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Recuadros:

La Shoah y la identidad israelí

Desde que el primer ministro David Ben Gurion logró secuestrar en Buenos Aires y procesar en Jerusalén en 1960 a Adolf Eichmann, el organizador de la "solución final", la memoria del Holocausto integra la identidad y la cultura de Israel. No siempre es fácil distinguir el auténtico sentimiento suscitado por esa memoria de su manipulación. Pero el carácter central del Holocausto en la vida diaria israelí refleja la evolución de una sociedad que alejándose del sueño sionista se ha vuelto al mismo tiempo cada vez más judía y más estadounidense.

El 15 de febrero de 2000 varios centenares de personas se reunieron para asistir a una discusión filosófica sobre la memoria. Bernard-Henri Levy y Alain Finkelkraut, invitados por el Instituto de Estudios Levinasianos1, intentaron esclarecer el "sentido" de Auschwitz y el carácter único del Holocausto. El debate apuntaba a dirimir si el recuerdo había vencido al olvido o el olvido al recuerdo, y los participantes se esforzaron por evaluar si preservar la memoria del genocidio era beneficioso o nocivo para Israel. Finkelkraut sostuvo que era nociva: al destacar la naturaleza del Holocausto como un mal absoluto, los judíos niegan un elemento importante de la herencia cultural europea: el antisemitismo.

No abundan en Israel los grandes debates abstractos de este tipo. Para la mayoría de la población, los horrores del pasado simplemente forman parte de su biografía personal, o fueron integrados como un elemento de la identidad colectiva. Prácticamente no pasa un día en que no se haga referencia al Holocausto en algún diario, aunque sean pocos los israelíes que reflexionan sobre la memoria. Simbólicamente, el debate transcurrió en la misma sala en la que Adolf Eichman fue juzgado cuarenta años antes, en el proceso durante el cual Israel comenzó a elaborar su memoria colectiva del Holocausto.

Adolf Eichman, oficial superior de las SS, organizador del exterminio de los judíos, fue capturado por agentes secretos israelíes en Buenos Aires, en mayo de 1960. Los hombres del Mossad hubieran podido matarlo, pero no era ése su objetivo. Nunca antes la cacería de los ex nazis había representado una prioridad para Israel. Al primer ministro David Ben Gurion le interesaba poco la persona de Adolf Eichman; lo que le importaba era su enjuiciamiento. "El punto esencial aquí no es el castigo, sino el hecho de que tenga lugar el proceso, y en Jerusalén", declaró el mandatario.

Ben Gurion tenía dos objetivos. El primero era recordar a las naciones del mundo que el Holocausto las obligaba a apoyar al único Estado judío existente en el planeta. "En Egipto y en Siria, los discípulos de los nazis quieren destruir Israel, y ése es el mayor peligro al que estamos confrontados", explicaba. Y añadía que la propaganda antisionista desplegada por los países árabes, inspirada por los nazis, se remitía al antisemitismo. "En general dicen "sionistas", pero piensan "judíos", agregaba Ben Gurion. Si los enemigos de Israel eran los enemigos del pueblo judío, apoyar a Israel equivalía a luchar contra el antisemitismo. En definitiva, el genocidio confirmaba la validez moral de la idea sionista y servía a los propósitos del Estado de Israel.

Después de la segunda guerra mundial, el movimiento sionista ya había utilizado al Holocausto como instrumento para promover la independencia del Estado judío. Podría decirse entonces que Israel nació del genocidio. Por cierto, el impacto, el horror y el sentimiento de culpabilidad generaron una profunda simpatía por los judíos en general y por los sionistas en particular, lo que favoreció los emprendimientos de estos últimos. No es menos cierto que las fundaciones sociales, económicas, políticas y militares de Israel surgieron durante los treinta años previos al segundo conflicto mundial. Y la destrucción de los judíos de Europa socavó el sueño sionista: obligó a Israel a hacer venir en masa a los judíos de los países árabes, atenuando así el carácter europeo del Estado, tal como lo había imaginado siempre el movimiento.

A decir verdad, el descontento de esta población oriental, en particular de los nuevos inmigrantes judíos marroquíes2, contribuyó a la decisión de Ben Gurion de poner en escena un gran proceso del Holocausto. Según la opinión del Primer ministro, "vivían en Asia o en África y no tenían la menor idea de lo que Hitler había hecho. Había pues que explicarles todo eso desde cero".

