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Recuadros:

Seamos irreductibles

La novela de Orwell puede leerse como anticipo de una catástrofe futura, pero una lectura más fecunda consistiría en encontrar en ella los mecanismos que allanan el advenimiento en lo cotidiano de la derrota de lo humano; derrota que resulta de una lucha que se libra en el corazón del ciudadano común, responsable, en sus miedos y sus odios, de la degradación del más lejano de sus congéneres.

Si usted desea una imagen del futuro, nos dice el amable torturador de 19841, imagine una bota pisoteando un rostro humano… eternamente.

Si ésa es la imagen del futuro, preciso es admitir que ese futuro estaba ya plenamente presente cuando George Orwell elaboró su terrorífica utopía. Pero admirar su obra sólo por su valor de anticipación, es decir, hacer de ella sólo una constatación derrotista, sería quitarle gran parte de su interés. 1984 no debe ser vista como el retrato futuro de una catástrofe, sino como la descripción lúcida de las dinámicas que facilitan su advenimiento a lo cotidiano. El diagnóstico se impone al pronóstico. Por supuesto, Orwell nos anuncia la derrota del hombre solamente para evitarla.

En la denuncia de Orwell, los países totalitarios eran los primeros en la mira, en el sentido más literal del libro. Pero la bota que pisotea un rostro humano simboliza, más globalmente, las diversas formas de opresión que desnaturalizan al ser humano o le impiden realizar libremente su humanidad. Porque la bota está más que nunca ahí2 y es fácil observar en nuestro entorno (¡y en nosotros mismos!) las manifestaciones más o menos larvadas de los elementos constitutivos de 1984.

Cierto que Big Brother no existe. No es el jefe político de 1984, sino un actor encargado de encarnar el poder ante los ojos de las masas (en la televisión). Es virtual, y Orwell lo concibe como tal. Sin embargo, hay y siempre habrá discursos, más o menos personalizados, de propaganda o de intimidación de los poderes que monopolizan la "moral" para culpar a los opositores; hay y siempre habrá un derecho más o menos mediatizado (o multimediatizado), de vigilancia de las instituciones encargadas de reinsertar en el orden político social a los ciudadanos demasiado proclives a vivir según sus convicciones, sea que huyan de la ley del clan o que rechacen las imposiciones de la mundialización.

Tampoco existe como tal el anti Big Brother, pura invención del sistema destinado a embaucar a la buena gente. Pero hay, siempre habrá para la satisfacción de la opinión pública, chivos emisarios siempre renovados, que toman la forma de tal o cual comunidad a la que se culpa de todos los crímenes, o el rostro cambiante del ineluctable enemigo público número uno, arrojado como pasto a las fieras de la venganza popular en la sección policiales.

Hay y siempre habrá conflictos lejanos, reales o virtuales, que movilizan oportunamente nuestros espíritus, para que ignoremos las injusticias demasiado próximas. Habrá siempre, bajo un nombre u otro, el espectro de la crisis destinada a espantar a los ciudadanos "normales", con el objetivo ya sea de afirmarlos en el miedo timorato de sus felicidades conformistas, ya sea de exacerbar en ellos odios inútiles hacia potencias fantasmales.

Siempre habrá, para complacer nuestras ansias de repudio, marginales o descarriados a quienes se nos alentará a señalar con el dedo o a agredir con la mirada, para instalarnos mejor en la intolerancia mayoritaria. Siempre habrá proletarios arcaicos cuya animalidad sombría (o coloreada) nos permitirá dimensionar nuestro famoso "progreso": en nuestro imaginario occidental, las faunas obreras del siglo XIX ceden ahora el lugar a las masas tumultuosas del "tercer mundo".

Siempre habrá especialistas en historia empeñados en reescribir el pasado para justificar el presente que celebran en los libros, los programas de radio o las series, y expertos en "comunicación" a quienes se contrata para imponernos como Realidad la fantasmagoría sonora con la cual el sistema mediático decora y falsifica nuestro entorno.

Siempre habrá hábiles teóricos para hacernos aceptar como normal la opresión del hombre por el hombre, para tornarnos sus cómplices, y empedernidos "humanistas" que legitiman la tortura en nombre de la Libertad o bien las ventas de armas en nombre de la Fraternidad. Y todos esos expertos del doble mensaje, del doble juego y el doble pensamiento, que se empeñan en embaucar nuestros corazones haciendo vacilar nuestra razón humana.Siempre estarán los optimismos oficiales que sobrevuelan las insatisfacciones profundas, y los ruidos del campo mediático que ahogan el reclamo de las soledades dolientes. Y, para coronar el todo, el reino anónimo de la esquizofrenia dirigida, apuntalada a menudo por nuestro consenso tácito, que escinde para siempre nuestra conciencia y nuestro ser, y nos hace atravesar la existencia sin poder dar un sentido a nuestra Vida.

