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Contra la ocupación, resurge el nacionalismo

El proyecto de “reconstrucción nacional” de Irak, alentado por la ocupación anglo-estadounidense, pasó por alto que pese a los múltiples conflictos que oponen a sunitas, chiitas, kurdos y turcomanes, las diferencias étnicas y religiosas entre iraquíes no prevalecen sobre una identidad nacional forjada durante el siglo XX. La ofensiva occidental no ha hecho otra cosa que hacerla resurgir.

El gran levantamiento de abril de 2004 marca el resurgimiento del nacionalismo iraquí y tal vez también del nacionalismo árabe como factor importante de esta época post-baasista. El partido Baas, ya desacreditado, proclamaba en todas partes un nacionalismo a la vez "local" y "regional", glorificaba el papel civilizador de Irak en la historia, reivindicaba la herencia de Hammurabi y Nabucodonosor. Bagdad pretendía sustituir a El Cairo como principal defensor de los intereses del mundo árabe. Pero el carácter odioso del poder del partido Baas incitó a muchos iraquíes a reaccionar contra esa retórica nacionalista.

Después de la caída del presidente Saddam Hussein, los palestinos que habían gozado de asilo en Irak se volvieron objeto de suspicacia y resentimiento. El panarabismo había perdido su atractivo y los políticos iraquíes solían acusar a los medios panárabes, como Al-Jazeera, de haber sido demasiado complacientes con la dictadura. También condenaban a la Liga Árabe, dominada por los sunitas, por sus manifestaciones de inquietud ante el aumento de poder de los chiitas y de los kurdos en Irak.

Entre los chiitas, el radicalismo religioso parecía deber más al ayatollah iraní Ruhollah Jomeini que a cualquier pensador iraquí. Y el principal dirigente espiritual chiita, el gran ayatollah Ali Sistani, es un iraní que llegó a Irak en 1952 y que paradójicamente se opone a la teocracia jomeinista. Los árabes sunitas, en cambio, se abrían hacia las corrientes del nacionalismo árabe y a los movimientos integristas sunitas o salafistas 1 procedentes de Jordania.

Expulsar al ocupante

Sin embargo, los levantamientos en la primavera de 2004 de Faluja, plaza fuerte de los sunitas, y de todo el Sur chiita, muestran cómo la ocupación hace resurgir un nacionalismo que trasciende las divisiones confesionales. El asesinato por parte de Israel, el 22 de marzo pasado, del dirigente de Hamas, el sheik Ahmed Yassin, fue lo que desencadenó el levantamiento de Faluja. Para vengarlo, un grupo de habitantes tomó su nombre y mató a cuatro agentes de seguridad, ex hombres-rana estadounidenses que habían pasado al sector privado, cuyos cadáveres fueron profanados por la multitud. Los marines respondieron sitiando la ciudad, declarando el estado de sitio y haciendo rugir la artillería, lo que acarreó numerosas pérdidas civiles. Las muy duras imágenes del sitio de Faluja, transmitidas por los canales de televisión Al-Jazeera y Al-Arabiya, que tienen corresponsales en el lugar, suscitaron la indignación de Irak y del mundo musulmán. Informaciones de que la mayoría de los 600 o 700 iraquíes muertos eran civiles, aunque poco creíbles, circularon ampliamente y tuvieron aceptación.

El renacimiento salafista de Faluja se desarrolló junto al comercio carretero con Jordania, ya que esta ciudad era una etapa en la ruta a Bagdad. La versión muy literal del islamismo político sunita que se propagó en las pequeñas ciudades de Jordania, como Maan y Zarqa (ciudad natal del célebre terrorista Abou Musab Al Zarqawi), se expandió también al Oeste de Irak. Hacia el final, el partido Baas había levantado algunas restricciones que pesaban sobre los movimientos religiosos, percibidos en ese momento como potenciales aliados antiimperialistas del Estado, bajo fuerte presión de Estados Unidos y Naciones Unidas.

Al mismo tiempo, la "coalición" decidió atacar a un dirigente chiita radical de treinta años, Muqtada Al-Sadr, cuyo periódico Al-Hawzah también atizó los sentimientos anti-israelíes y anti-estadounidenses después del asesinato del sheik Yassin. Las autoridades cerraron el diario y el 3 de abril pasado libraron 28 órdenes de detención contra sus colaboradores. Al-Sadr, persuadido de que los estadounidenses querían detenerlo, desencadenó la insurrección en Kufa, Najdaf, Bagdad, Nasiriya, Kut y Basora, donde sus fieles formaron milicias.

Aunque aspira a una república islámica al estilo iraní, Al-Sadr invoca también el patriotismo iraquí. Se queja amargamente de la hegemonía iraní sobre el chiismo de su país. Su posición contradice las pretensiones del guía de la revolución iraní, el ayatollah Ali Jamenei, que quiere ser la autoridad suprema, jurídica y espiritual, de los chiitas del mundo entero. El movimiento de Al-Sadr fue fundado por su padre, Sadiq Al-Sadr, asesinado por el partido Baas en 1999. Su crimen fue haber organizado clandestinamente, en los tugurios donde el Baas difícilmente penetraba, la plegaria del viernes, que el dictador había prohibido a los chiitas.

