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Adolescentes japoneses fascinados por la violencia

Crímenes atroces, suicidios, prostitución: la explosión de la delincuencia en la juventud japonesa es motivo de gran inquietud. Para algunos "todo parece funcionar perfectamente" , pero esta violencia ¿no estará reflejando la presión de una sociedad hiperexigente, en la que la estructura familiar estalló, el dinero es el valor que reina -y corrompe- y el sistema educativo, extremadamente selectivo, no tolera ninguna debilidad?

Acaso la juventud nipona habrá perdido "las nociones fundamentales del bien y del mal y del carácter sagrado de la vida" ? Es lo que se pregunta el gobierno japonés luego de una serie de hechos violentos cometidos por adolescentes, de una magnitud desconocida hasta hoy en el archipiélago.

Primera noticia espectacular que implica a jóvenes adolescentes, un crimen atroz: en Kobé, en junio de 1997, un joven de catorce años asesina a dos chicas y decapita a un niño de once años. Luego, deposita la cabeza de su joven víctima delante de su escuela. Cerca del despojo macabro, deja una carta extraña, en la cual explica que se vengó de una sociedad que lo "volvió invisible".

El 28 de enero de 1998, la opinión pública se horroriza otra vez. En Utsunomiya, una ciudad mediana a cien kilómetros al norte de Tokio, un chico de trece años que ya no soportaba que su profesora de inglés le reprochara sus frecuentes llegadas tarde, la apuñala mortalmente. Esta escalada de la violencia extrema, gratuita e imprevisible, resurge el 10 de febrero de 1998. En Tottori, una prefectura situada a 120 kilómetros al noroeste de Kobé, dos mellizos de catorce años salen a la calle, eligen al azar a una señora mayor que tiene la mala suerte de pasar por ahí y la asesinan a cuchilladas. Detenidos de inmediato sin oponer resistencia, se contentan con explicar "que después de eso, ya no tendrán que ir a la escuela" . Más tarde, en Higashi Matsuyama, en el norte de Tokio, un alumno de trece años castiga brutalmente, hasta matarlo, a un compañero de clase que se burlaba de él.

Estos no son más que algunos ejemplos significativos, entre docenas de noticias similares reproducidas por los diarios. También aparecen como fenómeno otros tipos de violencia. Katsumi Miya, inspector de la sección de delincuencia juvenil en la prefectura de la policía de Osaka1, está preocupado por el número creciente de casos de caza al hombre, fenómeno conocido como oyaji gari. Algunos adolescentes se juntan en banda, sólo por una noche -a veces sin conocerse- y atacan a los transeúntes alcoholizados o a otras presas fáciles, como los ancianos y desamparados. La policía de Tokio detuvo recientemente a una banda de doce chicos de diez a diecisiete años, que habían cometido, en cinco meses, treinta y seis agresiones contra personas mayores. Los adolescentes gastaban el dinero robado -en total, cerca de 8.400 dólares- en video juegos. El jefe de la patota no había cumplido los trece años…

Otro tipo de delincuencia, particularmente mediatizada, no cesó de desarrollarse en estos últimos tiempos. Se trata de la prostitución de niñas, en su mayoría estudiantes secundarias. Todos los japoneses conocen el eufemismo enjo kosaí2 que nombra este fenómeno. A la noche, en Kabuki-cho, el barrio caliente de Shinjuku, en Tokio, se multiplican los pequeños afiches, pegados precariamente sobre postes indicadores o en cabinas telefónicas, con números de "clubes telefónicos" . Estas oficinas -algunas clandestinas, otras legales- ponen al cliente en contacto con una chica, dándole el número de su celular. Los clientes, en general hombres de cuarenta a sesenta años, con trabajo, padres de familia, pagan entre 250 y 420 dólares por un encuentro. Estas estudiantes no tienen dificultades económicas mayores y parecieran esencialmente motivadas por dinero extra, con el que compran ropa de marca, cosméticos o accesorios costosos. Según Yomiuri TV, una de las cuatro grandes cadenas de televisión nacional, una de cada veinte estudiantes ya se ha prostituido. La policía no dispone de estudios precisos, pero se piensa que este fenómeno está subestimado y en constante crecimiento.

El doctor Masao Nakazawa, psiquiatra del hospital de Yoyogi, en el centro de Tokio, es especialista en violencias familiares. Admite que está estupefacto por el número de hogares dónde los hijos les pegan a sus padres y cuenta el caso de un chico que no logró entrar al secundario de su elección. Más tarde, el adolescente tampoco superó el concurso para entrar a la universidad. Deprimido, culpó a sus padres por sus fracasos y, desde entonces, aterroriza a toda la familia, la tiraniza, la golpea, la amenaza con un cuchillo, etc. La policía se niega a intervenir y argumenta que se trata de un asunto privado, teniendo en cuenta que el hijo se comporta normalmente fuera de su casa. Este drama familiar está lejos de ser un caso aislado: Nakazawa afirma que se le presentan a diario.

