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La astucia de una "política social"

El fujimorismo practica en forma descarada el chantaje del apoyo electoral a cambio de mínimos paliativos a una pobreza extrema, aunque la opinión de los propios "beneficiarios" muestra los límites de esta política del siglo XIX, un populismo de concesiones precarias y máximo garrote.

Encogida sobre los contrafuertes arenosos de las colinas de la periferia norte de Lima, la Ensenada de Chillon y sus alrededor de 23.000 marginados sobreviven entre una maraña de chapas y cartón, devastados por la miseria y el olvido. Al volante de su viejo Oldsmobile, el doctor Ore atraviesa desde hace doce años este barrio pobre para atender a los excluidos y ayudarlos mediante la aplicación de un programa de planificación familiar. "La falta de infraestructuras, como el agua corriente o las cloacas, sumada a la contaminación, la humedad, la mala alimentación y las difíciles condiciones de higiene, provocan graves enfermedades. El elevado precio de los remedios hace que las personas abandonen las medicaciones y se conviertan en enfermos crónicos, resistentes a los tratamientos", señala.

El progreso está como cristalizado sobre esas dunas de arena que siguen recibiendo desheredados. "Perú es un país con futuro", clama sin embargo la propaganda oficial sobre las áridas colinas. Más allá, en las paredes polvorientas de la capital, se repite la misma leyenda, escrita con letras rojas…

Originada en la explosión demográfica que produjo la gran migración hacia las ciudades, el cordón de pobreza que rodea Lima no ha cesado de crecer desde los años 70. Producto puro de un fenómeno de exclusión generalizada, La Ensenada forma parte de los 14 distritos más pobres de la capital, comúnmente llamados "pueblos jóvenes" o "asentamientos humanos". Sonia, una vendedora callejera de golosinas que llegó al barrio muy joven, se acuerda: "Hace 25 años no había nada, salvo las colinas de arena y piedras. El agua había que traerla del centro de Lima, a más de una hora de camino. Hoy en día hay de todo. Hasta el agua nos llega en camiones cisterna".

Efectivamente, aquí llega de todo, pero sólo a través del gobierno. Desde 1992 el "fujimorismo" se ha convertido en una especie de brazo oculto que penetra en lo más profundo de la sociedad, aportando a la vez cierto progreso y una cuota sistemática de violaciones de todo tipo. De lo social a lo político, el sistema se funda en una mezcla sutil de paternalismo y autoritarismo, uno de cuyos ejemplos más acabados es La Ensenada.

Con el Programa Nacional de Asistencia Alimentaria (PRONAA), Fujimori encontró el filón que lleva al corazón del pueblo. Aprovisionando 14.000 comedores populares que reciben 998.000 personas de los barrios más desfavorecidos, esta estructura asistencial opera también como una sonda electoral permanente. Muy difundidos en la capital, los "comedores populares" -motor del PRONAA, que los abastece- funcionan gracias al trabajo de madres de familia de escasos recursos. En La Ensenada hay unos veinticinco. Silvia, presidenta de uno de ellos, tiene una visión desengañada de esa política que da con una mano lo que quita con la otra. Sentada sobre una vieja tabla, único asiento de la casa de ladrillos sin revocar, con la voz entrecortada por el cacarear de las gallinas y el estruendo de la televisión permanentemente encendida, cuenta con rabia: "El día de su cumpleaños, Fujimori nos obliga, a las mujeres de los comedores, a salir a la calle para ofrecerle la tradicional torta. El gobierno dice que lo hacemos voluntariamente, pero no es cierto. Nos amenazan con suprimirnos la ayuda alimentaria si no vamos con nuestros hijos. La mayoría va. A mí, por haberme negado a ir, me han tratado de revolucionaria, de senderista, me acusaron de estar contra el gobierno".

Alrededor de 70.000 madres de familia y 14.000 presidentas trabajan en los comedores populares, recibiendo a cambio cuatro a cinco raciones de alimentos por día. A razón de 90 comidas diarias cocinadas en cada establecimiento y vendidas al equivalente de medio dólar, esos comedores cumplen una función social indispensable para la subsistencia alimenticia de los barrios desfavorecidos. "El problema es que no podemos mantenernos con las tres bolsas de 50 kilos de arroz y lo poco de fideos y de aceite que recibimos cada mes", subraya Silvia. Una contribución insuficiente del Estado pero de todas formas primordial. "Ellos lo saben, y se aprovechan de eso, sobre todo en período electoral".

