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Chiapas, nombre de dolor y de esperanza

"No vamos a ir a pedir perdón ni a suplicar, no vamos a pedir limosna ni a recoger los restos que caen de las mesas abundantes de los poderosos. Vamos a exigir lo que es el derecho y la razón de todo ser: libertad, justicia, democracia, todo para todos, nada para nosotros" . Los indígenas sin rostro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN, alzado en armas desde el 1º de enero de 1994), anunciaron con claridad el sentido de su combate al iniciar su ciclo de negociaciones con el gobierno de México.Al cabo de largos esfuerzos, apoyados por una sociedad civil adormecida hasta entonces, los zapatistas dan en 1996 la impresión de acercarse al fin de su agotadora travesía histórica. El 16 de febrero de ese año firman con el gobierno los acuerdos de San Andrés, redactados con la participacion de expertos nacionales e internacionales en cuestiones indígenas. Pero el proyecto de ley y de reforma constitucional propuesto el 29 de noviembre de ese mismo año por la Comisión de concordia y pacificación (Cocopa) es rechazado por el poder, que alude a la soberanía nacional y al riesgo de balcanización. Sin embargo la autonomía, tal como la conciben los zapatistas, no es sinónimo de secesión ni de separatismo. En San Andrés se establecieron cláusulas para garantizar que aquella no debilite las garantías constitucionales, especialmente en materia de derechos humanos y de dignidad de las mujeres… El costo político de una solución militar sería demasiado elevado para el presidente Ernesto Zedillo. Un nuevo choque armado, por limitado que fuese, podría provocar el pánico de los mercados financieros. Apostando al tiempo y al olvido, combinando programas de asistencia con planes de contrainsurgencia, el poder se propone la erosión gradual de las fuerzas zapatistas mediante un cerco tan mortal como silencioso. Militarización, proliferación de grupos civiles armados, hostigamientos, violencias… Más de un centenar de muertos anónimos desde que se interrumpieron las negociaciones, hace dos años. Desde entonces, el presidente Zedillo presionó para lograr un diálogo directo, que el EZLN rechaza. Escarmentados, los insurrectos prefieren buscar una solución apoyándose en la sociedad civil: a finales de noviembre de 1998 se reunieron con tres mil representantes de organizaciones populares e invitaron al pueblo mexicano a pronunciarse sobre el tema de la incorporación de una ley indígena a la Constitución.Poco antes de recibir el Nobel de Literatura 1998, el escritor José Saramago visitó Chiapas para reunirse con el subcomandante Marcos y atestiguar ante el mundo los sufrimientos de los indígenas de México.

En 1721, con una ingenuidad fingida que no escondía la acidez del sarcasmo, Charles-Louis de Secondat nos preguntó: "¿Persas? Pero ¿cómo es posible ser persa?". Va ya para trescientos años que el Barón de Montesquieu escribió sus famosas Lettres Persanes, y hasta ahora todavía no conseguimos encontrar la manera de elaborar una respuesta inteligente a la más esencial de las cuestiones guardadas en el itinerario histórico de las relaciones entre los seres humanos. De hecho, continuamos sin entender cómo fue posible que alguien haya sido "persa" y, todavía más, como si ya no fuese desproporcionada tal extravagancia, persistir en serlo hoy, cuando el espectáculo que el mundo ofrece pretende convencernos de que sólo es deseable y provechoso ser aquello que, en términos muy generales y artificiosamente conciliadores, se acostumbra designar como "occidental" (occidental de mentalidad, de modas, de gestos, de hábitos, de intereses, de manías, de ideas…), o, en el caso demasiado frecuente de no haber logrado llegar a tan sublimes alturas, ser al menos bastardamente "occidentalizado" , sea que ese resultado haya sido alcanzado por la fuerza de la persuasión, sea, de modo más radical, si no hubo otro medio, por la persuasión de la fuerza.

Ser "persa" es ser el extraño, es ser el diferente, es, en una palabra, ser otro. La simple existencia del "persa" basta para incomodar, confundir, desorganizar, perturbar la mecánica de las instituciones. El "persa" puede llegar incluso al extremo de causar desasosiego en aquello por lo cual todos los gobiernos del mundo son más celosos, la soberana tranquilidad de su poder. Fueron y son "persas" los indios de Brasil (donde los sin tierra representan ahora otra modalidad de "persas" ), fueron pero ya casi dejaron de ser "persas" , en su tiempo, los incas, los mayas, los aztecas, fueron y son "persas" sus descendientes, donde quiera que hayan vivido o todavía vivan. Hay "persas" en Guatemala, en Bolivia, en Colombia, en Perú. También sobreabundan los "persas" en la dolorida tierra mexicana, donde nos dijeron: "¿Cómo es posible que os falte, a vosotros, occidentales y occidentalizados del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, tan cultos, tan civilizados, tan perfectos, el poco de inteligencia y de sensibilidad suficiente para comprendernos, a nosotros, a los "persas" de Chiapas?".

