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Modelo neoliberal y "cometa" en Argentina

Los hechos de corrupción se suceden y se asemejan. A tal punto, que la ciudadanía argentina observa hasta con indiferencia la seguidilla de sobornos que, desde lo más alto del Estado -como el Senado- pasando por las fuerzas de seguridad hasta el barrio y sus anécdotas de "punteros" políticos, hacen que la corrupción deje de sorprender. Pero el fenómeno tiene raíces profundas y llegado a cierto nivel atenta contra la República; ante lo cual la sociedad deberá reaccionar con firmeza.

Además de los "grandes asuntos", la corrupción como costumbre asentada y aceptada para acelerar trámites, dirimir conflictos, evitar sanciones, ya se trate de los destinos del país o de la simple vida social, señala que en este aspecto Argentina ha ingresado en una etapa avanzada de descomposición. Pero la corrupción política, ¿qué significa? En términos generales, es el uso indebido del poder público para beneficios privados, el sacrificio del interés público en provecho de satisfacciones individuales1.

Si bien no existen grupos políticos que estén exentos en absoluto de actos de corrupción, ésta no ha prevalecido en iguales términos o en similares magnitudes en todo lugar, o en cualquier época. En Babilonia, el Código de Hammurabi penaba a quien testificase bajo soborno (siglo XXII AC.); en Egipto el Edicto de Harmhab establece pena de muerte para sacerdotes y funcionarios que acepten sobornos, y sabemos que los funcionarios griegos se vendían a las potencias extranjeras enemigas de Grecia en el siglo IV antes de Cristo. Hasta hace veinte o treinta años, la corrupción no estaba muy arraigada en los regímenes capitalistas desarrollados. Los funcionarios eran en general honestos. "La Nación reemplazó a Dios en el alma de los republicanos. El poder político encarna un proyecto y una aventura que justifican la honestidad"2.

Un mecanismo aceitado

¿Cómo nace la corrupción? En breve análisis, se trata de determinados comportamientos grupales, combinados con una aceptación cultural por parte de la sociedad. En ese contexto, de poco valen los sacrificios rituales que se ejercen sobre los casos individuales más frívolos, que no son siempre los más graves, aunque tengan la ventaja de ser vistosos. En ese sentido, Maquiavelo señaló que la corrupción terminal no es tanto la del individuo, sino la del Estado, cuando los sobornos se convierten en sistema. Comparó la historia de la República Romana con la turbulenta Italia del Renacimiento, y escribió que la corrupción puede adueñarse de un Estado o de un pueblo, y acarrea la pérdida de la libertad. Más aún, Maquiavelo señalaba que el reaseguro contra la corrupción es la igualdad entre los ciudadanos; que el factor de corrupción son aquellos que no trabajan y viven de sus posesiones3.

Para entender el funcionamiento de la corrupción es útil distinguir entre la "minorista" y "mayorista". La primera hace referencia a todo tipo de pagos a funcionarios menores, para evitar una pena o acelerar un trámite. El folclore de las administraciones públicas tiene un amplio muestrario y hasta una filosofía explicativa. En su inmoralidad, estas prácticas no son las más graves, a menos que entren en una "red de corrupción" donde la "coima" es participada hacia arriba, a veces de acuerdo a tarifas preestablecidas, como en el caso de los contratos "con peaje" (con el desarrollo de la flexibilización laboral y de los créditos internacionales, es posible obtener contratos a condición de girar un porcentaje al contratante), o la "venta" de comisarías4. En este caso, la corrupción deja de ser un hecho aislado y adquiere institucionalidad.

Un modo de regulación

La situación es insostenible cuando la corrupción se transforma en un modo aceptado de regulación social: la corrupción mayorista. El ejemplo clásico son los contratos con el Estado. Estafar al Estado no es nuevo, ni siquiera es original de la Argentina. Pero aquí adquiere la categoría de sistema. Según un reciente artículo, existen seis causas principales: "ejecución descontrolada del presupuesto; sobredimensionamiento en volumen y precios pagados por el Estado en un 350 a 800%; uso excesivo de contrataciones directas, para beneficio de proveedores privados o intereses políticos; ausencia de control de stock, bienes o inventario; inoperancia de los organismos de control; falta de sistema de premios y castigos"5. En materia de estafas al Estado, sobresale el caso IBM-Banco Nación, un asunto de 1994 aún no aclarado, en el que se pagaron 37 millones en sobornos para obtener un contrato.

