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Recuadros:

El poder de los militares turcos

País de creciente peso regional, Turquía combina en su régimen político factores que impulsan hacia el fundamentalismo islámico y fuerzas que, en complejísimo entramado, ven en la Unión Europea una perspectiva de desarrollo y apertura. Mientras tanto, Estados Unidos cuenta con ese país como pieza mayor en su esquema militar estratégico para toda la región.

En un país democrático, la escena sería considerada por lo menos insólita: ex golpistas celebrando el aniversario de su golpe de Estado. Una veintena de ex oficiales turcos conmemoraron el 40º aniversario de la "revolución democrática" del 27-5-1960 con diversas manifestaciones que concitaron apenas la atención de los medios locales, a tal punto el acontecimiento les pareció trivial. Los militares depositaron solemnemente una corona de flores en el mausoleo de Atatürk; el ex capitán Numan Esin -hoy destacado hombre de negocios- organizó una conferencia pública en su calidad de presidente de "La Fundación de la Constitución de 1961"; hubo discursos apologéticos, impregnados de orgullo y nostalgia, seguidos por un banquete típicamente republicano -fraternal, cálido, militante- coronado por cantos patrióticos entonados a coro por un centenar de personalidades militares y civiles que superan ampliamente la edad del retiro.

Quienes se asombren por esto desconocen la cultura dominante turca forjada a lo largo de siglos; el lugar privilegiado que las fuerzas armadas ocuparon siempre en el panorama político, tanto bajo la República como en la era del Imperio Otomano: la tropa de la Puerta Sublime, particularmente la de los jenízaros anterior al siglo XIX, no se privaba de asesinar, derrocar o entronizar sultanes. Según los casos, actuaba en defensa de los privilegios o, rara vez, a favor del progreso.

Los "jóvenes turcos"

A fines de la primera guerra mundial el general Kemal Atatürk se apoyó en una fracción de las fuerzas armadas para expulsar a los ocupantes extranjeros y fundar, en 1923, una República resueltamente orientada hacia la modernidad. De los diez presidentes que se sucedieron en el gobierno, seis fueron militares de alto rango. Desde la toma del poder por jóvenes oficiales "radicales", en mayo de 1960, Turquía conoció una sucesión de complots militares y golpes de Estado, el último de los cuales -en febrero de 1997- fue calificado de "virtual": unas "recomendaciones" del estado mayor conjunto bastaron para derribar al gobierno de coalición presidido por el islamista Necmetin Erbakan. Fue en esa época que ciertos medios, en un arranque de entusiasmo, empezaron a aludir a los oficiales de alto rango -sus héroes- con el término deferente de "pachás", título con que se honraba en otros tiempos a los generales del Imperio…1

Los pachás de la República, de "derecha" o de "izquierda", irrumpieron en la escena política indefectiblemente envueltos en el estandarte del "kemalismo", movimiento que resultaría azaroso calificar de ideología dado el pragmatismo de Atatürk, visionario y hombre de Estado, que se inspiró al mismo tiempo en la experiencia de la revolución francesa y en las estructuras estatales de las potencias totalitarias de la época para propulsar a Turquía hacia el mundo desarrollado.

Los sucesores de Atatürk prefirieron convertirlo en bronce, luego de borrar de su legado lo que les parecía anacrónico o molesto. Hicieron del "kemalismo" un dogma de Estado, atribuyéndose el monopolio de su interpretación. Pudieron así definir sistemas de gobierno y comportamientos políticos según su conveniencia y sancionar, de paso, a quienes los cuestionaran. El dogma, simple en su enunciado, lo suficientemente vago en su contenido como para adecuarlo a voluntad, se presenta como indiscutible. Está cifrado en unas pocas palabras: integridad del territorio, unidad de la nación, laicismo de la República. Honorables principios a los que todos y cada uno no pueden sino adherir, pero cuyo exclusivo guardián pretende ser el ejército.

Su instrumento, el cuerpo de oficiales, constituye una casta de elite por excelencia. Los candidatos a la carrera de las armas son adiestrados desde su adolescencia; seleccionados según criterios estrictos y sometidos a una formación intensiva en las escuelas que les están consagradas. Los cursos no dependen del acuerdo ni del control del Ministerio de Educación Nacional. Aparte del entrenamiento militar, los cadetes realizan estudios de nivel universitario (historia, ciencias políticas, economía, sociología) y aprenden, a elección, diversas lenguas extranjeras. Una vez que entran en actividad, perciben salarios muy superiores a los de los funcionarios civiles de similar nivel; pueden abastecerse en los negocios del ejército, con importantes descuentos; acceden a préstamos inmobiliarios a precios ventajosos; frecuentan lugares de vacaciones, hoteles y clubes exclusivamente reservados para ellos.

