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Recuadros:

La zona invisible de Gran Hermano

Mientras se aguarda a que en junio próximo finalice la polémica experiencia de Gran Hermano, habrá que preguntarse si la televisión argentina no está imponiendo al público su propia visión del mundo real. Y si en función de ganar audiencia y fabricar celebridades a bajo costo, no debería buscar algún camino alternativo a la barbarie visual. Los entretelones de este reality show de éxito mundial muestran que tiene muy poco de "real" y mucho de ficcional.

Se miente más de la cuenta

Por falta de fantasía

También la verdad se inventa

Antonio Machado

Según consta en los archivos militares franceses de fines del siglo XVIII, cada vez que en París se declaraba una peste los habitantes debían cumplir con un reglamento estricto. Las familias eran confinadas en un espacio cerrado, recortado y vigilado en todos sus rincones. Se le asignaba un médico a cada grupo y se cortaba la comunicación entre la gente y los proveedores de productos. El mecanismo disciplinario funcionaba a la perfección. Todos y cada uno de los movimientos humanos eran controlados y registrados en un trabajo ininterrumpido que unía el centro y la periferia. Fue sobre esa base que el inglés Jeremy Bentham ideó luego el panóptico, una figura arquitectónica con forma de anillo que permite a los agentes exteriores espiar -sin ser vistos y desde un solo punto- la totalidad de lo que ocurre en el interior de cualquier espacio pasible de ser observado.

En su célebre ensayo Vigilar y castigar el pensador francés Michel Foucault analiza en profundidad el significado de ese diabólico pero refinado sistema1. "Cualquier individuo puede hacer funcionar el dispositivo. Si está ausente el director pueden hacerlo su familia, los que lo rodean, sus amigos, sus visitantes, incluso sus servidores. El motivo que los anima resulta por completo indiferente: la curiosidad de un indiscreto, la malicia de un niño, el apetito de saber de un filósofo que quiere recorrer este museo de la naturaleza humana, o la maldad de los que experimentan placer en espiar y en castigar". Foucault añade que todo aquel ser humano que esté sometido a un campo de visibilidad, y que lo sabe, reproduce por su cuenta las coacciones del poder. Y que poco a poco esa "jaula cruel y sabia" se convierte en un edificio transparente donde el mecanismo de espiar "es controlable por la sociedad entera".

¿Puede extrañar que esa prisión tan perfecta se asemeje tanto a la casa de Gran Hermano? Salvando el hecho cierto de que los participantes del programa se encerraron allí por voluntad propia, luego de ganar la carrera contra otros 25.000 oferentes, ¿no son acaso espiados y luego castigados, voto a voto, por una parte apreciable de la "sociedad entera" y también por ellos mismos? Y además, ¿no reproducen con cada uno de sus actos las sutiles coacciones que ejerce desde lejos un poder omnipresente? Es verdad que algunas de estas preguntas son extensibles a otros reality shows de la actualidad televisiva nacional y mundial. Tanto en Expedición Robinson como en El Bar los participantes se van eliminando entre sí con ayuda de los televidentes, casi de la misma forma cruel y arbitraria con que lo hacen los de Gran Hermano. Pero la elección de este último ciclo como objeto del presente análisis se justifica, entre otras razones, porque se trata del único reality game -como prefiere llamarlo el semiólogo Eliseo Verón2- donde sus protagonistas no realizan trabajo alguno más allá de cumplir con determinadas rutinas propias del show. De alguna manera los aventureros de Expedición Robinson deben competir para sobrevivir en la naturaleza (que de todos modos no es tan salvaje como parece). En cuanto a los habitantes de El Bar, hay que admitir al menos que deben hacer funcionar con algún éxito ese microemprendimiento dudoso. En cambio los enjaulados concursantes de Gran Hermano sólo deben limitarse a obedecer.

