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Estados cómplices de la violencia contra las mujeres

Amnesty International reclama en su último informe una carta de derechos humanos para combatir la violencia que se ejerce contra las mujeres, subrayando que los Estados tienen la responsabilidad de protegerlas, se trate de actos cometidos por sus representantes o por simples individuos. En el corazón de su campaña para poner fin a la tortura, Amnesty responsabiliza a los Estados por los actos de tortura padecidos por las mujeres, independientemente de cuál sea el contexto en que se cometen y de quién fuere el autor.

"Lloraba cuando volvió. Nos dijo que acababan de violarla tres o cuatro soldados. Lloró por un buen rato. Nos preguntó por qué mentíamos, si sabía que nos había ocurrido a nosotras también". Una mujer de Suva Reka, Kosovo, 1999.

"Me pusieron una esponja mojada abajo del cuello y me tendieron en una mesa. Durante varias horas me aplicaron corriente elcétrica… Después me pusieron en otra mesa… Trajeron un bastón. Me dijeron: "Arrodíllate". Insertaron lentamente el bastón en mi ano. Bruscamente, me empujaron y me obligaron a sentarme en el bastón. Empecé a sangrar… Uno de ellos se acercó, se alargó sobre mí y me violó". Los oficiales de la policía turca sospechosos de haber torturado a Zeynep Avei a fines de 1996 nunca fueron procesados.

Cuando cumplió 15 años, los padres de G. la dieron como mujer a un vecino, a cambio de que los ayudara a levantar una hipoteca sobre la granja. El marido la violaba y la golpeaba, lo cual le provocó heridas que exigieron su internación en un hospital. En dos ocasiones G. fue a la policía pidiendo protección, pero le dijeron que no podían hacer nada porque era un asunto personal. Cuando tuvo 20 años se escapó con sus dos hijos. Sus padres y marido la encontraron y su propia madre la mantenía contra el suelo mientras el marido le pegaba con un bastón. Él le quitó los niños, a quienes no ha vuelto a ver desde entonces. Huyó a Estados Unidos y pidió asilo. El presidente del servicio de inmigración le dijo a su abogado en el 2000 que tenía la intención de repatriarla a El Salvador.

Una mujer en una aldea europea devastada por la guerra, una joven kurda detenida por la policía turca, la madre de dos niños maltratada en América Central. En apariencia pocas cosas las acercan, salvo su sexo y sus sufrimientos; proceden de países diferentes, de comunidades distintas, y los hombres que las agredieron tienen diferentes historias.

El vínculo entre estas tres situaciones es que las tres fueron víctimas de sevicias. Tuvieron que afrontar no solamente las violencias físicas sino además el silencio o la indiferencia oficial. En estos tres casos, los hombres que ejercieron violencia contra ellas cometieron su crimen en total impunidad. En los tres, el Estado no tomó las medidas mínimas necesarias para protegerlas de la agresión física y sexual. De modo que el Estado es responsable de los sufrimientos que padecieron, sea su agresor un soldado, un oficial de policía o un marido.

Los suplicios aplicados a las mujeres tienen sus raíces en una cultura universal que les niega la igualdad de derechos y legitima la apropiación violenta de sus cuerpos en beneficio de los hombres o con fines políticos. Muchas mujeres y militantes de derechos humanos en todo el mundo lucharon valientemente durante las últimas décadas para impedir la violencia y lograr una mayor igualdad. En muchos países lograron avances enormes y a nivel internacional modificaron de manera irreversible los términos del debate sobre los derechos personales. Sin embargo siguen ganando menos que los hombres, poseen menos bienes y tienen menos acceso a la educación, al empleo y a la salud. Una discriminación ampliamente difundida sigue negándoles la plena igualdad política y económica.

La violencia se nutre de una discriminación que contribuye a perennizarla. Cuando las mujeres son martirizadas en los lugares de detención, cuando son violadas por fuerzas armadas como "botín de guerra", cuando son mantenidas en el hogar mediante el terror, se desvelan las desiguales relaciones de poder entre los sexos.

