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La droga como substituto del desarrollo

El rol de pilar de la economía que el tránsito de cocaína -fundamentalmente de Colombia a La Florida- cumple en Haití como fuente de enriquecimiento local y de generación de empleos para los más pobres, con la connivencia policial, es emblemático del rol que el negocio de la droga cumple en América Latina: los carteles del narcotráfico tienen vínculos con el mundo de las finanzas, los bancos, la política y la policía.

Al recorrer la última guía turística editada por Gallimard1, por cierto magnífica y generosamente ilustrada, uno emprendería gustosamente el viaje hacia la perla de las Antillas, tal la denominación de Haití en el siglo XVIII. Y sin embargo in situ, ¡ni un turista! Salvo los expatriados de paso por el país. Nunca fue tan catastrófico el estado socio-económico de la isla, ni su imagen en el extranjero tan detestable. Pobreza generalizada, abandono, huida, deterioro, pesadilla, naufragio, derrumbe, vía crucis, caos, apocalipsis: la prensa rivaliza en metáforas, bíblicas o no. Luego de quince años de transición democrática y de incoherencia internacional, parte de la opinión pública hasta pareciera extrañar a la marioneta Jean-Claude Duvalier.

En cuanto a irresponsabilidad, la clase política la ha acumulado en grado extremo. Un año y medio sin gobierno (junio de 1997-diciembre de 1998), otro tanto sin asamblea (enero de 1999-mayo de 2000). Luego, un año de elecciones y de polémica2. Al hablar con los actores, sobre todo aquellos poco favorecidos en las elecciones -aunque a menudo formados en las mejores escuelas internacionales- llena de consternación el desprecio inconsciente que manifiestan por el más desheredado de los pueblos de las Américas. Triunfa la inseguridad, simultáneamente con los obstáculos a las libertades. La oposición al presidente Jean-Bertrand Aristide, por cierto minoritaria y heteróclita, pero apreciada por las cancillerías, reclama la reconstitución del ejército, que el mismo Presidente suprimió por decreto en 1995. Las elecciones de 2000, convocadas para renovar todas las instituciones del país, formalmente objetables en muchos aspectos, pero indiscutibles en cuanto al fondo -la amplia victoria de Familia Lavalas- paradójicamente acentuaron la caída y el aislamiento del país. Se hace sentir cruelmente la ausencia de la ayuda internacional, en gran medida esterilizada desde hace cuatro años. Representa la misma cifra que el presupuesto del país, apenas suficiente para pagar, y con mucho atraso, a los funcionarios, así como para descontar previamente, con puntualidad, el 20% necesario para cancelar la deuda.

También está quebrado uno de los tres pilares de la economía haitiana, una economía en decadencia, informal en lo esencial, que importa cinco veces menos de lo que exporta. De la ayuda internacional sólo subsiste el aporte vital pero sin control de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Son más de 250 en el país, un récord, con una sarta de organizaciones estadounidenses, procedentes de sectas religiosas, a veces más proselitistas que favorecedoras de desarrollo. La diáspora contribuye aún más con la economía de supervivencia. Los dos millones de haitianos de Nueva York, Miami, Montreal o las Antillas contribuyen con casi mil millones de dólares, tres veces el presupuesto del Estado. Simultáneamente, esta diáspora, por su éxito mismo, alienta tanto a los boat people como a los cerebros para que dejen el país.

Tercer pilar: la droga. La isla no la produce y no la consume. Pero la sexta parte de la cocaína que ingresa a Estados Unidos, la mayoría de las veces a través de la Florida, proviene de Haití. Las cifras, de acuerdo a la Drug Enforcement Administration (DEA), alcanzaron en el año 2000 un récord, superior al que conociera la junta militar entre 1991 y 1994. El último informe del Departamento de Estado estadounidense estimaba que "67 toneladas de cocaína procedentes de América del Sur transitaron por Haití en 1999, contra 54 estimadas en 1998, o sea el 15 % de toda la cocaína que ingresa a los Estados Unidos3 ". Las confiscaciones de droga siguen siendo poco significativas. Haití se está convirtiendo en una de las vías de tránsito más seguras.

Un país ideal

La ubicación de Haití, entre Colombia y la Florida, es perfecta: 1.500 kilómetros de costas y un espacio aéreo sin vigilancia. Es asimismo el típico país sin Estado, sin medios, víctima de una corrupción generalizada pero barata. "A failed state", un Estado sin futuro, tal como lo subrayaba Warren Christopher, secretario de Estado de William Clinton, ansioso por abandonarlo a su suerte. Pan bendito para los narcotraficantes colombianos, instalados en uno de los palacios -El Rancho- de Pétionville, suburbio residencial de Port-au-Prince. Un sitio que parece estar fuera de Haití; el único donde el personal de recepción aprendió español.

