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Socialdemocracia privatizada

Del modelo propuesto por el primer ministro británico Anthony Blair y el canciller alemán Gerhard Schroeder quedan de hecho excluídos el mundo del trabajo (sindicatos y movimiento obrero) y el Estado social. Sólo queda en pie el tercer miembro del clásico pacto social: la empresa, cuyos rasgos centrales, competitividad y generación de riquezas, debieran regir al conjunto de la sociedad

El manifiesto Europa: la tercera vía, el nuevo centro, que lanzaron en Londres Anthony Blair y Gerhard Schroeder el 8 de junio pasado1, es una operación de alto significado político con miras primordialmente electoralistas. El reflujo del fundamentalismo liberal, que todavía no se tradujo en una reconstrucción coherente de las fuerzas de derecha, deja disponible un fragmento del electorado que no alcanza a quedar satisfecho con la falta de sensibilidad social de las propuestas neoliberales ni con el contenido de los viejos programas democristianos. Habría allí un importante potencial de voz y un espacio político que los dos dirigentes socialdemócratas creen poder acaparar con insignificantes riesgos de pérdidas en su flanco izquierdo.

Según ellos el capitalismo por un lado, adosado a la insustituible economía de mercado, y por otro la empresa, generadora de riqueza, constituyen el único horizonte posible para el siglo XXI. Calculan que no tienen nada que temer de una eventual competencia de las opciones comunista y socialista, opciones que de ahora en más serían inadecuadas a las sociedades contemporáneas.

Se trata, dicen, de abandonar los radicalismos de derecha e izquierda, que se han vuelto incompatibles con la complejidad de la realidad moderna, y de establecer una "tercera vía" capaz de recentrar a la social democracia, ofreciendo una propuesta política fundada en valores nuevos: modernidad y pragmatismo, fin de la igualdad como objetivo permanente y del Estado como pilar fundamental de la justicia social, promoción del consenso como mecanismo privilegiado de la vida política y aliento a la innovación y a la iniciativa individual como instrumentos decisivos del progreso individual y colectivo.

La nueva fórmula, afirman Blair y Schroeder, empezó a demostrar su eficacia electoral en el Reino Unido y en Alemania, últimamente en Israel, y terminará imponiéndose en todas partes porque supo superar las rigideces y arcaísmos de la "paleosocialdemocracia".

Más allá de la incoherencia de esas ideas -cuya contradicción total con los 21 puntos del Manifiesto europeo de los partidos socialistas firmado en Milán hace tres meses explica sin dudas el calamitoso fracaso de Blair y Schroeder en las elecciones europeas del 13 de junio pasado-, es importante destacar que ponen punto final a la ambición de la socialdemocracia de proponer una respuesta fuerte, de izquierda, a la difícil cohabitación entre el sistema capitalista y los regímenes democráticos.

Esta cohabitación no es en absoluto inherente a la democracia, como lo pretende el pensamiento liberal. Supone resuelta la contradicción entre la acumulación de capital por una parte, exigencia fundamental del capitalismo que conduce inexorablemente a la concentración de la riqueza y del poder económico en manos de un pequeño grupo, y por otra la legitimación del sistema a través de una redistribución que vuelve aceptable para la mayoría de la población el dominio de los ricos.

Esta contradicción queda sofocada durante las fases económicas y de crecimiento, en el curso de las cuales una alta retribución del capital es compatible con el pleno empleo, el aumento de salarios y el crecimiento continuo del consumo. Pero estalla durante los ciclos de estancamiento y recesión, sobre todo si el Estado no está en condiciones de colmar las insuficiencias. Durante esos períodos de crisis, el pacto social entre el mundo del trabajo (representado por los sindicatos), las empresas y el Estado tiene dificultades para funcionar. Y la función legitimadora de la democracia se vuelve mucho más problemática.

En el curso de los años 70, la crisis económica y el ascenso de la desocupación fragilizaron el mundo del trabajo y debilitaron el equilibrio político que prevalecía en Occidente; sobre todo la cohabitación conflictiva pero estabilizada entre el capital, el trabajo y el Estado. A fines de los años 80, la caída del muro de Berlín, el desmoronamiento de la Unión Soviética y la esclerosis del marxismo produjeron el efecto de un terremoto en los partidos de izquierda. Fue el sálvese quien pueda de las fuerzas progresistas.

Los partidos socialistas que todavía no habían practicado la abjuracion marxista de Bad Godesberg2, se apresuraron a hacerlo, y se generalizó la socialdemocratización del socialismo. Pero el fenómeno no se detiene ahí. Los partidos de izquierda -sobre todo los del sur de Europa- que mantenían vínculos todavía fuertes con las organizaciones sindicales, los rompen uno tras otro: Portugal, España, Italia, etc. Fuera pues el mundo del trabajo. Pero esta ruptura de vínculos empobrece la base real del socialismo democrático, aumenta la volatilidad del voto, debilita la credibilidad del proyecto de transformación social y reduce a los partidos socialistas a simples participantes en torneos electorales, preocupados exclusivamente, lo mismo que los demás, por la conquista política del poder.

Queda el otro pilar del templo socialista: el Estado. Considerado desde siempre por algunos ciudadanos (los liberales y los anarquistas) como una estructura ineficaz, despilfarradora y opresiva, el Estado se vio desbordado estos últimos años tanto desde abajo (debido a la cada vez mayor autonomía de las regiones y ciudades) como desde arriba (debido a la construcción de áreas macropolíticas, como la Unión europea). Y muchos ya son presa de la tentación de arrumbarlo, con el pretexto de que la globalización le habría dado el tiro de gracia, volviéndolo inepto para cumplir sus funciones tradicionales.

