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De una Intifada a otra

A diferencia de la anterior, la actual Intifada es protagonizada por minorías de activistas en las que predomina el Fatah, en el marco de una crisis de la conciencia política de la población palestina. Esa despolitización se remonta a los acuerdos de Oslo y a la creación de la Autoridad palestina, surgida del movimiento de liberación pero obligada a cooperar con el ocupante, sobre todo en el terreno de la seguridad. Otra paradoja es que la Autoridad tiene que instaurar un Estado de derecho cuando todavía no está resuelto su derecho al Estado.

La sublevación que agita los territorios palestinos desde los últimos días de septiembre de 2000 impuso de entrada al mundo su nombre y sus referencias simbólicas: la opinión pública la convirtió de inmediato en "la Intifada de Al-Aqsa", una expresión que no ofrece una clave para el análisis. Más allá de una sensación a menudo engañosa de hecho ya conocido, no hay una continuidad evidente entre el actual levantamiento y la Intifada de 1987-1993.

La geografía misma de la confrontación es otra: el levantamiento anterior oponía en el corazón de las ciudades a una población civil desarmada contra las fuerzas israelíes de ocupación. Ahora estallan enfrentamientos limitados y violentos en los bordes de las zonas palestinas autónomas, en las inmediaciones de las colonias judías, en los puestos de control del ejército, como líneas de frente en territorios hostiles. El repliegue sobre espacios territoriales convertidos en santuarios explica la violencia inédita de la represión israelí, la utilización sistemática de tiradores de élite y los misiles lanzados desde helicópteros contra objetivos cuidadosamente seleccionados1.

Esta geografía de enfrentamientos se inscribe en la lógica del proceso de Oslo, que hacía más hincapié en la seguridad que en la política. Hija de la primera Intifada, la autonomía propuesta a los palestinos en 1993 trataba de mantener a distancia a una población rebelde confiada a la vigilancia de una Autoridad palestina transformada en agente de seguridad de Israel. El Estado hebreo creía poder prevenir así el riesgo de una radicalización del levantamiento, sin perder su alma en una represión colonial de otra época. La separación se convertía en el mejor modo de frenar la violencia. Muchas voces israelíes se elevaron reclamando que se reforzara esa compartimentación. Y no faltaron en Occidente las almas bellas que vieron en ella una salida ineluctable al conflicto, aun cuando implicara transferencias de población.

Nada expresa mejor la obsesión israelí del Estado binacional, nutrida por los augurios de los demógrafos que preven una mayoría árabe en el horizonte del 2010 sobre la base de las tasas diferenciales de fecundidad; 2,7 hijos para cada mujer israelí, 5,6 para cada palestina2. Este desafío demográfico inspiró el guión de Oslo, que pretende separar a los seres humanos conservando la soberanía global israelí sobre el territorio mediante el control de las fronteras, el espacio aéreo y el subsuelo. Y también mediante la retención de parte de la tierra.

Las colonias judías en Gaza y Cisjordania constituyen para Israel la garantía de la conservación de fragmentos de tierra más allá del período provisorio, al precio de una movilización militar sin precedentes para garantizar la seguridad de los colonos amenazados. Para los palestinos, el desmantelamiento de las colonias es la primera condición de una verdadera soberanía sobre un territorio homogéneo y continuo. Pero las implantaciones que ocupan las colinas, ahogando cada día más las ciudades y aldeas palestinas, son la cifra de la desposesión propia de toda colonización de poblamiento.

La nueva geografía de la confrontación no se puede disociar de una sociología de la sublevación actual, muy diferente de la primera Intifada. Una insurrección basada en la participación activa de una minoría, aunque apoyada por la mayoría, ha sustituido a una movilización civil masiva contra la ocupación. Porque la población de los territorios palestinos está tan exasperada como desmovilizada.

Ante todo, por la precariedad de sus condiciones de vida cotidiana. Para la mayor parte de los habitantes, la autonomía se ha convertido en sinónimo de agravamiento del desempleo y de crecientes trabas a la libertad de circulación, una evolución que no afecta solamente el nivel de vida, sino también los vínculos sociales. La degradación de los ingresos induce estrategias de repliegue hacia renovadas formas de solidaridad familiar que afectan la independencia individual, limitan la movilidad geográfica, y refuerzan las relaciones de parentesco y vecindad en menoscabo de la solidaridad nacional3.

