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El nacimiento de Europa S. A.

Hay una Europa mítica y una Europa real. La primera es la Europa a la que aspiran los diez países del Este candidatos a la adhesión, la que alimenta el debate permanente sobre el futuro institucional de la Unión, relanzado últimamente por el ministro alemán de Relaciones Exteriores Joschka Fischer. La segunda no deja espacio para el sueño, es sólo una versión regional de la mundialización neoliberal, sometida al imperativo de las finanzas y las grandes empresas, puesta en marcha sin consultar a los ciudadanos ni a los Parlamentos. Mientras los focos mediáticos distraen apuntando a la primera, siguen los negocios en la segunda.

Los aniversarios múltiplos de cinco o de diez suelen dar lugar a retrospectivas y balances. El cincuentenario de la declaración de Robert Schuman, del 9 de mayo de 1950, justifica esta práctica: se trataba de un acontecimiento verdaderamente fundacional. Redactada por Jean Monnet, la propuesta del ministro de Relaciones Exteriores francés sugería en efecto la creación de una alta autoridad supranacional, encargada de administrar las producciones alemana y francesa de carbón y de acero. Esa instancia daría nacimiento, menos de un año después, el 8 de abril de 1951, al Tratado de París sobre la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), en la cual participarían, además de Alemania y Francia, los tres países del Benelux (Bégica, Holanda y Luxemburgo) e Italia1. Así fue como en 1985 el 9 de mayo fue lógicamente elegido como Día de Europa.

Medio siglo más tarde, el acontecimiento sigue siendo usado como patrón para medir el avance de la construcción europea. Ante la proximidad del 9 de mayo de 2000 la atmósfera era sin embargo más que sombría en la prensa francesa, a tal punto que la conmemoración se transformaba en lamento: para unos, Europa está "parada" o "buscando un sentido"; para otros, está "deprimida" o directamente "en un callejón sin salida". En tanto, el euro seguía estancado por debajo del dólar. Esa era la situación cuando llegó Joshka Fischer.

El 12 de mayo el vice-primer ministro y responsable de las relaciones exteriores de Alemania, además de líder de los ecologistas de su país, lanzaba un llamado a una "refundación institucional" de la Unión Europea (UE) destinada a crear una federación "de unos pocos" países deseosos de convertirse en "centro de gravedad" de Europa con Constitución propia, Parlamento bicameral y presidente elegido por sufragio universal sin esperar a todos los demás, que continuarían marchando a la velocidad de crucero comunitaria2.

Todo eso no era totalmente original: las "cooperaciones reforzadas", primera etapa hacia ese "centro de gravedad" que otros llamaban "núcleo duro", ya figuraban en el tratado de Amsterdam de 1997. En cuanto a la idea de una Europa federal, ya se había encarnado -sin remontarnos a los Estados Unidos de Europa propuestos por Victor Hugo - en la CECA de 1951, y luego en el proyecto de Comunidad Europea de Defensa de 1952, rechazada por el Parlamento francés en 1954.

En realidad, el éxito mediático de la propuesta de Fischer se debe menos a su contenido que al momento en que fue formulada: justo en medio de una conferencia intergubernamental que debía elaborar un nuevo tratado europeo y poco antes de que Francia ocupara la presidencia de la UE. También pesó el status de su autor: quien volvía a poner en el tapete el permanente debate entre supranacionalidad y soberanías nacionales era un ministro alemán en ejercicio, que hablaba supuestamente "a título personal". No hacía falta más para que el horizonte, que hasta entonces se consideraba bloqueado, se aclarase repentinamente y para que en declaraciones personales o en tribunas libres, cada cual se viera obligado a definirse respecto de un texto llamado a hacer historia. En suma, en tres días se había recuperado la dinámica de la UE. Y la orden de compra de misiles europeos Meteor por parte de Londres, al igual que la adquisición del "portal" de Internet estadounidense Lycos por el grupo español Telefónica, llegaron en el momento justo para atestiguar la existencia de una Europa "ganadora".

