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Invasión israelí, furia palestina y temor a una guerra general

Solo una retirada unilateral de Israel sin previo acuerdo formal con los palestinos podría detener la Intifada y allanar el camino hacia la resolución de las otras cuestiones pendientes. Mientras se mantenga el paradigma de un acuerdo formal previo esgrimido por Israel y apoyado por Estados Unidos, la situación en Medio Oriente no hará más que agravarse, con probabilidades del estallido de una guerra abierta en caso de que Ariel Sharon fuese consagrado Primer Ministro en las elecciones israelíes de este mes.

El proceso de paz de Medio Oriente ha buscado constantemente "ventanas de oportunidad". Infortunadamente esas ventanas se abren y se cierran con desalentadora regularidad, sin producir ningún avance. El presidente William Clinton había encontrado su propia ventana en el interregno que siguió a las elecciones presidenciales y legislativas en Estados Unidos, previo a la inauguración de una nueva administración republicana. La aprovechó plenamente en el discurso que pronunció el 7 de enero pasado en Nueva York ante un público judío favorable a la paz, generando de hecho un importante paso adelante que sin embargo fue ampliamente ignorado.

A salvo de recompensa electoral, Clinton lanzó una serie de simples y penosas verdades, que fueron mucho más allá de lo que había sido hasta entonces la política estadounidense en Medio Oriente. Esas simples verdades alcanzan el corazón del conflicto como nada que haya dicho antes ningún presidente de Estados Unidos, incluido Clinton.

El entonces todavía Presidente aseguró que los palestinos tienen derecho a un Estado "soberano y viable", no sólo porque la existencia de ese Estado favorece los intereses a largo plazo de Israel, sino por una cuestión de derecho, porque "la tierra de Israel es también la tierra de los palestinos". Se trata de una formulación que abre un nuevo terreno a la política de Estados Unidos.

La voluntad de Israel de aceptar un Estado palestino estaba implícita en los acuerdos de Oslo de 1993 y se hizo explícita en las propuestas que presentó el primer ministro Ehud Barak en Camp David en julio de 2000. Sin embargo, Israel nunca reconoció el derecho palestino a la soberanía, por miedo a lo que podría implicar el reconocimiento de ese derecho para los límites que por razones de seguridad Israel busca imponer sobre la soberanía palestina.

"La tercera valla"

Es evidente que Clinton era plenamente consciente de las implicancias de su nueva formulación. En efecto, las puso en claro de modo que quienes lo escuchaban tambien adquirieran esa conciencia. Clinton insistió en la validez de las preocupaciones israelíes sobre seguridad y reafirmó el compromiso estadounidense de garantizar la superioridad militar israelí sobre sus vecinos. Pero significativamente dijo también que la seguridad de Israel "no necesita ni debe darse a expensas de la soberanía palestina, ni interferir con la integridad territorial palestina". El "ni debe" de la frase es la obligada consecuencia de la afirmación de Clinton de que esa tierra "es también de los palestinos".

Estos dos puntos representan una diferencia importante respecto de la política estadounidense, que pone a esa política más de acuerdo con los puntos de vista que Europa sostiene hace tiempo. Aunque resulta difícil anticipar el peso que esa formulación pueda tener en la nueva administración Bush, es indudable que está llamada a lograr impacto.

Si bien hay acuerdo en que esta nueva administración no tiene prisa por comprometerse con el paralizado proceso de paz de Medio Oriente, si el conflicto entre Israel y Palestina se deteriora gravemente -como bien puede suceder después de las elecciones en Israel- no tendrá otra opción que darse al menos el objetivo de administrar la crisis, a falta de objetivos políticos de amplio alcance.

Si Ariel Sharon lidera el próximo gobierno israelí, como algunos dan por seguro, la única perspectiva es el continuo deterioro de la situación actual. Este sería el caso si Sharon forma un gobierno de unidad con alguna participación laborista. No se puede descartar el estallido de una guerra, tal vez desatada por la actividad de Hezbollah en el norte.

