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La biodiversidad, asimilada a una mercancía

En nombre de la productividad y junto a promesas de mejor calidad agroalimentaria y de medicamentos, las multinacionales quieren adueñarse de la biodiversidad. ¿Pueden arrogarse semejante derecho? ¿A quién pertenece el mapa genético de la vida? ¿Se corre el riesgo de que la Convención internacional sobre la diversidad biológica firmada en junio de 1992 en Rio de Janiero se convierta en una simple carta legal que reglamente la transferencia de genes del Sur hacia el Norte?

El empobrecimiento de la biodiversidad constituye uno de los aspectos más preocupantes de la crisis ecológica mundial. Se estima que entre 50 y 300 especies vegetales y animales se extinguen cada día1, mientras que la Unión internacional para la conservación de la naturaleza (UICN) afirma en su "lista roja" de 1997, que a escala mundial el 11% de las aves, el 20% de los reptiles, el 25% de los anfibios, el 5% de los mamíferos y el 34% de los peces están actualmente en peligro2.

Por impresionantes que resulten, esos guarismos reflejan muy parcialmente el impacto cualitativo de esta degradación del ecosistema terrestre, alterado por el desarrollo productivo, ya que el concepto de biodiversidad está muy lejos de reducirse a un mero indicador cuantitativo. Elaborado por Walter G. Rosen en 1985, se aplica al conjunto constituido por tres diversidades: la genética (de los genes dentro de una especie), la específica (de las especies) y la ecológica, así como a las interacciones existentes entre las tres. Como destaca Robert Barbault3, tal noción supera el campo de las ciencias naturales, para aplicarse a las ciencias del hombre, que se revela entonces como un depredador, un factor de fragilización de la biosfera y, a la vez, el responsable de la riqueza del mundo viviente que lo rodea.

Ahora bien, más allá de su empobrecimiento actual, el ecosistema debe afrontar la implementación, cada vez más amplificada, de un nuevo sistema tecno-económico fundado en el fortalecimiento mutuo de un mercado de ahora en más planetario y libre de toda traba y de un conjunto tecnológico en el seno del cual interactúan la informática, la robótica, las telecomunicaciones y las biotecnologías4.

Jeremy Rifkin ve en el advenimiento de las biotecnologías la segunda gran revolución industrial de la historia y analiza la mutación contemporánea como el surgimiento de un poderoso complejo científico, tecnológico y económico resultante de la convergencia entre la revolución genética y la revolución electrónica5. Esta convergencia precipitaría nuestra entrada en una nueva era: el "siglo de las biotecnologías", caracterizado por una capacidad inédita de moldear la naturaleza y de crear una fauna y una flora "bio-industriales".

Las biotecnologías -este "conjunto de técnicas que apuntan a la explotación industrial de los micro-organismos, de las células animales, vegetales, y de sus constituyentes"6- están presentes en lo agroalimentario y en la salud; conciernen a un conjunto de ramas productivas que van desde la agricultura hasta la farmacia, pasando por la química. Porque lo mismo que la informática, no constituyen un "sector" o una "rama", en el sentido económico del término, sino un grupo de técnicas "fluidas"7, o sea aptas para alterar el conjunto del sistema técnico y para ser objeto de aplicaciones diversificadas en terrrenos múltiples.

La producción de plantas y animales transgénicos, tanto como la de medicamentos, vacunas, análisis y diagnósticos médicos, etc., no constituyen más que un pálido esbozo de lo que queda por venir. Una parte de la investigación se concentra de ahora en más en el pharming -neologismo que designa la fusión de actividades agrícolas y farmacéuticas- o sea en la transformación de animales domésticos en fábricas de producción de medicamentos y sustancias nutritivas.

Por otro lado, la clonación y las manipulaciones genéticas permitirán, en poco tiempo, lograr animales estrictamente estandarizados, que respondan a normas bioindustriales precisas. Estos animales serán concebidos para el consumo, o como productores de órganos destinados a transplantes8. Pero las biotecnologías pueden aplicarse donde a priori menos se lo espera: a la descontaminación del medio ambiente, a la fabricación de materiales plásticos o incluso a la extracción de minerales. Los beneficios que se esperan de semejante avalancha de innovaciones son considerables.