De eso, realmente, se trataría: de comprender. Comprender la expresión de aquellas miradas, la gravedad de aquellos rostros, el simple modo de estar juntos, de sentir y de pensar juntos, de llorar en común las mismas lágrimas, de sonreír la misma sonrisa, comprender las manos del único sobreviviente de una matanza colocadas como alas protectoras sobre las cabezas de los hijos, comprender este río interminable de vivos y de muertos, esta sangre perdida, esta esperanza ganada, este silencio de quien lleva siglos reclamando respeto y justicia, esta ira reprimida de quien finalmente se cansó de esperar. Cuando, hace seis años, las alteraciones introducidas en la Constitución mexicana, en obediencia a la "revolución económica" neoliberal, orientada desde el exterior e impiadosamente aplicada por el gobierno, vinieron a poner término a la distribución agraria y reducir a la nada la posibilidad de que los campesinos sin tierra dispongan de una parcela de terreno para cultivar, los indígenas creyeron que podrían defender sus derechos históricos (o simplemente consuetudinarios, en el caso de pretender que las comunidades indias no ocupan ningún lugar en la Historia de México…), organizándose en sociedades civiles que se caracterizaban y continúan caracterizándose, singularmente, por repudiar cualquier tipo de violencia, comenzando por la que podría ser la suya propia. Esas sociedades tuvieron, desde el principio, el apoyo de la Iglesia Católica, pero esa protección de poco les sirvió: sus dirigentes y representantes fueron sucesivamente metidos en la cárcel, creció la persecusión sistemática, implacable, brutal por parte de los poderes del Estado y de los grandes latifundistas. Mancomunados a la sombra de los intereses y privilegios, prosiguieron las acciones violentas de expulsión de las tierras ancestrales y las montañas y la selva tuvieron que ser, muchas veces, el último refugio de los desarraigados. Allí, entre las nieblas densas de cimas y valles, germinaría la semilla de la rebelión.

Los indios de Chiapas no son los únicos humillados y ofendidos de este mundo: en todas partes y épocas, con independencia de raza, de color, de costumbres, de cultura, de creencia religiosa, el ser humano que nos congratulamos de ser supo siempre humillar y ofender a aquellos a quien, con triste ironía, continúa llamando sus semejantes. Inventamos lo que no existe en la naturaleza, la crueldad, la tortura, el desprecio. Por un uso perverso de la razón hemos venido dividiendo a la humanidad en categorías irreductibles entre sí: los ricos y los pobres, los señores y los esclavos, los poderosos y los débiles, los sabios y los ignorantes; y en cada una de esas divisiones hicimos divisiones nuevas, para variar y multiplicar a gusto, incesantemente, los motivos para el desprecio, para la humillación y la ofensa. Chiapas fue, en estos últimos años, el lugar donde los más despreciados, los más humillados y los más ofendidos de México fueron capaces de recuperar intactas una dignidad y una honra nunca definitivamente perdidas, el lugar donde la pesada losa de una opresión que dura desde siglos se despedazó para dejar pasar, en la vanguardia de una procesión interminable de asesinados, una procesión de vivientes nuevos y diferentes, estos hombres, estas mujeres y estos niños de ahora que no están reclamando más que el respeto por sus derechos, no sólo como seres humanos de esta humanidad, sino también como indios que quieren continuar siendo. Se levantaron con algunas armas en la mano, pero se levantaron sobre todo con la fuerza moral que únicamente la honra y la dignidad son capaces de hacer nacer y alimentar en el espíritu, aunque el cuerpo esté padeciendo el hambre y las miserias de siempre. Del otro lado de los Altos de Chiapas no está sólo el gobierno de México, está el mundo entero. Por mucho que se haya pretendido reducir el acuerdo de Chiapas a un mero conflicto local, cuya solución sólo podrá encontrarse en el cuadro estricto de la aplicación de las leyes nacionales (hipócritamente moldeables y ajustables, como se vio una vez más, a las estrategias y a las tácticas del poder económico y del poder político, su sirviente), lo que se está jugando en las montañas chiapanecas y en la Selva Lacandona sobrepasa las fronteras mexicanas para alcanzar el corazón de aquella parte de la humanidad que no renunció ni renunciará nunca al sueño y a la esperanza, al simple imperativo de una justicia igual para todos. Como escribió un día esa figura, por muchos motivos excepcional y ejemplar, que conocemos bajo el nombre de subcomandante Marcos, "un mundo donde quepan muchos mundos, un mundo que sea uno y diverso" , un mundo, me permito agregar, que, para todos y siempre, declarase intocable el derecho de cada quien a ser "persa" por el tiempo que quiera y sin obedecer nada más que a sus propias razones…

