Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Los asalariados y el tiempo

El voto en Francia de la "ley de las 35 horas" no impedirá la invasión del trabajo en territorios en otro tiempo preservados de coacciones, como la vida privada. En Estados Unidos es donde cobró mayores dimensiones este cuestionamiento del espacio privado, que la competencia exige y permiten las nuevas tecnologías. Las incidencias medicas del "estrés" profesional se volvieron tan graves que preocupan de ahora en más a los grandes periódicos financieros estadounidenses. Esta realidad no tiene necesariamente mucho que ver con el discurso periodístico actual, que casi haría creer que en EE. UU. los asalariados, muy solicitados, podrían actualmente imponer sus condiciones a los empleadores.

La patronal estadounidense parece haber sustituido el ejército de los desocupados descrito por Karl Marx por el ejército de los sobrecargados de trabajo, víctimas de un conflicto permanente entre las presiones económicas y su vida familiar.

Analizando la caída del poder adquisitivo real, el economista Juliet Schor estima que "para mantener el nivel de vida de 1973, (los estadounidenses) deben trabajar 245 horas más por año, es decir seis semanas suplementarias"1. En efecto, en Estados Unidos, el tiempo de trabajo no deja de aumentar: según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), pasó de 1.883 horas por año en 1980 a 1.966 en 19972. Simultáneamente, disminuyó en todos los países desarrollados con excepción de Suecia; pasó, por ejemplo, de 1.809 a 1.656 horas en Francia, de 2.121 a 1.889 horas en Japón, de 1.512 a 1.399 horas en Noruega.

Para los estadounidenses casados y padres de hijos de menos de 18 años, llega casi a 51 horas por semana; 41,4 horas para las estadounidenses en la misma situación. Según estudios del Families and Work Institute de Nueva York, una evolución así representa, con respecto a 1977, un suplemento de 2,8 horas de trabajo por semana para los hombres y de 5 horas por semana para las mujeres3. Así se comprende mejor que la proporción de estadounidenses que querrían trabajar menos haya pasado desde 1992 del 47% al 64%.

¿Por qué trabajan más? El 20% de ellos explica que su empresa no les deja otra opción; el 46% que lo hacen para cubrir los gastos. Schor recuerda que "después de la recesión de principios de los años 80, muchas empresas evitaron contratar asalariados y prefirieron programar más horas suplementarias". Un asalariado sobre cinco reconoce estar coaccionado a cumplirlas cada semana sin previo aviso; uno sobre dos se encuentra en esta situación cada mes4. Tampoco se salvan los gerentes de alto nivel: tres ejecutivos hacen el trabajo que, a principios de los 80, exigía cinco. ¿El precio? A veces setenta horas de trabajo por semana.

Ahora la vida activa comienza más temprano. Y termina más tarde. Son tantos los adolescentes que redujeron las horas que consagraban a las comidas, al sueño y a los deberes escolares, a cambio de un empleo remunerado, que el National Research Council reclama una reglamentación más severa del trabajo de los jóvenes. En cuanto al número de asalariados de más de 55 años, debería crecer en seis millones de acá al 20065.

Como la cantidad de horas de un día no puede extenderse, el derecho al trabajo se paga privándose de momentos de ocio y de relaciones personales. Varios indicadores subjetivos (un sondeo que demuestra la degradación de la cantidad y calidad de las conversaciones; el aumento de la importancia de las comidas ya preparadas en los comercios, la obsesión del quality time, el tiempo dedicado a los familiares), dibujan el retrato de una sociedad carente de convivencia. Y la proporción de los estadounidenses que se declaran "muy satisfechos" con su vida familiar pasó desde 1977 del 55% al 39%6.