Sus prédicas atacaban a Israel y Estados Unidos, e incitaban a las tribus chiitas del campo a abandonar las costumbres tribales y optar por la tradición chiita de las escrituras. Su movimiento era puritano y teocrático. Tenía como objetivo la creación en Irak de una república islámica de tipo jomeinista. Llegó a disputar el liderazgo espiritual de los chiitas de Irak al gran ayatollah Ali Sistani, el cual se había mostrado, en cambio, muy discreto durante la dictadura, persuadido de que el clero debía mantenerse alejado de los asuntos del Estado.

A pesar de la oposición tradicional entre sunitas salafistas y chiitas sadristas, apareció entre las dos comunidades una solidaridad hecha de nacionalismo iraquí y panislamismo frente a la "coalición". Aunque una vieja rivalidad oponía el barrio chiita de Bagdad, Kazimiyah, a su vecino sunita, Azamiyah, más próspero, ambos llegaron a poner entre paréntesis su enemistad para organizar un convoy humanitario de sesenta camiones, que partió hacia Faluja el 8 de abril acompañado de una multitud que blandía retratos del sheik Yassin y de Muqtada Al-Sadr. Los marines debieron dejarlos pasar.

Compuesto por sunitas rigurosos y dirigido por Abdul Al-Kubaisi, el Consejo del Clero Musulmán logró algún prestigio con las negociaciones que apadrinó entre los sitiados de Faluja y Estados Unidos. También publicó el 17 de abril un comunicado de apoyo a Muqtada Al-Sadr que llamaba a los iraquíes a "expulsar a los ocupantes". Mohammad Ayyash Al-Kubaisi, representante del Consejo en el exterior, declaró a Al-Arabiya que los iraquíes comprometidos en la lucha contra las fuerzas de ocupación, incluyendo a Muqtada Al-Sadr, no se dejarían dividir.

Alianza entre sunitas y chiitas

Estos ejemplos hacen pensar que, a pesar de cierta permeabilidad hacia las corrientes religiosas y políticas de los países vecinos, el pueblo iraquí forjó durante el siglo pasado una identidad nacional fuerte. Para los diversos grupos confesionales del país, la identidad religiosa no está por delante de la pertenencia a la nación.

Es cierto que los partidos políticos chiitas, como Al-Daawa, fueron perseguidos por el presidente Saddam Hussein y que muchos de sus adherentes debieron refugiarse en Irán o en el Reino Unido. Pero durante los años 1980-1990, la sección de Teherán de Al-Daawa se dividió en dos. Por un lado quedaron los nacionalistas preocupados por mantener la independencia del partido y por otro los clericales que querían subordinarlo al ayatollah Jomeini.

En conjunto, ganaron los nacionalistas. En los años 1980, Al-Daawa contribuyó a los esfuerzos de Ahmed Chalabi para forjar una alianza entre los partidos iraquíes en el exilio. Pero rompió con el Congreso Nacional Iraquí en la cuestión de la autonomía parcial de los kurdos. Al-Daawa sigue atada a la idea de un Estado central fuerte, que agrupe a sunitas, chiitas y kurdos. Su dirigente, Ibrahim Jaafari, desempeñó una función importante a comienzos de abril pasado, cuando fue a Teherán para intentar una mediación del gobierno de Jatami entre Muqtada Al-Sadr y Estados Unidos. Su intento fracasó, pero Jaafari ganó prestigio.

Los observadores que atribuían a los iraquíes escasa conciencia nacional y que veían al país como naturalmente dividido entre el Sur árabe chiita, el centro árabe sunita y el Norte kurdo, dejaron a un lado numerosos indicadores de una identidad nacional de tenaz continuidad.

El 18 de abril de 2003, apenas unos días después del final de la dictadura, el diario Al-Hayat, con sede en Londres, publicó una entrevista a Muhammad Rida Sistani, el hijo del gran ayatollah, quien declaró que su padre "rechaza a toda potencia extranjera que pretenda reinar en Irak" y llamó a la unidad de todos los musulmanes, sunitas y chiitas. Recordó que su padre condenó como pecados los ataques chiitas contra las mezquitas sunitas, y efectuó donaciones para su reconstrucción. Para el gran ayatollah, "Irak pertenece a los iraquíes. Son ellos los que deben gobernar Irak y no deben hacerlo bajo la égida de una potencia extranjera". La entrevista concluía recordando que a comienzos del siglo pasado los clérigos tenían la costumbre de ir a las batallas al lado de sus hijos para resistir a la ocupación británica. Una alusión a la Gran Rebelión de 1920, primer levantamiento nacional en la historia del Irak moderno que, conducida por notables y clérigos chiitas, movilizó también a otros sectores de la población.

