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El precio de la "ventaja" comparativa latinoamericana

La conquista española de América introdujo en el continente una concepción del mundo según la cual la naturaleza es una fuente inagotable a explotar y dominar por la especie humana. Esa es la idea de desarrollo que pauta las diferentes etapas de su historia y culmina en la actual mundialización, que lleva a la destrucción del equilibrio ecológico.

En la región de América que desde mediados del siglo XIX se denomina "latina", la naturaleza imprimió durante siglos su ritmo a la vida social, desempeñando una función cultural esencial. No es necesario suscribir una visión idílica de las civilizaciones precolombinas para afirmar que el medio ambiente se ubicaba en el centro de su economía política y su visión del mundo.

Este equilibrio entre el hombre y la naturaleza fue destruido por la intrusión española y portuguesa. Apoyada en la fuerza de su poder militar y religioso, la conquista introduce ritmos de trabajo y tecnologías que permiten la explotación de las riquezas naturales sin otro límite que la voracidad del mercado, al precio del exterminio casi total del hombre americano.

La independencia de las metrópolis no modificó esas tendencias; solo transformó a los grupos criollos en una nueva oligarquía que, a partir de la década de 1860, intentó expandir su participación en el comercio internacional como proveedora de alimentos y materias primas para la revolución industrial. La ideología de la "civilización", de la "modernización" y del "progreso" legitima así desde entonces una visión del mundo basada en el dominio de la naturaleza, concepción que implica de manera tácita que la naturaleza es inagotable1. El lento impulso que la industrialización adquiere durante el conflicto mundial de 1914-18, vendrá a reforzar esta tendencia, introduciendo determinada noción de "desarrollo".

La población de América Latina, que en 1930 era de alrededor de 100 millones de habitantes, se duplica hacia los años 60, y en el mismo período el peso de su componente urbano pasa del 30% al 50% del total. Por otra parte, en los años ´50/60 el aumento de la población urbana coincide con el de las inversiones portadoras de nuevas tecnologías, un impedimento para la absorción de la fuerza de trabajo que la modernización del campo va liberando en forma creciente. El paisaje urbano cambia entonces gradualmente y la ciudad empieza a padecer problemas cada vez más graves de polución industrial, reducción de los espacios verdes, vivienda, salud pública, higiene, transporte, problemas que afectarán esencialmente a los sectores más deprotegidos, mostrando al mismo tiempo, a través de una dinámica en dos velocidades, que no existe relación entre el hombre y la naturaleza que no conlleve una dimensión social concreta.

Esta problemática estará en la base del ascenso del movimiento social en la América Latina de los años ´60. En países como Argentina, Bolivia, Brasil, Chile y Uruguay, esta ebullición dinamiza la sociedad, generando ricas experiencias culturales y provocando una radicalización política que choca rápidamente con los mecanismos de conservación del sistema, que imponen la solución militar.

Serán esos gobiernos militares los que darán los pasos previos -políticamente indispensables desde el punto de vista del capital- a la llegada de la mundialización, desarticulando las organizaciones de los trabajadores, destruyendo sus expresiones políticas y liquidando o cooptando a sus élites2. Una vez cumplida esta tarea, el camino estará expedito para la aplicación de las medidas de liberalización, privatización, desregulación y desreglamentación que, fortalecidas por la convicción de que la sociedad no es más que un monopoly game, ofrecerán al mundo de las finanzas una mano de obra barata.

En ausencia de condiciones democráticas, una estrecha minoría ligada a los intereses económicos y financieros administra de facto la organización productiva. Esta minoría conduce la mutación que al orientarse hacia la satisfacción de una demanda siempre creciente obliga a un constante aumento de la productividad. En un continente donde casi todas las exportaciones son materias primas y productos agrícolas, el equilibrio ecológico se ve particularmente afectado por este incremento que se vuelve tanto más significativo por cuanto debe compensar en la mayoría de los casos la caída de los precios en el mercado internacional.

Los complejos agroalimentarios que reemplazaron las explotaciones tradicionales para satisfacer el aumento de la demanda mundial de alimentos agotarán al cabo de algunos años las fronteras agrícolas para hacer frente al aumento de los volúmenes de las exportaciones3. Sólo entre 1970 y 1980 -la mundialización recién estaba introduciéndose en la región- la superficie de tierras cultivables (arable land) se extendió de 98 a 117 millones de hectáreas. Durante la década siguiente, entre 1981 y 1989, la superficie agrícola explotada total de América Latina alcanza los 129 millones de hectáreas. Si tomamos como base los años 1989-1991 (1989-1991=100), el volumen físico de la producción agrícola de la región pasó de 60 en 1970, a 81 en 1980, y a 111 en 1995. Este crecimiento vertiginoso no deja a salvo a ningún país.