La escuela también deviene un lugar de violencia cotidiana, extremadamente difundida; tanto que hasta tiene nombre: ijime. Literalmente, esta palabra significa "torturar" (ijimeru), pero se traduce más correctamente por "tomárselas con los más débiles" . En una clase, un grupo de alumnos elige una "víctima" y la persigue durante muchos meses porque "perturba la armonía del grupo" . Aunque el hostigamiento es sobretodo psicológico, no excluye las brutalidades físicas. Los profesores hacen la vista gorda ante esta práctica cruel, que está lejos de ser una simple novatada o un rito iniciático. Según una encuesta realizada en 1997 por el Ministerio de Educación, un tercio de los alumnos afirma haber sido víctimas de ijime, sobre todo en el secundario, donde el problema es particularmente grave. El hostigamiento se torna a veces tan severo que empuja a ciertos jóvenes al suicidio, o a la inversa, al asesinato de sus torturadores.

Según el informe anual del Ministerio de Educación sobre los problemas en la escuela, en 1996 se produjeron 10.575 incidentes3, lo que representa un aumento del 20% respecto al año anterior. En 1997, fueron registrados más de 1.300 incidentes entre alumnos y profesores, un aumento del 50% respecto de 1996. Estas cifras confirman las de la policía nacional, alarmada por el agravamiento de la criminalidad juvenil. El número de agresiones y crímenes particularmente violentos aumentó cerca del 50% entre 1996 y 1997. La tendencia se mantuvo en 1998. Otra comprobación: las mujeres están tan implicadas como los varones.

Más que el crecimiento de la delincuencia en sí misma, es el cambio de la naturaleza de los crímenes y la edad de sus autores que preocupa a la sociedad. Las agresiones, de una extrema violencia, son perpetradas por adolescentes, de manera cuasi-gratuita o por motivos fútiles. Un informe del Ministerio de Educación subraya que "los autores (de hechos violentos) son alumnos aparentemente normales. Estos alumnos muestran signos de advertencia mínimos, que pasan inadvertidos, como por ejemplo reacciones desproporcionadas frente a pequeñas cosas".

Equilibrio perdido

Todo esto conduce al escritor Kaoru Takamura a preguntarse: "¿Se produjeron cambios fundamentales en la psicología de los jóvenes japoneses en estos últimos veinte años? No es imposible que la sociedad japonesa se haya descarriado mientras todo parece funcionar normalmente. "4 ¿El resurgimiento de la violencia en los jóvenes traduce efectivamente un fenómeno profundo, una perturbación del equilibrio sutil de una sociedad muy educada y en conjunto más bien próspera? Como en todas partes, la televisión, los video juegos y las historietas (mangas)5, fueron rápidamente acusados de ejercer una influencia malsana sobre la juventud. Esta sospecha se funda en un punto: el butterfly knife, un cuchillo con doble mango labrado y una hoja poderosa, con el que fueron cometidas la mayoría de las agresiones recientes. La moda del butterfly knife proviene de la serie de televisión Gift (regalo), cuyo héroe lo maneja con destreza. Otra serie, GTO, protagonizada por un actor de moda entre los adolescentes y trasladada al comic, influiría también. Pero existe una diferencia evidente entre portar un cuchillo y usarlo para matar a alguien. En cualquier caso, el butterfly knife forma parte del mercadeo televisivo al mismo nivel que la indumentaria de los héroes o la muñeca Barbie y puede comprarse en cualquier negocio por 17 a 50 dólares…

En la familia y en la escuela

En los grandes centros de video juegos Umeda, en Osaka, Akihabara e Ikebukuro, en Tokio, los jugadores tienen más bien entre veinte y treinta años que entre doce y quince. De los momentos de diversión pasados entre el ruido ensordecedor de las máquinas y los estímulos visuales de la pantalla, que ofrece sólo juegos repetitivos, salen más embrutecidos que excitados. "Ningún estudio llegó a conclusiones sobre el peligro de los video juegos" , revela Junichi Seto, un periodista del Mainichi Shimbun, especializado en delincuencia juvenil.

¿Debe realmente temerse que los jóvenes no diferencien entre la imagen virtual en la pantalla y la vida real?

Más bien parece que las causas profundas de este recrudecimiento de la violencia surgen de la desintegración de la familia, de la crisis del sistema educativo y de las consecuencias de la política de desarrollo a cualquier precio llevada a cabo desde 1945. Luego de la segunda guerra mundial, los japoneses consagraron su tiempo y energía al trabajo y a la empresa, descuidando su vida familiar y comunitaria. Los daños provocados en la sociedad son evidentes. En una cultura dominada por la pertenencia a una comunidad (a diferencia de la sociedad occidental, desde hace mucho tiempo individualista), las relaciones humanas se degradaron considerablemente y los valores tradicionales cayeron poco a poco en desuso. La juventud se encuentra hoy en día sin parámetros.