El sistema de permisos que autorizan a franquear el cordón sanitario puesto en práctica alrededor de los enclaves autónomos introduce en el corazón de la sociedad desigualdades que colocan al funcionario de la Autoridad que posee un salvoconducto por encima del comerciante o el obrero, que tienen permisos renovables, privilegiados a su vez respecto de la masa de población confinada en las zonas autónomas.

En tiempos de crisis, los famosos acordonamientos de los territorios palestinos exacerban el sentimiento de un incremento de la dependencia respecto de Israel

En el marco regional del Medio Oriente árabe, la sociedad palestina se ha singularizado durante mucho tiempo por la vitalidad de una red asociativa moderna, que junto con las formas tradicionales de organización que son la familia, la mezquita o la comunidad aldeana, constituía una base de resistencia a la ocupación. Esta red respondía en primer lugar a las necesidades materiales de la población en materia de salud y educación, descuidadas por las autoridades israelíes. Al mismo tiempo contribuía a la movilización social y política, preservando la identidad nacional de los territorios ocupados.

Muchas asociaciones estaban vinculadas con las facciones políticas de la OLP, que trataban de asumir el control de los sindicatos, organizaciones de mujeres o consejos estudiantiles. Una verdadera guerra de instituciones enfrentó a fines de los años ´70 al Fatah con los grupos de izquierda de la resistencia y, en el curso de los "80, a los nacionalistas de la OLP con los islámicos4, porque los órganos de la sociedad civil eran unánimemente percibidos como infraestructuras embrionarias de un Estado futuro.

Cuando se aleja la perspectiva de un próximo nacimiento del Estado, después de la represión israelí de la primavera de 1982, la acción tiende a desplazarse del terreno estrictamente político al del compromiso social. Entonces florecieron los comités populares de trabajo voluntario, que modifican la naturaleza de la militancia nacionalista y ensanchan sus bases, al invertir en el mantenimiento de las ciudades, la asistencia médica a los más pobres, la creación de cooperativas domésticas o de centros de planificación familiar. La red de comités populares constituye un vivero de reclutamiento para las facciones políticas y el instrumento de una movilización social de masas que triunfará en la Intifada. En efecto, estas estructuras de organización forman el marco del levantamiento en 1988-89, imponiendo estrategias inéditas de desobediencia civil y formas alternativas de desarrollo socioeconómico.

Pero los años ´90 vieron acelerarse la profesionalización y despolitización de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), muy ocupadas en el "desarrollo de los recursos humanos" aun cuando se identifican con la lucha por la preservación de la sociedad civil, una estrategia que atrae masivamente la ayuda internacional, reorientada después de los acuerdos de Oslo a los servicios de la Autoridad nacional5. Las ONG ya no contribuyen a catalizar la movilización social.

Crisis palestina

Los análisis de la sociedad palestina en vísperas de la sublevación actual daban cuenta de las señales de cierta apatía política. Investigaciones locales indicaban un descenso espectacular de compromiso partidario entre 1994 y 1999: el porcentaje de quienes se declaran sin afiliación política se duplica, especialmente en los sectores mejor educados. Al mismo tiempo se observaba una significativa disminución en el seguimiento de las noticias y una tentación creciente de emigración entre las generaciones jóvenes6.

Es preciso ver en esto el síntoma más evidente de una crisis del movimiento nacional palestino en el periodo de transición abierto por los acuerdos de Oslo. La crisis se remite en primer lugar a la sensación de una dinámica de paz impuesta desde el exterior, sobre la cual la sociedad no tiene control. Los dirigentes padecen desde hace siete años presiones considerables en nombre de la urgencia de la paz y de una relación desfavorable de fuerzas que los despoja de toda libertad de opción.

El Estado futuro corría el riesgo de aparecer como algo otorgado por el adversario al cabo de prolongadas presiones internacionales, producto de un regateo político antes que culminación de un legítimo derecho a la autodeterminación. La triunfal bienvenida a Arafat tras el fracaso de la cumbre de Camp David en julio de 2000 fue una manifestación de alivio y satisfacción por haberse atrevido al fin a decir que no.

