Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Ola de calor sobre el planeta

Ligado al transporte, la industria y la producción de energía, el creciente ascenso de las emisiones de gas carbónico aumenta en forma anormal el efecto invernadero, ocasionando riesgos de trastornos climáticos y catástrofes sanitarias. Más de 60 Estados aceptaron ratificar antes del 2002 el protocolo de Kyoto sobre cambio climático firmado en 1997, pero el Senado estadounidense sigue oponiéndose.

Este siglo quedará marcado por un notable trastorno del ciclo natural de los climas. Debido a la acumulación de gases con efecto invernadero en la atmósfera terrestre, la temperatura media global del planeta aumentó tan rápido en el transcurso de los últimos cien años como en los diez mil precedentes. El efecto invernadero es no obstante un fenómeno necesario, sin el cual la temperatura de la superficie del globo caería por debajo de cero grados. Se debe a la presencia de vapor de agua y de ciertos gases en la atmósfera, tales como el dióxido de carbono (gas carbónico, o CO2) y el metano, que forman un filtro impermeable a ciertos rayos luminosos y son al mismo tiempo capaces de retener una parte de la radiación solar reflejada por la superficie de la tierra. Gracias a esta pantalla, el planeta ofrece una temperatura propicia para la vida.

Ya nadie se opone seriamente a la responsabilidad humana en la elevación anormal de la temperatura terrestre. En efecto, se sabe que la expansión demográfica y la industria están en el origen del incremento del tenor de gas carbónico en la atmósfera, por la combustión de energía fósil que implican1. Si el laisser faire en materia de emisión de gases con efecto invernadero perdurara en el próximo siglo, la temperatura media podría elevarse entre 1 y 3,5 grados, contra alrededor de 0,5 grados en el siglo XX.

Un impacto múltiple

Desde la primera conferencia mundial sobre medio ambiente de 1972, las preocupaciones ecológicas ocupan más espacio en la conciencia colectiva. La prevención del riesgo climático, que antes era un lujo reservado a los países ricos, se convirtió en uno de los principales factores para un desarrollo duradero, pero eso no impide que a pesar de su enorme presencia en los medios, el tema del "efecto invernadero" siga siendo mal comprendido. Aunque se trata de un problema esencial que le afecta en forma directa, el ciudadano común se cree desprovisto de toda competencia en la materia y delega el debate público y la responsabilidad de las decisiones en los expertos y en los políticos. Sin embargo, para participar en el debate alcanza con tener en mente dos o tres preguntas esenciales: ¿qué consecuencias tiene el crecimiento de la temperatura sobre los ecosistemas y sobre la salud?; ¿existen medios para reducir su impacto?; ¿cuáles son?

Los científicos no están todavía en condiciones de anticipar con precisión la eventualidad e intensidad de los cambios climáticos en tal o cual región del mundo. Subsisten por tanto algunas incertidumbres en cuanto a la amplitud del recalentamiento en el transcurso del siglo XXI. Lo que ya se puede afirmar sin temor a equivocarse es que los trastornos no serán uniformes a lo largo y ancho del planeta. Se traducirán sobre todo en una exacerbación de las condiciones climáticas extremas que, si bien golpearán en primer lugar a los más vulnerables, no dejarán a nadie a salvo.

Frente a la creciente producción de CO2, no es difícil imaginar el escenario más probable: el efecto invernadero se acentuará, aumentará la temperatura del globo, el ciclo del agua será más rápido, la evaporación será mayor, el tenor de vapor de agua en la atmósfera será más elevado. El efecto de pantalla se acentuará, mientras que las lluvias se intensificarán en todos los continentes. El ascenso del nivel del mar, alimentado por el derretimiento de los hielos polares, fragilizará el litoral marino, acarreará la salinización de los deltas así como la inundación de archipiélagos y zonas costeras. Recurrentes sequías reducirán la extensión y variedad de los espacios verdes y agravarán la escasez de agua potable. Al conjunto de estos desequilibrios se agregará un incremento en la frecuencia de las catástrofes naturales: ciclones, inundaciones, incendios forestales y derrumbes de tierras2. Ya hubo anticipos en este siglo: en 1997-1998, el fenómeno de El Niño ocasionó perturbaciones y daños de una intensidad hasta entonces desconocida en el entorno del Océano Pacífico. Es cierto que algunos ecosistemas pueden adaptarse a los cambios climáticos, pero sólo al precio de modificaciones radicales, densas de consecuencias en sí mismas. Por su acción fertilizante, el CO2 en alta concentración favorece el crecimiento de las especies vegetales más vigorosas, en desmedro de las más débiles. De allí se deriva una diversidad biológica menor3.

