Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Paz sin reconciliación en Irlanda del Norte

El fin de la violencia en Irlanda del Norte no significa lamentablemente que exista voluntad de reconciliación entre unionistas y republicanos. Los dirigentes de ambos bandos convergen en una innovadora noción de cooperación, no acompañada todavía por las comunidades, que disfrutan el final del miedo, pero siguen cultivando sus odios y sus mártires, a pesar de todo.

"Cada bando tomó conciencia de la dificultad del otro para otorgar concesiones. Ese es el logro principal del acuerdo del viernes santo"1. Jane Morrice sabe que aquí, en Irlanda del Norte, la erosión de las certezas es lenta. Elegida por la Coalición de las Mujeres -pequeño partido mixto-, en la nueva asamblea semiautónoma2, se autodefine como "agnóstica y europea", ni unionista, ni nacionalista. "Cuando uno comprende las dificultades de alguien, comienza a respetarlo", dice. Si bien unionistas y republicanos aún no se respetan entre sí, sus dirigentes conducen en forma conjunta la provincia desde el 1º de diciembre de 1999. Los enemigos se convierten en adversarios. David Trimble y Gerry Adams osaron ir por delante de las certezas de sus respectivos bandos, para los que un compromiso significa "comprometerse". Tanto el partidario de los anaranjados como el ex terrorista impusieron un sentido distinto a la noción de compromiso: "cooperar".

Ya nada debería detener el engranaje político. Todos los irlandeses del norte han padecido la violencia, la de los paramilitares o la del Estado. Nadie quiere volver atrás. Hasta los republicanos que se opusieron al acuerdo del viernes santo son conscientes de la imposibilidad de retomar su lucha armada. "Aunque estuviese dirigida contra objetivos militares británicos, una campaña no contaría con ningún apoyo", reconoce uno de ellos. Un irracional retorno de las hostilidades sólo podría provenir de elementos marginales, de grupúsculos unionistas, como los Orange Volunteers o los Red Hand Defenders, iluminados que bendicen sus armas antes de sus acciones contra "la prostituta Babilonia"; de ciertos católicos, o también de los extremistas del Real IRA. Este grupo republicano disidente, con base en la frontera, se adjudicó la peor atrocidad cometida en treinta años de guerra civil: el atentado de Omagh, el 15 de agosto de 1998. Balance: 29 muertos, 220 heridos, todos civiles, alcanzados mientras hacían sus compras, un sábado por la tarde. Para los irlandeses del norte, aquella bomba criminal e insensata supuso un asqueado "¡nunca más!"

No obstante, el fin de la violencia no significa necesariamente la paz. Los habitantes de seis condados del norte de Irlanda siguen considerando de manera diametralmente opuesta la pertinencia misma de la existencia de la entidad política donde residen. Cansados de combatirse, ambos bandos quieren seguridad y una vida libre de miedo, pero no la reconciliación. El silencio de las armas no borrará la dicotomía en ese pedazo de Irlanda, donde dos identidades colectivas polarizadas a ultranza, una católica y nacionalista, la otra protestante y unionista, se rozan sin tratarse. Nombre, apellido, dirección, escuela, prensa, jerga, acento, festividades, equipos de fútbol… unas cuarenta señas identitarias muy precisas permiten que los individuos se distingan entre sí.

El 75% de los habitantes de esos seis condados viven en barrios (aquí se utiliza, de manera elocuente, el término "comunidades") poblados en un 90% por correligionarios, que siguen siendo zonas prohibidas para el "enemigo"3. El irlandés del norte pasa parte de su vida en desvíos, dando rodeos para evitar calles y poblados adversos. En el seno de la clase obrera (dividida a muerte) de esos guetos, donde el 80% de la población activa suele estar desocupada, las frustraciones sociales alimentan el radicalismo político. La comunidad, aglutinada por sus vivencias, sigue honrando a sus mártires a través de murales a la gloria de la "causa" y de los paramilitares. Con o sin acuerdo de paz, la pintura está fresca, los cuadros se renuevan, el culto se perpetúa. "En una familia con tres generaciones de desocupados, el paramilitar suele funcionar como un modelo", constata un trabajador social del feudo unionista de Shankill Road, en Belfast.

Actuando como catalizadores del "malestar de las periferias", los paramilitares reclutan jóvenes desde los 15 años. "Hacen bien su trabajo. Si uno tiene un problema se dirige a ellos", atestigua Trevor, unionista arrepentido de un barrio del norte de Belfast. "Si uno tiene un fusil, tiene poder. En mi barrio, casi todo el mundo está implicado en distintos grados con la UVF" (movimiento ligado a la extrema derecha británica). En treinta años, los terroristas fueron reemplazando poco a poco al claudicante Estado en su imagen de "defensor" de su comunidad, fortaleciendo su cohesión y "protegiéndola" contra sus "enemigos" externos e internos (pequeños delincuentes, moderados, parejas mixtas, etc.). De ahí su popularidad, real o forzada, pese a las atrocidades.

