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Recuadros:

Cesare Pavese y el arte como trabajo

Las concepciones sobre el ejercicio de la "fantasía inteligente" expresadas por Cesare Pavese indican su profunda discrepancia con las políticas culturales de la izquierda a la que pertenecía.

Cuando un sábado de agosto de 1950 Cesare Pavese puso fin a sus días en un hotel turinés, nadie (ni aun entre sus amigos más cercanos) se atrevió a explicar el gesto con razones que fueran más allá del ámbito estrictamente personal. Todo en él había contribuido a crear la convicción de que únicamente la tumultuosa biografía interior que padeció pudo precipitarlo en la decepción más radical. Ésta fue por muchos años la tesis oficial en la izquierda, y así ha quedado cristalizada: Pavese habría sido un retraído, un incomunicado, un intelectual con mirada suficiente, un hombre de mente fría, cerrada a todo contacto sensible con el prójimo. Sería casi normal entonces admitir su camino privado hacia la muerte, puntuado por frustraciones sentimentales. Dicha construcción "personal" del "caso Pavese" tiene, empero, sus fallas, y por eso no alcanza a alejarlo de otros dramas semejantes, sufridos en diferentes latitudes por escritores que militaron y actuaron aproximadamente como él. (Pienso, con todas las distancias, en Vladimir Maiakovski; pienso en Attila Jószef, venerado entre los jóvenes húngaros por su oportuna condena sin tregua de una poesía "vocinglera y entusiasta").

Desde los tiempos de la resistencia, Pavese venía elaborando una actitud estética, que bien podría llamarse "interior", del realismo. Y se encontraba a cada paso con los slogans políticos, con los impulsos a la inmediatez y a la simplicidad, que provenían de su propio campo de afinidades.

Para ubicarse mejor en el marco internacional, es bueno recordar que luego del primer Congreso de Escritores Soviéticos del año "34, y después de no pocas vicisitudes, tuvo lugar la consagración definitiva de las tesis estalinistas en las Resoluciones del Comité Central del P.C.U.S. de los años 1946 y 1948 (la primera, sobre las revistas literarias Sviesdá y Leningrad, y la segunda sobre las tendencias "formalistas" y "cosmopolitas" en la música). Allí se plasmaron los principios del realismo socialista, proclamados por Zdanov, aplicándose en tales circunstancias para condenar el "apoliticismo" y el "decadentismo" en la obra de arte.

Mientras tanto, en Italia se venía polemizando sobre el "compromiso" (entre los años 1945 y 1947), sobre la política a llevar en "el frente de la cultura" (1948), y sobre el "neorrealismo" (entre 1946 y 1950), para llegar a la máxima discusión del "realismo socialista" hacia 1955. (Hay que tener en cuenta, además, la influencia que en ese proceso jugaron los principales textos de Gramsci, publicados y conocidos entre 1947 y 1953).

El Partido Comunista Italiano fue, como se sabe, uno de los menos ortodoxos en la aplicación de normas exteriores y supo mantenerse apartado de las manifestaciones más aberrantes del estalinismo en el trabajo cultural. No obstante, en la época regía una férrea hegemonía soviética en el movimiento internacional y el P.C.I. se las arregló para aparecer tibiamente zdanovista en el campo artístico y literario, ejerciendo una vigilancia sutil sobre los creadores comunistas más importantes, los que gozaron de una casi completa libertad. La especificidad italiana quedaba a salvo, pero ello no impedía los embates de las consignas en uso.

En ese contexto, ciertas reflexiones de Pavese, aunque dirigidas a juzgar el pasado, apuntan prudentemente a la posguerra: "En el fondo, la inteligencia humanista -las bellas artes y las letras- no padeció bajo el fascismo; pudo perder presunción, aceptar cínicamente el juego. El fascismo sólo vigiló en lo tocante al paso de la intelligentsia al pueblo; mantuvo al pueblo en la oscuridad. Ahora el problema consiste en superar el privilegio -servil- de que gozamos y no "ir hacia el pueblo" sino "ser pueblo", vivir una cultura que tenga raíces en el pueblo, y no en el cinismo de los libertos romanos", asienta en su Diario el 5-3-48.

Reaccionando contra una cultura de clase proclive al juego del sistema, Pavese no dejaba de advertir la caída de la izquierda en el populismo. Sus convicciones se reflejan no sólo en el Diario sino también en sus escritos públicos. Ya en "Ritorno a l"uomo" (publicado en L"Unità, de Turín, en mayo de 1945) había sostenido el programa de un comportamiento intelectual no demagógico: "proponerse ir hacia el pueblo es, en definitiva, confesar una mala conciencia". Y, una líneas antes: "…el razonamiento es éste: nosotros no iremos hacia el pueblo. Porque ya somos pueblo, y todo el resto es inexistente".