En veloces lanchas o pequeños aviones, la cocaína llega un poco de todas partes. Y no siempre con discreción. Es así como en el extremo del noroeste, cerca del Malecón San Nicolás, en octubre de 2000, sobre una pista apenas balizada, aterrizó un avión llevando 400 kilos de cocaína. Destinatario: la policía local que estaba esperando su llegada. ¿Indiscreción? ¿Cálculo? Informada, la población reclama su parte. Como en otros lados, en la Gran Asa, o cerca de los Cayos un poco antes, esto se está convirtiendo casi en una costumbre. La policía no quiere compartir un bien del cual es sólo agente de tránsito. Los campesinos organizan cortes de rutas, recuperan la pick up de la policía…. y la droga. Temiendo lo peor, la gendarmería se da a la fuga. Abandonado por el piloto, el avión es quemado. Unos días más tarde, llegan policías antimotines y civiles (no colombianos, sino de Port-au-Prince) encargados de recuperar lo que aún es recuperable, mediante apremios o negociaciones.

El tránsito del cargamento deja algunos rastros de enriquecimiento local. Mediante el pago de un porcentaje, o un despacho privado hacia Port-au-Prince, en barco, junto a un envío de carbón de madera. Es más seguro que las siembras en tierras secas… Michel Denizé, el jefe de policía, podría haber destacado algunos de los cuarenta policías antidrogas especializados. No fue el caso. La policía, formada por la ONU luego de la disolución del ejército, colabora en gran medida con las mafias. ¿Por qué un policía designado en Miragoave, pequeño puerto de todos los contrabandos, se preocuparía por 300 dólares mensuales, cuando puede cerrar los ojos por diez veces más? Y además, construirse una gran casa con sirvientes y generador y comprarse una 4x4.

Salvo en la capital, donde se sufre duramente debido a la inseguridad reinante, la actitud de la población sigue siendo ambigua. En Miragoave, los tráficos proporcionan trabajo a buena parte de la población (transporte, maquillaje, documentos falsos…) y garantizan el aprovisionamiento del comercio informal. En el Cabo haitiano, se encuentran especialistas en escondites que resisten las investigaciones de las aduanas estadounidenses.

Es un fracaso doloroso para la comunidad internacional, que fue la que formó a esta policía. Seis mil hombres al comienzo, menos de tres mil en la actualidad. Algunas expulsiones por corrupción comprobada, bajo la presidencia de René Préval, pero sobre todo, la reincorporación de numerosos elementos del antiguo ejército, expertos de la concusión y de las tareas sucias. Consecuencia: muchos elementos limpios se van. La promoción formada en Regina, Canadá, un centenar de oficiales, un tercio de los cuales son haitiano-canadienses, se desintegra cuando entra en contacto con las realidades locales, el poder debilitado, reflejos políticos de clanes y un sistema jurídico deletéreo. "Órdenes aberrantes de dejar actuar, cuando nos llaman; extorsión de los detenidos; mutaciones aberrantes; vigilancia de residencias privadas a cambio de remuneraciones… Lo contrario de lo que habíamos aprendido. Yo molestaba", admite Gérard, uno de los últimos renunciantes.

¡Ni un policía en la calle! Hay algunos en las comisarías. La tercera parte se halla en las unidades de élite que dependen del Palacio Nacional. También pueden cobrar su cheque actuando en una de las varias oficinas de policía privada. A falta de uniformes de la policía nacional, los habitantes de Port-au-Prince pueden llegar a cruzarse en las calles, los bancos y las residencias de lujo, con montones de milicianos armados. Hasta el más pequeño supermercado cuenta con un hombre portando una Uzi4.

Justamente, se multiplican las estaciones de servicio-supermercado, los bancos, las sociedades de importación y exportación, y sobre todo las residencias y las 4x4 de lujo. Una pequeña parte del dinero de la droga se invierte aquí (la mayor parte prefiere los países seguros, en especial Estados Unidos), dado que los bancos aplican con cierto laxismo la ley que limita las transacciones en dinero líquido. El dinero fácil y arrogante fluye en Pétionville, pero no así en los bolsillos de las vendedoras y de los empleados domésticos. Es verdad, sin embargo, que la empresa de la construcción está indiscutiblemente en auge.