Encerrada en la pobreza, la gente sufre por sentirse objeto de una extorsión constante y flagrante. El gobierno asiste y controla sin cesar, suministra alimentos y obtiene así un rédito electoral: "Los controladores enviados por el gobierno nos piden que apoyemos al "padre que da de comer". Hasta nos impiden poner en la entrada de los comedores otros afiches políticos que no sean los de Fujimori: para ellos, nuestros comedores son propiedad del gobierno", relata Irena, una habitante de La Ensenada.

Los miembros del PRONAA, por supuesto, rechazan esas acusaciones: " Se nos sospecha de oportunistas, pero no es verdad. No es posible comprar a la gente con un kilo de arroz…" Es cierto, sin embargo el sistema funciona. "Estamos todos atrapados, yo incluida ", reconoce Silvia. Atrapadas por la miseria y por el gobierno que tiende su mano para recibir los frutos de su cosecha, las mujeres de los comedores son una de las fuerzas de Fujimori: " Las obligan a ir a las manifestaciones, las vienen a ver todos los días, las marcan de cerca. Si para su desgracia no quieren tragarse el populismo oficial, las amenazan. Este país está más podrido que nunca", denuncia Germán, un sacerdote que trabaja junto a las madres de familia. Una enfermera confirma esa práctica de dar para recibir: "El trabajo político se realiza sobre todo en torno de los comedores. Supongamos que hay 50 comedores con 40 secretarias: eso significa 2000 agentes electorales".

Fujimori posee las armas en esta guerra que se libra en todos los frentes, desde el de la asistencia alimentaria hasta el más filoso de la propiedad. Con una generosidad calculada, a menos de dos meses de las elecciones el gobierno comenzó a ofrecer a los más pobres terrenos para vivienda a través de un programa familiar de loteos (PROFAM) recientemente creado. "Cada beneficiario debía aportar un promedio de cuatro votos extra para Fujimori", afirma Avendaño Valdéz, congresista opositor. Para los habitantes de La Ensenada que fueron a inscribirse en las listas de acceso a la propiedad, el PROFAM fue una ilusión casi necesaria. "Aproveché una tarde libre para hacer la cola como los demás. Después de todo, no se pierde nada, tampoco se gana nada, pero al menos hay una esperanza", relata un poblador.

Más allá de los resultados reales de su gestión, Fujimori está presente en todos los frentes, en primer lugar el de la pobreza. "En eso es un hombre de terreno. Está en todos lados, menos en el palacio de gobierno", ironiza un arquitecto. Desde las villas de emergencia que recorre en bicicleta hasta las escuelas sin electricidad de los confines andinos, el presidente promete ante las cámaras lo irrealizable: computadoras para todos. La creación de infraestructuras mínimas en las zonas abandonadas y más alejadas le otorgan un alto grado de popularidad: "Su gobierno es la fuente de muchos logros en el seno de las clases modestas. La gente ve que se construyen escuelas, que llega el agua, la electricidad y las cloacas. Esos barrios pobres que nunca tuvieron la posibilidad de convertirse en ciudades, consiguen de golpe algunas mejoras, un acceso relativo a la modernidad", dice Giovanna Polarolo, jefa de redacción de la revista Debate.

Puente Piedra, el distrito del que depende La Ensenada, contabilizó en mayo el mayor porcentaje de votos para Fujimori. Un resultado que no parece asombrar a Pablo, un asistente social: "Es normal, la gente cree en los molinos de viento. Se les prometen víveres, terrenos, se los atrapa por el hambre. Si se puede vender coca en la tele, ¿por qué no se podría vender a Fujimori?". Que el porcentaje más elevado de partidarios de Fujimori se halle en Lima, en los sectores pobres de la población, se debe a que el presidente supo utilizar las palancas del poder "para alimentar una relación de clientelismo perverso entre el Estado y el ciudadano. Relación que puede prolongarse, ya que los pobres toman más en cuenta las promesas que el mensaje democrático en sí mismo", precisa Hernán Chaparro, del instituto de encuestas Apoyo, uno de los más serios del Perú.

De modo que el fujimorismo se ha convertido en una poderosa máquina que trabaja sobre el terreno conquistado. A lo largo de los últimos nueve años supo hacer del tiempo y de las instituciones sus dos socios más fieles. Si aparece un obstáculo, como sucedió durante el último escrutinio, lo aparta con el revés de la mano. Pero esta vez quizás haya ido demasiado lejos.

Autor/es Anne-Sophie Le Mauff
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 13 - Julio 2000
Páginas:12, 13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Corrupción, Deuda Externa, Estado (Política), Políticas Locales