Una Constitución a medida

La Constitución de 1982, en vigencia en la actualidad, confeccionada por los generales que tomaron el poder dos años antes, institucionaliza el poder político de las fuerzas armadas. El Consejo Nacional de Seguridad, a veces apodado "gobierno en la sombra", que reúne una vez por mes a seis militares -cinco generales y un almirante- en uniforme de gala y a cinco dirigentes civiles2, está habilitado para presentar sus "opiniones" al gobierno -en la práctica, órdenes inapelables- sobre asuntos ligados a la "seguridad nacional". Según se precisa en una reciente circular del estado mayor conjunto, ésta última "abarca, virtualmente, todos los asuntos de interés público", tanto en política exterior como en política interna3.

Las deliberaciones -y a veces también las decisiones- del Consejo se mantienen en secreto. El islamista Necmetin Erbakan firmó el certificado de defunción de su gobierno en febrero de 1997, cuando intentó someter al Parlamento las dieciocho "recomendaciones" del Consejo que apuntaban a erradicar la "reacción islamista". Cometió el error de fingir que no había comprendido que se trataba de un ultimátum que abría el camino para un golpe de Estado "virtual", olvidando así que, bajo el Imperio Otomano, los sultanes sabían que sus días estaban contados cuando los jenízaros volcaban sus calderos en señal de cólera.

La Constitución otorga a las fuerzas armadas, por añadidura, una autonomía que ningún Estado democrático podría admitir4. El jefe del estado mayor conjunto está sobre su Ministro de Defensa y sobre todos los demás miembros del gobierno: se ubica justo debajo del Primer Ministro en el orden protocolar, cuya autoridad, por otra parte, es menor que la suya en los terrenos más álgidos.

Por lo demás, tanto la Constitución como las leyes que de ella derivan le aseguran al estado mayor el control, directo o indirecto, de la educación superior así como del sistema judicial en sus aspectos esenciales. Los delitos y crímenes de opinión corresponden a tribunales de seguridad del Estado, de los que hasta hace poco formaban parte militares de alto rango. Los legisladores, los rectores de las universidades, los magistrados suplentes, los procuradores y los jueces deben inspirarse en la definición restrictiva de las libertades que da la Constitución en su preámbulo: "Ninguna opinión o pensamiento puede ser protegido si va en contra de los intereses nacionales turcos (…) de los valores tradicionales y espirituales del pueblo turco (…) de los principios y reformas modernizadoras de Atatürk".

Estos principios se precisan, por así decirlo, en el artículo 13: "La unidad indivisible del Estado, la soberanía nacional, la República, la seguridad nacional, el mantenimiento del orden, el interés público, las buenas costumbres, la salud pública". El artículo 14 llega todavía más lejos con su prohibición del "abuso" de los derechos y las libertades, incluso de los reconocidamente legítimos. Es evidente que no sólo los actos, sino también las "opiniones" y los "pensamientos" reprensibles son pasibles de pasar a los tribunales. El artículo 130 estipula incluso que las "investigaciones y publicaciones de carácter científico" pueden ser prohibidas por los decanos universitarios si fuesen juzgadas contrarias a los valores anteriormente citados5.

El poder político de los "pachás" estaría menos enraizado si no se apoyara también sobre medios económicos y financieros de consideración6. El ejército posee un holding tentacular, OYAK, compuesto por alrededor de treinta grandes empresas de producción, distribución y exportación pertenecientes a sectores tan variados como automotrices, fábricas de cemento, industria agro-alimenticia, pesticidas, petróleo, turismo, seguros, banca, mercado inmobiliario, supermercados, alta tecnología. Esas empresas emplean cerca de 30.000 personas, sin contar la mano de obra de las empresas asociadas. Uno de los baluartes del grupo, OYAK-Renault, dispone de una capacidad de producción de 160.000 vehículos por año7.

OYAK, protagonista capital de la economía -figura entre los tres o cuatro primeros holdings de Turquía- está bien equipado. Es el beneficiario de los aportes de los miembros de las fuerzas armadas (que obligatoriamente vierten el 10% de sus sueldos) y de las ganancias que generan sus propias empresas, cuya tasa de rentabilidad se estima como una de las más elevadas del país. Y no sin razón: OYAK está exento de todos los impuestos y tasas, privilegio que otros actores del sector privado juzgan sin duda como una forma de competencia desleal.

El gran capital lo admite sin embargo, porque OYAK lo asoció a sus actividades, por interés y por cálculo. Taha Parla, profesor de la Universidad del Bósforo, relevó en un trabajo de investigación los nombres de varios poderosos holdings que se cuentan entre los socios de OYAK, entre ellos las familias Koç y Sabanci, "emperadores" de la industria y el comercio, y Taskent, "barón" de la banca privada. Por otra parte, las empresas privadas cooptan para los puestos directivos a oficiales superiores retirados, a modo de recompensa por servicios prestados y/o por interés en perpetuar sus lazos con los oficiales en actividad. Así se selló la alianza de la elite militar con el gran capital (nacional y trasnacional) y la burocracia estatal, que constituyen los tres pilares de OYAK.