La masiva presencia de la ONU, después de 1994, había contribuido a disminuir el rol de Haití como plataforma giratoria de la cocaína. Pero la formación de la policía no se vio acompañada ni por pasos decisivos en la justicia, ni por el despegue económico prometido. Un dealer nunca queda encarcelado por mucho tiempo. ¿Quién podría resistirse a la presión de los "narcos" o a la de las grandes familias y fracciones corruptas del aparato estatal? Los enredos del senador Dany Toussaint (Familia Lavalas), sospechado de tráfico de droga por la justicia estadounidense y de complicidad con un asesinato en Haití, salen a la luz. La droga, a través de parte de la policía, alcanza a otros candidatos electos.

Chivo expiatorio

Debido a los empleos que genera, a las sumas en juego (incluso localmente), a los vínculos con las demás formas de contrabando, a la inesperada participación de poblaciones locales, al blanqueo, al financiamiento indirecto de parte de la vida política y al desarrollo de la construcción para provecho de la gran burguesía, la droga se convierte en un sector fundamental de la vida económica local. Sin duda más lucrativo que la exportación de obras de arte apreciadas en el mundo entero, o la de productos de la zona portuaria, donde los pocos industriales deben proveerse de perros antidrogas especializados, para evitar que sus contenedores sean sobrecargados intempestivamente.

El amplio programa de desarrollo anunciado para 1994, año del bicentenario de la independencia, se enfrenta por ahora con las sanciones internacionales. Faltándole un apoyo masivo al desarrollo, incluyendo especialmente una transformación de los engranajes del Estado, ¿cómo habría Haití de renunciar a los inconfesables dividendos de la droga? Port-au-Prince dispone de muy escasa moneda de intercambio como para recordarle su existencia al vecino gigante que lo desprecia: la droga, los boat people, e in situ la probable solidaridad de la comunidad negra.

Un tratado concedido por el presidente Préval en 1997 otorga a las fuerzas especializadas de Estados Unidos todas las posibilidades de intervenir en las aguas territoriales y en el espacio aéreo haitianos. Sin ninguna restricción. Pero los guardacostas estadounidenses hacen prueba de un celo mucho mayor cuando se trata de los boat people, de hecho más localizables que las lanchas rápidas procedentes de Colombia. La CIA cuenta con agentes dentro mismo de la policía local, parcialmente formada en Estados Unidos. La frontera dominicana, donde está asentada una unidad local especialmente entrenada, no frena ni el flujo migratorio (100 a 200 haitianos diarios), ni el tránsito de la sustancia desde los puertos haitianos hasta los dominicanos.

En el año 2000, Haití no obtuvo el certificado de buena conducta, emitido anualmente por el gobierno estadounidense. Sin por ello figurar en la lista de los "narco Estados". La nueva administración republicana, hostil a la intervención de 1994 que restableciera al presidente Aristide, y poco preocupada por el desarrollo, bien podría dar ese paso. ¿Haití? Un chivo expiatorio ideal que enmascararía la inconsecuencia de los Estados Unidos al librar simultáneamente la lucha antidroga y la lucha por un libre cambio a ultranza.

Esta situación no exonera al segundo mandato del presidente Aristide de revertir las pesadas tendencias imperantes en el corazón mismo de su policía. Le corresponde a él devolver un sentido a sus misiones: la garantía de las libertades y la lucha contra el hampa. ¿Coincidencia? Los aduaneros de Miami parecen estar mejor informados desde el mes de enero de 20015 : las requisas superan ampliamente los resultados precedentes.

Sin embargo es de temer que los campesinos de Port de Paix y los estibadores de Miragoave guarden esperanzas de conservar su empleo o esperar los dólares caídos del cielo. Y los señores de El Rancho, conocidos por todos, su lugar al borde de la piscina.

  1. Haití, Guide découverte, Gallimard, París, 2001.
  2. "Haití, sin margen para el error", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2000.
  3. Declaración de Madeleine Albright, referida por Reuters, 3-1-00.
  4. Pistola-ametralladora israelí.
  5. Miami Herald, 16-1-01; y Associated Press, 1-2-01.
Autor/es Christophe Wargny
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 24 - Junio 2001
Páginas:8, 9
Traducción Dominique Guthmann
Temas Corrupción, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Narcotráfico, Neoliberalismo, Paraísos Fiscales, Estado (Justicia), Estado (Política), Seguridad
Países Canadá, Estados Unidos, Haití, Colombia