Se borra la frontera entre el hogar y la oficina. Después de varios centenares de conversaciones, la especialista de marketing Judith Langer estimó: "Las personas sienten que lo que están obligadas a hacer para el trabajo -como la lectura profesional, la investigación sobre los últimos descubrimientos en su área, el uso del e-mail y el teléfono- ha invadido el resto de su vida". La computadora individual -presente en la mitad de los hogares estadounidenses- facilita esta excrecencia de lo profesional en lo privado, de la oficina en el domicilio. Como lo observó un lector de Modern Maturity: "Trabajamos cada vez más para comprar tecno-juguetes que en realidad no son más que instrumentos de trabajo glorificados. Y necesitamos esos instrumentos para ganar el dinero que sirve para comprarlos… Estamos atrapados."7.

El deseo de escapar de los azares de la vida privada en una época marcada por la inestabilidad de los matrimonios, o de aprovechar las oportunidades de enriquecimiento en una economía en plena expansión, podría también desempeñar algún rol. Buscando entender por qué asalariados que tenían derecho a vacaciones familiares las rechazaban, la socióloga Arlie Hochschilde concluyó que "el trabajo se convirtió en una especie de hogar, y el hogar en trabajo" y muchos empleados perciben ahora sus oficinas como "un mundo social más valorizante y caluroso" que sus domicilios, donde "las demandas emocionales se volvieron más desconcertantes y complejas"8. Los medios parecen dar la razón al 91% de asalariados que se declaran muy o bastante satisfechos de sus empleos; las telenovelas muestran oficinas donde la amistad y el romance primarían por sobre el trabajo. Una de las ideas faro de la "contra-cultura" de los años 60 -el trabajo como afirmación de sí- terminó por favorecer la identificación del asalariado con los intereses de la empresa.

Sin embargo, el incremento del tiempo de trabajo pone a prueba a la mayor parte de los hogares. Si hace veinte años el dinero representaba la principal causa de los conflictos conyugales, la principal explicación de los conflictos de la pareja actual sería la falta de tiempo9.

Otro cambio significativo: mientras que el "estrés", metáfora usada para describir ciertas consecuencias negativas del trabajo, se concebía en otro tiempo como una aflicción que afectaba prioritariamente a los hombres10, el "dilema vida-trabajo" (según la nueva formulación) constituye una carga conyugal, cuyos costos pagan ambos esposos. Un sitio en Internet (babycenter.com) encuestó a unas 2000 mujeres encintas para saber si volverían a sus empleos inmediatamente después del nacimiento de sus hijos (en EE.UU. prácticamente no existe la licencia por maternidad), y dos de cada tres respondieron afirmativamente. Aunque las que calificaban esta decisión de "desgarradora" eran el doble de las que se declaraban "satisfechas".

Los hombres también se quejan del empequeñecimiento de sus espacios privados. En el curso de los años 70-80, la afluencia de las mujeres al mercado de trabajo donde intentan, bien o mal, compensar la pérdida del poder adquisitivo de sus maridos, no hizo más que agregar para ellas la carga de un empleo asalariado a la consagrada a la cocina, al cuidado de la casa y de los hijos11. Pero a partir de los años 80 se produjo una revolución en ese terreno. Ahora los hombres, que en otro tiempo se desentendían de las tareas domésticas y familiares, les dedican entre cuatro horas y media por día laborable y once horas y media los fines de semana. Sigue siendo dos horas menos que las mujeres, pero son dos horas más que antes.

En la nueva sociedad estadounidense de "dos velocidades", los márgenes opuestos de la fractura social, que antes se definían sólo por el acceso a los ingresos del trabajo y al consumo, ahora se definen también por el grado de control que ejercen sobre la distribución de su tiempo. Además de pudientes sujetos a empleos tan bien pagos como agotadores, la nueva clase privilegiada incluye en efecto parejas casadas en el seno de las cuales cada uno puede a la vez ocupar un empleo asalariado y exigir una cierta flexibilidad en materia de condiciones de trabajo. La fundación feminista Catalyst de Nueva York define también a esta elite de "ganadores fieles" (que representarían cerca del 20% del total de parejas casadas): están muy satisfechos de sus empleos; recomiendan su empresa a sus relaciones; superan las normas de trabajo habitualmente requeridas, recibieron promociones o recompensas por su rendimiento; cuentan con permanecer todavía largo tiempo con su empleador.