Hermana gemela de OYAK, la TSKGV -sigla que designa a la Fundación para el Fortalecimiento de las Fuerzas Armadas Turcas- engloba a unas treinta empresas industriales, pertenecientes también a las fuerzas armadas, que gozan de los mismos privilegios que OYAK. Exclusivamente dedicada a la producción de armamento, la fundación emplea a alrededor de 20.000 asalariados, y en forma indirecta da trabajo a otras decenas de miles de empleados en las empresas subcontratadas. Más del 80% de las ganancias se vierten en un fondo de reserva evaluado en varias decenas de miles de millones de dólares. Como señala el profesor Taha Parla, se trata de una original manera de llevar a cabo la acumulación del capital (militar), que no es el mismo que genera el sector privado (civil).

Protegido por un arsenal de disposiciones constitucionales y legislativas, el triunvirato fuerzas armadas-gran capital-burocracia estatal logra mayor influencia cuando la relación de fuerzas políticas le es favorable, cuando los contrapoderes se debilitan en el seno de la sociedad, cuando crece -como sucedió en estos últimos años- el descrédito de las cúpulas políticas. Los partidos, el Parlamento, el gobierno y los medios ceden, pues, cuando la alta jerarquía militar pasa por alto la legalidad.

Por ejemplo, no hacen oír ninguna objeción cuando los "pachás" se niegan a comunicarle al Parlamento los textos de los acuerdos a los que llegaron con Israel, o cuando las fuerzas turcas intervienen masivamente -sin previo aviso al gobierno- en el norte de Irak para combatir a los nacionalistas kurdos del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). O también cuando se oponen a fijar fecha para las elecciones, aunque la mayoría de los diputados quieran hacerlo; o cuando juzgan improcedente la supresión de ciertos artículos del código penal que contradicen los derechos del ciudadano; o cuando obstaculizan la marcha de una indagación sobre ciertos temas escandalosos (en particular sobre aspectos particularmente repugnantes de la guerra antikurda), que amenazan con empañar la reputación de las fuerzas armadas.

Dos problemas de considerable envergadura sustituyeron oportunamente a los que hace tiempo invistieron de protagonismo a las fuerzas armadas. A la obsesión que durante la guerra fría suscitaban la Unión Soviética y el comunismo ha sucedido el miedo al "fundamentalismo islámico" y al "separatismo kurdo", confirmando uno y otro la legitimidad y popularidad de los "pachás", defensores habituales del laicismo y la integridad territorial de la República.

Es cierto que los combatientes del PKK fortalecieron las tesis oficiales al recurrir a las armas para conseguir la instauración de un estado kurdo independiente en las provincias del sudeste de Turquía y al invocar una vez más el marxismo-leninismo. El abandono por parte de la organización de Abdullah Öcalan (alias Apo) de sus pretensiones maximalistas y sus ofertas de negociación -reiteradas desde hace años- para elaborar un estatuto federal, o de autonomía, o apenas de democratización, que reconozca ciertos derechos elementales a los kurdos, así como las treguas que observó unilateralmente, fueron actitudes que se ignoraron o se presentaron como meras tretas8. Los intelectuales kurdos o turcos que exigían únicamente el reconocimiento de sus derechos culturales fueron llevados ante la justicia acusados de "separatismo" o "connivencia" con el PKK.

Así, la guerra que se desató en 1984 se prolongaría durante quince años (hasta la detención de Apo, en Kenya, en febrero de 1999), con su séquito de atrocidades cometidas por ambos bandos, la destrucción de unos dos mil poblados kurdos y la expulsión de cientos de miles de sus habitantes, los arrestos masivos, las torturas, los asesinatos a manos de "escuadrones de la muerte" presumiblemente comandados por el Estado, corroído, a su vez, por grupos mafiosos.

Esta guerra no sólo fue vana -el problema kurdo se mantiene intacto- sino además desastrosa en más de un sentido: afectó profundamente el ejercicio de las libertades, y su costo, evaluado en 150.000 millones de dólares, dañó el desarrollo económico y el nivel de vida de los ciudadanos. Sobre todo, lejos de "consolidar la unidad nacional", ensanchó la fosa entre kurdos y turcos.

El conflicto con el PKK no carece de relación con el que enfrenta a las fuerzas armadas con los islamistas. Paralelamente a la lucha iniciada por los golpistas de 1980 contra la extrema izquierda, a la cual pertenecía la organización kurda, se fortaleció la esfera de influencia islámica, percibida como una barrera contra el "comunismo". La enseñanza de la religión se hizo desde entonces obligatoria en las escuelas públicas primarias y secundarias, al tiempo que se legalizaba el partido islamizante Refah, el mismo que, a partir de sus primeros triunfos electorales de 1994-1995, se convirtió en el enemigo a vencer.