El aumento de la producción tiene lugar bajo la presión de la búsqueda de ganancias a corto plazo. Una vez embarcados en la competencia mundial, los complejos agroalimentarios requieren cada vez más fertilizantes químicos, pesticidas y nuevas tecnologías para seguir siendo rentables. Las 2.883.000 toneladas de fertilizantes utilizadas en 1970 pasan a 7.484.000 en 1980 y en 1994 ya alcanzan las 9.263.000. La explotación de la tierra dentro de las condiciones de competencia generadas por la mundialización trae aparejado un costo altísimo para el medio ambiente, que se traduce en primer lugar en una deforestación masiva. De los 998 millones de hectáreas de bosques en 1970, sólo quedan 958 millones en 1980, 919 en 1990 y 913 en 1994, es decir que cada año se hacen humo 3 millones y medio de hectáreas. Pérdida forestal que representa más del 60% de la superficie talada del planeta en su conjunto. El fenómeno cobra una dimensión especial en Brasil, que pasa de una participación del 2,20% en las exportaciones mundiales de madera "dura" (hardwoods) en 1989 al 8,5% en 1995. La destrucción de la selva amazónica se estima actualmente en 5,8 millones de hectáreas por año. Avanza año a año y los estudios científicos no garantizan el ciclo de 25 a 30 años para su regeneración necesaria4.

A tales estragos se agregan los que provoca la erosión. En los años 60, la padecieron 210 millones de hectáreas, es decir el 10% del territorio total latinoamericano. A pesar de tratarse de un problema evidente, los datos sobre este tema escasean. Nicolo Gligo, uno de los investigadores que ha trabajado más minuciosamente en relación al medio ambiente en América Latina, escribe que "los estudios sobre la erosión son cada vez más escasos, quizá para eludir la confrontación con cifras catastróficas"5. Un estudio realizado en Argentina, que involucra el 80% de la superficie total del país, muestra que la erosión la afecta en un 31%. En el caso de México, alcanza el 85% del territorio nacional. Más aún: a principios de los ´90 el agotamiento de la química terrestre afectaba a 68,2 millones de hectáreas, mientras que la salinidad de la tierra y la sedimentación de las aguas (cursos y nichos de aguas) rondaba el 40% de las tierras irrigadas, o sea cerca del 11% de las áreas cultivadas.

Por añadidura, la pesca alcanza los 10,5 millones de toneladas, lo cual compromete las reservas. Los crustáceos o moluscos están en peligro. Para citar un solo país, el 15% de las divisas que obtiene Ecuador provienen de la exportación de camarones. Finalmente, la mundialización tiene un efecto más: la destrucción de la biodiversidad, especialmente rica en América Latina6. Pueden contabilizarse más de 120.000 especies, sin contar los musgos, helechos y líquenes, que elevan la cifra a 180.000. No obstante, esta cantidad disminuye cada vez más, aunque los estudios sobre este tema también son muy escasos.

Independientemente del desastre social -ampliamente constatado en esta región del mundo- es lícito preguntarse sobre la viabilidad de un sistema tan predador. La explosión de los intercambios, caballito de batalla de Wall Street y de los sectores políticos y económicos latinoamericanos íntimamente ligados a la capital financiera (especialmente los del Mercado Común del Sur, Mercosur)7, contra la "fortaleza Europa", no sólo amenaza la supervivencia del campesinado del Viejo Mundo8. catalogado como proteccionista. Esta liberalización se produce también en detrimento de una región (América Latina) incapaz, debido a su opción a favor de la "exportación total", de garantizar la seguridad alimentaria de su propia población. Quizás no sea la prioridad de prioridades que el consumidor europeo pueda encontrar carne argentina en el mostrador de todas las carnicerías…

Porque hay que señalar además que, a causa de las nuevas tecnologías, se acelera el éxodo de los campesinos latinoamericanos hacia las ciudades, iniciado durante los años 50 y 60. Ya en 1990, un 70% de los 450 millones de habitantes del subcontinente vivían en espacios urbanos y, según censos recientes que estiman la población total en 480 millones de habitantes, esta tendencia se acentúa. El crecimiento rápido de las exportaciones agrícolas encuentra pues un complemento en el mercado interno, pero esta misma velocidad de crecimiento urbano, unida a una extrema polarización de la estructura de consumo y a la ausencia de una reglamentación eficaz -tributaria de la concepción liberal de un Estado reducido únicamente a sus funciones represivas-, va a multiplicar los problemas ambientales y en particular, los de ecología urbana.