Mirando con un mínimo de perspectiva, resulta evidente la distancia entre la efervescencia provocada por la declaración de Fischer y el tratamiento mucho más discreto del Consejo Europeo de Lisboa del 23 y 24 de marzo pasado. Si lo que se busca es verdaderamente un "sentido" a la construcción comunitaria, no es necesario proyectarse unos años hacia adelante (el documento del ministro ecologista sólo evoca perspectivas institucionales a mediano o largo plazo): basta simplemente con remontarse unas pocas semanas atrás, a las conclusiones de la cumbre celebrada en la capital portuguesa.

Al día siguiente no hubo en la prensa titulares impactantes ni se multiplicaron las reacciones políticas: business as usual, hubiera podido decir Anthony Blair, que junto a José María Aznar fue la estrella de esa reunión. Sin embargo, lo que allí se decidió es mucho más determinante para la vida cotidiana de los ciudadanos y más estructurante para las perspectivas de la UE que los debates sobre sus futuras estructuras políticas: se trata nada menos que de aprisionar su futuro en el cepo de la economía liberal.

La misma publicidad que se le dio al himno a la "nueva sociedad naciente" (alusión a la "nueva economía" un par de semanas antes del mini-crack del Nasdaq), la hubieran merecido los párrafos del documento final de la cumbre consagrados a la educación. En ellos, la función de los sistemas educativos se reduce a su adaptación "tanto a las necesidades de la sociedad del conocimiento como a la obligación de aumentar el nivel de empleo y de mejorar su calidad", en tanto que a los docentes sólo se los menciona como usuarios de Internet. ¡Ese sí que es un programa humanista! En cuanto a la protección social, hay que "modernizarla" (la palabra clave) "prestando una particular atención a la viabilidad de los regímenes jubilatorios al termino de los diferentes periodos hasta el 2020, y más allá de ser necesario". Una manera clara de hablar de los fondos de pensión cuidando al mismo tiempo de no herir las susceptibilidades político-semánticas del primer ministro francés Lionel Jospin.

Los servicios públicos no fueron olvidados: se le pidió a la Comisión Europea, al Consejo de Europa y a los Estados miembros que "aceleren la liberalización en sectores como el gas, la electricidad, los servicios postales y los transportes. Igualmente, en lo que concierne a la utilización y gestión del espacio aéreo, el Consejo invita a la Comisión a presentar sus propuestas lo antes posible".

Las restantes conclusiones de Lisboa son de la misma índole. En cambio, no quedaron ni huellas de la propuesta del gobierno portugués en el sentido de fijar a la UE objetivos sociales cuantificados para el año 2010: reducción del desempleo en Europa del 8,8% al 4%, y reducción de la tasa de pobreza del 18% al 10%. Los redactores del Tratado de Maastricht se habían mostrado más voluntaristas cuando hubo que cifrar los draconianos criterios de convergencia -porcentuales y con una precisión de un cuarto de punto- para el paso a la moneda única. El pacto de estabilidad presupuestaria adoptado en Amsterdam en junio de 1997, tampoco bromea con esos indicadores apremiantes.

¿Quién puede decir que la UE no tiene verdaderas prioridades, o que le falta ese tan mentado "sentido"? En el mismo momento en que en la ciudad de Martigues el secretario nacional del Partido Comunista francés reclamaba ante el congreso partidario "un golpe de timón hacia la izquierda", el presidente Jacques Chirac, rodeado de Jospin y de sus ministros, podía legítimamente declarar al término de las deliberaciones del Consejo Europeo: "Se acabó el debate ideológico". Lo que significa que todos los gobiernos, incluido evidentemente el de París, han consagrado el modelo neoliberal como modelo europeo. Sentimiento confirmado por el Financial Times, experto en la materia, que entusiasmado por los resultados de la Cumbre, titulaba su editorial del día siguiente: "Un plan empresarial para Europa S. A.". El diario de la City explicaba que "por su estilo, la reunión de jefes de gobierno que acaba de concluir en Lisboa se pareció mucho más a un consejo de administración que cualquiera de los consejos europeos previos (…) Un hilo conductor guiado por el sentido común dio coherencia al comunicado final: la economía de mercado, el reconocimiento explícito de que los principales motores del rendimiento económico deben ser empresas exitosas y mercados liberalizados. Los gobiernos deben limitarse en gran medida al papel de facilitadores, ya que la UE funcionará como catalizador"3.