Los macizos montañosos de Chiapas son, sin duda, uno de los más asombrosos paisajes que mis ojos nunca vieron, pero son también un lugar donde campean la violencia y el crimen protegido. Millares de indígenas, expulsados de sus casas y de sus tierras por el "imperdonable delito" de ser simpatizantes silenciosos o confesos del Frente Zapatista de Liberación Nacional, están amontonados en campamentos de chozas improvisadas donde falta la comida, donde la poca agua de que disponen está casi siempre contaminada, donde enfermedades como la tuberculosis, el cólera, el sarampión, el tétano, la neumonía, el tifus, el paludismo van diezmando a adultos y niños ante la indiferencia de las autoridades y de la medicina oficial. Alrededor de sesenta mil soldados, nada más y nada menos que un tercio de los efectivos permanentes del Ejército mexicano, ocupan actualmente el Estado de Chiapas, so pretexto de defender y asegurar el orden público. Pero la realidad de los hechos desmiente la justificación. Si el Ejército mexicano protege a una parte de los indígenas -y no sólo los protege sino que los arma, instruye, entrena y pertrecha- esos indígenas, en general dependientes y subordinados al Partido Revolucionario Institucional que ejerce desde hace setenta años, sin interrupción, un poder prácticamente absoluto, son, pero no por alguna coincidencia extraordinaria, aquellos que forman los diversos grupos paramilitares constituídos con el objetivo único de realizar el trabajo represivo más sucio, esto es, agredir, violar, asesinar a sus propios hermanos.

Acteal fue un episodio más de la terrible tragedia iniciada en 1492 con las invasiones y la conquista. A lo largo de quinientos años, los indígenas de Iberoamérica (es intencionalmente que empleo esta designación para no dejar fuera de enjuiciamiento a los portugueses, y después a los brasileños, sus continuadores en el proceso genocida, que redujeron los 3 o 4 millones de indios existentes en Brasil en la época de los descubrimientos a poco más de 200 mil en 1980), esos indígenas anduvieron, por decirlo así, de mano en mano, de mano del soldado que lo mataba a mano del señor que lo explotaba, en medio con la mano de la Iglesia Católica, que les cambió unos dioses por otros, pero que al final no consiguió cambiarles el espíritu. Cuando después de la carnicería de Acteal comenzaron a oírse en la radio palabras que decían "vamos ganando" , cualquier persona desprevenida podría haber pensado que se trataba de una proclama insolente y provocativa de los asesinos. Se engañaba: esas dos palabras eran un mensaje de ánimo, un recado de coraje que unía por los aires, como en un abrazo, a las comunidades indígenas. Mientras lloraban a sus muertos, otros 45 a sumar a una lista cinco veces secular, las comunidades, estoicamente, erguían la cabeza, se decían unas a otras "vamos ganando" , porque realmente sólo puede haber sido una victoria, y grande, la mayor de todas, ser capaz de sobrevivir así a la humillación o a la ofensa, al desprecio, a la crueldad y a la tortura. Porque esa victoria es del espíritu.

Cuenta Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo, que Rafael Guillén, antes de convertirse en Marcos, vino a Chiapas y habló a los indígenas, pero ellos no lo entendieron. "Entonces se metió en la niebla, aprendió a escuchar y fue capaz de hablar" . La misma niebla que no deja ver es también la ventana que se abre al mundo del otro, el mundo del indio, el mundo del "persa" … Miremos en silencio, aprendamos a oír, tal vez después, finalmente, seamos capaces de comprender.

Autor/es José Saramago
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 1 - Julio 1999
Páginas:18, 19
Traducción Luis Bilbao
Temas Mundialización (Cultura), Conflictos Armados, Movimientos de Liberación, Genocidio, Minorías, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países México, Brasil, Guatemala, Bolivia, Colombia