Por ejemplo, los procedentes del mercado de la ingeniería genética, estimados entre 20.000 y 30.000 millones de dólares, deberían alcanzar los 110.000 millones en el año 2005. Para esa fecha, el mercado estadounidense de plantas transgénicas habrá de alcanzar, de acuerdo a la firma Monsanto, 6.000 millones de dólares9. En estas condiciones, no es de extrañar que ciertos gigantes industriales, como Monsanto, Novartis, Rhone-Poulenc, Pioneer-Dupont o Lafarge-Coppée sigan tan de cerca el desarrollo de estos nuevos mercados. La recomposición de las firmas se lleva a cabo en beneficio de la química, mientras que la concentración, tendencia fuerte de la historia del capitalismo, se manifiesta con particular vigor y es llevada a cabo bajo la batuta estadounidense. La investigación en biotecnología agrícola es controlada por 15 grandes firmas privadas, de las cuales 13 son estadounidenses y sólo 2 europeas.

Los genes se presentan efectivamente como el "oro verde" del siglo XXI, un oro verde que las firmas del complejo genético-industrial se dedican a controlar, como siempre lo han hecho las multinacionales, al mismo tiempo que los recursos o las actividades necesarias para su desarrollo. Salvo que ya no se trata de dominar la extracción de minerales o el funcionamiento de circuitos comerciales, sino el patrimonio genético mismo. Lo que puede parecer una loca pretensión es factible, de ahora en más, gracias a la extensión de la patentabilidad al mundo viviente.

Patentados

En 1980 la Corte Suprema de los Estados Unidos reconoció por primera vez la validez de una patente que amparaba una bacteria genéticamente modificada. En 1987, el PTO (Patents and Trademark Office, equivalente estadounidense del Instituto Nacional de la Propiedad Industrial francés) decretó que todos los organismos vivientes multicelulares, los animales inclusive, eran potencialmente patentables. Un año más tarde, el mismo PTO otorgaba una patente a un mamífero (una rata que contenía un gen humano que la predisponía al cáncer). Desde entonces, se ha patentado a otros animales. Como resumen Catherine Aubertin y Franck-Dominique Vivien, la generalización del sistema de patentes -ratificada por las negociaciones finales del Acuerdo general sobre las tarifas aduaneras y el comercio (GATT), convertido en 1995 en Organización Mundial del Comercio (OMC)- ha hecho que "lo que se puede proteger ya no es sólo el organismo modificado o el procedimiento que ha permitido obtenerlo, sino además la información genética que contiene y todas las aplicaciones permitidas"10.

Esta situación creó una doble línea de fractura. La primera opone las multinacionales del Norte a los países del Sur. Las firmas del complejo genético-industrial argumentan que la protección mediante patentes constituye una condición previa indispensable para la inversión en la investigación y desarrollo, mientras que los segundos -que detentan la mayor parte de la diversidad biológica del planeta- afirman que la riqueza de variedades que interesa tanto a las firmas occidentales suele ser el resultado de varios siglos de agricultura tradicional.

Pero aunque el Norte y el Sur se enfrentan a propósito de la apropiación de los efectos de la revolución biotecnológica, están de acuerdo en un punto: el patrimonio genético mundial se asimila a una mercancía. Esta no es la posición de un número creciente de organizaciones no gubernamentales (ONG) y de ciertos Estados que -y es aquí donde se ubica la segunda línea de fractura- sostienen que el patrimonio genético debe seguir siendo (o volver a ser) un patrimonio común de la humanidad.

El único texto internacional referido a la biodiversidad como tal, es la Convención Internacional sobre la Diversidad Biológica firmada en junio de 1992 en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, vigente a partir del 24 de diciembre del año siguiente. Según su artículo primero, sus objetivos son: "la conservación de la diversidad biológica, la utilización duradera de sus elementos y el reparto justo y equitativo de las ventajas que derivan de la explotación de los recursos genéticos, particularmente gracias a un acceso satisfactorio a los recursos genéticos y a una transferencia adecuada de las técnicas pertinentes, habida cuenta de todos los derechos sobre estos recursos y las técnicas, y gracias a un financiamiento adecuado".