En la casa-burbuja del suburbio bonaerense de Martínez la vida no es un problema. Prácticamente no hay nada especial que hacer ahí más allá de cumplir con las órdenes estrictas que se reciben diariamente desde la producción. El objetivo final de esas indicaciones es más que obvio: un hombre y una mujer, por caso, deben cuidar durante toda la noche que una fogata permanezca encendida; se ordenan bailes en pareja o en grupo donde hay que tocarse una parte del cuerpo continuamente y en general se proponen todo tipo de actividades absurdas que parecen sacadas de los cruceros que se organizan para "solos y solas" en el Caribe.

Finalmente, y para evitar que a alguien se le ocurra escribir o leer -tareas sin duda poco excitantes para el gran público televidente- el reglamento es categórico: se prohiben las lapiceras, el papel, las agendas y los cuadernos. Sólo se puede llevar a la casa una revista y un único libro. Para qué abundar en lo evidente. Alcanza con recordar una de las consignas lanzadas por el partido del Gran Hermano en la novela 1984, de George Orwell: "La ignorancia es la fuerza".

A diferencia del teatro dramático producido por los antiguos griegos, basado en la recreación ficcional de hechos históricos y cotidianos, Roma recurrió -para entretener a la plebe- a "la muerte en directo". Sobre la arena del circo romano los gladiadores peleaban y morían de verdad, en tanto que leones también reales devoraban sin piedad a cristianos indefensos. Muchas veces era el público, con sus estruendosas ovaciones, quien influía decisivamente en la opinión del Emperador a la hora de subir o bajar el dedo que condenaba. Podrá cuestionarse la validez de esta comparación recordando que aquí simplemente se trata de un juego, que nadie es condenado al cadalso, que los excluidos de Gran Hermano conocían las reglas de antemano, etc. Pero incluso desde esa visión más elástica y menos paranoica, los hechos se muestran igualmente oscuros y, por lo menos, discutibles.

Dos grandes pulsiones

Argentina es el país número 18 donde se adopta el formato del original ciclo holandés. Y en todos Gran Hermano arrasó con la audiencia, con una excepción: Estados Unidos. Este último dato desmiente a los críticos locales, que trataron de explicar el éxito del programa por la falta de horizontes en Argentina. ¿A qué atribuirlo entonces? Un primer análisis podría limitarse a que el show de la realidad satisface ampliamente dos grandes pulsiones propias del tercer milenio: la del público por husmear cada vez más en la vida ajena y la de los participantes por exhibirse hasta las últimas consecuencias. Desde este punto de vista podría sostenerse que el programa vino a llenar un vacío y que, por lo tanto, ya que responde a una necesidad evidente, tendría poco sentido cuestionarlo. Del mismo modo, cuando lo vapuleaban por sus obras de menor calidad, Lope de Vega se defendía diciendo: "El vulgo necio lo quiere, y pues lo paga, es justo hablarle al necio para darle gusto"3.

¿Pide la gente este sofisticado panóptico televisivo? ¿Y en tal caso no queda más remedio que satisfacerlo? Las respuestas son complejas. Podría decirse, en principio, que a todos los humanos nos gusta espiar la vida ajena y que en esto no hay nada nuevo. Hace algún tiempo, en Santiago de Chile, una modelo de 21 años vivió durante un mes en una casa completamente transparente. Una multitud se dedicó a observar sin pausa cómo la bonita mujer se desvestía, defecaba o se bañaba a la vista de todo el mundo. En realidad la idea de los autores de este proyecto fue plantear una discusión sobre los límites entre lo público y lo privado, generando así un debate sobre la deteriorada calidad de vida en las grandes ciudades. Los creadores de Gran Hermano, en cambio, apuntan a una cosa mucho más prosaica: dinero. Para obtenerlo utilizan a un grupo selecto de chicos y chicas siempre listos para humillarse en público. Ellos quieren fama y están dispuestos a mostrarse. También buscan una recompensa material -y la consiguen- aunque ya se ha demostrado que esa no es la motivación principal para encerrarse durante tres largos meses en una jaula de oro4; lejos de ser ingenuos, los elegidos le ponen precio al destape brutal de su intimidad. En principio reciben una retribución mensual bastante alta en relación al promedio salarial de los argentinos. Y además firman un contrato por un año con Telefé que habilita sus previsibles apariciones futuras en ese medio. Los veteranos de la versión española de Gran Hermano son ahora estrellas de la televisión. Las mantas que usaron fueron subastadas y algunos, incluso, hasta se convirtieron en héroes de los videojuegos.