El más notorio de ellos es la polución del aire, con dos factores determinantes: el crecimiento de la actividad industrial y el incremento de la cantidad de automóviles. México presenta el índice de ozono más elevado del planeta; San Pablo cuenta con la cifra máxima de monóxido de carbono. En Santiago de Chile, la cantidad de autos se multiplicó por tres en los últimos 15 años. Estas tres ciudades concentran casi 45 millones de habitantes. Pero Bogotá, Caracas o Buenos Aires ofrecen un panorama igualmente alarmante. A la polución del aire hay que agregar la de las aguas. En Buenos Aires y en México, el agua potable para consumo regular de la población se extrae de napas superficiales contaminadas en su totalidad, según se estima. En Brasil, en los años ´80, sobre 25,2 millones de habitantes, sólo 14 millones tenían agua potable y menos de 7 millones disponían de alcantarillado9.

A este cuadro inquietante es preciso sumar la contaminación generada por los residuos domésticos y los tóxicos. Se trata en este caso de las dificultades que encuentran las organizaciones territoriales locales para administrar la acumulación de desechos industriales, hospitalarios y domésticos, dificultades estrechamente ligadas al desmantelamiento de las funciones sociales del Estado. Por no ser rentable, la administración de los desechos industriales -al igual que la salud pública o la educación de los niños de los sectores populares o las obras públicas dentro de las zonas llamadas "marginales"- debe ser abandonada a la "mano invisible" del fantasma de Adam Smith, que en este caso permite que los Estados más poderosos resuelvan sus problemas mandando sus desperdicios hacia otros territorios. La mayor parte de los desechos de alto riesgo se introduce en la región mediante acuerdos entre Estados Unidos y México. En 1998, este último ya había aceptado 30.000 toneladas.

Quedan por mencionar los problemas derivados de la destrucción de la capa de ozono. Así, por ejemplo, el índice de incidencia del cáncer de piel de los chilenos de Punta Arenas y Tierra del Fuego no cesa de aumentar…

En suma, las "ventajas comparativas", resultantes de la mano de obra barata y los recursos naturales subvalorados que ofrecen los Estados debilitados por las políticas neoliberales, llevan directamente a la destrucción del equilibrio ecológico. Queda claro entonces que toda posibilidad de construir relaciones equitativas entre el ser social que es el hombre y la naturaleza no es ni un problema "técnico", ni "económico", sino fundamentalmente político.

  1. Véase Nicolo Gligo, "Situación y perspectivas ambientales en América Latina", en Revista de la CEPAL (Comisión Económica Para América Latina), nº55, Santiago de Chile, abril de 1995.
  2. Claro está que otras transiciones se hicieron bajo ejemplos más evidentes.
  3. Véase Statistical yearbook for Latin America and the Caribbean, CEPAL, ed. cit., Cuadro 87: "Latin america and the Caribbean: exports of the ten leading products by their percentage share each year"
  4. Véase Relatório Gilney, Brasilia, 1997.
  5. Nicolo Gligo, "Situación y perspectivas ambientales en América Latina", op.cit.
  6. Véase Anamaría Varea (coord.), Biodiversidad, bioprospección y bioseguridad, ILDIS, Quito, Ecuador, 1997.
  7. Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay.
  8. No nos referimos aquí a la Federación Nacional de los Sindicatos de Explotadores Agrícolas (FNSEA) y a los cerealeros, que se inscriben dentro de la misma lógica. Véase José Bové, "Contra la comida basura", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 1999.
  9. Véase Nicolo Gligo, "Situación y perspectivas ambientales en Amércia Latina", op.cit.
Autor/es Jaime Massardo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:12, 13
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Colonialismo, Genocidio, Minorías, Agricultura, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Medioambiente
Países Estados Unidos, México, Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, Paraguay, Uruguay