La familia nuclear, generalmente con un hijo único, reemplazó a la familia numerosa de antes. En este país sub-urbanizado, los abuelos o los primos viven a veces lejos y los viajes son demasiado largos para que unos y otros se visiten frecuentemente. El barrio, la otra red tradicional de solidaridad, está también a punto de desaparecer a causa de la urbanización y la pérdida de los valores tradicionales de la comunidad. Antes, los padres que se ausentaban dejaban a sus hijos al cuidado de los vecinos. Hoy en día, los dejan librados a su suerte.

Los padres -en especial el padre, que representa a la autoridad- conceden cada vez menos tiempo a sus hijos. "Los japoneses tienen casa, pero no tienen hogar" , subraya el inspector Naritada Nishioka, director-adjunto de la sección de delincuencia juvenil de la policía de Osaka. Además, es cada vez más difícil defender valores morales ante las generaciones jóvenes, cuando todo contribuye a destacar su decadencia. Basta con constatar los escándalos político-financieros que sacuden al país desde hace diez años, en los que aparecen implicados los paradigmas de antes, en especial jefes de grandes empresas, políticos, altos funcionarios. O el desmesurado poder del dinero, testimoniado por el fenómeno de la prostitución de las estudiantes secundarias.

Del mismo modo que la institución familiar, el sistema educativo atraviesa una crisis profunda. Durante mucho tiempo eficaz, el modelo escolar instrumentado para el crecimiento económico de la posguerra ya no funciona correctamente. "El objetivo de los jóvenes es entrar al mejor secundario, para llegar a la mejor universidad, para ser miembro de la mejor empresa, ganar buen dinero y hacerse ricos. Su visión es muy materialista" , resume el periodista Juniuchi Seto. La selección se produce muy temprano. Un concurso, al término de tres años de secundaria, determina el futuro de los adolescentes de quince años. Para acceder a las grandes empresas o a los altos cargos públicos, no hay mas que una vía: una media docena de universidades a las que se accede a través de institutos secundarios prestigiosos, para los que también hay que superar un concurso.

Para sobrellevar estos desafíos, los estudiantes trabajan sin descanso. Luego de las seis horas cotidianas de clase y de una o dos horas en el club deportivo o cultural integrado a la escuela -y cuasi obligatorio- dos tercios de los jóvenes van a un juku (clases particulares), de dos a cuatro veces por semana. Para esto, los padres, aceptan hacer esfuerzos financieros importantes. Repetir el año no está permitido. "Los profesores intentan ayudar a los malos alumnos, pero honestamente, no se puede hacer gran cosa" , admite Saeki, director de la escuela de Sendaí. Los estudiantes sufren presiones tan grandes por parte de sus padres y del sistema escolar que se vuelven a menudo violentos, o bien bajan los brazos y se niegan a ir a la escuela. Todos los miembros del sistema educativo reconocen que este comportamiento se torna un problema mayor.

Desde el mundo político, los medios y la sociedad civil se elevan numerosas voces demandando la revisión de la ley sobre delincuencia juvenil, votada hace cincuenta años bajo influencia estadounidense y favorable a la reinserción de criminales. La Asociación de Víctimas de la Delincuencia Infantil, surgida hace dos años, pide que la responsabilidad penal sea rebajada de dieciséis a catorce años, así como la intervención de un procurador en el proceso y la apertura de los debates al público. La revisión de la ley respondería ciertamente a la necesidad de justicia de las víctimas y de la población en su conjunto, pero es poco probable que permita frenar el aumento de la violencia, como lo demuestra el contraejemplo estadounidense6.

Para el doctor Nakazawa, "no es la juventud la que se descarría, son los adultos. Miren la evolución del país en cincuenta años, miren la situación hoy: el gobierno invierte sumas enormes para salvar a los bancos y casi nada para la acción social. "

  1. En Osaka, segunda ciudad del Japón, la delincuencia juvenil es más elevada que el promedio nacional.
  2. Enjo significa ayudar económicamente y kosaí frecuentar gente.
  3. Que incluye el conjunto de problemas, entre los cuales ijime.
  4. Takamura Kaoru y Noda Masaaki, "La sociedad japonesa y el psicópata" , Cuadernos de Japón, París, primavera de 1998.
  5. Historietas a veces violentas o eróticas, que tienen más de 10 millones de lectores adolescentes y adultos.
  6. Dudhir Venkatesh, "Jóvenes a la deriva en las ciudades estadounidenses" , Le Monde diplomatique, París, mayo 1994. Y Loîc Wacquant, "Ese viento punitivo que sopla desde Estados Unidos" , Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, julio de 1999.
Autor/es David Esnault
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 3 - Septiembre 1999
Páginas:30, 31
Traducción Yanina Guthmann
Temas Neoliberalismo, Políticas Locales, Consumo, Educación, Seguridad
Países Japón