Todo esto, para muchos, puede resultar muy inocente y divertido a falta de otra cosa, pero ¿no será que la televisión está extendiendo su imperio hasta más allá de lo aconsejable? Y al hacerlo, ¿no nos estará imponiendo de manera prepotente su propia visión del mundo real?

El desnudo inalcanzable

Los conejillos de Gran Hermano, como se sabe, no están solos, sino rodeados durante las veinticuatro horas del día y en todos los sectores (incluido el inodoro) por 10 camarógrafos, 27 productores y asistentes, 30 cámaras, 70 monitores y unos dos millones de personas que los vigilan desde sus casas. ¿Hasta qué punto puede afirmarse entonces que lo que vemos sea "la vida en directo" como se jacta Gran Hermano en su lema fundacional? Cualquier estudiante de teatro sabe que una representación no lo es menos por el hecho de carecer de una preparación adecuada. ¿Teatro espontáneo? Por qué no. Cada competidor es un actor, un director y un autor de su personaje. Cada uno escribe su propio guión en función de alcanzar sus objetivos. Lo que ellos temen no es ser observados. Lo que temen es el anonimato.

Aun así, los seis guionistas que trabajan en el programa bajo la dirección de Sergio Vainman se quejan de que el material a editar para los tres compilados diarios es pobre. Los tiempos muertos se reiteran, los diálogos resultan por lo general insulsos y la "acción" que todos esperan no se produce con demasiada frecuencia. Naturalmente que estos huecos están previstos y la producción se encarga de generar todo tipo de situaciones virtualmente conflictivas -o erotizantes- en pos de que tarde o temprano pase algo digno de ser, como se dice en la jerga específica, "guionado". De una manera o de otra todo está sutilmente diseñado para que el sexo y los choques interpersonales -si son violentos mejor- ocupen el centro de la escena. Después -sobre la base de ese material- los guionistas montan, cortan, editan y subrayan con lápiz grueso todo aquello que pueda incidir favorablemente en una suba del rating.

No les cuesta tanto, en realidad. Los participantes saben muy bien lo que se espera de ellos y en general no requieren de un guión preciso para desempeñarse. Pero aun así, como lo indica expresamente el reglamento que ellos saben de memoria, están obligados todas las noches a sacar una carta que indica sobre qué tema deberán hablar "espontáneamente" en ese momento.

El público, mientras tanto, ya empieza a sospechar que los desnudos, los llantos, los abrazos y los besos bajo la ducha no son genuinos, sino que forman parte de una estrategia para desalojar de la casa a los virtuales competidores. A Lorena, la primera expulsada mediante esta suerte de darwinismo televisivo, la echaron justamente por no entender el punto y pretender la honestidad en un pequeño mundo signado por la mentira. Los demás ya no cometen ese error y "hasta fingen que es dolor el dolor que de veras sienten"5. En general todos buscan permanecer en el show, pero emulando el doble discurso de los políticos, simulan un espíritu solidario, de grupo, que apenas supera el nivel de la fachada. ¿Acaso no son así las cosas afuera? Serruchar el piso alegremente, cortar cabezas, desplazar, imponer, dominar, engañar y castigar son comportamientos habituales para un sistema de vida basado, justamente, en la ética del sálvese quién pueda. Aun así hay que admitir que "afuera" las cosas resultan mucho más violentas y relevantes que las tormentas en un vaso de agua que se suceden, día a día, entre las cuatro paredes invisibles de Gran Hermano.