Siempre según la concepción de Ben Gurion, el proceso Eichman tenía como segundo objetivo hacer entrar en las mentes de los israelíes, particularmente en las de los jóvenes, algunas de las lecciones del Holocausto. Se trataba de unir a la sociedad en una catarsis nacional atrapante, purificadora y patriótica. Agreguemos que, sin duda, el proceso pretendía neutralizar la acusación según la cual el movimiento sionista dirigido por Ben Gurion no habría hecho todo lo que estaba en su poder para salvar a los judíos de Europa. El Primer ministro y su gobierno probaban así que no eran indiferentes al Holocausto, pese a sus esfuerzos por establecer estrechos lazos económicos y militares con Alemania Federal.

Hacia el postsionismo

La importancia real del proceso radicó en su función de terapia colectiva. Antes, el genocidio era un tema prácticamente tabú en Israel. Los padres no hablaban de él a sus hijos, y éstos no se atrevían a hacer preguntas. El horror, la culpa y la vergüenza sumergían al Holocausto en un profundo silencio. Muchos israelíes se sentían culpables de haber huido de Europa antes de la catástrofe dejando allá, en ciertos casos, a algunos de sus seres queridos. Muchos de los que escaparon sentían vergüenza de haber sobrevivido y se sentían obligados a justificarse todo el tiempo. No eran pocos los israelíes que despreciaban a las víctimas por su debilidad y preguntaban por qué los judíos no se habían defendido. Había también quienes miraban con altanería a los antiguos deportados y pretendían representar, por su parte, al "judío nuevo" caro a la mitología sionista. Estaban los sobrevivientes de los campos que sufrían por sus propias debilidades y también los que acusaban de indiferencia a los israelíes. Eran personas quebradas, física y mentalmente. Muchos de ellos no tenían deseo más intenso que el de compartir sus experiencias, pero eran muy pocos los que tenían interés en escucharlos.

Por estos motivos el juicio a Eichman marcó el inicio de un proceso por el cual el Holocausto dejó de ser un traumatismo misterioso y terriblemente doloroso para convertirse en memoria nacional institucionalizada, llegando a ser finalmente un elemento esencial de la identidad de Israel, de su cultura y de su vida política.

Las encuestas de opinión confirman que la mayoría de los israelíes de hoy, incluso los que pertenecen a familias provenientes del mundo árabe, se consideran a sí mismos como sobrevivientes del genocidio. En los estudios curriculares de secundaria se incluye la realización de viajes educativos a los lugares de exterminio en Polonia.

El modo en que el Holocausto pasó a ser un elemento central de la vida cotidiana sólo está parcialmente ligado al conflicto árabe-israelí. El cambio de actitud de Israel con respecto a la Shoah refleja dos evoluciones principales en los últimos años, que podrían conducir al país al estadio postsionista: Israel se ha vuelto al mismo tiempo más judío y más estadounidense, tendencias ambas que aún no han alcanzado su apogeo.

Contrariamente a los sueños de los padres fundadores, la mayoría de los israelíes quedó atada a lo que la ideología sionista detestaba: la mentalidad "degenerada" del exilio. Conforme pasaban los años, fueron redescubriendo cada vez más sus raíces judías y cultivando la tradición judía. La identidad alternativa del "hombre nuevo", directamente ligada a los héroes de la Biblia, puso en evidencia sus limitaciones. No se puede borrar dos mil años de historia y reemplazarlos por una nueva ideología. No son pocos los indicadores del ascenso en importancia de la tradición judía en la cultura, empezando por el protagonismo creciente de la religión. Otra prueba de ello es el lugar cada vez más preponderante que se le otorga al Holocausto, especialmente entre los no-religiosos. La memoria los recondujo a judaísmo.

En la zona céntrica de Jerusalén, hay un McDonald casher3, que los medios estadounidenses suelen mencionar como ejemplo de la americanización del país. También la cantidad de israelíes que utilizan Internet es más elevada que en otros países desarrollados. En los últimos veinte años, la influencia estadounidense transformó fundamentalmente el tejido social en los aspectos socioeconómico, político y cultural. Cuando en los años "80 el Holocausto emergió como parte esencial de la identidad israelí, se produjo una evolución del mismo tipo en la comunidad judía estadounidense que alcanzó a las de otros países. En resumen, la conciencia nacional absorbió el genocidio como un elemento entre otros igualmente promovidos bajo la influencia de Estados Unidos.