Pero la crisis de la conciencia política palestina remite sobre todo a la ambivalencia de las relaciones que la sociedad tiene con una Autoridad nacional surgida del movimiento de liberación, pero orgánicamente vinculada con el Estado de Israel. La cooperación funcional se ejerce sobre todo en el terreno de la seguridad, se trate de patrullas mixtas en la zona B7 o de la colaboración de alto nivel entre los servicios de información en la lucha contra la oposición islámica.

La única arma de que dispuso la Autoridad palestina fue la suspensión provisoria de la cooperación en materia de seguridad. Pero las ejecuciones recientes de colaboradores al cabo de procedimientos sumarios ante las jurisdicciones militares responden tanto a la preocupación por recuperar ante la opinión pública una virginidad nacionalista como a la voluntad de contener los posibles desbordes de una cacería humana.

Más allá de los vínculos formalizados en los acuerdos de autonomía, la realidad de la dependencia económica de los territorios palestinos respecto del Estado hebreo mantiene redes de intereses que unen el complejo militar-mercantil cercano a la Autoridad nacional con los responsables israelíes, sin los cuales el monopolio de las importaciones de productos de primera necesidad que benefician a las sociedades públicas palestinas no se podría ejercer8. La ambigüedad fundante del estatuto de autonomía condena a la Autoridad palestina a la imposible apuesta de librar un combate nacional colaborando con el ocupante.

También le impone tener que atravesar simultáneamente dos etapas históricas diferentes: la de la liberación nacional y la de la construcción del Estado. La primera sigue inconclusa cuando la segunda ya está iniciada. En la medida en que la cuestión nacional sigue abierta, la definición de los límites de la comunidad política constituye un desafío importante de las relaciones de fuerza con el ocupante, pero también de las relaciones internas en el campo palestino. La puesta en práctica de la autonomía produjo en Cisjordania un desfasaje entre los refugiados del interior y la población autóctona9.

En 1996/97, en oportunidad de un debate en torno de unas elecciones municipales que nunca tuvieron lugar, en el campo de Dheishé, cercano a Belén, surgió un movimiento de defensa de los derechos de los refugiados que se pronunció contra la participación en las elecciones, porque los refugiados se negaban a estar sujetos a los impuestos locales y a recibir los servicios de la municipalidad, renunciando a los de la Oficina de apoyo y trabajo de la ONU (UNRWA). Se excluían de la representación política local para reafirmar su derecho al regreso.

Pero reivindicar la condición de refugiado llevaba a rechazar la de ciudadano. Al mismo tiempo, los refugiados de las ciudades militaban por una mejor representación en el seno de las instancias municipales, donde se veían discriminados respecto de los autóctonos. Esta división ponía en evidencia las contradicciones resultantes de esa confusión de límites entre dos etapas históricas, que modifica la configuración de las relaciones entre los grupos sociales en los territorios autónomos, obligándolos al mismo tiempo a situarse en relación con la nueva autoridad política.

Asimismo la red de ONGs se ve obligada a redefinir poco a poco su lugar y función frente a las estructuras embrionarias del Estado, que siguen muy marcadas por la OLP y su cultura política. El movimiento de liberación nacional organizado en la diáspora a partir de comunidades dispersas confundió en su seno a la sociedad política con la civil. Facciones militares, movimientos políticos, sindicatos, asociaciones populares, centros de investigación, se encontraban incluidos en el mismo aparato de la resistencia.

Al instalarse en los territorios autónomos, la burocracia militar de la OLP, que sigue dominando la Autoridad nacional, se ve confrontada a una sociedad civil poco dispuesta a dejarse fagocitar en nombre de los imperativos de la construcción del Estado. Las principales asociaciones hicieron fracasar un proyecto de control de sus financiamientos externos, y las asociaciones de derechos de las personas estigmatizaron continuamente los desvíos autoritarios de los dirigentes, sus atentados a la libertad de expresión y las manipulaciones de la justicia.

Bajo el juego de las relaciones de fuerza internas se oculta un debate de fondo que se refiere a la dificultad para conciliar el Estado de derecho con el derecho al Estado10. ¿Se puede garantizar el primero cuando no lo está el segundo? En los territorios autónomos la legalidad revolucionaria choca con la legalidad política y constitucional.