Los autores de estos actos de violencia a veces son policías, guardiacárceles o soldados. A veces son miembros de grupos armados en lucha contra el gobierno. Pero la mayor parte de las violencias padecidas en la vida cotidiana provienen de personas con quienes comparten la vida, miembros de sus familias, de su comunidad o sus empleadores. Existe una violencia constante contra las mujeres por parte de los hombres que ejercen control sobre ellas.

"Un diente roto en un ataque de furia, una pierna quebrada como consecuencia de un ataque brutal, una vida arrebatada en medio de gritos de terror en lo más profundo de la noche. La conocida letanía de la violencia conyugal en Kenia está sembrada de relatos así, con una cantidad de víctimas mutiladas sin recursos; con hijos sin techo que se pierden en la delincuencia; con corazones heridos que lloran de vergüenza. No pasa un día sin que una víctima sucumba bajo los golpes". Este es el resumen de un artículo que le valió a su autor un codiciado premio. El relato de estas violencias puede merecer felicitaciones, pero combatirlas exige tiempo, medios, imaginación y una voluntad política tanto como un compromiso constante.

Lejos de garantizar a las mujeres una adecuada protección, los Estados son cómplices de esas violencias, las encubren o las consienten, permitiendo que se perpetúen sin hallar oposición.

Cada año la violencia doméstica arruina la vida de millones de mujeres. El secretario geneal de Naciones Unidas Kofi Annan reconoció en junio de 2000 que desde la Cuarta Conferencia Mundial de Mujeres, cinco años antes, la violencia doméstica ha sido decretada ilegal prácticamente en todas partes, pero en los hechos se multiplicó.

La violencia contra las mujeres se arraiga en la discriminación y la refuerza. El hecho de que el Estado no les garantice las mismas oportunidades de educación, vivienda, alimentación y trabajo, así como acceso al poder oficial, constituye otro aspecto de su responsabilidad. La discriminación constante contribuye a su débil participación en las tomas de decisión. Hacer escuchar la voz de las mujeres en todos los niveles de gobierno es esencial para permitirles contribuir con políticas que combatan las violencias y luchen contra la discriminación.

Las mujeres pobres y marginales están especialmente expuestas a la tortura y los malos tratos. En muchos casos políticas y comportamientos racistas y sexistas agravan la violencia que padecen e incrementan su vulnerabilidad, profundizada por normas sociales y culturales que les niegan los mismos derechos que a los hombres. La norma es la discriminación, la negación de sus derechos elementales simplemente porque son mujeres.

Hogares peligrosos

"Salvo excepciones, los mayores riesgos de exposición a la violencia no provienen de un "peligro externo", sino de hombres a quienes conocen, a menudo familiares o maridos… Lo impactante es hasta qué punto la situación es la misma en todo el mundo", concluye un estudio reciente. Las cifras pueden variar de un país a otro, pero los sufrimientos y sus causas son idénticos.

"K", originaria de la República Democrática del Congo, ex Zaire, estaba casada con un oficial del ejército que la hostigaba con golpes y empujones, a menudo ante sus hijos. La violaba continuamente y llegó a contagiarla por vía sexual. La amenazaba con matarla con un fusil. En el curso de una pelea le rompió un diente, le hundió la mandíbula, la golpeó con tanta fuerza en un ojo que tuvo que hacerse una sutura y le dolían continuamente la nariz, el cuello, la cabeza, la columna vertebral, las caderas o los pies. "K" terminó pidiendo asilo en Estados Unidos: era en vano ir a la policía, tanto por las relaciones de su marido con la familia dirigente como porque "en el Congo las mujeres no valen nada". Un juez del servicio de inmigración estadounidense calificó de "atrocidades" las violencias que había sufrido, pero desestimó la solicitud de asilo, decisión que confirmó el tribunal de apelaciones.

En el pasado, la violencia doméstica contra las mujeres se consideraba un asunto privado. Hoy la comunidad internacional reconoció explícitamente la violencia contra las mujeres como un problema que compromete la responsabilidad del Estado.