Más judíos y más estadounidenses, más seguros y visiblemente más maduros, más individualistas y menos ideológicos que nunca, la mayor parte de los israelíes ya no viven con una mentalidad tribal y en estado de sitio. Viven ante todo por la vida misma, exactamente acordes con la cultura americana contemporánea. Esta nueva actitud explica por qué tantos de ellos se volcaron a apoyar el proceso de Oslo.

El estancamiento aparentemente sin solución de las negociaciones de paz enmascara el cambio histórico de la posición de Israel. Hace algunos años, este Estado se negaba a reconocer a la Organización para la Liberación de Palestina. Había incluso una ley que prohibía las relaciones privadas con ella y militantes pacifistas eran juzgados y encarcelados por haberlas mantenido. En 1967, Israel afirmaba que no renunciaría a ningún territorio ocupado, salvo en el marco de un acuerdo definitivo; y lo hizo. Israel se oponía resueltamente a la independencia palestina; ya no es el caso. Israel se negaba a encarar la menor modificación del estatuto de Jerusalén: Ehud Barak ofreció a los Palestinos compartir la soberanía sobre la ciudad, rompiendo así un tabú casi sagrado. Muchos más israelíes de lo previsto apoyaron estas propuestas. Del mismo modo, la mayoría de ellos apoyó con entusiasmo el retiro de su ejército de Líbano…

Todas estas evoluciones tuvieron lugar al mismo tiempo que el ascenso en poder del Holocausto: es decir que la memoria no endureció la mentalidad de los israelíes. En efecto, lo más difícil es distinguir los sentimientos auténticos suscitados por el Holocausto de los argumentos que apuntan a manipularlo. Israel actuó bajo la influencia de los primeros, pero también utilizó los segundos. Por ejemplo, cabe considerar que el Holocausto formaba parte de las motivaciones de Ben Gurion cuando decidió dotar a su país de un arsenal nuclear: aquí, el sentimiento es indudablemente auténtico. Pero cuando el primer ministro Menahem Begin escribe al presidente de Estados Unidos Ronald Reagan diciendo que enviará a su ejército a Beirut para que capture a Adolf Hitler -es decir, a Yasser Arafat- en su bunker, está manipulando el Holocausto. Del mismo modo, los oponentes a Oslo utilizaron masivamente el genocidio; poco antes de ser asesinado, el primer ministro Itzhak Rabin era representado en un afiche con el uniforme de las SS…

Un debate permanente opone a quienes ponen de relieve las lecciones nacionales del Holocausto contra quienes insisten en sus lecciones universales. Muchas instituciones educativas ultraortodoxas no dudan en proclamar su propia visión, pese a la cuestión siempre penosa del rol de Dios en el Holocausto. El rabino Ovadia Yosef, líder del partido ultraortodoxo oriental Shass, explicó recientemente el descontento de su comunidad por haber sido excluida de la memoria nacional del genocidio.

A medida que pasa el tiempo, el número de sobrevivientes disminuye; y la mayoría de los que quedan padecieron los campos de exterminio cuando eran niños. De ahí la tendencia creciente a presentar el exterminio de los judíos como crímenes contra los niños. También es simbólico del individualismo creciente y típicamente estadounidense de Israel el hecho de que se hable menos que antes de los "seis millones" para concentrarse en la memoria de individuos precisos. Todos esos cambios son naturales y en su mayor parte espontáneos. Se inscriben en el discurso político y cultural de una sociedad que hasta el momento no ha logrado conformar una identidad colectiva consensuada.

Describir la memoria israelí del genocidio como un simple instrumento de la propaganda sionista -como pretenden ciertos negadores del Holocausto, antisionistas profesionales y portavoces palestinos- es pernicioso, o loco, o las dos cosas. En el caso de los palestinos, esta posición podría ser muy dañina: pues no se puede comprender verdaderamente a Israel sin comprender la función que el Holocausto cumplió en la mentalidad de su pueblo. Y todos sabemos que no se puede lograr la paz con el enemigo sin comprenderlo.

  1. Derivado del nombre de Emmanuel Levinas, filósofo judío de origen lituano (1906-1995)
  2. En particular, en 1959, hubo enfrentamientos muy violentos en el barrio Wadi Salib de Haifa.
  3. Es decir, cuya cocina respeta estrictamente las prohibiciones religiosas judías.

Ambigüedades

Vidal, Dominique

L´industrie de l´Holocauste, de Norman Finkelstein,

La Fabrique, París, 2001.