Se ha dicho con razón que la gran expectativa del público pasa más que nada por espiar cuerpos desnudos y actos sexuales. Es posible. De hecho Gran Hermano ya puede jactarse de haberlos conseguido en Argentina, aun en versión ligeramente amortiguada. Pero tampoco eso es una prueba de realismo. "Estar realmente desnudo es dejar caer todos los disfraces. Exhibirse desnudo, en cambio, es convertir la piel en un nuevo disfraz", escribió el inglés John Berger6. De esto, de la cosificación del cuerpo humano, saben mucho los actores del cine porno; en ese ámbito la cruda verdad de lo mostrado no es más que una ficción entre tantas, por más que se vean orgasmos reales y desnudos totales. "El interés que despierta el género porno se caracteriza por el hecho de saber que, en algún momento, el actor dejará de actuar"7.

Esa brecha entre un libreto cerrado y la variante improvisada puede ser otra causa del impacto que producen los reality shows. "La televisión del vecino aparece cuando las grandes estrellas hacen soñar cada vez menos. Los espectáculos fastuosos y teatralizados no ejercen ya la misma fascinación en la gente: resultan demasiado académicos y repetitivos. En cambio en el reality show juega más el azar, lo imprevisto; y así, el solo hecho de que la realidad supere a la ficción, provoca una emoción mayor en el televidente", ha escrito el sociólogo francés Gilles Lipovetski8.

Tal vez no sea cierto que la realidad supera a la ficción. Tal vez la mentira artística siga siendo necesaria, incluso para alcanzar mejor y más profundamente la inasible verdad del prójimo. "¿Sólo conoces lo real?", preguntó Nietzsche una vez. "Entonces cae muerto".

¿Adiós vida privada?

Ya sea mediante la cámara sorpresa o la previamente convenida -como en Gran Hermano- lo cierto es que la televisión avanza peligrosamente sobre la intimidad. No pocos intelectuales de valía -entre ellos algunos destacados sociólogos y psicólogos que figuran entre las 120 personas que trabajan para el programa- tratan de poner paños fríos en las críticas, recordando en todo momento que se trata sólo de un entretenimiento. Al final -conceden- todo se resume en la "fabricación barata de famosos"9 mediante un casting amplio y riguroso en el que fueron eliminados enseguida los feos, sucios, viejos, muy pobres y malos. La búsqueda inicial se concentró en caras bonitas, cuerpos jóvenes, virtuales exhibicionistas de clase media que no tuvieran mayores dificultades laborales y que, por sobre todo, pudieran armar con sus vidas alguna buena historia para contar. También se prefirió a hombres y mujeres no agresivos, no adictos y explícitamente apoyados por su familia para realizar esta experiencia degradante pero rendidora. Aún así se los sostiene diariamente con sesiones psicológicas privadas de quince minutos: el peso del encierro puede traer consecuencias indeseables y se los vigila justamente para evitar que alguien saque los pies del comportamiento (políticamente correcto) que se espera de ellos.

Desde afuera algunos observadores sagaces se suman al coro de intelectuales rápidamente satisfechos. La ecuación es sencilla: lo inevitable debe ser aceptado10. En la desprolija revista semanal que forma parte del merchandising del programa, el periodista Mario Mactas llega a ensayar un desaforado elogio de la invasión a la intimidad que produce Gran Hermano. "La televisión y la vida se parecen cada vez más y eso no es culpa de la televisión. Por otro lado, la vida privada es un invento y una institución relativamente recientes. Diría que es una creación burguesa, es decir algo que viene del siglo XVIII, de la Revolución Francesa en adelante. Los seres humanos nos las hemos arreglado bastante bien sin la vida privada durante períodos larguísimos. Y ahora parece que al impulsarnos hacia el futuro, en materia de comunicaciones, paradójicamente lo hacemos hacia el pasado, cuando la vida privada no existía"11.