El impacto de las variaciones de la temperatura sobre la salud humana es objeto de múltiples análisis prospectivos y multidisciplinarios, pero a primera vista las conclusiones no son espectaculares, tantas son las posibilidades de adaptación del ser humano. Por supuesto, tanto las olas de calor como las de frío se acompañan con picos de mortalidad y, en los países del sur, es enorme el tributo que se paga a los ciclones, las inundaciones y erupciones volcánicas. Se sabe además que el aumento del flujo de rayos ultravioletas agrava considerablemente los riesgos de cánceres cutáneos y altera el sistema inmunitario4. Por otra parte, las partículas en suspensión (aerosoles) liberadas por la combustión fósil debilitan el aparato respiratorio y son el origen de enfermedades crónicas. Es así que entre 1964 y 1990 se duplicó la incidencia del asma, tanto en Gran Bretaña y en Australia, como en África Oriental.

Sin embargo, el principal peligro no está allí, sino en la dependencia humana respecto del medio ambiente. Las migraciones, la hiperconcentración en el medio urbano, la disminución de las reservas de agua, la polución y la pobreza, crearon desde siempre condiciones propicias para la difusión de microorganismos infecciosos. No obstante, la capacidad reproductiva e infecciosa de muchos insectos y roedores, vectores de parásitos o de virus, está en función de la temperatura y humedad del medio. Dicho de otro modo, un alza de la temperatura, por modesta que sea, es luz verde para la expansión de numerosos agentes patógenos para el animal y para los seres humanos.

Así, enfermedades parasitarias como el paludismo, las esquistosomiasis y la enfermedad del sueño, o infecciones virales como el dengue, ciertas encefalitis y fiebres hemorrágicas, ganaron terreno en los últimos años. Sea que reaparezcan en sectores de donde habían sido erradicadas, o que afecten actualmente regiones que hasta ahora estaban a salvo. En el curso de los últimos diez años, el paludismo superó la marca de los 1800 metros en África Oriental y en Madagascar, altura que antes no podía franquear. Las proyecciones para el año 2050 muestran que en esa fecha el paludismo amenazará a tres mil millones de seres humanos. Otro motivo de inquietud: las arbovirosis, enfermedades trasmitidas principalmente por mosquitos, afectaban sólo a 9 países entre 1955 y 1970. En 1996, se agregaron 28 a la lista.

Del mismo modo, se multiplica el número de enfermedades trasmitidas a través del agua. El recalentamiento de las aguas dulces favorece la proliferación de bacterias; el de las aguas salinas -en especial si están enriquecidas con efluvios humanos- permite la reproducción en cadencia acelerada de los fitoplánctons, auténticos viveros de bacilos del cólera. Prácticamente erradicado de América Latina desde 1960, el cólera causó 1.368.053 víctimas entre 1991 y 1996. Paralelamente, nuevas infecciones surgen o se expanden más allá de los nichos ecológicos en los que estaban confinadas hasta el momento5. Pese a sus progresos, la medicina queda inerme ante la explosión de tantas patologías inesperadas. La epidemiología de las enfermedades infecciosas -aún hoy responsables de un tercio de los decesos mundiales- podría tomar un nuevo cariz en el siglo XXI, en particular con la expansión de las zoonosis, esas infecciones trasmisibles del animal vertebrado a los seres humanos y viceversa. Signo revelador: los estadounidenses -rara vez rezagados en estrategias- ya lanzaron un nuevo periódico médico, titulado Emerging Infectious Diseases6.

Los economistas se inquietan

Algunos países, al igual que varias agencias de la ONU -en especial la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM)- son concientes de la amenaza7. Financian investigaciones sobre climatología, reúnen regularmente areópagos de expertos y posibilitan el establecimiento de normativas que limitan las emisiones de gases con efecto invernadero. De todos modos, el problema va más allá de la regulación y transferencia del "derecho de contaminar"8. Los compromisos asumidos en 1997 en la conferencia de Kyoto -acuerdo de reducción de la emisión de gases con efecto invernadero en un 5,2% de aquí al 2012, por parte de los países industrializados- quedaron en suspenso luego de la conferencia de Buenos Aires sobre el clima de 1998, aunque más no sea por mera insuficiencia para circunscribir el peligro. La siguiente conferencia, que finalizó en Bonn el pasado 5 de noviembre, también culminó con modestos resultados. Cierto es que más de 60 estados, entre ellos los de la Unión Europea, Japón y Nueva Zelanda (grupo que por sí solo representa el 41% de las emisiones de gases con efecto invernadero de los países industrializados) se comprometieron a ratificar a tiempo el Protocolo de Kyoto para que entre en vigencia antes del 20029. Pero una vez más los países petroleros intentaron bloquear la convención y Estados Unidos -primer emisor mundial de gases con efecto invernadero- se mostró muy poco dispuesto, subordinando la ratificación a los resultados de la próxima conferencia, que tendrá lugar en La Haya en noviembre del 200010.