Aunque su nivel de vida y aspiraciones sociales les impiden adoptar posiciones radicales, las clases medias parecen apenas más abiertas. "Apenas se raspa un poco el barniz social, aparece la desconfianza", afirma, desengañada, Glenn Barclay, pastora presbiteriana neo-zelandesa. Miembro de Colombanus, una asociación que se esfuerza por reconciliar a los dos bandos en un barrio de Belfast, Barclay vio a lo largo de los años a muchos protestantes que se mudaban a medida que iban llegando los católicos. El fin de las discriminaciones oficiales permitió que se constituyera poco a poco una clase media católica. Sin embargo, los "papistas" siguen siendo víctimas de iniquidades estructurales inducidas por décadas de apartheid religioso: menos educados, por ser víctimas de inversiones "etno-centradas" en favor de los feudos protestantes, el desempleo los afecta siempre tres veces más que a sus vecinos.

El sistema educativo está en el diapasón de la dualidad de la sociedad. La primera escuela mixta abrió recién en 1981. Sólo el 4% de los niños de Irlanda del Norte reciben una enseñanza no religiosa. Los demás crecen en la ignorancia del otro. "La gente desconfía de nuestras escuelas", constata Michael Wardlow, director del Comité de Irlanda del Norte para las Escuelas Mixtas (NICIE). "Consideran que comprometerán su identidad. Y cuando un joven se encuentra por primera vez con el de enfrente, en la universidad o en el trabajo, suele ser demasiado tarde". Para este mediador incansable, que no se ha olvidado de Europa del Este ni de Uganda, donde trabajó en otro tiempo, "nos encontramos aquí con los mismos fenómenos tribales".

Irlanda del Norte es un "otro lado político", enormemente alejado de Europa occidental. "Durante treinta años, la vida se redujo aquí a la supervivencia. Y en ese tiempo el mundo evolucionó", recuerda Jane Morrice. "Aunque los progresos a nivel político son ciertos, la sociedad sigue dividida en territorios. El sectarismo en la educación no incomoda a nadie. Cuando planteo la cuestión, me contestan: ¿cuál es el problema?" La ausencia de debate sobre el sistema educativo, cuya unificación parece indispensable, ilustra la relatividad de esta paz. La dirigente de la Coalición de las Mujeres se mantiene optimista. Para ella, "los progresos políticos acabarán por traducirse a nivel de la calle". El fin de la violencia paramilitar y estatal, que alivió a la población del fardo del miedo, liberó la palabra. De ese diálogo podría nacer la paz civil.

El centro de Belfast cambió de aspecto desde el primer alto al fuego del IRA, el 31 de agosto de 1994. En sus calles victorianas, en otro tiempo desiertas por el miedo a las bombas del IRA y patrulladas por tanques británicos con la ametralladora apuntada contra los "sospechosos" (todo adulto de sexo masculino), se multiplicaron los negocios, restaurantes y pubs. Tanto nacionalistas como unionistas pueden desde entonces, aliviados, pasear mirando las vidrieras, consumir y gozar de la vida nocturna, como cualquier otro europeo4. La provincia ignora los valores del pluralismo cultural, pero en cambio los de la mundialización han desembarcado con gran fuerza.

"La revolución ya no interesa. La gente quiere una vida normal, un bienestar material." En nombre de su sueño de una república socialista, multirreligiosa, que reagrupe a los 32 condados de Irlanda, Thommy y Anthony pasaron quince años cada uno detrás de las rejas. El primero por matar a un soldado británico, el segundo, a un paramilitar unionista. Estos dos ex "voluntarios" del IRA no se hacen ilusiones: "La ola de la revolución retrocedió en todo el mundo. En Irlanda, la democracia liberal reemplazará los sentimientos de pertenencia nacionalista y unionista. Frente a las identidades y las clases, este sistema crea individuos consumidores. Nacionalistas y unionistas van a McDonald´s". Muy críticos en cuanto a la dirección actual del movimiento republicano, se comparan con los palestinos opuestos al proceso de paz, a excepción de la violencia. "El Sinn Fein reconoció el veto unionista admitiendo que la isla no se reunificará sin el consentimiento de una mayoría de los habitantes de los seis condados del norte. El acuerdo es una derrota que procuran vender como victoria. Ahora esos republicanos van a administrar la provincia y hacer el trabajo de los británicos. Igual que la policía autónoma que administra Gaza para Israel", estiman.