Es preciso recordar aquí la función de los Consejos Europeos: orientar e impulsar a la Comisión, al Parlamento Europeo y a los Estados miembros, lo que a su vez pone en marcha toda una mecánica. Así, a partir de las conclusiones de Lisboa, la Comisión propondrá directivas u otros actos legislativos comunitarios (y los adoptará en el terreno de la competencia). Los ministros los adoptarán -obligados por los compromisos adquiridos por los jefes de gobierno- y finalmente los Parlamentos no tendrán otra opción que transcribirlos en leyes nacionales puesto que "su país ya está comprometido".

De modo que medidas que hubieran encontrado una oposición feroz por parte de los representantes, de haber sido propuestas por su propio gobierno, serán votadas obligatoriamente "en nombre de Europa". Por ejemplo, Jean-Claude Gayssot, ministro francés encargado del Transporte, corre el riesgo de tener que adoptar en el consejo de ministros europeos una directiva sobre la "liberalización" (es decir, privatización parcial o total) de la gestión del tráfico aéreo y someterla después a los diputados de la Izquierda Plural, entre ellos los del Partido Comunista.

La UE funciona entonces como una poderosa máquina liberalizadora "desde arriba", independientemente de la opinión de los ciudadanos, de los representantes y hasta de los gobiernos tímidamente reticentes (como, en ese caso, el de Jospin) pero que no quieren quedar "aislados". Quedar aislados de sus conciudadanos los inquieta muy poco, pero quedar afuera del club de Blair, Schröder y Aznar los preocupa enormemente.

Paulatinamente, con Parlamentos reducidos al papel de salas de grabación, se instala una Europa muy real que se aleja cada vez más del "modelo" que se suponía habría de encarnar, al punto que el semanario ultraliberal The Economist muy bien puede preguntarse "para qué sirve una Europa que resulta ser una copia de Estados Unidos"4.

Ese mecanismo que permite pasar por alto a la opinión pública, a la que se le imponen por la fuerza soluciones que nunca reclamó, ni menos aún aprobó por vía del sufragio, fue bien definido por Alain Touraine, que (¿imprudentemente?) lo delata: "En Francia la palabra liberalismo era impronunciable, entonces se buscó otra, Europa".5 Jacques Delors decía lo mismo, cuando retomando el título de uno de sus libros, hablaba de hacer "Francia a través de Europa". ¿Es posible debatir honestamente las futuras estructuras de la UE sin poner sobre la mesa de negociación las ya existentes, que permiten ignorar la opinión de los ciudadanos sobre el tipo de sociedad que desean? La respuesta es "no".

Sin embargo, en el orden del día de la Conferencia Intergubernamental (CIG), que concluirá en diciembre próximo con el tratado de Niza, en ocasión del último Consejo Europeo bajo presidencia francesa, sólo figuran oficialmente las reformas institucionales destinadas a permitir el funcionamiento de una Europa de 27 miembros, puesto que actualmente 12 Estados son candidatos a la adhesión, sin contar Turquía. La limitación del número de comisarios europeos (actualmente 20, pero que serán 33 si se siguen las reglas actuales); una nueva ponderación de los votos para las votaciones por mayoría calificada (que plantea el delicado problema del equilibrio entre Estados "grandes" y "pequeños"), y la extensión del campo de aplicación de esa mayoría calificada a terrenos que hasta ahora requerían unanimidad (como los impuestos), son por cierto obras de gran importancia. Pero sólo conciernen a los procedimientos y no al contenido.

En los hechos, todo ocurre como si se considerara ese contenido definitivamente aceptado, y por consiguiente fuera de discusión. A pesar de su ecologismo, Fischer no hace ninguna alusión a ello en su declaración. Tampoco el nuevo presidente del Consejo italiano, Giuliano Amato, quien en respuesta a las propuestas del ministro alemán relativas al "centro de gravedad", consideró que, salvo que se busque un fracaso, "es esencial que la CIG encare con coraje una revisión de las disposiciones sobre la flexibilización, o más bien sobre las cooperaciones llamadas "reforzadas" (…) cruciales en las próximas tareas del proceso de integración relativas a justicia, inmigración, seguridad y defensa, donde todo está todavía por hacerse"6.