Pero las realidades de 1984 nunca nos son exclusivamente exteriores. Frente a la opresión de facetas múltiples, desigual según los lugares, pero que amenaza siempre a la humanidad de los humanos, Orwell nos invita a rastrear todas las formas de complicidad interior. En la medida en que el universo proyectado en su libro es un espacio-tiempo imaginario, 1984 representa no tanto una fecha como un lugar profundamente anclado en nosotros mismos así como en nuestros sistemas políticos. A imagen de Winston Smith, cuya resistencia culmina en fracaso, nos exponemos en mil y una circunstancias a ceder "al movimiento de 1984", es decir a permitir que cristalice en nosotros el fatal complejo de miedo-odio que siempre producen los engranajes de los poderes en los que estamos atrapados y ser arrastrados así al ciclo perseguido/perseguidor que envenena sin fin las relaciones humanas.

Porque no basta con escapar a la normalización de las almas que nos modelan como masas medrosas: debemos rechazar también la tentación de aullar junto a los lobos por temor a ser corderos. Ni temer, ni odiar. Negarse a ser víctimas para no convertirse a su vez, a pesar de uno mismo, en verdugo. Saber que si el hombre es un lobo para el hombre, es porque demasiado a menudo el hombre acepta ser un cordero para el hombre. Conocer los miedos, todos los miedos, hasta en la ínfima fibra del propio cuerpo ("En los momentos de crisis, no luchamos contra un enemigo externo, sino siempre contra el propio cuerpo", escribe Orwell), e intentar superarlos. Un periodista chileno, que desafiaba a diario la censura de Pinochet, decía modestamente: "No es que seamos valientes sino que aprendemos a superar el miedo". Conocer todos los propios odios, hasta en sus pliegues de odio hacia uno mismo que llevan al odio hacia el otro, cada vez que detestamos en un semejante lo que ignoramos aborrecer en nosotros mismos.

El odio y el miedo son dos alienaciones hermanas. Gritar "Abajo Hitler" o "Abajo Stalin", "Abajo Pinochet" o "Abajo Jaruzelski", "Abajo Clinton" o "Abajo Putin", no tiene a veces más sentido que gritar "Abajo Big Brother" (que no existe). Es incluso arriesgarse a conferir a nuestros objetivos una potencia mítica. Quien se agota en el odio, se ciega sobre cuáles son las mejores estrategias posibles de resistencia. Dado que mientras odiar es vano, es necesario en cambio resistir constantemente, oponer islotes de existencia personal e interpersonal a la marea creciente de las regulaciones abusivas, sean económicas, sociales o mediáticas.

En nombre del hombre. A pesar de todas las perversiones que pudo involucrar el discurso humanista, Orwell nos pide que nos remitamos a un humanismo concreto, aun cuando haya que reformularlo continuamente en razón de sus compromisos históricos. Si hay una esperanza, no está en tal o cual categoría social o idealizada, en tal o cual grupo humano sacralizado, todavía menos en algún individuo carismático. Si hay una esperanza, sólo puede estar en el hombre y en todo hombre, empezando por uno mismo, y por aquellos con los que uno se codea acá y ahora. Dado que la amenaza anti humanista está presente en el corazón del ser humano, es en el corazón de cada hombre donde se define la lucha por la humanidad. Nadie tiene derecho a confiar en que siempre habrá seres excepcionales, héroes, "hombres dignos de ese nombre" encargados de perpetuar por su cuenta la dignidad de la especie.

Nadie tiene derecho a renunciar al nombre de hombre. Siempre hay que considerar que "el último hombre"3, es uno. Que no estamos nunca totalmente alertados contra el "movimiento de 1984". Que la mínima degradación de un hombre, infligida al mínimo hombre a miles de kilómetros, repercute en nuestra vida íntima, lastimando nuestra humanidad profunda. Porque no hay nadie que sea "el menor de los hombres". Aceptar la esclavitud interior implica aprobar y a menudo provocar la esclavitud de otro. A través de cada caso particular se define el futuro de todos. La defensa de sí mismo es indisociable de la defensa de la humanidad dentro de sí. Cada mañana hay que reiniciar la reconquista del hombre… sobre uno mismo. Eso es lo que nos dice la voz de Orwell.

El verdadero anti Big Brother es el "hombre común"4cuyo miedo disminuye y cuya conciencia progresa, que reconoce sus ambivalencias sin complacerse en sus contradicciones, que entabla con los allegados que elige relaciones irreductibles a las erosiones de lo anónimo y lo unánime, y que quizás busque no tanto el cambio sino el permanecer tranquilamente rebelde a las opresiones múltiples. Esto no quiere decir que Orwell nos predique una existencia separada de lo colectivo, un humanismo retraído, centrado en sí mismo, porque su individualismo es siempre solidario. Nos invita por el contrario a un combate tenaz, aunque mesurado, en el que la conducta cívica y la movilización interior permanecen acordes una con la otra, el compromiso evita engañarse a sí mismo, la lucidez se niega a desesperar. El hombre embarcado en el mundo que construye no deja de resistir sin indiferencia, y de militar sin odio.