¿Quién no suscribiría un programa en apariencia tan razonable? Probablemente todos los que no extremen su curiosidad hasta el punto de leer el artículo 3, que estipula que "los Estados tienen el derecho soberano de explotar sus propios recursos de acuerdo a su política de medio ambiente", o bien el artículo 15, párrafo 1, que plantea que "el poder de determinar el acceso a los recursos genéticos pertenece a los gobiernos y es regido por la legislación nacional". Mediante estas disposiciones, la Convención de 1992 rehusa evidentemente aplicar el estatuto de patrimonio común de la humanidad a los recursos genéticos. Prevé por lo demás, en su artículo 15, párrafo 7, un principio de compensación.

Desde luego, tal como los expertos de GRAIN (Genetic Resources Action International) y de la fundación Gaia, se puede ver en la Convención un "compromiso de valor legal para poner fin a (la) destrucción (de la biodiversidad) y asegurar la conservación y la utilización duradera de la diversidad biológica"11. Un compromiso que los llamados expertos oponen al Acuerdo sobre los aspectos de los derechos de propiedad intelectual que atañen al comercio (ADPIC) de la OMC.

Si bien el análisis en cuestión es minucioso y merece atención12, en realidad parece más bien señalar lo que sería deseable antes que prefigurar lo que efectivamente se decida. Perfectamente conscientes de la existencia de una posible derivación mercantil, los redactores del informe de GRAIN y de la fundación Gaia no descartan en absoluto la eventualidad de que la convención de Rio degenere "en una simple carta legal que reglamente la transferencia de genes del Sur hacia el Norte mediante contratos de acuerdo mutuo"13. O sea que oficialice la carrera hacia la apropiación de lo viviente.

El Norte, dueño de los genes

Lamentablemente, todo lleva a creer que existe más ajuste que antagonismo entre los ADPIC de la OMC y la Convención de 1992 que autoriza, en cierta medida, la reducción de la biodiversidad a una simple cuestión de recursos genéticos de los cuales se trata de sacar el mayor beneficio posible. Como lo destacan Catherine Aubertin y Franck-Dominique Vivien, "al firmar la Convención, al tener la posibilidad de poder sacar partido de sus recursos, los países del Sur reconocen de hecho los derechos de propiedad intelectual sobre lo viviente definidos por el Norte (…) La patente es la condición de los cánones. De tal manera, los recursos genéticos se ven vinculados al régimen de las demás materias primas y son tratadas como productos comerciales"14.

Para medir adecuadamente la asimetría en términos de relaciones de fuerza que caracteriza al sistema de patentes, recordemos que, de acuerdo a la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), los particulares y las firmas de los países industrializados detentaban a mediados de esta década el 95% de las patentes de Africa, casi el 85% de los de América Latina y el 70% de los de Asia15.

Es así como un patrimonio natural y cultural moldeado por millones de años de evolución biológica y milenios de prácticas de agricultura se ve de ahora en más sometido a la apropiación privada, es decir a un modo de gestión agresivo con respecto a la biosfera. La "libertad del comercio y de la industria", es decir la extensión del reino de la mercancía se encuentra una vez más en oposición radical con las exigencias de un desarrollo duradero.

  1. Se estima que existen entre 5 y 50 millones de especies vivientes. Por ahora, sólo han sido censados 1.400.000 millones de especies: 990.000 invertebrados, 45.000 vertebrados, 360.000 plantas y microorganismos. Véase Alain Zecchini, "La nature en sursis", Le Monde diplomatique, octubre de 1998.
  2. Jean-Marc Lavieille, Droit international de l´environnement, Ellipses, París, 1998.
  3. Robert Barbault, Biodiversité, Hachette, París,1997.
  4. Jacques Robin, Changer d´ère, Seuil, París, 1998.
  5. Jeremy Rifkin, El siglo de la biotecnología, Ed. Crítica, Barcelona, 1999.
  6. Pierre Douzou, Gilbert Durand, Philippe Kourilsky y Gérard Siclet, Les Biotechnologies, PUF, París, 1983.
  7. Maurice Daumas, Histoire générale des techniques, PUF, París, 1979.
  8. "Biotechnologies á l´usage des riches", Le Monde diplomatique, marzo 1999.
  9. Catherine Aubertin et Franck-Dominique Vivien, Les Enjeux de la biodiversité, Economica, París, 1998
  10. Ibid.
  11. GRAIN y Fundación Gaia, "Commerce mondial et biodiversité en conflit", Nº 1, abril de 1998. (GRAIN, Girona 25, 08010, Barcelona, España; The Gaia Fondation, 18 Well Walk, Hampstead, Londres NW3 1LD, Reino Unido).
  12. La Convención sobre la Diversidad Biológica no excluye, con la notable excepción del patrimonio común de la humanidad, ningún modo de apropiación privado, público o colectivo.
  13. GRAIN y Fundación Gaia, op.cit.
  14. Catherine Aubertin et Franck-Dominique Vivien, op.cit.
  15. OMPI, conjunto de datos IP/STAT/1994/B, publicado en noviembre de 1996.

