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La globalización requiere un Haussmann

Si la construcción del proyecto independiente de Argentina como nación es ante todo una construcción desde las ciudades (es decir, desde el pensamiento urbano, desde la memoria civilizadora proyectada hacia el futuro deseado: Sarmiento), esta construcción urbana fue desde los inicios republicana y de inspiración francesa; no sólo por la conocida influencia de las ideas de lo que se llamó el Gran Siglo, sino también por la relación directamente establecida con el territorio rioplatense por hombres como Santiago de Liniers o Juan Martín de Pueyrredón.

Desde el comienzo los nombres de origen francés se suceden en la primera línea, estrechamente involucrados en las luchas de la Independencia: Rondeau, Buchardo, Mom (belga), Danel, Viel, Brandsen, Rauch. Así, la visión urbana fue ante todo republicana, ligada a los vaivenes de la Francia del XIX. Desde la Revolución a la República, del Imperio al "48, desde la rebelión contra el Segundo Imperio hasta el affaire Zola, desde la Comuna hasta la Gran Guerra, es fácil seguir el hilo conductor de un pensamiento libre: soldados de las guerras de Independencia o de las guerras civiles, militantes de la lucha política o del debate ideológico, vecinos de la capital o pobladores de la llanura, fueron construyendo a lo largo de todo el XIX un vínculo entre los dos países: sus señales se advierten todavía en Belgrano, en Zárate, en Areco, en Pigüé (Bioy, Vidal, Laplacette, Arabehety).

El país se construye como proyecto y encuentra naturalmente en Francia no sólo el modelo de las libertades sino, en un nivel más profundo, la idea de la nacionalidad como proyecto, como elaboración colectiva y compromiso explícito, voluntario, con un modelo de sociedad: Bartolomé Mitre habla de la "paradójica tradición" que anima a un grupo humano hacia un futuro en construcción. El siglo XIX termina con una sensación de triunfo para las largas vidas de la segunda generación revolucionaria: aquellos que, nacidos después de 1810, alcanzan el poder en su madurez y rozan el cambio de siglo en sus últimos años ("hay que vivir muchos años" dicen que repetía Mitre). Hacia finales de siglo son otros tiempos, Sarmiento se escribe con Ferdinand de Lesseps, Ebelot publica su libro sobre la llanura pampeana, Monsieur Jacques y Groussac constituyen el fondo sobre el que se inscribe la influencia de los urbanistas y paisajistas franceses (o de origen francés): Sourdeaux, Thays, Bouvard, Forestier, tienden un arco que llega hasta Monsieur Karman.

Argentina encuentra o construye una tradición que modela no sólo el pensamiento social sino también el espacio, la ciudad. Esto dura hasta mediados del siglo XX y uno de sus últimos representantes es probablemente el inolvidable Ernesto Vautier, formado en ese vínculo de los dos países a comienzos del siglo, protagonista del mejor período de la arquitectura y el urbanismo argentinos y al que quiero recordar pleno de vitalidad, a mediados de los años ´60, en una discusión serenamente apasionada en la que esgrimía, como parte de una argumentación sobre la realidad política de entonces, unas publicaciones de la Resistencia Francesa. Imagen en varios sentidos simbólica, porque es justamente en la posguerra cuando ese antiguo vínculo entre Francia y Argentina comienza a apartarse del pensamiento arquitectónico y urbano. A fines de los ´60 se ha producido un divorcio y el pensamiento arquitectónico y urbano, después de más de medio siglo de irradiación, entra en un período oscuro. En Francia, se habla de la "muerte de la arquitectura".