  1. George Orwell, 1984, Galaxia Gutenberg, 1999
  2. La bota está ahí, aun cuando se esconda bajo las delicias de la sociedad de consumo, que Michel Clouscard llama con razón Le capitalisme de la séduction (Editions sociales, 1982). Cada vez, por ejemplo, que los ciudadanos consumistas de diversas naciones, esclavos de las reglas del ultraliberalismo, quieren salir de su dorada prisión, la bota del gigante estadounidense, porque hay que llamarlo por su nombre, reaparece con sus imposiciones económicas y su arsenal militar. Ver Ignacio Ramonet, "Delicioso despotismo" Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, mayo 2000.
  3. "El último hombre en Europa" fue uno de los títulos pensados por Orwell para 1984.
  4. Según la expresión de Jean Clem y Bernard Crick, en la indispensable biografía George Orwell. Une vie, Seuil, París, 1990.

Breve paralelismo entre dos "utopías" complementarias

Un mundo feliz y 1984 signaron la historia del siglo XX al prefigurar y denunciar las primeras formas de las sociedades totalitarias. Pero esas "utopías" no hubieran tenido tanto éxito si sus modalidades complementarias y sus rasgos comunes no anunciaran, en esta época de mundialización y multimedia, los peligros de los futuros totalitarismos. Tal como lo pone en evidencia un breve paralelismo entre las dos obras.

Un mundo feliz es, en primer lugar, el fresco de una sociedad capitalista triunfante. La máquina de producción-consumo, mundializada, exige una perfecta normalización del "ciudadano", desde antes de su nacimiento mediante manipulación genética, y a lo largo de toda su vida mediante el condicionamiento. No hay sujetos, sino masas anónimas, esclavas de una felicidad acorde que no escogen.

Más profundamente, Un mundo feliz ilustra un totalitarismo de la felicidad perfecta. La Ciudad es una Madre; pero una Madre terrorista que infantiliza y animaliza a los ciudadanos bebés en nombre del "bien" comunitario, que nadie tiene derecho a eludir.

Un mundo feliz tiene por vínculo social… el amor, sostenido ritualmente en los "oficios de Solidaridad". Pero se trata de una solidaridad impersonal, fusión almibarada, sobre la base de una sexualidad difusa, en la cual todo el mundo "comulga" de modo anónimo.

En 1984, el vínculo social es… el odio. El odio de todo aquello y todos aquellos que pudieran apartarse un milésimo de la línea, un odio que es fortalecido cada día, frente a la Telepantalla, durante el spot ritual titulado "Los dos minutos de odio". Este odio está compuesto de histeria sexual, dado que la sexualidad es reprimida en tanto tal y "convertida" en pulsión de poder.

Un mundo feliz describe una civilización donde la historia ya no existe. La casta dirigente, para conservar su dominio para siempre, bajo pretexto de hacer el bien a los hombres, tiene como objetivo esencial la "estabilidad social" lograda mediante el amor a la esclavitud. El objetivo proclamado es "que a la gente le guste el destino social al que no puede escapar"… El medio: las diversiones audiovisuales que neutralizan la conciencia crítica, y el "soma", una droga que procura la euforia sin los fastidios de la adicción.

1984 también suprime la Historia, porque la "Revolución" ya tuvo lugar; la clase dirigente instituye públicamente la fraseología revolucionaria para desactivar por adelantado toda idea de revolución futura. El pasado es negado al igual que el porvenir. Los diarios y los libros, reescritos si es necesario, celebran un eterno presente; es la "realidad" que inventa la clase dirigente y en la que es obligatorio "creer"; la conciencia colectiva carece de memoria: sólo se constituye con el consumo de la realidad oficial.

Finalmente, en cada una de esas ciudades, la política se mide con la vara de lo existencial: estrechas relaciones vinculan en profundidad la estructura psíquica del individuo y el orden político-social que lo aliena. El acto mínimo de existencia, la mínima pulsión que parezca espontánea, son de hecho el reflejo o el producto de modelos ideológicos interiorizados desde la niñez. Como resultado, el combate militante contra la opresión del sistema comienza con un trabajo psicopolítico de lucidez sobre uno mismo…

El ciudadano que medita sobre estas obras aprende así que no hay liberación colectiva sin recuperación de la libertad interior.


Autor/es François Brune
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 15 - Septiembre 2000
Páginas:35, 36
Traducción Yanina Guthmann
Temas Tecnologías, Neoliberalismo, Estado (Política), Literatura