La alimentación transgénica cuestionada

Curiosa sintonía. Al mismo tiempo que en un seminario internacional de biotecnología realizado en Buenos Aires, se afirmaba con respecto a las siembras transgénicas que "Argentina apostó a tiempo", que no se deben tomar en cuenta "argumentos amarillistas importados de Europa" y que los controles deben ser "científicos, no políticos"1, los sindicatos agrarios estadounidenses -National Family Farm Association, American Corn Growers Association y otros- pidieron a sus asociados que no siembren semillas transgénicas porque temen que la creciente negativa de los consumidores a ingerir alimentos hechos con ingredientes genéticamente modificados los lleve a la quiebra. Las multinacionales productoras de semillas también acusaron recibo del peligro y decidieron invertir millones de dólares en Relaciones Públicas2. Robert Shapiro, presidente de la gigante Monsanto, declaró que su empresa había pecado de "ingenua en su acercamiento al mercado europeo (…) Si la pregunta es ¿hemos aprendido algo en los últimos meses acerca de la sociología y la orientación de los medios?, la respuesta es: sí, hemos aprendido algo".

Ahora bien, ¿es honesto achacar la creciente desconfianza internacional hacia los organismos genéticamente modificados (OGM)3 a un problema de desinformación, a campañas políticas orquestadas por grupos ecologistas que aprovechan el estado de ánimo de una opinión pública impactada por escándalos como el de la "vaca loca" o la dioxina de los pollos? Dada la dimensión que ha adquirido el tema de los transgénicos en el mundo desarrollado, evidentemente no.

En noviembre pasado Gran Bretaña -cuyo actual gobierno ha sido acusado de mantener una política favorable a las empresas productoras de semillas genéticamente modificadas- prorrogó la moratoria transgénica hasta el 20024. En algunos Estados brasileños como Rio Grande do Sul, se han votado leyes prohibiendo los cultivos OGM. Al igual que Paraguay, donde no se pueden comercializar OGM, Brasil busca mantener lo que se llama una "identidad preservada" para figurar en la escena económica mundial como un exportador de agricultura libre de OGM. Por su parte, Chile ha aprobado los OGM para reexportación y sigue sin definirse en cuanto a su uso para consumo interno. En Uruguay, se ha pedido la liberación de las mismas semillas que en Argentina.

Hasta ahora defensora de los transgénicos, la estadounidense Food and Drug Administration (FDA), fiscal y garante de la inocuidad de los alimentos, ha dicho que revisará la necesidad de etiquetar los alimentos OGM, algo que -a diferencia de la Unión Europea y Japón- hasta ahora no consideraba necesario. El propio Secretario de Agricultura estadounidense, Dan Glickman, plantea la necesidad de estudios a largo plazo y mayor independencia de los organismos de control respecto de las empresas comercializadoras. La apuesta OGM ya no es total (aunque sigue siendo muy fuerte) ni siquiera en EE.UU., ya que el país dispone de mecanismos de identificación y segregación para diferenciar sus cosechas y adaptarse a la demanda mundial.

Mientras tanto en Argentina -país hasta ahora caracterizado por su agroganadería "natural"- las fichas se juegan al todo o nada OGM, sin que medie una evaluación seria de los riesgos sanitarios, ambientales y económicos: 80% de la producción de soja, unas 8 millones de hectáreas es ya OGM. La mayoría de esta producción está destinada a la exportación. La pregunta es, ¿qué hará el país con semejante producción en caso de extenderse el rechazo?.

