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Ciudadanos en la trampa

"Este paro no sirve para nada, pero había que hacerlo". La frase, pronunciada por el dueño de un bar con las puertas entornadas -como si no se decidiese a abrirlas o cerrarlas del todo- en un desolado Buenos Aires la mañana del pasado 24 de noviembre durante la huelga nacional decretada por las tres grandes centrales sindicales, resume a la perfección la trampa en que se encuentran los ciudadanos argentinos.

Ese señor, un muy pequeño empresario, está abrumado por los impuestos y el alto costo de los servicios, no puede acudir al crédito por las tasas usurarias vigentes y ha visto reducirse su clientela en más de un 50% en los últimos tres años. Para no despedir a tres de sus cinco empleados (llevan más de 20 años con él, pero además no podría indemnizarlos), ha hecho con ellos una especie de fondo común. "El problema es que pago 3.000 dólares de alquiler, una suma que hace cinco años, cuando nos decían que ya estábamos en el primer mundo, parecía razonable. El mes pasado, con el bar abierto las 24 horas, nos repartimos poco más de 2.000 pesos… Y mire usted, este dirigente sindical se va a Europa en primera y gasta 16.000 dólares por mes", concluye, señalando la portada de una revista1.

La anécdota resulta una parábola del espejismo de esplendor y la realidad de la caída del empresariado nacional -chico, mediano o grande- que arrastró en su breve recorrido a las clases medias y a los trabajadores. Miembro de una sociedad escasamente participativa en los asuntos cotidianos (salvo para los triunfos deportivos, las idas y venidas de la farándula y algún desahogo de protesta puntual, generalmente inducido por los "dirigentes"), ese señor "creyó", como tantos, que un peso es igual a un dólar, que endeudarse forma parte del repertorio de picardías criollas y que Argentina había ingresado al Club del Primer Mundo. Ahora, consternado (y casi arruinado), ni abre ni cierra las puertas y dice que el paro no sirve para nada, pero que debe hacerse. En cuanto a los trabajadores, recién ahora comienzan a preguntarse por qué sus "dirigentes" realizaron unos pocos tímidos y desmembrados paros durante casi una década de menemismo y ahora llevan tres en menos de un año.

¿Pero acaso los argentinos no viven en un régimen representativo, lo que vendría a darles la razón? En la compleja respuesta a esta pregunta está la trampa que atenaza a la ciudadanía, sólo rota, por el momento, en las desesperadas acciones de cortes de ruta. Es que cuesta asumir -y es perfectamente comprensible- que el régimen será representativo, pero que los representantes hace mucho tiempo que no representan a sus representados. Que Argentina es hoy por hoy un típico país bananero con trabajadores al borde de la miseria y dirigentes sindicales millonarios; con empresas transnacionales que acumulan ganancias fabulosas, imposibles de obtener en los países desarrollados y empresarios nacionales al borde de la bancarrota2; con funcionarios estatales (la mitad parte del sistema de clientelismo), jubilados, docentes y científicos miserablemente pagos y concejales de provincia que llegan a ganar hasta 12.000 dólares mensuales3… La Cámara de Diputados de la nación tiene 5.200 empleados -entre permanentes y temporarios- para 257 representantes; la de Senadores, 2.932 empleados para 72 miembros…

Cuesta asumir, pero habrá que hacerlo, que para colmo toda esa masa de parásitos (aquí no es posible hablar de excepciones, aunque las haya, porque el representante que no denuncia la situación deviene cómplice), además no gobierna ni administra en absoluto, sino que se limita a reproducir el sistema de privilegio aun a costa de la ruina del país. Que así como los dirigentes sindicales no atienden a las necesidades cotidianas más elementales de los trabajadores, los políticos no sólo no atinan a resolver los problemas económicos "macro", sino que no ordenan el tránsito, no reparan ni limpian las calles, no velan por seguridad -en su sentido más amplio- ni la aplicación de justicia4. No les importa (¿qué otra cosa se puede decir?) el desamparo -y la muerte- de los niños, la falta de horizontes de la juventud y el hambre de millones de sus conciudadanos mientras el campo, concentrado cada vez más en unas pocas manos, produce cosechas record (ver pág. 6) y, al mismo tiempo, millones de hectáreas de las tierras más fértiles del planeta se encuentran anegadas, sumiendo en la ruina a poblaciones enteras5.

Los problemas argentinos no son esencialmente económicos, sino políticos, sociales y morales. El núcleo de la trampa es que los ciudadanos deben encontrar una alternativa democrática a este muladar institucional, porque las experiencias totalitarias ya han harto probado que resultan peores aún. Las potencialidades del país siguen intactas, aunque habrá que recuperarlas y reconstruirlas (ver portada y pág. 4), conformando previamente una masa crítica político-social -al margen y si es necesario contra lo existente- capaz de contrarrestar la previsible resistencia o sabotaje de los intereses afectados movilizando a la sociedad detrás de un proyecto nacional, democrático y participativo.