Tal vez en esto último que dice Mactas resida el sentido último de "la vuelta a lo básico", otro de los lemas del programa. El equívoco surge del hecho de que, como se ha dicho, los elegidos para Gran Hermano están impedidos de ver televisión, leer diarios o escuchar radios12; deben cocinar, usar incluso los tomates y las lechugas que los gentiles integrantes de la producción se encargaron previamente de plantar, y hasta pueden y deben ordeñar una vaca que -junto a un ternero y ocho gallinas ponedoras- también fue invitada a formar parte de esta realidad entre bucólica, artificial y surrealista.

Mejor sería imaginar que a lo básico volvió el escritor y naturalista Henry David Thoreau cuando se fue a vivir a un bosque de verdad, cerca del lago de Walden en Estados Unidos. A lo esencial se abocó también un tal Heráclito, más conocido como "el Oscuro", cuando se cansó de la filosofía -cinco siglos antes de Cristo- y marchó a comer pasto en las montañas como si fuera una cabra. Los villeros que comen gatos vuelven, lamentablemente, a lo primario. Y a muchos argentinos sin trabajo les pasa algo parecido (y encima sin vaca lechera en el patio para compensar).

La otra variable de análisis es la función normativa que ejerce la televisión a través del reality show en gen eral y de Gran Hermano en particular. Beatty, uno de los encargados de mantener el orden en el mundo imaginario de Fahrenheit 451, la novela anticipatoria de Ray Bradbury, afirma: "Todos debemos parecernos; no nacemos iguales, como dice la Constitución, nos hacemos iguales"13. En su libro titulado El sentido práctico, Pierre Bordieu reflexiona sobre este punto y va todavía más allá al afirmar que "la exhibición televisiva del hombre anónimo se convierte, poco a poco, en una representación mediante la cual las instituciones se legitiman y proporcionan las pautas y hábitos a seguir por el conjunto de la sociedad". La trampa de la televisión consiste en presentar esas "vidas comunes" como probable "autobiografía universal" de una sociedad; lo que se facilita en parte ocultando las estrategias de construcción del programa, incluyendo todos los refinados mecanismos de producción, mediación, guión y manipulación.

¿Exageración? ¿Intelectualización desmedida y cocinada desde una óptica vulgarmente conspirativa? Puede ser. Y hasta es probable que, en su condición devoradora, Gran Hermano se alimente incluso de críticas como ésta, volviéndolas a su favor, reciclándolas en función de ensalzar a un programa banal que, encima, despierta polémicas. Muy bien, aceptemos el desafío de ser sumados de ese modo al coro griego de esta Nueva Roma Global. Tal vez la batalla por dignificar la televisión y la vida esté perdida de antemano. No importa. Como decía Guillermo d´Orange14, point n'est besoin d'éspérer pour entreprendre, ni de réussir pour persévérer (No es necesario esperar para emprender ni lograr para perseverar) octubre de 1992..

  1. Michel Foucault, Vigilar y castigar, Siglo XXI Editores, Madrid, 1998.
  2. Eliseo Verón, "Ni realidad ni ficción", Clarín, Buenos Aires, 5-1-01.
  3. Citado por Ezequiel Ander-Egg en "Teleadictos y vidiotas en la aldea planetaria", Lumen, Buenos Aires,1996.
  4. Luis Alberto Quevedo, sociólogo que participóen el casting de G.H., lo comprobó in situ. "El dinero para ellos parece ser poco importante. Lo que vale es cambiar intimidad por fama", dijo.
  5. Fernando Pessoa, Obra poética, Editora Nova Aguilar, Río de Janeiro, 1990.
  6. John Berger, Cuando sólo decimos adiós, De la Flor, Buenos Aires, 1997.
  7. Irene Fridman, coordinadora de Programas de Posgrado de Psicoanálisis y Género, Página 12, Buenos Aires, 7-4-01.
  8. Citado por Justine Boissard, Correo de la Unesco, octubre de 1992.
  9. I. Carrión, "El gran incesto", El País, Madrid, 1-4-01.
  10. Giovanni Sartori, Homo Videns, Taurus, Buenos Aires, 1997.
  11. Mario Mactas, "Se lleva bien con la época", Big Brother, Buenos Aires, 9-4-01.
  12. Sólo tres de los doce participantes iniciales hicieron uso del derecho a llevar un libro.
  13. Ray Bradbury, Fahrenheit 451, Minotauro, Buenos Aires, 1992.
  14. Citado por Giovanni Sartori en la obra mencionada.