La soja transgénica, adoptada masivamente en sólo tres años por los productores argentinos (argumentan razones de costos y de condiciones laborales), contiene un gen tolerante al herbicida glifosato. Walter Pengue, ingeniero agrónomo de la Universidad de Buenos Aires, señala que "según algunos autores, sería probable que la utilización del glifosato aumentara el nivel de estrógenos en la planta (Sandermann, 1988). Los estrógenos pueden afectar a los mamíferos, incluído el hombre. De hecho, el incremento en la producción de grasa en la leche de vacas alimentadas con soja transgénica es consecuencia directa de los niveles de estrógeno producidos en esas sojas"5. Desde ya, los principales afectados pueden ser los niños.

Es así que el consumidor, con simple sentido común, comienza a preguntarse: ¿qué beneficios trae un producto OGM? Sus propiedades nutritivas y gustativas son semejantes a uno no-OGM. No cuesta menos. Permite una mayor utilización de agroquímicos. Y lo que es peor -por aquella premisa nipona "somos lo que comemos"- en el imaginario del consumidor ingerir un producto hecho con ingredientes manipulados no genera precisamente tranquilidad. Por eso, en todo el mundo, crece el reclamo por garantías.

Por ahora, el propio mundo científico no las da totalmente. En una controvertida decisión la prestigiosa revista médica The Lancet publicó el 16 de octubre pasado un trabajo de los doctores Arpad Pusztai y Stanley Ewen, de la universidad de Aberdeen, en el que afirman haber encontrado lesiones de órganos internos en ratas alimentadas en laboratorio con papas genéticamente modificadas que contenían lecitina, una proteína que incrementa la resistencia de una planta a los parásitos6

Más allá de la validez de la investigación, cuestionada por otros científicos, los efectos alergénicos pasibles de surgir de alimentos OGM no son desdeñables. De allí que la información no deba ser escatimada7 ni mucho menos monopolizada por aquellos grupos que ahora se han bautizado a sí mismos como "empresas de ciencias de la vida" y que ya prometen una tercera generación de transgénicos, los "alicamentos" que permitirían por ejemplo vacunarse con sólo ingerir un alimento transgénico. Loable fin. Se trata simplemente de no perder de vista una pregunta vital: ¿a qué precio?

  1. "Biotecnología y Sociedad", Universidad de Buenos Aires, 16 y 17-11-99; Esteban Hopp, Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).
  2. "Biotech Crops Spur Warning, 30 Farm Groups say consumer backlash could cost markets", The Washington Post, 24-11-99. "Biotech Firms Now Aim to Alter Public Opinion; Makers of Genetically Altered Crops prepare a big public-relations counteroffensive", International Herald Tribune, París, 13/14-11-99.
  3. La técnica que permite obtener un OGM se llama transgénesis. Consiste en transferir genes, elementos de base del patrimonio genético de todo ser vivo hacia otro organismo o bien en desplazarlos en el interior del mismo organismo y hacer que funcionen en su nuevo ambiente.
  4. El País, Madrid, 6-11-99.
  5. Walter Pengue, "Sojas transgénicas: cambios tecnológicos y mercados", Realidad Económica, Nº 164, mayo-junio 1999.
  6. Seis consejeros examinaron el texto antes de aceptarlo, sólo dos emitieron sus reservas acerca de su publicación argumentando que el estudio era incompleto y que no sostenían las conclusiones de los científicos. El jefe de redacción de The Lancet, Richard Horton, defendió su decisión subrayando que no se trataba "en absoluto de una justificación" de las tesis anteriores de Pusztai, cuestionadas por la Royal Society, la prestigiosa academia de ciencias británicas. Por su parte, Pusztai fue expulsado hace un año del instituto Rowett, en Escocia y tuvo que soportar la indiferencia y el rechazo de sus colegas por haber dado a conocer el resultado de sus estudios a los medios de comunicación antes que al mundo científico.
  7. En este momento, existen en el Senado de la Nación argentina y en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires dos proyectos de leyes de etiquetado que esperan aprobación.


Autor/es Jean Paul Marechal
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:30, 31
Traducción Dominique Guthmann
Temas Genoma Humano, Transgénicos, Tecnologías, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Geopolítica, Medioambiente, Salud
Países Estados Unidos, Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay, Japón, Escocia