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La literatura que no llega o que no existe

Comparar la influencia de la cultura francesa sobre la argentina a finales del siglo XIX con la de finales del siglo XX, resalta el papel actual del best-seller estadounidense, con novelas prefabricadas y poderío editorial, en reemplazo de la indagación y el talento. El puente literario de otras épocas entre París y Buenos Aires ha devenido un túnel poco transitado. Mientras se aguarda la restauración, sólo cabe buscar con perseverancia entre escasas excepciones que rompen el molde de la moda y autores inéditos en castellano.

¿Cuánto de Francia queda en los libros? ¿Y en los argentinos? ¿Adónde fue a parar el culto y la referencia inevitables, necesarios tanto a la hora del té como de la definición del ser? Porque Francia hubo para todos los gustos. Las señoras que interpretaban la cultura como un ramillete de buenos modales o los jóvenes vanguardistas, cómplices de un espíritu universal, que interpelaban las ideas contemporáneas. El siglo XX comenzó con una señora y termina con un marginal. Quizá fueron varias las pioneras, pero el nombre de una de ellas ganó herencia y fijó movimientos. Victoria Ocampo, amante de Roger Caillois, hermana (no tan querida) de una de las mejores escritoras argentinas, Silvina Ocampo, fundadora de la revista Sur, fue quien abrió las puertas a los textos del mundo. Aludir a su habilidad literaria o a sus afinidades selectivas con el continente europeo, implica entender un tipo de cultura, heterogénea por cierto, pero también amarrada a los autores de moda. Sus amigos allegados, son quizá los que le dieron un sesgo diferente al caudal de traducciones que se convirtió en tradición literaria para las generaciones futuras.

El marginal -aunque sostener hoy en día esta categoría es casi un despropósito- es el escritor argentino César Aira, autor de más de veinte libros y traductor veloz y desprolijo, tanto de Stephen King como de los poetas malditos. Su posición ante la vida es la de un existencialista alucinado, con razones francesas y motivaciones argentinas. Sus libros transcurren, por lo general, en una pampa abierta o en barrios cercanos al suyo propio, Flores. Allí dispone a animales o seres vivientes absolutamente inverosímiles desde lo real pero con una carnalidad capaz de promover verdades que se constatan en el cuerpo del que lee. Sin ningún esfuerzo, en un libro como La Liebre (Emecé, 1990), es posible imaginar a Deleuze y Guattari andando a caballo por los campos argentinos.

De Victoria Ocampo a César Aira hay tanta brecha como paradójica continuidad. Y ésta no está determinada por el fuerte aumento de sus lentes, que caracteriza a ambos, sino por un dandismo que, por encima de la época, se ajusta a un devenir personal, intempestivo.

Del otro lado, en Francia, un argentino lleno de pudores y con ganas de jugar, ocupa el lugar de docto marginal de alcurnia. Rafael Pividal obtuvo en silencio, en 1985, el Premio Goncourt por su libro El sabor de las catástrofes, y vive apartado en la campiña francesa. No perdió el origen pero sí la senda. Emparentado con los Güiraldes, nació en Hurlingam. Le gustaban las matemáticas y dibujaba dragones. Estas pasiones se unieron en La Sorbonne, donde estudió filosofía y pasó la Agregation, con un segundo puesto (y bueno, Alain Badiou había salido primero.) La Argentina siempre ocupó el lugar del candor de la infancia y cierta llegada tardía a la adolescencia lo hizo desertar del servicio militar por terror a la obediencia. Desterrado por mano propia, Pividal no volvió en casi cincuenta años, atemorizado de que lo metieran en el ejército. En Francia militó en la izquierda comunista y dejó el Partido durante la guerra colonial contra los argelinos decepcionado por la actitud cómplice y blanda de los comunistas. Encontró refugio en la ficción. Y publicó por entonces su primer libro, Une paix bien interessante. Después vinieron varias novelas y cuentos. Recién ahora, en el mes de julio, aparece la primera traducción al español (por Marcelo Cohen) de su libro premiado, El sabor de las catástrofes. ¿A qué se debe tal desfasaje? ¿Fuga desmesurada del autor o desatino editorial? Desprovisto del cultivo del mito propio, Pividal, si no fuera por algunos buenos amigos, seguiría escribiendo sin conocer ningún lector argentino.

El puente literario entre Francia y Argentina se ha convertido en un túnel. Oscuro, con moho y silencio, sólo lo atraviesan los iluminados por el propio narcisismo o escritores que tienen una historia personal ligada a ambas naciones, en otros tiempos Julio Cortázar, hoy se puede pensar en Alicia Dujovne Ortiz o Héctor Bianciotti.