Nunca se saldrá de este tembladeral sin el concurso ciudadano. El mejor argumento del establishment colonial que dirige el país es que cualquier cambio de rumbo supondría el caos, porque elude lo principal: que debería estar garantizado por el apoyo ciudadano masivo. Mientras los dirigentes, tanto políticos como sindicales, estén seguros de que la ciudadanía no se movilizará si ellos no la convocan, podrán seguir atendiendo sus intereses de casta y los de sus verdaderos representados -el poder financiero y empresario transnacional- sin mayores sobresaltos. ¿Se multiplican los desórdenes sociales? Siempre se puede ir apagando los fuegos de a uno, echar mano de la caridad puntual (que además refuerza el sistema clientelar) y, en última instancia, acudir a la represión masiva para preservar "el orden institucional". ¿El país se sumerge en una disgregación a la colombiana? Eso no sería más que una prolongación de lo actual, y el establishment tan contento. Basta ver cómo la intervención de Estados Unidos ha frenado el proceso de paz en Colombia para entender esto último.

La alternativa "esto o el caos" es una falacia interesada. El argumento de que "el país no está para una revolución social", otra. Porque no se trata de eso, sino de un reordenamiento institucional democrático y de un cambio de rumbo económico y social similar al de cualquier país desarrollado en su fase de despegue, para lo cual Argentina está dotado como pocos. La discusión sobre cuán a la izquierda debe escorarse ese cambio es en este momento bizantina y sólo sirve al statu quo, más allá de que cada uno, cada sector, puede y debe sostener democráticamente sus propuestas. Los ciudadanos que se unieron a principios del XIX para expulsar a los invasores ingleses no se planteaban la independencia, pero ésta se produjo poco después porque habían probado sus fuerzas y la situación objetiva, local e internacional, impulsó la patriada. En este sentido, va resultando evidente que el neoliberalismo se agota y suscita cada vez más resistencias en todo el mundo, aunque no cabe esperar que los intereses que lo sustentan se retiren por propia voluntad allí donde el organismo que parasitan no genere anticuerpos que lo rechacen.

Para salir de la trampa, los ciudadanos argentinos deben afrontar la responsabilidad de tomar en sus manos el destino del país. Numerosos signos, por ahora incipientes y dispersos, indican que aumenta la conciencia, que el mecanismo se pone en marcha: movimientos vecinales, de consumidores, grupos de estudio sobre deuda externa, convertibilidad y reestructuración institucional; organizaciones no gubernamentales, de jóvenes y mujeres, sindicalismo alternativo, publicaciones…

Nunca, desde la Independencia, el futuro de Argentina dependió de tal modo, en un período histórico breve y decisivo, de la actitud de sus ciudadanos. El "hombre que está solo y espera" debe desprenderse cuanto antes de esa doble y fatal condición.

  1. "El otro yo de (Hugo) Moyano", veintitrés, Buenos Aires, 23-11-00.
  2. Alfredo Zaiat, "Diez año$", suplemento Cash, Página 12, 26-11-00. Tomando como referencia a Telefónica y Telecom, el autor demuestra que en 10 años ambas compañías ganaron 6.204 millones de dólares y recuperaron en los primeros cuatro su inversión inicial, "record que pocos pueden repetir en negocios de esta envergadura".
  3. Carlota Jackisch, "Cómo bajar el costo del sistema de poder", La Nación, Buenos Aires, 26-11-00. En Argentina hay 9.242 cargos electivos, que con su corte de "ayudantes" cuestan al aparato estatal nacional y provincial 20.000 millones de pesos anuales. Este excelente artículo muestra, entre otras cosas, cómo la provincia argentina de Formosa, con 504.000 habitantes y un PBI 156 veces menor, tiene más legisladores y un presupuesto más alto que la alemana de Baviera, con 12.155.00 habitantes…
  4. Mariano Thieberger, "Magistratura: una mano del menemismo al juez Liporace", Clarín, Buenos Aires, 29-11-00. Este juez, que investiga el escándalo de coimas en el Senado, es a la vez investigado por mal desempeño en sus funciones…
  5. Franco Varise, "Cuando la pampa se hizo delta", La Nación, Buenos Aires, 22-11-00. Solo en la zona de Pehuajó hay 1.600.000 hectáreas inundadas, a causa de obras mal hechas y peor calculadas. El problema se agrava en las provincias de Santa Fe y Córdoba.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 18 - Diciembre 2000
Páginas:3
Temas Deuda Externa, Neoliberalismo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Estados Unidos, Argentina, Colombia