Desde hace algunos años, algunos economistas unen sus preocupaciones a las de los ecologistas. Calculan el valor de los ecosistemas o "activos naturales", evalúan el precio de su degradación, el sobrecosto de los retrasos en el establecimiento de medidas de reducción de la polución, así como los beneficios potenciales engendrados por la aplicación de tecnologías nuevas. En suma, llevan a los industriales a valuar los beneficios que podrían extraer de la preservación de los recursos naturales. De todos modos, la aparición de la noción de "rentabilidad de la lucha contra la polución" no alcanza y en una economía que se traduce sólo en términos de intercambio, no hay una mano invisible que guíe al mercado hacia el mayor bien para todos.

Por tales razones, ciertos objetivos que tomados a nivel individual y local son aparentemente modestos, podrían revelarse convincentes. Frente a la amenaza que pesa sobre nuestra salud -más aún sobre la de nuestros hijos y nietos- es imperativo, ante todo, invocar el principio de precaución. Aplicarlo conduce a admitir nuestras incertidumbres e ignorancia, pero no a blandir nuestra impotencia como excusa para la inacción. El otro mérito del principio de precaución es que obliga al promotor de un proyecto, industrial o de otro tipo, a probar su inocuidad ecológica y sanitaria, y no a sus adversarios a demostrar que es o podría ser nocivo.

Sin duda, sería aún más eficaz introducir desde el jardín de infantes una "educación medioambientalista" y enseñar una renovada geografía física y humana. Para despertar a todos a una conciencia planetaria, esta educación debería subrayar la interdependencia entre los humanos y la tierra e insistir sobre la coevolución de los ecosistemas y la vida humana. En resumen, convendría sensibilizar y responsabilizar a cada cual, mucho antes del ingreso a la edad adulta.

  1. La expansión demográfica será responsable, de aquí al año 2020, de alrededor del 50% del incremento de dióxido de carbono en la atmósfera.
  2. Jean-Paul Besset, "La terre se réchauffe" , Le Monde, 26, 27 y 28-11-97 y S. H. Schneider, Où va le climat? Que connaissons nous du changement climatique? Editions Silence, Loriol, 1996.
  3. Ignacio Ramonet, "Soulager la planète" y Alain Zecchini, "La nature en sursis", Le Monde diplomatique, noviembre de 1997 y octubre de 1998, respectivamente.
  4. M.R.Sears, "Descriptive epidemiology of asthma" , The Lancet, Londres, octubre de 1998.
  5. M.E. Wilson, "Infectious diseases: an ecological perspective" , British Medical Journal, 23-12-95. J. A. Platz, P. R. Epstein, T. A. Burke, M. Balbus, "Global climate change and emerging infectious diseases", Journal of the American Medical Association, 17-1-96. También: L. Garrett, The Coming plague, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 1994.
  6. Publicado por el National Centre for Infectious Diseases, GA 30333, Atlanta, Estados Unidos.
  7. Durante una reunión ministerial celebrada en Londres, por iniciativa de la OMS, los días 17 y 18-6-99, 50 países europeos adoptaron una declaración que afirma su voluntad de tomar medidas concretas para atenuar los nefastos efectos de los perjuicios del medio ambiente sobre la salud.
  8. Monique Chemillier-Gendreau, "Les enjeux de la conférence de Kyoto. Marchandisation de la survie planétaire", Le Monde diplomatique, enero de 1998.
  9. Para que el protocolo entre en vigencia, 55 países (participantes en la Convención), representantes del 55% de las emisiones de gases con efecto invernadero, deben ratificarlo. Véase "La ratification du Protocole de Kyoto enfin en vue, un espoir pour limiter les changements climatiques", Greenpeace, Bonn, 3-11-99.
  10. El Senado estadounidense se opone a la ratificación en tanto no se satisfagan dos condiciones: los compromisos de reducción deben poder mantenerse recurriendo sin limitaciones al mecanismo del mercado, y los grandes países en vías de desarrollo, como India y China, deben comprometerse a limitar sus emisiones (actualmente sólo el 14% de esos países ratificó el Protocolo de Kyoto). Le Monde, 7/8-11-99.
Autor/es Dominique Frommel
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 6 - Diciembre 1999
Páginas:28, 29
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Geopolítica, Medioambiente, Salud
Países Estados Unidos, Australia, Madagascar, China, India, Japón, Nueva Zelanda