Si bien la preocupación del ayatollah por la estabilidad lo llevó a moderar sus expresiones, no dejó de atacar a la ocupación y de buscar la unidad nacional. En febrero de 2004 un visitante describía así su posición: "Piensa que los diferendos entre chiitas y sunitas son mucho menos importantes que el peligro que amenaza en este momento a la nación iraquí... Lo más importante en este momento es la unidad. ‘Dividir al pueblo es un acto de traición -dice Sistani-. Vaya mi homenaje a todas vuestras tribus y al clero sunita y dígales que Sistani les besa las manos y les implora unirse con todos los demás iraquíes, los chiitas, los kurdos, los cristianos y los turcomanos. Únanse y cuenten conmigo para enfrentar a los estadounidenses...'"

A pesar de ser un dirigente chiita, Sistani se encuentra con políticos kurdos y sunitas, pensando que de esa manera actúa en interés de la nación. Ha intervenido poco en los asuntos políticos, pero cada vez que se ha opuesto a Estados Unidos ha ganado. Ha logrado que la Constitución definitiva sea redactada sólo por parlamentarios elegidos por sufragio universal y que el gobierno legítimo de Irak surja de una elección, lo que ha hecho descarrilar el proyecto estadounidense de una votación bajo tutela en la primavera de 2004.

Paradójicamente, la emulación que opone a los diferentes grupos puede también constituir una suerte de cemento político. Kirkuk, ciudad petrolera del Norte, vive en ebullición permanente. Su población, de poco menos de un millón, está compuesta en partes iguales de kurdos, turcomanos y árabes. Tradicionalmente, la mayoría era turcomana, a su vez dividida entre chiitas y sunitas. Los kurdos llegaron atraídos por los empleos que creaba el petróleo. Pero la dictadura expulsó a una gran cantidad, que fue reemplazada por árabes llevados desde el centro y el Sur, incluyendo a chiitas.

Cuando en agosto de 2003 estalló una lucha entre turcomanos chiitas y kurdos sunitas por el control de un lugar santo en un pueblo cerca de Kirkuk, los chiitas árabes de Najdaf enviaron emisarios para apoyar a los chiitas turcomanos. Muqtada Al-Sadr "condena todo intento de aislar el Norte del resto del país" y deplora la purificación étnica en curso, ya que los kurdos afluyen a la ciudad para reclamar sus casas a los árabes que las ocupan. Aunque Al-Sadr apuesta a la solidaridad entre las distintas facciones chiitas, también aprovecha la presencia chiita en todo Irak para extender su influencia en la escena nacional.

Las tensiones étnicas se agravaron otra vez en Kirkuk en diciembre de 2003 y enero de 2004 en torno al proyecto de incorporar la ciudad a un cantón kurdo parcialmente autónomo. Como respuesta, Al-Sadr hizo desfilar a 2.000 combatientes de su milicia, el ejército del Mahdi, para apoyar a los 300.000 residentes turcomanos en huelga. Los observadores estadounidenses se sorprendieron de que Al-Sadr haya podido lograr tanto apoyo entre los turcomanos de Irak del Norte.

El nacionalismo no se forja sólo a partir de la unidad de la nación, sino también mediante los conflictos, luchas y compromisos que la sacuden. El nacionalismo iraquí post-baasista está marcado por temas panislámicos, debido al poderoso papel que cumplen los partidos religiosos. Un sunita radical como el sheik Ahmed Yassin (un "mártir" ya para sus adeptos) y un chiita radical como Muqtada Al-Sadr (que podría muy bien sufrir el mismo destino) son, para una gran cantidad de iraquíes, símbolos de la resistencia a la ocupación de tierras árabes por tropas extranjeras, ya sean israelitas, estadounidenses o británicas.

Washington había encarado su presencia en Irak como un ejercicio positivo de nation-building, de construcción de una nación. La gran ironía es que esa construcción parece lograrse cristalizándose alrededor del objetivo de expulsión de Estados Unidos. La otra ironía es que, desde el día del siglo XIX en que el sultán otomano Abdulhamid II y el reformador Sayyid Jamal Al-Din Al-Afghani lanzaron el proyecto panislámico, esto es, la alianza entre sunitas y chiitas contra el imperialismo europeo, ese proyecto ha fracasado siempre. Pareciera que la superpotencia que es Estados Unidos está por lograr que pase del reino de lo sueños al de la realidad política.

  1. Salafismo: movimiento modernista y renovador del islam surgido en Egipto a finales del siglo XIX. Preconizó la revalorización del Corán como fuente del derecho, frente a la rigidez de las cuatro escuelas ortodoxas del islam. El verdadero aglutinador y principal difusor de la doctrina salafista fue Mohamed Rashid Ridá, por medio de la publicación de la revista Al-Manar, entre 1898 y 1935 (N. de la t.).
Autor/es Juan Cole
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 59 - Mayo 2004
Páginas:18,19
Traducción Lucía Vera
Temas Políticas Locales
Países Estados Unidos, Irak, Inglaterra