Es ingrato el arte del panfleto. Al escribir brevemente, se corre el riesgo de ser superficial. La vena polémica lleva al descontrol verbal. Atrapado en la lógica de una querella, se puede caer en el desatino. El ambiguo librito de Norman Finkelstein no escapa a ninguna de estas características.

La furia de este defensor de la causa palestina es legítima: se propone denunciar la instrumentalización de la Shoah, que después de servir como escudo al Estado de Israel, es utilizada por las grandes organizaciones judías estadounidenses para arrancar miles de millones de dólares a los bancos suizos, las grandes empresas alemanas y los gobiernos de Europa central, dólares de los que sólo una parte llegarían a las víctimas del genocidio.

Esta empresa de extorsión ha sido imaginada y dirigida desde Estados Unidos, pero tal como reconoce Rony Brauman en un incómodo posfacio, fue condenada por los dirigentes del Consejo representativo de las instituciones judías en Francia (CRIF). De allí una primera pregunta, a formular no tanto al autor como a su editor en Francia: conociendo el abismo que separa la realidad estadounidense de la francesa, ¿es responsable traducir una obra de este tipo sin un sólido prefacio explicativo? Tomemos un ejemplo: los lobbies estructuran la vida social y política de Estados Unidos; de manera que la expresión jewish lobby parece objetiva en ese país, mientras que en Francia remite al lenguaje de la extrema derecha, que sólo evoca un "lobby judío" inexistente.

Sin duda habría que haber explicado también el clima asfixiante en que deben luchar los intelectuales radicales estadounidenses. Tal vez esto explique la inmoderada propensión de Finkelstein a las visiones conspirativas. Según él, las organizaciones judías estadounidenses habrían organizado a consciencia el silencio sobre la Shoah durante la guerra fría (en cuyo curso Alemania Federal se alineaba con Estados Unidos) para reconstruir su memoria a partir de la Guerra de los Seis Días (que habría inaugurado la alianza de Israel con Washington).

Todas afirmaciones erróneas. Las relaciones privilegiadas de Israel con Estados Unidos se remontan a antes de 1967. Lo mismo sucede con el primer intento de confrontar al público con el genocidio nazi: el proceso de Adolf Eichmann es de 1961. No hay duda de que David Ben Gurion hizo secuestrar y juzgar al organizador de la "solución final" con fines de política exterior e interna (ver artículo de Segev). Pero ante todo había que reavivar un recuerdo efectivamente ahogado, por sorprendente que eso pueda parecernos hoy.

Tanto en Israel como en Francia y en todas partes, la mayor parte de los que habían sobrevivido a los campos de concentración no quisieron hablar del horror a su regreso. O no pudieron: en medio de la euforia del final de la guerra y de la celebración de los héroes de la resistencia, el mundo no podía escuchar a quienes eran acusados de "haber ido al matadero como carneros". Los sobrevivientes empezarían más tarde a confiarse a sus hijos…

Esta reducción de la toma de conciencia de la especificidad del genocidio judío a los tejemanejes del lobby estadounidense plantea una última y grave pregunta. No hay memoria viviente sino universal, no clánica, de un genocidio: ¡que el martirio de las víctimas permita al menos poner en guardia a la humanidad contra el crimen de crímenes! Desde este punto de vista, Finkelstein tiene indudablemente razón al combatir la "unicidad" en nombre de la cual algunos se niegan a inscribir la Shoah en una larga cadena de genocidios. Pero no menos indiscutiblemente se equivoca al ignorar que a los judíos les sucedió, como escribía el historiador alemán Eberhard Jäckel, "algo único, porque nunca antes un Estado había decidido y anunciado bajo la autoridad de su responsable supremo que había que exterminar a un grupo humano determinado, en su totalidad si era posible… decisión que ese Estado aplicó después con todos los medios a su disposición" .

Muchos investigadores, sobre todo en Alemania, se esfuerzan por profundizar y renovar, archivos en mano, el acercamiento al genocidio nazi. Sus trabajos son casi desconocidos en Francia. Sorprende que también Finkelstein los ignore. Porque a la impostura de los manipuladores y de los negadores no hay otra respuesta definitiva que la que da la historia.


Autor/es Tom Segev
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 22 - Abril 2001
Páginas:32, 33
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Historia, Genocidio, Políticas Locales, Judaísmo
Países Estados Unidos, Egipto, Alemania (ex RDA y RFA), Francia, Polonia, Israel, Líbano, Palestina, Siria