Escalofriantes estadísticas

Según cálculos del Banco Mundial, al menos un 20% de las mujeres del mundo han sido sexual y físicamente agredidas. Fuentes oficiales de Estados Unidos informan que cada quince segundos una de ellas es golpeada y que se producen 700.000 violaciones anuales. En la India las investigaciones indican que más del 40% de las mujeres casadas afirman haber sido golpeadas o sexualmente agredidas por razones tales como la disconformidad de los maridos con la comida o la organización doméstica, celos, y otros motivos. Entre 1998 y 1999 por lo menos 60 mujeres fueron asesinadas en episodios de violencia conyugal en Kenia, y en Egipto el 35% de las mujeres afirma haber sido violada por el marido. Para millones de mujeres el hogar no es un remanso de paz sino un sitio de terror.

La violencia conyugal es una violación del derecho de las mujeres a la integridad física. Puede durar años, e irse intensificando. Puede provocar graves problemas de salud a largo plazo, más allá del daño inmediato; las repercusiones físicas y psicológicas pueden sumarse y perdurar incluso después que las violencias han cesado.

Es intimidatoria, degradante y humillante, destruye la autoestima y reviste formas diferentes. La violencia relativa a la dote recibe ahora una atención particular gracias a los esfuerzos de grupos de mujeres en Asia. Aunque nadie puede dar una cifra de las mujeres indias golpeadas y quemadas a raíz de la dote, el gobierno indio hizo una evaluación relativa que da cuenta de 6.929 muertes registradas en 1998. Aunque mujeres de todas las clases sociales, razas, religiones y franja de edad soportan la violencia de los hombres con quienes viven, hay algunas categorías especialmente vulnerables: las empleadas domésticas y las mujeres casadas contra su voluntad. Si el Estado no actúa para prevenir, perseguir y castigar esos actos, la violencia puede convertirse en tortura.

Bhanwari Devi, comprometida en la lucha contra los matrimonios impuestos de niñas en la India fue violada el 22 de septiembre de 1992 en la aldea de Bhateri, en Rajastán, por cinco hombres de una casta superior. La policía se negó a tomar la denuncia y a proceder al examen médico. Una investigación habilitada por el gobierno después de una gran movilización, la sometió a un interrogatorio agotador y abusivo. La investigación confirmó su denuncia y se inició un juicio. El proceso empezó en noviembre de 1994. En su fallo de noviembre de 1995 el tribunal estimó que la demora en la toma de la denuncia por la policía y en conseguir el examen médico probaba que ella había inventado la historia. El tribunal subrayó que ese episodio no pudo haber sucedido porque los hombres de una casta superior nunca violarían a una mujer de casta inferior. Los cinco fueron absueltos.

Parte de la sociedad donde viven, los jueces reflejan sus valores culturales, sus normas morales y sus prejuicios. Poder elevarse por encima de los prejuicios es el requisito mínimo de la administración de justicia, pero la discriminación y la incapacidad para analizar la violencia que se ejerce contra las mujeres como parte integrante de los derechos humanos culmina en partidos tomados en cuanto al modo de instruir, decidir y legislar.

En Italia, en febrero de 1999, la Corte de Casación volvió sobre un veredicto del tribunal de apelaciones que había establecido que un instructor de conducción de automóviles era culpable de haber violado a una alumna de 18 años. La Corte, al señalar que en el momento de la violación la víctima llevaba jeans, observó: "Todos sabemos… que los jeans no se pueden bajar, ni siquiera en parte, sin la colaboración activa de la persona que los tiene puestos… y es imposible si la víctima lucha con todas sus fuerzas…" El tribunal estimó que la joven consintió en la relación, concluyó que no se trataba de una violación y remitió el caso a otro tribunal.

  1. Este texto es la versión editada de un informe de Amnesty International, "Broken bodies, shattered minds. Torture and ill-treatment of women", que se publicó en febrero pasado.
Autor/es Amnesty International
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 21 - Marzo 2001
Páginas:32, 33
Traducción Marta Vassallo
Temas Sexismo, Discriminación, Derechos Humanos, Estado (Política)
Países Estados Unidos, Congo, Egipto, Kenia, Zaire, India, Italia