Les importa ante todo lo que garantiza el control de sus carreras y de su tiempo. Además de los salarios (que desean elevados), reclaman una jerarquía que satisfaga sus demandas y la posibilidad de trabajar independientemente (72%), quieren definir ellos mismos los criterios de productividad (67%) y la gestión de su horario de trabajo (58%). Son particularmente exigentes en materia de vacaciones familiares, de trabajo a domicilio y del cuidado de los hijos pagado por el empleador. En suma, cuanto más elevado es el status del empleado en la empresa, más reivindica los derechos a una vida privada que son teóricos para muchos otros12. Pero las exigencias de los "ganadores fieles" tienen más posibilidades de ser satisfechas dado que aun cuando su patrón prefiriera empleados completamente dedicados al trabajo, sus calificaciones los hacen difícilmente reemplazables. Y además, como esos "ganadores fieles" suelen recibir dos buenos salarios por hogar, no asumen muchos riesgos al mostrarse exigentes con uno de sus empleadores.

A pesar de la disminución del desempleo, los riesgos permanecen en efecto muy presentes en el espíritu de la mayoría de los estadounidenses. La proporción de los asalariados que trabajaron para la misma empresa durante al menos diez años -una buena medida para evaluar la seguridad del empleo- pasó del 41% en 1979 al 35,4% en 199613. Cerca de dos asalariados sobre cinco no creen que podrían encontrar fácilmente una posición que ofrezca la misma remuneración y las mismas garantías sociales. ¿Son demasiado pesimistas? En 1993, el ministerio de Trabajo estimaba que solamente el 20% de las personas despedidas que se habían beneficiado después con una formación pagada por el Estado habían podido encontrar un trabajo cuyo salario alcanzara al menos el 80% de su remuneración precedente. Sin embargo el número de despidos económicos continúa batiendo récords, en parte debido a la multiplicación de fusiones y de reestructuraciones industriales, a menudo provocadas por el deseo de "crear valor" para los accionistas.

Millones de estadounidenses, a menudo afortunados, comienzan a priorizar una vida que no esté completamente absorbida por el trabajo. Por el momento, su victoria está lejos de ser compartida por el resto de sus conciudadanos.

  1. Juliet Schor, The Overworked American; the Unexpected Decline of Leisure, Basic Books, Nueva York, 1992.
  2. Oficina Internacional del Trabajo, Key indicators of the Labor Market, Ginebra, 1999.
  3. James T. Bond, The 1997 Study of the Changing Workforce. Nueva York: Families and Work Institute, 1987
  4. Ibidem.
  5. Monthly Labor Review, Washington, noviembre de 1997.
  6. James T. Bond, op. cit.
  7. Modern Maturity, sept-oct. de 1999.
  8. Arlie Hochschild, TheTtime Bind: When Work becomes Home and Home becomes Work. Metropolitan Books, Nueva York, 1998.
  9. Leer Catalyst, "Two Careers, One Marriage: Making it Work in The Worplace", Nueva York, 1998.
  10. Para una perspectiva feminista, Barbara Ehrenreich, The Hearts of Men: American Dreams and the Flight from Commitment, Doubleday, Nueva York, 1983.
  11. Según The 1997 Study of the Changing Workforce, "las madres asalariadas mantuvieron las horas consagradas a sus hijos los días de trabajo, aunque trabajen más en sus empleos" (op.cit.)
  12. Kirsten S. Wever, "The Family and Medical Leave Act.", Radcliffe Publica Policy Institute, Cambridge, 1996,
  13. Lawrence Mishel et. al., The State of Working America, Cornell University Press, Ithaca, 1999.
Autor/es Mark Hunter
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:28, 29
Traducción Yanina Guthmann
Temas Tecnologías, Deuda Externa, Neoliberalismo, Políticas Locales, Salud, Periodismo, Clase obrera
Países Estados Unidos, Japón, Francia, Noruega