Izquierda y Hamas, debilitados

Así se entiende la negativa de la Autoridad palestina a promulgar la Ley fundamental adoptada por el Consejo legislativo y la presencia de representantes de la OLP en reuniones de la dirección, más propia de los debates internos de un movimiento nacional que de reuniones de gabinete.

La dimensión sin duda más inesperada de la Intifada actual reside en el lugar relativamente débil que ocupa en ella la oposición. No participan en el levantamiento los que se oponen a los acuerdos de Oslo, se trate de facciones de izquierda de la resistencia o de islámicos. Una constatación que desmiente el análisis clásico que opone partidarios de la paz y enemigos de ella.

La izquierda nacionalista debilitada parece incapaz de proponer una alternativa creíble a la autonomía y su intelectualidad sólo puede oponer a ese vacío un discurso de promoción de la sociedad civil que enmascara apenas la ausencia de un verdadero proyecto político. A su vez, los movimientos islámicos ya no constituyen la vanguardia del levantamiento, mientras que en la primera Intifada encarnaban una alternativa política a la conducción de la OLP. Las encuestas de los últimos meses les atribuyen un 13% de simpatizantes, cuando a comienzos de los ´90 representaban a una tercera parte de la opinión pública.

En el seno del movimiento Hamas hay una antigua división entre pragmáticos y radicales, entre los que tienen en cuenta la nueva coyuntura política creada por los acuerdos de autonomía y los que se crispan sobre un discurso de negación y siguen llamando a la liberación de toda Palestina.

El juego de estrategias de cooptación y represión llevado a cabo por la Autoridad nacional para con Hamas profundizó esa división y contribuyó a debilitar a las dos tendencias. El hecho de que el movimiento islámico no constituya una fuerza política de peso en la conducción del levantamiento abre el camino hacia un repliegue en el terrorismo de las facciones más militarizadas. En ese sentido cabe temer la multiplicación de los atentados en Israel.

O con Fatah o con nadie

La islamización del lenguaje político de la Intifada, ampliamente difundido por los medios palestinos y árabes, no puede ocultar la realidad de una relación de fuerzas que coloca al Fatah en posición dominante. Bajo su dirección se organizó un alto comité nacional e islámico para el seguimiento de la Intifada. En tanto movimiento político que domina desde 1994 las instituciones de la Autoridad palestina, el Fatah pudo incrementar sus recursos, ampliando las bases de su reclutamiento militante. Así, conserva una evidente capacidad para manipular un nacionalismo de resonancias populistas.

La mayor parte de la opinión pública se divide entre dos corrientes principales: los simpatizantes de Fatah, que se calculan en un 35%, y los que se declaran sin afiliación política, cuyo número se triplicó desde la creación de la Autoridad palestina, superando el 35% en el verano de 200011. Esta nueva polarización del campo político constituye el trasfondo inmediato de la actual Intifada.

Ante la creciente militarización de los acontecimientos, la movilización popular de las primeras semanas del levantamiento retrocedió rápidamente. Esta evolución, que en la anterior Intifada se dio a lo largo de varios años, se precipitó ahora hasta el punto de que actualmente sólo minorías activistas siguen alimentado la protesta violenta. Hay nuevos chebab que lanzan piedras o cocktails Molotov, grupos poco organizados de adolescentes y preadolescentes, para quienes el enfrentamiento con los soldados israelíes se ha convertido en un modo de vida y en un rito de pasaje a la adultez. En su mayoría vienen de campos de refugiados, donde las armas circulan libremente.

Pero están sobre todo los hombres de Tanzim, el brazo armado de Fatah, surgidos de algunos de los grupos de choque que marcaron los últimos años de la Intifada anterior, especialmente los Halcones de Fatah. Parte de ellos fueron cooptados por la Autoridad palestina, que tiene unos 40.000 hombres armados. La mayoría se integró en servicios de seguridad, especialmente preventiva. Al integrar en sus redes de clientela parte de los cuadros de la primera Intifada, la Autoridad tenía la esperanza de canalizar su ardor militante apropiándose al mismo tiempo de la legitimidad política otorgada por la participación en el levantamiento.