En Argentina la discusión política polariza todas las discusiones culturales. Es curioso ver cómo, en tiempos de poetas y escritores esencialmente urbanos (Prévert, Sartre, Simenon, Sábato, Marechal y un largo etcétera) el pensamiento político, social y cultural abandona la reflexión sobre la ciudad. Unos pocos siguen citando a Marcel Poëte o al último Le Corbusier (vinculando Movimiento Moderno y aproximación al territorio: Austral, Tecné), pero del Collège Français de la calle Pampa y de la Facultad de Arquitectura saldrán más integrantes de las vanguardias políticas que urbanistas. Este paralelismo termina a fines de los sesenta: en Francia la intensidad del debate intelectual revitaliza el pensamiento arquitectónico y urbano, en un marco de crecimiento que durará más de treinta (gloriosos) años: siguiendo el ejemplo de los italianos, influenciados por los aportes de la geografía y la historia, los arquitectos franceses se pondrán a pensar (a re-pensar) la disciplina y, muy tempranamente, la relación entre conocimiento teórico y acción urbana, preparando el terreno para los cambios de fin de siglo.

"Un drama en el tiempo"

La herramienta conceptual será el manejo de la escala, ejercitado por Philippe Boudon, herramienta que faltó en Buenos Aires, olvidada luego de un fugaz intento precursor de Vivanco en la Escuela de Arquitectura de Tucumán: incapacidad de integrar el fragmento en el conjunto urbano, y el sistema metropolitano en el escenario regional (y aquí las citas podrían multiplicarse: desde Bachelard, Braudel, Piaget, en adelante). La république bourgeoise a fait de l´architecte un instituteur d´espaces, dirá, hacia fines de los ´70, Antoine Grumbach. Es allí, en esos años, cuando se produce quizás la separación que interesa a este artículo: si en Francia los campos del conocimiento buscaban un espacio de encuentro, en Argentina la lucha política polarizaba cada vez más las cosas. El pensamiento urbanístico no escapó a ese drama y la vacía ficción intelectual refugiada en academias y claustros durante la dictadura militar no alcanzó a cerrar brecha alguna. Así, con la recuperación de la democracia, la ciudad enfrentó en un estado de absoluta orfandad teórica los nuevos escenarios urbanos.

Cuando hace unos quince años comenzaron a hacerse evidentes las señales de la globalización, dos rasgos de distinta naturaleza destacaron por sobre todos los otros: la fragmentación de los espacios nacionales y la conquista de la comunicación mundial inmediata; la emergencia de los caracteres sociales antes sofocados o controlados por el Estado nacional y la difuminación de las fronteras; el auge de los regionalismos (en los movimientos políticos, en arquitectura, en literatura) y la generalización de modelos universales; la homogeneidad y la diferencia. Ya en abril de 1988 la Revue Internationale des Sciences Sociales de la Unesco publicaba un número dedicado a las "Interconexiones entre lo local y lo mundial", y podemos recordar a Zbigniew Brzezinski, que desde fines de los años ´60 hablaba de la Era Tecnotrónica, contra la corriente dominante en los medios intelectuales y políticos latinoamericanos, absortos en la defensa o la refutación de concepciones como la dependencia y el antagonismo entre centro y periferia en el capitalismo.

Conviene recordarlo, porque posiblemente la cuestión está detrás de una polémica que ha retrasado en los gobiernos de las ciudades de América Latina la comprensión de los cambios en la economía global y en consecuencia la elaboración de políticas urbanas capaces de combatir sus aspectos negativos. Uno de los aspectos de esta polémica es la concepción de globalización e identidad local como fenómenos opuestos, cuando son probablemente complementarios y pueden incluso potenciarse recíprocamente: esta distinción es esencial, porque actúa directamente sobre los escenarios urbanos.

Globalización y espacios nacionales responden sin duda a paradigmas antitéticos y a muy distintos modelos productivos, pero sería difícil elegir entre la segmentación -espacial, social, cultural- de la producción fordista (especializaciones laborales estrictas, jerarquías, zonning) y la actual, con redes que intercomunican a escala planetaria y dejan fuera mundos enteros, a un lado de la autopista. Esta polémica oscurece el hecho de la emergencia (¿del resurgimiento?) de los territorios, verdaderas interfases entre lo global y lo local, y de la alta competitividad mundial de las ciudades-región, entendidas como territorios privilegiados, dotados de historia, identidad, conocimiento, capitales e infraestructura.

