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La tercera vía británica hacia la modernidad mercantil

Al promediar su mandato, el equipo del primer Ministro británico Anthony Blair trata de imprimir su sello al modelo social-demócrata europeo. Los dirigentes laboristas cuentan con la coherencia ideológica de su mensaje y su perfecta adecuación a la mundialización neoliberal, además del indisimulado apoyo del presidente estadounidense William Clinton. En esa línea, Blair intenta impedir a toda costa que Ken Livingstone, un laborista sospechoso de exceso de fidelidad a las ideas de izquierda, resulte elegido alcalde de Londres.

El proceso de normalización neoliberal del programa económico del partido laborista concluyó entre 1994 y 1996. Sólo el vocabulario de acompañamiento y la forma de presentación se diferencian de la versión conservadora. Así, por ejemplo, la flexibilización laboral -impuesta durante los años del neoliberalismo thatcherista- se convierte en un objetivo de la izquierda a condición de que sea razonable, que no sirva únicamente para poner en situación de precariedad a los asalariados y que los involucre claramente en la aceptación de sus nuevas condiciones de trabajo1. De esa forma, el papel del Estado se limitará en adelante a dar un marco estable en el que pueda desarrollarse la competitividad de las empresas2. Si debe intervenir, será del lado de la oferta, por ejemplo reformando el sistema educativo y de formación, en función de la nueva realidad de la competencia internacional. La nueva visión antiestatista de los neolaboristas se presenta por otra parte como una vuelta al pasado "libertario" del laborismo, teorizada de esa manera por Anthony Giddens.

El signo más ostensible de esta ortodoxia es la promesa laborista, previa a las elecciones de 1997, de no modificar durante dos años el sistema fiscal conservador, con una excepción: un impuesto único sobre los beneficios de las empresas recientemente privatizadas, destinado a cubrir el costo del programa de empleo para los jóvenes desocupados. De esta manera queda ratificada no sólo la desigualdad de ingresos -que se volvió enorme entre las capas más ricas y los más pobres- sino también la limitación estricta de los gastos públicos.

La nueva ortodoxia económica laborista presenta este viraje como una adaptación a las condiciones de competitividad internacional. Según Blair, "el creciente movimiento de integración de la economía mundial (…) implica que Gran Bretaña ya no puede mantener déficits presupuestarios y un régimen fiscal en flagrante contradicción con los de los otros países industrializados. Una de nuestras exigencias será crear un ambiente fiscal suficientemente seductor como para atraer empresas extranjeras al Reino Unido"3.

En efecto, la mundialización va a servir de telón de fondo y justificación a gran parte de la revisión económica neolaborista, conceptualizada por los dos intelectuales combativos del blairismo: Anthony Giddens y John Gray. En la elaboración teórica de Giddens, la mundialización de la economía financiera y productiva se presenta como "una realidad" ineludible, un factor desde ahora determinante de toda política económica y social, y, más aún, del modo de vida de todos los ciudadanos del mercado global. Giddens establece una relación directa entre la mundialización en un sentido muy amplio, es decir, incluyendo el desarrollo de los intercambios culturales, y lo que denomina el "nuevo individualismo", o sea, la tendencia de los individuos a elegir su propio modo de vida, al sentirse menos determinados que antes por las costumbres.

Al romper el dominio de la tradición (religiosa, moral, social…) el mercado global liberaría a los hombres y a las mujeres del lastre del pasado, permitiéndoles desarrollar sus vidas de manera autónoma. La "izquierda" (cuya variante marxista es presentada por Giddens como moribunda, mientras la socialdemócrata de viejo cuño estaría empezando a morir), no habría percibido los efectos benéficos de la mundialización, ni la necesidad política de aceptar el "nuevo individualismo". Lo cual explicaría en parte las sucesivas derrotas de la "vieja" izquierda británica, la desconfianza de las clases medias respecto del laborismo (y de todas las otras formas de "paleosocialismo") y la notable durabilidad del thatcherismo, que supo integrar esas verdades de la modernidad capitalista.