Telenovela "real" para pobres y ricos

Con un promedio diario de 23 puntos, las mediciones de audiencia colocan a Gran Hermano en un primer lugar si se lo compara con los otros dos reality shows que emite la televisión argentina (16 puntos registra Expedición Robinson y sólo 6 El Bar). Traducidos a números más palpables esos guarismos significan que más de dos millones de personas ven Big Brother, en tanto que una cifra similar se reparte entre los ciclos restantes.

Más interesante aún resulta conocer la composición social de esos cuatro millones de televidentes. Según la empresa de mediciones Ibope, Gran Hermano es visto mayoritariamente (54.4%) por la clase baja; Expedición Robinson, en cambio, impacta más en la clase media y alta (71% de su audiencia), al igual que El Bar. Una de las sorpresas que arroja el estudio de Ibope tiene que ver con el hecho de que un 60% de los espectadores de los tres programas son mujeres. ¿Cómo podría leerse ese dato? Una posibilidad es atribuirlo a su condición de docu-soaps (mezcla novedosa entre el formato documental y la telenovela) de los ciclos estudiados. Parecería que la platea femenina, haciendo abstracción del bajo nivel de los actores involucrados, sigue con interés las ediciones virtualmente noveladas de las tres experiencias.

A las cifras apuntadas habría que añadir que mientras para Gran Hermano se presentaron 25.000 personas ansiosas de fama, 120.000 lo hicieron para la segunda Expedición Robinson y alrededor de 6.000 apostaron por El Bar. Total: un ejército de 150.000 voluntarios. Se ha observado con razón que en las votaciones del público de Gran Hermano -que se realizan por teléfono o Internet- asoman por momentos determinados valores morales, propios de los sectores mayoritarios, con cierta tendencia conservadora en casi todos los casos. En general se castigan ciertos comportamientos "atrevidos" o poco afines a la institución familiar. No pasa lo mismo con El Bar, donde lo que se festeja siempre es -justamente- la trasgresión de esos valores, sobre todo en el terreno de la ética sexual. En cuanto a la nueva versión de Expedición Robinson, cabe reproducir aquí la fina ironía de una periodista: "La propuesta de luchar en una isla por la supervivencia no resulta atractiva para los sectores de menores recursos; se trata de una aventura que la clase baja argentina vive todos los días y que, por eso mismo, no necesita ver por televisión"1.

¿Resulta negocio Gran Hermano? Eso está por verse. Digamos que en este caso el terrible dictador imaginado por George Orwell para su novela 1984 -en la que se inspiró el programa- está auspiciado por el grupo Telefónica (que ya invirtió entre seis y ocho millones de dólares para poner a punto la versión local del programa), Telefé, Endemol (la empresa holandesa que posee los derechos sobre la marca), Terra y Direct TV. Es curioso observar cómo se hermanaron -en torno a un ciclo que ya recorrió el mundo- la televisión abierta, la televisión satelital e Internet.

  1. Miriam Molero, "Reality shows por dentro", La Nación, Buenos Aires, 11-4-01.


Autor/es Luis Gruss
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 23 - Mayo 2001
Páginas:36, 37
Temas Televisión, Mundialización (Cultura), Consumo
Países Estados Unidos, Argentina, Chile