Un modelo sin dimensión social

Se pueden reconocer en esta enumeración las funciones coercitivas de los Estados, pero no el modelo social que deberían proteger, tanto en el interior como en el exterior. Es decir, la separación entre la esfera económica y financiera (fuera del alcance del ciudadano), y la esfera política, esencialmente dedicada a las funciones de carcelero y camillero. En este contexto, sería bueno saber dónde piensa Lionel Jospin hacer prevalecer su ambición, puesta de manifiesto el 4 de mayo pasado ante los estudiantes de Budapest, de construir "una Europa al servicio de sus ciudadanos, que tenga como núcleo de su proyecto el progreso social". ¿Se refería acaso a la cumbre de Lisboa?

Es evidente que los dirigentes europeos no olvidaron ninguno de los preceptos liberales de los últimos veinte años, ni aprendieron nada del movimiento de rechazo a los mismos que se concretó en noviembre de 1999, en Seattle, contra la Organización Mundial del Comercio (OMC) y en marzo pasado en Washington, contra el FMI y el Banco Mundial. Para tranquilizarse pueden pensar que ese rechazo apunta a instituciones exteriores, desencarnadas. Pero cada vez son más los ciudadanos que, con toda razón, ven una continuidad y hasta una identidad de puntos de vista entre la acción de esas organizaciones y la de la Comisión y los Consejos europeos. Más aún teniendo en cuenta que la UE es parte interesada -aunque más no fuera por su alineación con Estados Unidos en las instituciones de Bretton Woods- en las políticas planetarias de ajuste estructural; que Europa es aún más liberalizadora que Washington en el seno de la OMC, etc. En tales condiciones, las reuniones institucionales de los Quince van a transformarse progresivamente en jornadas de protesta de los movimientos sociales y sindicales contra políticas europeas que son sólo la traducción regional de la mundialización neoliberal.

Todo lleva a creer que el primero de esos grandes encuentros tendrá lugar en Niza. Nada más lógico, dado que es en el secreto de las Cumbres donde se deciden las orientaciones que se presentarán después a los representantes -a quienes se invita a ratificarlas sin que tengan nada que opinar- y es a ese nivel donde debe ejercerse la presión. Nadie se dejará engañar por las previsibles acusaciones de oposición "anti-europea". Las políticas aplicadas por los Quince no tienen nada de particularmente "europeo". Quienes las llevan a cabo deberán soportar el oprobio que las mismas despiertan, y no solamente en el Viejo Continente.

Resulta desolador comprobar que la construcción europea, algo que muchos ciudadanos consideran una perspectiva histórica indispensable, se reduce a dar un ropaje institucional al proyecto de Europa S. A., que a su vez está en vías de fusión con el de World Company. Por su parte Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, ya previó el barniz "cultural" a aplicar a ese proyecto: "Hay quienes consideran que la fuerza de la cultura estadounidense, en el sentido amplio de la palabra y tal como se expresa simbólicamente a través de los mass-media, puede constituir una referencia unitaria para una Europa en busca de su alma. Esta hipótesis no tiene nada de escandaloso"7. Europa a través de Estados Unidos: al menos las cosas están claras.

  1. La operación, típica del "método Monnet", había sido realizada en el mayor secreto, fundamentalmente respecto del jefe de gobierno, Georges Bidault, quien sólo fue advertido en términos vagos el 3 de mayo, cuando dos de sus ministros (René Pleven y René Mayer), ya estaban al tanto y barrerían sus objeciones en el Consejo de Ministros.
  2. Ver Le Monde, 14 y 15-5-00.
  3. "A corporate plan for Europe Inc.", Financial Times, Londres, 25-3-00.
  4. The Economist, Londres, 12-2-00
  5. Alain Touraine, "Le marché, l'Etat et l'acteur social", Cultures en mouvement, Nº17, mayo de 1999.
  6. Giuliano Amato, "Un cœur fort pour l'Europe" , Le Monde, 25-5-00.
  7. Discurso en el Parlamento Europeo el 13-4-99.
Autor/es Bernard Cassen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 12 - Junio 2000
Páginas:16, 17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Neoliberalismo, Estado (Política), Geopolítica, Unión Europea
Países Estados Unidos, Alemania (ex RDA y RFA), Francia, Holanda (Países Bajos), Italia, Luxemburgo, Turquía