Este tipo de corrupción no es patrimonio del sector público. El sector privado es coautor de la corrupción política, puesto que soborna a funcionarios para obtener ventajas que de otro modo no tendría. Se perjudica así a competidores y consumidores. También son frecuentes casos de corrupción en los que jefes de compra favorecen tal o cual contratación en contra de los intereses de sus empresas, o cuando los gerentes se apropian de importantes ganancias a costa de los accionistas.

Naturaleza y fenomenología de la corrupción sirven para explicar qué es y cómo funciona. Pero el problema de fondo no radica en comportamientos aislados, sino en el establecimiento de prácticas corruptas como modo de regulación social. El funcionamiento social de la corrupción como sistema es contemporáneo de la experiencia neoliberal. En efecto, el fundamentalismo neoliberal especifica que determinados objetivos económicos deben imponerse frente al juego político y a cualquier consideración moral. Los neoliberales siempre fueron minoritarios en la sociedad, por lo que la posibilidad de que un sistema democrático y los valores que encarna puedan ser obstáculo a la maximización de sus negocios constituye el principal desafío. Para superarlo, se utilizan todas las fórmulas, incluso las más aberrantes: "la plata no hace la política: la compra hecha"… con las consecuencias previsibles. El financiamiento de los partidos políticos y de sus dirigentes ofrece un buen ejemplo, que marca el paso de la democracia a sistemas censitarios. Políticos y funcionarios corruptos suelen aducir que la plata no es para ellos, sino para el partido (el recordado "robo para la corona"). Después, el patrimonio personal, el resultado de la coima y el presupuesto nacional tienden a identificarse como en los sistemas del Antiguo Régimen, anteriores a la Revolución Francesa, donde la nobleza no podía distinguir entre el erario público y el bolsillo propio.

Un buen ejemplo de este proceso reside en las privatizaciones. El acto mismo de privatizar grandes empresas del Estado abrió la puerta a los grandes negociados: el vaciamiento de Aerolíneas Argentinas, una empresa sana que quedó en quiebra técnica en menos de un lustro, o la sobre-explotación petrolera, asuntos entre otros que hacen añorar los tiempos de la "ineficiencia" estatal. Pero para conseguir la desposesión del Estado hubo que "convencer" a tirios y troyanos; para mantener y extender esa desposesión hay que volver a pagar.

¿Es posible abrigar esperanzas? Gianfranco Pasquino señala que "cuanto más amenazada se sienta la élite, tanto más recurrirá a medios ilegales para mantener el poder y la corrupción"6. Pero el modo de regulación neoliberal, la esfera económica que compra la política, tiene la ventaja de la inmediatez, a veces de la efectividad, pero nunca de la sustentabilidad. Aquello que hace su fuerza ("poderoso caballero es Don Dinero") es también su punto débil: nada conseguido por la corrupción puede durar eternamente en un régimen democrático, aunque se tienda a confundir seguridad jurídica con pacto de impunidad.

Uno de los aspectos de la grave crisis actual en Argentina es la corrupción y no es casual que el desencadenante haya sido la denuncia de pagos en el Senado para lograr la aprobación de una ley; asunto que es legítimo imaginar multiplicado al infinito en la época feliz de las privatizaciones. Para el establishment argentino parece acercarse el momento de decidir entre tres caminos: aceptar las reglas del juego democrático y en consecuencia acabar con la corrupción que lo carcome; seguir financiando su primacía a través de la corrupción política; o liquidar a las democracias de baja intensidad, por demasiado costosas. Habrá que examinar si estas dos últimas opciones tienen margen, interno y externo, y si los ciudadanos deciden dejar morir definitivamente a la República.

  1. Enciclopaedia of the social sciences, The MacmillanCompany, Nueva York, 1948, volumen III-IV, págs.
  2. Alain Cotta, Le capitalisme dans tous ses états, Fayard, Paris, 1991, pág. 98.
  3. Nicolas Machiavel, Discours sur la premiere décadede Tite-Live, Bibliothèque Berger-Levrault, París,1990.
  4. La bonaerense, historia criminal de la policía de Buenos Aires, Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer, Ed. Planeta, Buenos Aires,1997. También "Maldita policía", por Carlos Dutil, revista Noticias, Buenos Aires, 14-8-96.
  5. Gerardo Young, "Las puertas abiertas que el Estado le deja a la corrupción", Clarín Digital, domingo 1º de octubre de 2000.
  6. Norberto Bobbio, Nicola Matteucci, Gianfranco Pasquino, Diccionario de Política, Siglo XXI Editores, México DF, séptima edición, 1991, pág. 378.
Autor/es Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 17 - Noviembre 2000
Páginas:29
Temas Corrupción, Neoliberalismo, Estado (Justicia)
Países México, Argentina, Egipto, Francia, Grecia, Italia