"Para todos nosotros, la guerra deber ser asunto del pasado", afirmaba Gerry Adams al día siguiente de firmar con los unionistas, el 16 de noviembre de 1999, un compromiso largamente esperado. El veterano republicano prepara ahora la posguerra. El Sinn Fein podría asociarse a la administración de la fuerza policial de Irlanda del Norte, el controvertido Royal Ulster Constabulary (RUC). En efecto, el acuerdo de paz prevé la instauración de una policía "aceptable" para las dos comunidades. El primer Ministro británico, Anthony Blair, solicitó al ex gobernador de Hong Kong, Chris Patten, que hiciera una evaluación de los RUC. Su informe, remitido el pasado 9 de septiembre, sugiere que la rama política del IRA participe en un nuevo organismo tutelar encargado de vigilar las actividades policiales y de definir su presupuesto. Una verdadera revolución: los RUC, con un 92% de protestantes, fueron siempre el objetivo privilegiado de los republicanos. Brazo armado de la entidad política de Irlanda del Norte, los unionistas los consideran como "su" fuerza de seguridad frente a los nacionalistas. El RUC, sectario y parcial por naturaleza, simboliza la ausencia de estado de derecho que genera la partición de la isla.

"Se presentaron 5.500 denuncias contra el RUC en 1997. Sólo un oficial fue perseguido", señala Paul Mageean, jurista del Comité para la Administración de la Justicia (CAJ), una ONG que se ocupa de las violaciones de los derechos humanos en la provincia. Treinta años de "guerra sucia" fomentaron una cultura de arbitrariedad, impunidad y connivencia con los paramilitares unionistas en el seno de las fuerzas de seguridad5. Rosemary Nelson, abogada nacionalista asesinada el 15 de marzo de 1999 sería la última víctima, hasta la fecha, de esa connivencia. Las Naciones Unidas, el Parlamento Europeo y Amnesty International exigen en vano una investigación independiente sobre ese asesinato. Londres se mantiene sordo ante estas demandas, confortado quizás por el letargo de los medios y de la opinión pública británica frente a los "asuntos" que ensucian periódicamente las manos de las fuerzas de seguridad en Irlanda del Norte. "Los británicos no se dan cuenta de lo que pasa acá", estima Neil Blaney, periodista del diario nacionalista Irish News.

El ejército británico está lejos de estar a salvo de las sospechas: en los locales de una logia de los anaranjados ligada a paramilitares unionistas opuestos al cese del fuego, el 30 de octubre pasado se descubrieron expedientes militares que contenían información confidencial sobre 300 personalidades nacionalistas y republicanas. Signo de que el ejército, que desapareció de las calles luego de treinta años de un tratamiento colonial del conflicto, sigue disponiendo de una agenda distinta a la de los políticos6. "La opinión pública británica ve a Londres como un árbitro entre católicos y protestantes. Es evidente que no es así", subraya Paul Mageean.

Percibidas como otras tantas "concesiones a los terroristas", las propuestas de Chris Patten provocaron la furia de los unionistas. El informe propone despolitizar el RUC -rebautizado como Northern Ireland Police Service- quitándole toda referencia al Reino Unido o a Irlanda. Su reclutamiento deberá ser equitativo, con un 50% de protestantes y un 50% de católicos. Pero ese proyecto no parece viable. Para muchos nacionalistas, unirse a una policía de Irlanda del Norte, por reformada que se presente, constituiría un reconocimiento de hecho de la tutela británica. Por su parte, Londres ya se aprestaría a reducir los objetivos de sus propuestas de reforma, para cerrarle la boca al ala derecha del partido de David Trimble y obligarlo a compartir el poder con los republicanos. Para instaurar un Estado de derecho en Irlanda del Norte es indispensable una transformación radical. Sólo un verdadero Estado de derecho podrá lograr que la renuncia a la violencia de los paramilitares y su conversión a la política constitucional evolucionen hacia una reconciliación sincera.

  1. Firmado el 10-4-98, el acuerdo prevé el establecimiento de un ejecutivo mixto, una asamblea semiautónoma, una reforma de la policía, el desarme de los paramilitares, la liberación de sus detenidos, la cooperación con Dublín, e inversiones económicas.
  2. Esta asamblea semi-autónoma de 108 miembros es competente, desde el 1-12-99, para dirigir la economía, las finanzas, la salud y la agricultura de la provincia.
  3. Se puede acceder a estas cifras en Internet en Conflict Archives, banco de datos muy completo sobre Irlanda del Norte: http//:www.cain.ulst.ac.uk/
  4. Paul Brennan, "Lendemains d'élections en Irlande du Nord", Le Monde diplomatique, París, julio de 1997.
  5. Esta connivencia es largamente evocada en el libro del periodista irlandés Tim Pat Coogan, The Troubles, Arrow, Londres, 1996.
  6. Robbie McVeigh, "Décolonisation ratée en Irlande du Nord", Le Monde diplomatique, París, abril de 1999.
Autor/es Cédric Gouverneur
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:8, 9
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Terrorismo, Políticas Locales, Iglesia Católica
Países Uganda, Irlanda, Irlanda del Norte, Gaza (ver Autonomías Palestinas)