El papel de los defensores de la "tercera vía" sería, por lo tanto, el de ayudar a los ciudadanos a vivir con la mundialización y no el de combatirla (combate de todas formas perdido de antemano, en el que se entremezclarían los nostálgicos del antiguo régimen, comenzando por los nacionalistas, xenófobos por definición). Ser moderno significaría, entonces, adherir lo más estrechamente posible al fenómeno de la mundialización. "El objetivo global de la política de la tercera vía es ayudar a los ciudadanos a atravesar las principales revoluciones de nuestro tiempo: la mundialización, las transformaciones de nuestras vidas personales y de nuestra relación con la naturaleza. La política de la tercera vía debe adoptar una actitud positiva hacia la mundialización pero de manera crucial, únicamente como un fenómeno que supera muy ampliamente el mercado global"4.

Según Giddens, si la mundialización entraña numerosas ventajas, tanto en el plano de los intercambios culturales cosmopolitas como en el del consumo de bienes y servicios, también supone coacciones y hasta efectos desestructurantes sobre las identidades y las economías nacionales. Esta es la fuente del creciente sentimiento de inseguridad en nuestras sociedades (tema que por otra parte será desarrollado por John Gray y que hallará eco en el discurso moralista de Blair respecto a la seguridad pública). Pero lo esencial no es solucionar esos efectos desestructurantes (menos aún combatir sus causas) sino asegurarse de que no serán utilizados por quienes desean "dar marcha atrás". Gray enuncia muy claramente la coacción básica: "Los gobiernos socialdemócratas ya no pueden emplear los métodos tradicionales de estimulación de la demanda y recurso al Estado, pues los mercados financieros no lo permitirían"5.

Sería imposible expresar más claramente la doctrina de la impotencia económica nacional que sostiene la visión geo-economista del blairismo y que servirá para justificar los deslices y los abandonos neolaboristas. La mundialización es presentada a la vez como una fuerza de la naturaleza, con la cual sólo se puede conciliar, y como una necesidad histórica que se impone con el mismo rigor determinista que los marxistas atribuían antaño al avance del socialismo.

Débiles argumentos políticos

Sin embargo esos argumentos, destinados a fabricar un consenso intelectual en torno del neolaborismo, o al menos a neutralizar a la oposición, no son particularmente rentables en el terreno electoral. Ningún partido podría movilizar sus bases pidiéndoles que acepten el reino irrestricto del capital mundializado. Hasta en los años de gloria del thatcherismo hubo que proponer a los electores británicos algo más que la veneración del mercado, que hacía palpitar los corazones de los combatientes del neoliberalismo. Margaret Thatcher supo vestir sus objetivos económicos y sociales de una retórica que tan pronto recurría al nacionalismo imperial de los británicos (durante la guerra de las Malvinas, por ejemplo), como invocaba los "valores victorianos" que supuestamente se reencarnaban en la nueva doctrina económica y social conservadora.

Es por eso que los dirigentes del partido laborista se vieron obligados a reinventar una mística política para asegurarse el apoyo del electorado. En muchos aspectos, esta mística reemplaza a la acción política. El uso de una verba "comunitarista", de un discurso que proclama una nueva solidaridad fundada en deberes y responsabilidades, se vuelve por lo tanto cada vez más frecuente. Ese es el marco que permite introducir las nociones blairistas de armonía (o de colaboración) social, y a la vez diluir las nociones de lucha o de conflicto que la ortodoxia neolaborista asocia con las "ideologías superadas".

