, con la esperanza de que los agentes reclutadores de las empresas constructoras les propongan un empleo. ¿Cuántos son? Más de tres millones, según las estimaciones corrientes. Sin duda son más, si se cuenta a todos los que no fueron a declararse ante las autoridades. Llevan su diferencia en la cara, en la mirada, en su forma de vestir, en su idioma. Hombres, mujeres y niños, llegados sobre todo de las provincias limítrofes (Jiangsu, Anhui, etc.), aunque a veces también de muy lejos, se agrupan en redes familiares o étnicas para poder pagar el alquiler, requisito indispensable para obtener un permiso de residencia temporario.

Las mujeres se transforman en vendedoras callejeras, los niños en mendigos, vendedores de flores o adornitos. Cuando consiguen trabajo, los hombres se concentran en la construcción -sector dominado por las grandes empresas de Taiwan y de Hongkong. Como no gozan de ninguno de los derechos de los obreros del sector "protegido", viven (y a veces mueren) en las obras a cambio de salarios irrisorios: entre 30 y 40 dólares por mes en la provincia de Guandong; más del doble en Shangai. Ellos son quienes construyen los rascacielos, las rutas, quienes realizan las tareas más pesadas. Bajo la luz de potentes reflectores, trabajan en las obras en plena noche, a dos pasos de los lugares más conectados del centro de la ciudad, de los bares y de los clubes privados.

Son objeto del desprecio o de la indiferencia de los ciudadanos de pura cepa, las autoridades los vigilan de cerca gracias al sistema de permisos de residencia temporarios recientemente instaurados y a la cuadrícula de los comités de fábrica y barriales de las ciudades. Estos inmigrantes se codean con los habitantes "legales" pero no conviven con ellos. De hecho, un cordón sanitario separa a estos trabajadores sometidos al servilismo de aquellos para quienes construyen la ciudad del futuro.

Entre 1988 y 1995, el Estado suprimió las subvenciones alimentarias y las ayudas para la vivienda fueron distribuidas de un modo no-igualitario. En 1997, sólo el 44% de los desocupados registrados recibían subsidios, por lo demás muy bajos -49 yuans por mes en promedio, es decir un décimo del salario promedio. Cierto es que en Shangai, donde los salarios y los subsidios son más elevados, los xiagang reciben 300 yuans por mes, pero, al igual que los inmigrantes, viven a años luz de la insolente riqueza de la ciudad burguesa. Para dar la medida, basta decir que en la calle Huaihai Xi, ciertos agentes acaban de terminar la construcción de un club privado-discoteca de alrededor de diez pisos. El abono anual para entrar cuesta 2000 dólares (unos 16600 yuans), es decir, más de cuatro años de subsidios o entre dos y tres años de salarios de un profesor de escuela secundaria.

¿El porvenir? ¿Qué hacer con los inmigrantes, una vez que la construcción de la ciudad nueva esté terminada? ¿Qué será de ellos cuando ya no sean "económicamente útiles"? ¿Serán desplazados o vendrán a engrosar las filas de un tercer mundo suburbano? En todo caso, no podrán integrarse a la red productiva de una ciudad cuya política ya consiste en erradicar las industrias tradicionales hacia provincias más pobres y en atraer a los ingenieros, universitarios y "productores de símbolos" de toda China. El objetivo de la municipalidad, dice un interlocutor, es "alcanzar rápidamente un nivel y un estilo de vida comparables a los de las megalópolis de los países desarrollados". Aquí como en todas partes, el Estado, en pos de ese objetivo, se desentiende de lo social y deja "que sean los pobres quienes tienen que ocuparse de los pobres"7.

  1. Barrio comercial de Shangai construido en los años ´30 y ubicado en la orilla occidental del río Huangpu.
  2. El Consejo de Estado chino lanzó en 1986 un "plan sistemático para la metrópolis de Shangai" destinado a transformarla en una ciudad "moderna y socialista dotada de una economía próspera y una civilización avanzada". Pero recién a principios de los 90 se puso en marcha el plan realmente.
  3. Véase Saksia Sassen, La ville globale, Descartes & Cie, París, 1996.
  4. Véase Christian Henriot y Zheng Zu'an, Atlas deShangai, Espaces et représentations de 1984 à nos jours, CNRS ediciones, París, 1999, p.11.
  5. Véase Jean-Louis Rocca, "La vague du chômage déferle sur la Chine", Le Monde diplomatique, 1-1999.
  6. Véase Policies for Poverty Reduction in China, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Oficina Internacional del Trabajo (OIT), 1999.
  7. Según la muy pertinente expresión de una investigadora de la Oficina Internacional del Trabajo que quiso mantenerse en el anonimato
Autor/es Philip S. Golub
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 14 - Agosto 2000
Páginas:31, 32
Temas Colonialismo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Geopolítica, Políticas Locales, Migraciones, Clase obrera
Países China