Quizás donde más temprana y certeramente diseñe Pavese sus ideas acerca de un arte de factura progresista sea en el artículo "Di una nuova letteratura", publicado en Rinascita en Mayo-Junio de 1946. Establece allí ciertos deberes de la inteligencia, una solidaridad en la lucha común. Pero inmediatamente advierte sobre la especificidad del trabajo literario "…que parece llevar fatalmente consigo una separación, un aislamiento, y ciertamente, por lo menos en su fase conclusiva, excluye toda colaboración y contacto". La razón es que, en esa actividad de "la fantasía inteligente", es necesario aislarse y romper los lazos con el exterior para captar la verdadera realidad. Frente al deber que se impone "por necesidad histórica", el escritor debe, ante todo, aceptar su propio destino y estar de acuerdo consigo mismo. El que esté ansioso por crear "el arte de su tiempo", hará a lo sumo un manifiesto, una poética. El camino es atenerse con más humildad a su función en la sociedad, sin hablar tanto de ella: "El zapatero hace zapatos y el albañil casas, y cuando menos hablan del modo de hacerlo mejor trabajan: ¿es posible que el narrador deba, en cambio, charlar impunemente sólo de sí mismo?".

Las observaciones de Pavese hallan su origen en la experiencia, en la práctica misma, y es ésta la que genera su visión teórica. A los motivos de orden político y ético, se suman imperativos que provienen del propio trabajo literario, el que no puede consistir en un mero registro de fenómenos cotidianos, en un contacto especular con la llamada realidad: "…la profunda humanidad, la vena auténtica, la sinceridad del arte, tienen raíces no en la mole o en la enormidad de los hechos sufridos, sino sólo en la mente y en el corazón, en la claridad de la mirada, en el monótono y martilleante recuerdo".

Todo un programa queda también delineado si se observa cuidadosamente su trabajo para la Editorial Einaudi, la cual publicó, por su elección y consejo, a Kafka y a Proust, a Whitman y a D.H.Lawrence, a Elsa Morante y a Italo Calvino.

Admitiendo pues que en este reducido examen quedan más cosas fuera que dentro (un análisis profundo de sus poemas y ficciones, en primer lugar; sus ideas sobre el contar "monótono" y sobre el poema-narración, sus teorías del mito, sus preferencias literarias, su actividad como traductor, su pasión etnológica, sus concepciones sobre la cultura italiana), me limito a subrayar su idea de la literatura como forma de trabajo, concepción que, a mi parecer, subvertía una larga tradición del marxismo oficial que acentuaba la noción del arte como forma de conocimiento.

Ella (y cualquiera sea el nombre que adopte y el sistema social en que impere) ve al poeta como un receptor privilegiado de mensajes trascendentes, y como privilegiado mediador y difusor de contenidos que están más allá de la obra. La idea pavesiana del oficio se inscribe, en cambio, en una verdadera concepción materialista: para él, "el hombre es la técnica, desde el día que empuñó un hacha para combatir contra las fieras o un punzón para escribir". Y agrega que "nosotros respetamos demasiado nuestro oficio para pensar que el ingenio, la invención, bastan (…) Nada que valga la pena puede salir de la pluma o de las manos si no es por fricción, por choque con las cosas o con los hombres".

En cualquier época y país (y bajo sus diferentes formas y ropajes), los totalitarismos, en lo que tienen de congelamiento de la actividad creadora, resistirán a esta visión del arte como permanente producción humana. Ella revela de un modo acaso intolerable índices de otras materialidades, de otros trabajos, de otras transformaciones necesarias.

Toda esta trayectoria política e intelectual, sumada a sus dificultosas relaciones partidarias, refuerza la presunción de que no habrían sido sólo cuestiones eminentemente personales las que lo condujeron al suicidio.

Bio-bibliografía breve

Cesare Pavese nació en la región campesina de las Langhe, en el Piamonte, el 9-9-1908. Estudió en Turín, y se graduó en Letras con una tesis sobre Walt Whitman. Fue profesor, periodista y traductor. Luego de un esporádico paso por el fascismo, fue arrestado y confinado en 1935. Al volver, participó en la resistencia, y se inscribió en el Partido Comunista. Casi toda su obra fue traducida al español en Argentina. Se destacan: El oficio de poeta (selección y traducción de Rodolfo Alonso y Hugo Gola), Bs. As., Nueva Visión, 1957; Trabajar cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (poemas), Bs. As., Lautaro, 1961; La luna y las fogatas, Bs. As., Losada, 1952; Feria de agosto, Bs. As., Siglo Veinte; 1968. Se suicidó el 27-8-1950.


Autor/es Mario Goloboff
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 14 - Agosto 2000
Páginas:36, 37
Temas Filosofía, Historia, Literatura
Países Argentina, Italia