Se trata de reactivar la dimensión puritana y moralista de la tradición laborista. De este modo, Blair insiste cada vez más en su "visión moral" del siglo XXI, denunciando el egoísmo y el laxismo de nuestra sociedad, criticando los flagelos de la pequeña delincuencia y de la promiscuidad sexual de los adolescentes, predicando los valores de la familia (tradicional, por supuesto), proponiendo medidas muchas veces draconianas para mantener el orden público (penas de prisión, aun para los delincuentes muy jóvenes; toque de queda para limitar el desenfreno sexual de los adolescentes).

Esta mística incluye la dimensión "social" tradicional del laborismo, ya que dejarla de lado implicaría arriesgarse a que los electores del laborismo busquen refugio en otras tiendas. Es así que varias medidas sociales, tan poco costosas como ruidosamente presentadas, fueron incluidas en el nuevo programa electoral laborista para las elecciones legislativas de 1997. Esas medidas pretendían responder a las expectativas de la base electoral tradicional -considerada por la dirigencia neolaborista como estancada en la prehistoria del "viejo laborismo"- y a la vez silenciar a los sindicalistas que empezaban a manifestar reparos. La instauración del salario mínimo formó parte de ese dispositivo simbólico, al igual que el impuesto "excepcional" sobre los beneficios "excesivos" de las sociedades privatizadas y la promesa del reconocimiento jurídico de los sindicatos dentro de las empresas. Esas medidas -que permiten distraer la atención sobre la continuidad de importantes orientaciones heredadas de las políticas conservadoras precedentes- sirvieron al "nuevo" laborismo para defenderse de las críticas a sus inclinaciones neoliberales.

Los dirigentes del partido trataron también de reforzar su imagen "radical-modernista", sobre todo en el terreno de las reformas constitucionales. Al respecto, los neo-laboristas pusieron en marcha una serie de reformas estructurales (entre otras, la promesa de una importante autonomía para Irlanda del Norte, Escocia y Gales y el compromiso de reformar la cámara de los Lores) destinadas -se dijo- a hacer entrar al Reino Unido en la modernidad constitucional. Sin embargo, hay cierta distancia entre esas promesas de radicalidad y su concreción: la reforma de la cámara de los Lores parece encaminarse hacia una solución "intermedia", por la cual la segunda cámara se librará de sus miembros hereditarios, pero se llenará de miembros… designados por el gobierno. La reforma del sistema electoral se atasca. La transformación de las relaciones constitucionales entre Inglaterra y su periferia (galesa y escocesa) evidencia sobre todo el propósito de salvar a la unión británica y de limitar el impacto de los partidos nacionalistas, que en Escocia y en Gales constituyen la única oposición seria a los laboristas.

Así se construyó la nueva "mística" del neolaborismo: tradicionalista y hasta reaccionaria en el campo del orden moral; moderadamente reformista en el terreno social; radical y "modernizadora" en el plano del cambio constitucional. La estrategia puesta en práctica por el gobierno de Blair retomó las grandes líneas de ese programa: un marco económico general heredado de los conservadores (prioridad a la lucha contra la inflación; reducción de los gastos del Estado y de los impuestos directos; retirada del Estado del terreno económico; mantenimiento de la "flexilibidad" en el mercado laboral… la casi totalidad del dispositivo jurídico antisindical introducido por Margaret Thatcher), al que se agrega una reducida cantidad de reformas sociales "de izquierda" destinadas a mantener la unión entre los electores "paleolaboristas" y el bloque "modernizador". Para completar la obra se incluyeron varias medidas destinadas a estabilizar el orden constitucional británico.