Esta sombría posibilidad no necesariamente resultaría de actos irresponsables por parte de Sharon. Es de esperar que siga cultivando la imagen de dirigente sensato y medido que tan asiduamente buscó ofrecer durante la campaña electoral. Pero no es lo que pueda hacer Sharon, sino quién es Sharon lo que dañaría de manera irreparable las posibilidades de paz.

En la imaginación árabe, Sharon es la encarnación del mal, el objeto de sus más oscuras fantasías sobre las finalidades reales del Estado judío. La guerra que inició en el Líbano con el fin de instaurar allí una satrapía cristiana; las masacres de Sabra y Chatila, su irritante visita a la Colina del Templo -para no hablar de las declaraciones de desdén por los árabes que pronunció a lo largo de años- todo eso confirma una demonología para la que el objetivo de Israel es la hegemonía sobre toda la región, así como la destrucción de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca en Haram al Sharif, para sustituirlas por un templo judío restaurado.

Sharon y su gobierno serán "la tercera valla" de la política árabe, incluso para los dirigentes árabes que no compartan esa paranoia. El contacto de esos dirigentes árabes con Sharon pondrá en peligro su supervivencia política. Es impensable la reanudación de un proceso de paz en esas circunstancias. Lo mejor que se puede esperar es que el gobierno de Sharon dure poco; expectativa viable dado que la composición del Parlamento israelí no se modifica.

La respuesta de Sharon a una violencia palestina constante es predecible. Sería infundado esperar que un gobierno liderado por el Likud se quede atrás del precedente sentado por el gobierno laborista de Barak: la represalia masiva, que dio como resultado más de 300 víctimas palestinas (cabe imaginar la indignación de la izquierda si esas víctimas hubieran caído bajo un gobierno de derechas).

Causas de la reacción palestina

Si en virtud de un milagro Barak ganara las elecciones a pesar de la amplia ventaja de que goza Sharon en las encuestas, o si Barak se hiciera a un lado a último momento a favor de un candidato que derrote a Sharon (este artículo se edita antes del 25 de enero), el nuevo gobierno de Israel va a tratar de renovar los intentos de un acuerdo formal de paz con los palestinos. Esfuerzos tan improductivos como los anteriores a las elecciones.

La incapacidad de ambas partes para aceptar la soberanía del adversario sobre Haram al Sharif/Colina del Templo y para negociar el derecho al retorno de los refugiados palestinos seguirá impidiendo un acuerdo formal. Y si alguno de los bandos es presionado o intimidado para que ceda en sus posiciones sobre esos puntos es probable que el acuerdo no se sostenga.

Pero hay una razón más fundamental para que las partes se hayan visto frustradas en sus esfuerzos por avanzar en el proceso de paz. Es su fracaso en distinguir dos fenómenos diferentes: la incapacidad de los negociadores israelíes y palestinos para resolver las cuestiones permanentes y la violencia en los territorios contra la ocupación israelí. El vínculo entre un fenómeno y otro se da por obvio, de modo que ni siquiera se explicita. Se cree que la última Intifada es resultado de lo que los palestinos consideran las fallas de las propuestas que hizo Barak en Camp David. Espontánea o instigada por Arafat, la Intifada se interpreta como la manifestación de la furia popular palestina contra la negativa de Israel a acordar lo que los palestinos creen son condiciones mínimamente justas. Se supone también que una vez que Israel acepte condiciones justas, la violencia se termina.

Nada más alejado de la verdad. Las últimas violencias en Cisjordania y Gaza no estallaron con el objetivo de apoyar la posición negociadora de Arafat, aun cuando Arafat trate de utilizar la Intifada en ese sentido. La Intifada estalló porque los palestinos llegaron a un punto de desesperación, al no creer ya que el proceso de paz mejoraría su desdichada condición o pusiera fin a la ocupación israelí, que les inspira desprecio y amargo resentimiento. Las coacciones y humillaciones diarias de la ocupación, la invasión incesante de los israelíes sobre territorios y vidas de los palestinos, son la causa de la furia palestina; no las fallas en las propuestas que Barak le hizo a Arafat. La mayor parte de los palestinos saben poco del contenido de esas propuestas y no podrían importarles menos. Hace mucho tiempo que dejaron de creer que los acuerdos formales entre sus dirigentes y el gobierno de Israel significarán alguna mejoría en sus vidas.