Volver sin futuro

Si nos remontamos a la historia cultural de la Argentina, en las familias patricias, la mayoría de origen español, prevalecía el mandato del francés. Es recién más tarde que la institutriz inglesa cobra una importancia crucial en la definición de clase y pertenencia. Hoy en día, no hace falta indagar demasiado en las raíces ni en los ancestros para captar la inevitable influencia que, como ráfaga maléfica, posesiona cualquier atisbo de singularidad. Estados Unidos o estados alterados. El american dream para los estadounidenses, se convirtió en american hell para el resto del mundo que padece la infiltración de patrones que rigen la existencia de la peor manera: sin diferencias, con apariencias. En literatura, por suerte, hablar de influencias puede significar una diferencia. El propio Harold Bloom, crítico y ensayista estadounidense con ínfulas de juez universal, se refiere también al tema, desde otra perspectiva, en su libro La angustia de las influencias (más recomendable que su afamado Canon Occidental). En este sentido, hay novelistas que no pierden las alas en la telaraña ideológica y realizan vuelos magistrales por encima del orden establecido. Así lo han hecho autores excelentes como Fitzgerald, Vonnegut, Capote, Djuna Barnes o Don Delillo, pudiendo mostrar el revés de la trama estadounidense, con estilo personal y sarcasmo intelectual.

Los ingleses se presentan menos invasores pero mejor organizados, y se han convertido en referencia más cercana que los propios franceses. Martín Amis, Hanif Kureishi, Will Self, Ian McEwan, Julian Barnes, son autores que sin querer configuran un grupo de amplia repercusión mundial. Pero justamente, la falta de impacto de literaturas extranjeras, se debe a la ausencia de grupos. Francia se caracterizó por exportar ismos con líderes de ocasión. Breton y el surrealistmo, Sartre y el existencialismo. Levi-Strauss y el estrucutralismo. Lacan y el Lacanismo, Lyotard y el posmodernismo, Derrida y el deconstruccionismo, etc. Estas oleadas han desaparecido, como si la globalización, equiparando procesos, impidiera el advenimiento de la ilusión bajo la forma de poéticas diversas. Caído el Muro de Berlín, se desparramaron los agentes culturales y se fracturaron los ideales. Sobrevienen nombres sueltos, desaventajados, huérfanos de cauce y con escasos recursos para comunicar lo extraño.

Presente sin pasado

Si comparamos el final del siglo XIX con el final del XX, por cada escritor francés que otrotra llegaba a nuestras tierras, retratando con su ficción una sociedad (Balzac), una memoria (Proust), una intimidad (Maupassant) o un sentimiento (Flaubert), hoy adviene el autor de best-seller estadounidense, con su novela prefabricada, y un montaje editorial que apabulla más de lo que deslumbra. Y en la que el alma humana queda reducida a una superficie de buenas y malas intenciones, claro que con un buen plot y excelentes personajes secundarios.

Pero volviendo a la pregunta del principio ¿de Francia qué nos queda? Esperar, es una posibilidad, que podría extenderse a todos los ámbitos. Pero semejante actitud, más cercana al desencanto iluminado de Levinas que al pragmatismo hedonista de Lipovetsky, nos dejaría plasmados en un letargo sin consecuencias. El nihilismo se quedó sin efecto y el glamour sin causa. Por lo tanto, antes de esperar o reír en el intento, mejor dejarse llevar por aquello que no tiene ni rumbo ni cauce, pero brilla por aislado. El problema es hallar a los autores. Las editoriales reproducen fenómenos, rara vez indagan o descubren piezas nuevas. Nos llegan traducciones españolas de lo que sobre todo Jorge Herralde, creador de Anagrama, considera que es bueno (su buen gusto no defrauda, pero por único en el esfuerzo, limita). Así conocemos a Jean Rouaud, Jean Echenoz, o Patrick Modiano con buenos libros como Los campos del honor, Lago y Más allá del olvido, respectivamente. Pero también hay casos extraños como el de Daniel Pennac, autor que sabe vender sin perder la calma. A pesar de ser un éxito, sus libros obedecen a un impulso meramente imaginativo que no peca de especulación narrativa, como podría ser el caso de Marie Darrieussecq, con su audaz alegoría animalesca, Chanchadas.

Permanecen inéditos en español, autores franceses que quizá debieran cautivar nuevamente los corazones francófilos de los lectores argentinos, como el intimista Christian Bobin. Lamentablemente ya no hay mecenas ni señoras que escriban sus secretos en francés, como lo hacía Victoria, ni traductores eruditos con influencia sobre los gerentes de producto de las editoriales, para que la literatura siga siendo esa realidad alternativa que posibilita el encuentro. De todas maneras, más allá de las vilezas del mercado, cabe preguntarse si se trata de un problema en la transmisión cultural o si no es acaso la propia Francia que se está quedando sin contenidos.

Autor/es Silvia Hopenhayn
Publicado en Suplemento Francia - Argentina
Número de ediciónNúmero 13 - Julio 2000
Temas Literatura
Países Estados Unidos, Argentina, Francia