Hoy más que nunca desde la constitución de los Estados nacionales, las ciudades son, para retomar la expresión de Patrick Geddes, "un drama en el tiempo, y no un punto en el espacio". Su suerte (la de sus habitantes) vendrá tanto de sus riquezas como de su capacidad de comprensión del momento. Es sabido que algunos de los casos más interesantes de estos nuevos territorios de la economía global se encuentran en América Latina: el corredor Buenos Aires-Rosario, las grandes ciudades del Sud-Este del Brasil, la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, áreas que concentran porcentajes decisivos de la población, recursos y riquezas de sus respectivos países. Aunque no se conocen todavía estudios comparativos a nivel regional, la experiencia parece premiar la gestión de aquellos gobiernos que han sabido articular la gestión urbana tradicional con la elaboración de un proyecto urbano estratégico de proyecciones regionales, frente a aquellos otros que mantuvieron políticas urbanas reticentes u oportunistas frente a los desafíos y riesgos de la globalización: el final de la euforia provocada por la oleada globalizadora atrae nuevamente la atención sobre las modalidades y transformaciones de los gobiernos municipales.

La experiencia de los últimos veinte años muestra que allí donde se elaboró rápidamente una estrategia de asociación público-privada para encarar las transformaciones fueron menores los efectos negativos del cambio. Esos mismos casos muestran también que es allí donde el municipio supo conservar una mayor de capacidad de decisión, al precio de transformar su inmensa autoridad tradicional en una ágil capacidad de creación de consenso y generación de proyectos. Si las dos condiciones esenciales de la estrategia urbana necesaria son comprensión del cambio realizado en el escenario urbano y elaboración de respuestas público-privadas consensuadas, el peso de los elementos intervinientes depende de cada caso particular y del estado de desarrollo alcanzado: estrategia propositiva, constitución de los actores y Estado promotor son las palabras de esta cuestión (en el caso francés, la experiencia de las ZAC -Zones d´Amenagement Concerté-, los planes estratégicos de Lyon 2010, Bordeaux les deux rives, la recuperación de Marsella, etc.).

Hace poco más de un siglo, en la segunda mitad del XIX, los gobiernos municipales asumieron la resolución del funcionamiento del conjunto urbano. La ciudad moderna de las naciones industrializadas, con sus masas de trabajadores, su pujante burguesía, su creciente clase media, fue la oportunidad para integrar demandas y necesidades complejas en soluciones armónicas. Problemas de vialidad y transporte, pero también necesidad de grandes espacios urbanos comunes, equipamientos para los sectores medios, vivienda para todos los integrantes de la vida urbana. El Prefecto Haussmann fue el artífice del modelo más logrado e imitado de ese proyecto integrador: el París del Segundo Imperio creó los espacios de la ciudad moderna al mismo tiempo que solucionaba cuestiones de transporte, seguridad, higiene, vivienda. Creó un modelo que integró demandas distintas en una misma lógica urbana. Es probable que hoy exista un desafío similar. Para abordarlo con éxito la gestión urbana deberá ampliar su campo, incorporar y renovar la reflexión sobre el territorio y las conquistas sociales que identifican al siglo XX, integrando todas las variables que hacen al funcionamiento de la ciudad contemporánea: tránsito eficiente de todos los flujos (mercancías, personas, conocimiento) y eficiencia económica, sin duda, pero también espacios de intercambio, preservación de la habitabilidad del ámbito urbano y de la calidad y carácter propio de cada ciudad. En la resolución de esta cuestión reside la viabilidad futura de la ciudad, refundada sobre sus necesidades funcionales profundas, capaz de ser el dispositivo apto para la producción, el intercambio y la creatividad que necesita la sociedad de nuestro tiempo.

Autor/es Pedro C. Sonderéguer
Publicado en Suplemento Francia - Argentina
Número de ediciónNúmero 13 - Julio 2000
Temas Mundialización (Cultura)
Países México, Argentina, Brasil, Francia