Un acuerdo con nuevas promesas de retirada no tendrá impacto en las manifestaciones palestinas, porque los palestinos de Cisjordania y Gaza ya no creen nada de lo que los dirigentes israelíes o palestinos les dicen sobre eso. Siete años de promesas de Oslo que sólo trajeron más pobreza, más pérdida de territorios palestinos y mayor control israelí sobre los movimientos de gentes y bienes han generado un desencanto y una desconfianza que no van a disipar nuevas promesas. Lo que puede dar fin a la violencia palestina es nada menos que la retirada de la ocupación israelí y el cese del control que sigue ejerciendo Israel sobre todos los aspectos de su existencia.

Este es en esencia el fundamento de una retirada unilateral israelí hacia los límites propuestos por Barak en julio en Camp David, despejando el camino para una declaración unilateral de un estado palestino en Cisjordania y Gaza, abandonados por Israel.

Acuerdos informales

Aunque esta sucesión de medidas unilaterales israelíes y palestinas no exigen un acuerdo formal de paz que resuelva las cuestiones pendientes, exigen entendimientos informales y precisos y una coordinación por parte de un tercero, es decir Estados Unidos, en cooperación con la Unión Europea y la ONU. Estos entendimientos deben incluir un acuerdo entre ambas partes en el sentido de que no tomarán más medidas unilaterales. Las cuestiones pendientes estarán sujetas a acuerdos formalmente negociados, puesto que esas negociaciones se darán ahora entre dos Estados soberanos, no entre un poder usurpador y una población sometida. Las negociaciones incluirán el establecimiento de las fronteras definitivas, acuerdos de seguridad, división de los recursos de agua, infraestructura conjunta, acuerdos de soberanía en Jerusalén y refugiados.

Por encima de todo, ambas partes tendrán que comprometerse a no realizar acciones que perjudiquen la negociación sobre las cuestiones pendientes. Lo cual significa no más confiscación de territorios palestinos para expandir los asentamientos, no más cambios unilaterales en el statu quo demográfico de Jerusalén oriental, no más viviendas judías en las zonas palestinas de Jerusalén oriental y no más iniciativas de reafirmar la soberanía, israelí o palestina, en ninguna parte de Jerusalén sin el acuerdo de la otra parte. Mientras no se resuelvan cuestiones de soberanía formal, Israel tendrá que garantizar autonomía funcional a las zonas palestinas de Jerusalén oriental. Lo cual significa renovar la cooperación sobre la seguridad de Palestina con Israel.

Se objetará que si cabe esperar que las partes alcancen entendimientos de tan amplio alcance, los hubieran logrado en Camp David. La breve respuesta es que nada es posible antes de que Israel se aparte, física y psicológicamente, de las vidas y del espacio emocional de los palestinos. Una vez que Israel haya abandonado los territorios, todo se hará posible.

Una respuesta más extensa exige una explicación de por qué Arafat rechazó las propuestas de Barak en Camp David. Si Barak no hubiera cometido una serie de errores garrafales durante los casi dos años de su gobierno, es probable que sus propuestas hubieran servido como sólida base para un acuerdo con Arafat.

Cuando Barak asumió su cargo en mayo de 1999, dejó a Oslo en suspenso y se concentró en las negociaciones con los sirios. Ese fue su primer gran error. Además, informó a Arafat que no implementaría la retirada de Cisjordania, que hasta Benjamin Netanyahu se había comprometido a cumplir en los acuerdos de Wye. En dos oportunidades diferentes, anunció la inminente transferencia de tres aldeas palestinas inmediatas a Jerusalén para completar el control palestino, y las dos veces renegó de su compromiso. Mostró además una deferencia ante la comunidad de colonos y sus ideólogos completamente incoherente con los objetivos declarados.