Quedan en las tropas de Tanzim los que no fueron directamente cooptados por la Autoridad palestina. No obedecen necesariamente las órdenes de la dirección palestina y sus límites con algunos miembros de Seguridad preventiva no son claros. Están en el origen de los ataques contra los colonos, una estrategia de intimidación para obligarlos a partir. A favor de los acontecimientos recientes Marwan Barghuti, presidente del Alto Comité de Fatah para Cisjordania, se impuso como vocero del movimiento, multiplicando los llamados a la escalada del levantamiento.

Por su parte, la Autoridad palestina se conforma con registrar el ascenso de la furia popular, a la que está tentada de utilizar en momentos en que trata de rechazar las negociaciones sobre la condición final del marco de Oslo para refundarlas sobre principios de legalidad internacional, especialmente la resolución 242 de noviembre de 1967, según la cual Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este son territorios ocupados a evacuar y no territorios disputados a negociar,

Se opera entonces una división implícita de tareas entre la Autoridad nacional y los grupos activistas que sustentan la presión del levantamiento. El ejercicio resulta peligroso para Arafat, amenazado de desbordes. En efecto, Marwan Barghuti podría encarnar un relevamiento político y aprovechar la escalada de la Intifada para aspirar a la sucesión del viejo jefe, apoyándose en nuevas élites de Cisjordania, muy críticas para con los "tunecinos" arrogantes y corrompidos que pueblan el entorno de Arafat en Gaza. Parece dibujarse una nueva estrategia que podría combinar a largo plazo formas de resistencia armada, elementos de movilización popular pacífica y la continuación de las negociaciones.

  1. Salim Tamaru y Rema Hammami, "Beyond Oslo: The new Uprising", Middle East Report Nº 217, Washington, invierno 2000-2001.
  2. Sobre este punto ver las intervenciones de Sergio della Pergola y Philippe Fargues en el seminario INED del 30-11-00 y la obra de Philippe Fargues Générations arabes. L"alchimie du nombre, Fayard, París, 2000.
  3. Majdi al-Malki, "Le système de soutien informel et les relations de néopatrimonialisme en Palestine", artículo a publicarse en 2001 en el número de la revista Les Annalesde l´autre Islam, Inalco, París, dedicado a "La construction nationle palestinienne", bajo la dirección de Nadine Pîcaudou.
  4. Mohamed Muslih, "Palestinian civil society", Middle East Journal, Washington, Vol. 47 Nº 2 primavera de 1993.
  5. Rema Hammami, "NGO´s the professionalisation of politics", Race and Class, Vol. 37, 2, Londres,1995.
  6. Mudar Kassis, "Reflections on the possibility of building a Participatory Democracy in Palestine", a publicarse en Les Annales de l´autre Islam.
  7. El acuerdo firmado en Washington el 28-9-95, queprevé la extensión de la autonomía, divide Palestina en tres zonas: la A, confiada a la Autoridad palestina; la B, de control mixto, donde la Autoridad palestina sólo ejerce el poder civil, y la C, controlada por el ejército israelí.
  8. Laetitia Bucaille, Gaza, la violence de la paix, Presses de Sciences Po, París, 1998.
  9. Este desarrollo reproduce las conclusiones del artículo innovador de Aude Signoles, "Réfugiés des camps, réfugiés des villes et familles autochtones: vers une reconfiguration des pouvoirs locaux en Cisjordanie", a publicarse en Les Annales del"autre Islam.
  10. Fórmula que retoma Assad Maaluf, "L´Etat souverain, une construction en faillite" Revue des Ètudes palestiniennes, Paris Nº 25, otoño de 2000.
  11. Jalil Hilal, "State formation under Adversity" a publicarse en Les Annales de l´autre Islam.
Autor/es Nadine Picaudou
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:16, 17
Traducción Marta Vassallo
Temas Conflictos Armados, Militares, Movimientos de Liberación, Terrorismo, Minorías, Deuda Externa, Estado (Justicia), Estado (Política), Geopolítica, Políticas Locales, Islamismo, Judaísmo
Países Cisjordania (ver Autoridades Palestinas), Gaza (ver Autonomías Palestinas), Israel, Palestina