Lo más significativo en el "manifiesto neoliberal" de Blair y Schroeder es la tranquilidad y la radicalidad con que declaran que todos los que hace veinte años anunciaban la muerte de la socialdemocracia tenían razón3. Y para justificar este entierro de primera clase presentan argumentos de una debilidad sorprendente. Argumentos que no hace falta buscar en el manifiesto mismo sino en dos libros escritos con el objetivo de dar un fundamento teórico a su negación4. Uno de ellos, The Third Way5, es de Anthony Giddens, asesor de Anthony Blair; el otro, Aufbrich, Die Politik des Neuen Mitte6 es de Bodo Hombach, ministro de la presidencia del gobierno alemán, próximo a Gerhard Schroeder, quien escribe el epílogo.

Para explicar los callejones sin salida de la social democracia, estos dos autores proceden a una crítica implacable de los principios fundamentales de esa corriente política: el mundo del trabajo, el movimiento obrero, los sindicatos, el Estado, y muy especialmente el Estado benefactor, al que consideran responsable del estancamiento actual.

El punto de partida es el mismo en las dos obras: terminar con esta situación. Hombach retoma una antigua fórmula: hay que desbloquear la sociedad. Por su parte, Giddens reclama la enésima modernización… Presidente actual de la London School of Economics y uno de los sociólogos anglosajones más conocidos a escala planetaria, este último se ocupa apenas de la cuestión del trabajo. Por lo demás este término ni siquiera figura en el glosario final de su libro, donde sólo aparece asociado con "mercado" . Para Giddens, lo mismo que para Hombach, todos los problemas del trabajo se reducen a los del mercado de trabajo, en tanto espacio donde se encuentran la oferta y la demanda, que se ajustan de acuerdo con las exigencias de la economía. De manera que a juicio de ambos autores es inútil seguir hablando de enfrentamiento entre patrones y asalariados. Dado que la clase obrera en buena parte habría desaparecido, el bloque de clase deja de ser un apoyo para los partidos socialdemócratas y la polarizacion electoral derecha-izquierda tendría cada vez menos sentido o respondería a criterios mucho más complejos.

Retomando viejos argumentos socialliberales, Giddens afirma que el movimiento obrero habría sido definitivamente sustituido por nuevos movimientos sociales, que serían los verdaderos actores de la acción social contemporánea. De manera que al dramatismo de la lucha de clases le habría sucedido la dinámica inclusión/exclusión.

En este sentido, Giddens no vacila en afirmar que la exclusión por exceso, es decir, la exclusión de las capas superiores de la sociedad, es tan negativa como la de las capas inferiores; así que habría que evitar las medidas de integración que se dirigen exclusivamente, y aun prioritariamente, a los grupos menos favorecidos, porque eso podría provocar efectos de fragmentación que favorecerían la tendencia centrífuga de las clases dirigentes, cuyo rol sería esencial para el progreso de la sociedad. Giddens llama "liberalismo cívico" a esta atención prestada a las capas privilegiadas; su objetivo es regenerar un nuevo espacio público, cuyo segundo gran componente es la empresa. Esta y sus valores más característicos -competitividad y creación de riqueza- debieran presidir nuestra conducta, y no las clásicas actitudes pusilánimes -seguridad y redistribución- de la antigua socialdemocracia. El mundo del trabajo debe compartir el gusto por el progreso y el desafío que caracteriza al jefe de empresa. Ese mundo debe adoptar una actitud activa ante los riesgos, base de toda verdadera política de flexibilidad del empleo. De modo que conviene abandonar el modelo pasivo del Estado benefactor, que crea una sociedad de individuos asistidos que renunciaron a ser responsables de su destino personal. Los ciudadanos deben ser actores sociales para construir un "Estado social inversor" , en el seno del cual la sociedad benefactora sustituirá al Estado benefactor, devolviendo a cada individuo su rol de actor activo.

Bodo Hombach no dice nada diferente. Su tesis del nuevo corporativismo define una sociedad fundada en la flexibilidad, la moderación y la voluntad de conciliar crecimiento y empleo bajo la primacía de una obligación suprema: la creación de riqueza. Este autor considera que el único marco socioeconómico posible es la economía social de mercado y la única personalidad política a la que admira (aparte de Gerhard Schroeder) es al democristiano Ludwig Erhard7.

El modelo que nos proponen Anthony Blair y Gerhard Schroeder inspirándose en teorías de sus asesores, no es al fin de cuentas ni nuevo ni socialdemócrata. Salvo que aceptemos una social democracia para el uso de los liberales, es decir, una social democracia privatizada.

  1. Le Monde, 21-6-99
  2. Ciudad de Alemania donde el partido social demócrata reunido en Congreso renunció a las tesis marxistas como fundamento de su doctrina política.
  3. Véase por ejemplo Alain Touraine, L´Après-socialisme, Grasset, Paris, 1980; Ralf Dahrendorf, "L´Après-social-democratie" , en Le Débat, Nº 7, Gallimard, París, diciembre de 1980; François Furet, Jacques Julliard y Pierre Rosanvallon, La République du centre. La fin de l´exception française, Calman-Lévy, París, 1998.
  4. Ignacio Ramonet, "Social-conformisme" , Le Monde diplomatique, abril de 1999.
  5. Londres 1998. La versión francesa, La troisième voie, aparecerá en Editions du Seuil en febrero del 2000.
  6. Econ Verlag, Munich, 1998.
  7. Ludwig Erhard (1897-1977) ministro de economía, campeón del liberalismo económico, se lo considera el artesano del "milagro alemán" ; sucedió en la cancillería a Konrad Adenauer (1963-1966).
Autor/es José Vidal Beneyto
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 1 - Julio 1999
Páginas:10
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Socialdemocracia, Clase obrera
Países Alemania (ex RDA y RFA), Italia, Portugal, Israel