En el afán de asegurarse de que las medidas "sociales" no asusten a los electores moderados, los dirigentes laboristas desarrollan argumentos tomados del dispositivo retórico del liberalismo económico "ilustrado": la instauración del salario mínimo (odiado por los fundamentalistas neoliberales, que ven en él una injerencia en el libre juego del mercado) fue defendida en nombre de la reducción de la presión impositiva. Ya en 1995 Blair había explicado que la inexistencia de un salario mínimo implicaba una pesada carga para el Estado -y por lo tanto para los contribuyentes- dado que las remuneraciones de algunos trabajadores (sobre todo de las trabajadoras) eran tan bajas, que les daban derecho a una subvención del Estado, aunque tuvieran trabajo: 1.300 millones de libras de subvenciones estatales por año "es el precio que todos pagamos debido a la ausencia de un salario mínimo"6. En cuanto al monto de ese salario mínimo, Blair se cuidó de no asustar a los medios financieros. Se llegó así a un nivel verdaderamente mínimo (3,60 libras la hora, equivalentes a unos 2,20 dólares) que no se podrá renegociar antes de dos años y que excluye a los menores de 21 años, condenados a un salario mínimo "juvenil". Cerca de un año después de votada la ley, muchos empleadores siguen aún sin cumplir con sus obligaciones, suprimiendo conquistas anteriores (como ciertas primas). En un mercado laboral donde los empleadores cultivan desde hace tiempo el miedo y la docilidad de los trabajadores, las leyes vigentes no siempre son respetadas. Muchas oficinas de asesoramiento jurídico están inundadas de reclamos de trabajadores que no logran hacer aplicar leyes votadas en su favor y que temen ser despedidos inmediatamente si recurren a los sindicatos o a la justicia. Veinte años de reinado absoluto de los "valores empresariales" acabaron por imponer una cultura del miedo y del repliegue individual ante los abusos patronales.

Pensar lo impensable

El cambio dentro de la continuidad, que corresponde a la estrategia anunciada en el periodo previo a la victoria electoral, es la característica de la política del gobierno neolaborista, que trata de mitigar el impacto simbólico de sus actos. Así, pocos días después de la designación de Gordon Brown como ministro de Economía, éste anunció la independencia ("autonomía operacional") del Banco de Inglaterra en la fijación de las tasas de interés. Un comité monetario del banco controlará que este aspecto fundamental de la política económica se mantenga disociado del poder político, siempre tentado de bajar las tasas en periodos preelectorales. Ni siquiera los conservadores habían osado organizar semejante retirada del Estado, que refuerza así la preeminencia, ya inquietante, de los intereses financieros en la economía británica.

Calificada de enorme acierto por la casi totalidad de la prensa británica, esa medida de Brown prueba que el nuevo equipo laborista era, como lo había prometido, capaz de "pensar lo impensable", sobre todo cuando ese impensable remitía a las ideas neoliberales. Al lado de ese abandono de una prerrogativa esencial de la soberanía pública, el hecho de que una de las economistas designadas por el gobierno en el comité monetario del banco haya sido una empleada de la CIA, más allá de que confirma la amplitud de criterios de los neolaboristas, tuvo apenas un interés anecdótico7.

  1. "La flexibilidad del mercado laboral debe implicar una nueva relación entre las empresas y los asalariados" y "Un trabajador educado es un trabajador confiado, y un trabajador confiado es más susceptible de dar muestras de esa flexibilidad necesaria para el éxito", Anthony Blair, New Britain. My Vision of a Young Country, Fourth Estate, Londres, 1996.
  2. Blair define de esta manera el papel del Estado: "no consiste en elegir a los que triunfan, sino en crear el marco competitivo en el interior del cual las empresas pueden competir", New Britain, op. cit..
  3. Anthony Blair, Mais Lecture de mayo de 1995, citado en New Britain, op. cit.
  4. Anthony Giddens, La tercera vía, Taurus, Buenos Aires, 1999.
  5. Discurso en el coloquio organizado por el Fondo de solidaridad de los trabajadores de Quebec, citado en Le Devoir, Montreal, 25-10-1997.
  6. Anthony Blair, New Britain, op. cit.
  7. Nick Cohen, Cruel Britannia, Verso, Londres, 1999.
Autor/es Keith Dixon
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Páginas:10, 11
Traducción Carlos Zito
Temas Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales, Socialdemocracia
Países Escocia, Gales, Inglaterra, Irlanda, Irlanda del Norte