Barak continuó el ensanchamiento de los asentamientos judíos en Cisjordania y la construcción de viviendas judías en Jerusalén a un ritmo más rápido que el de Netanyahu. También intensificó la construcción de autopistas en Cisjordania, ostensiblemente para que los colonos puedan eludir las ciudades y aldeas palestinas. De hecho esas autopistas, tal como las había planeado Sharon en los años ´70, apuntaban a dividir un futuro Estado palestino en entidades aisladas más fácilmente controlables por Israel.

No hace falta una sensibilidad extraodinaria para imaginar el efecto que tuvieron estas medidas de Barak sobre la confianza que pueden merecerle a los palestinos las intenciones israelíes. Durante ese periodo, los servicios de inteligencia israelíes emitieron advertencias en cuanto a que las manifestaciones palestinas estaban a punto de estallar.

Barak presentó en Camp David su propuesta de asombroso alcance a Arafat sin haberlo consultado antes, y con un criterio de tómalo o déjalo. Añadió otro agravio al proponer como parte del paquete israelí la construcción de una sinagoga en Haram al Sharif, ¡al lado de la Cúpula de la Roca! Es como para sospechar que llegado a ese punto Arafat sólo podía pensar en cómo alejarse de Camp David lo antes posible.

Con Israel fuera de los territorios y los palestinos con un Estado propio, el acuerdo sobre las cuestiones pendientes se vuelve mucho menos complicado. Tanto palestinos como israelíes pueden vivir postergando el tratamiento de discrepancias que ahora parecen insolubles. Lo que no se puede postergar es el final de la ocupación israelí sobre territorio palestino y la constante violencia palestina contra Israel. Estas dos cuestiones están indisociablemente unidas.

Una palabra final sobre Jerusalén y el derecho al retorno de los refugiados, los dos puntos más difíciles de las negociaciones. Aunque ninguna de las partes puede ceder la soberanía sobre Haram al Sharif/Colina del Templo a la otra, las dos pueden tolerar la continuidad de los acuerdos vigentes que dan a los palestinos el control de Haram, siempre que haya un compromiso israelí de no tomar iniciativas unilaterales para afirmar su soberanía formal sobre la Colina del Templo y un compromiso palestino de no iniciar excavaciones bajo el Haram como para no alterar las ruinas.

Un acuerdo así deja abierta la posibilidad de un pacto futuro que reconoce la soberanía formal palestina sobre Haram a cambio de que los palestinos renuncien al derecho al retorno de los refugiados. Mientras tanto, la instauración inmediata de un fondo internacional para rehabilitar y alojar a los refugiados que deseen aprovechar esta opción podría reducir significativamente las dimensiones del problema y allanar su resolución.

El argumento que se opone con mayor frecuencia a la retirada unilateral israelí es que sin un tratado formal de paz Israel quedaría expuesto a inaceptables riesgos en su seguridad. Es un argumento curioso, porque implica que lo que garantiza la seguridad de Israel son las promesas hechas por Arafat en un documento formal de paz.

Con o sin documento, lo que faculta a Israel a retirarse de los territorios es su abrumadora superioridad militar. Como hemos visto con claridad, es una ventaja más eficaz cuando Israel afronta amenazas por parte de los Estados vecinos que cuando tiene que vérselas con una insurrección interna. Razón por la cual los riesgos de prolongar la situación actual son mayores que una retirada fundada en entendimientos informales.

La paz entre israelíes y palestinos exige la inversión del paradigma que hasta ahora fue la base del proceso de paz. Israel creyó durante mucho tiempo (y Estados Unidos durante mucho tiempo apoyó), la idea de que debe haber un acuerdo formal de paz con los palestinos para que Israel pueda retirarse de los territorios. Si hay una lección que aprender de los últimos acontecimientos, es que la retirada de los territorios es la condición previa esencial para la paz.

Autor/es Henry Siegman
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 20 - Febrero 2001
Páginas:20, 21
Traducción Marta Vassallo
Temas Conflictos Armados, Movimientos de Liberación, Minorías, Estado (Política), Geopolítica, Islamismo, Judaísmo, Migraciones
Países Estados Unidos, Cisjordania (ver Autoridades Palestinas), Gaza (ver Autonomías Palestinas), Israel, Líbano, Palestina