El peso de la religión

Dos paradojas enturbian la comprensión del conflicto. La primera tiene que ver con el sentido que se da en Turquía al término laicismo, que no significa la separación del Estado y la religión, sino la integración y el control de ésta por la autoridad pública, que cuando hace falta la utiliza9. La dirección de los asuntos religiosos, generosamente financiada por el presupuesto del Estado, dirige entre otros unos quinientos liceos (denominados Imam Hatip; distintos de la escuela pública), destinados a formar imams pero que, en la práctica, dispensa educación religiosa a cientos de miles de futuros funcionarios del Estado y del sector privado.

Esta misma institución del Estado edificó miles de mezquitas, usando en todos los casos fondos públicos, con el objetivo de promover un islam "iluminado" conforme a los principios kemalistas, una empresa que se ha revelado por lo menos dudosa. La inscripción de la fe religiosa en los documentos de identidad es obligatoria, cuando la constitución estipula que "nadie puede ser obligado a divulgar sus convicciones religiosas". ¿"Estatización del islam", como pretenden los defensores del sistema, o "islamización del Estado", como sostienen sus opositores?

La otra paradoja importante es la índole del partido "islamista" -el actual Fazilet, sucesor del Refah- que se sataniza a voluntad y fue prohibido luego del golpe de Estado "virtual" de 1997. La formación de Necmetin Erbakan, veterano de la política, parlamentario de larga data, vice-presidente del consejo de ministros en dos oportunidades en gobiernos de coalición de derecha o de izquierda, es todo menos "fundamentalista". Fazilet, que corresponde por cierto a una sensibilidad musulmana, se reivindica partidario de la República, defiende los principios del laicismo "a la francesa" -según palabras de su fundador- del pluralismo parlamentario y de los derechos humanos.

Llenando el vacío político que dejó una izquierda atomizada por décadas de represión, el partido pretende además defender a los "desposeídos", a los trabajadores, a la pequeña burguesía del campo y de la ciudad, en particular a aquella de la "Turquía profunda", de cultura anatólica y musulmana. Este partido incomoda por su oposición -implícita, es verdad- al poder político de las fuerzas armadas, a la negación de la identidad de los kurdos, cuyos votos recibe masivamente, en elecciones a las que no puede presentarse una formación pro-kurda. La verdadera apuesta de esta confrontación no tiene nada que ver con la defensa del laicismo.

A partir de ahí se comprende por qué el estado mayor conjunto estima que las amenazas que ponen en peligro a la República -las de las aspiraciones convergentes de kurdos y "anatolios"- no son cosa del pasado, pese al cambio de rumbo del PKK y a la derrota del Fazilet en las últimas elecciones. Esas persistentes "amenazas" echan luz, también, sobre el motivo por el cual las autoridades no esbozaron la democratización exigida por la Unión Europea desde hace muchos años, en especial en diciembre de 1999, en la cumbre de Helsinki. No obstante, Turquía deberá adecuarse a los criterios políticos denominados de Copenhague, en un plazo de cinco años, requisito indispensable para que empiecen las negociaciones con vistas a su integración en la Unión Europea.

Si se asume seriamente, la tarea será particularmente pesada: se trataría de llevar a cabo una revolución que consista en desmantelar un sistema estatal coherente y sólidamente anclado.

  1. Panayotis Gavras, "The role of the military in turkish society"; tesis presentada en el Departamento de estudios sobre el Cercano Oriente de la Universidad de Princeton, abril de 1989.
  2. El jefe de Estado mayor general, los comandantes de las fuerzas terrestres, navales, áereas, y de la gendarmeria y el Secretario General del Consejo, por un lado, y por otro el Presidente de la República, el Primer Ministro, los ministros de Defensa, Relaciones Exteriores y del Interior. El Secretario General del Consejo no tiene derecho a votar. Si hay empate, el presidente de la República decide el resultado.
  3. Los Angeles Times, 9-3-00.
  4. Umit Sakallioglu, "The anatomy of the turkish military's autonomy", en Comparative Politics, New York, vol.29, Nº2.
  5. Siendo así, no es de extrañar que no seencuentre un libro o una tesis universitaria de autor turco que analice globalmente el rol político de las fuerzas armadas. La responsabilidad cabe sin duda a la falta de transparencia y también a la prudencia de los investigadores.
  6. Taha Parla, "Mercantile militarism in Turkey1960-1998", en New Perspectives on Turkey, Estambul, otoño de 1998.
  7. OYAK, sigla del nombre del holding Ordu Yardumlasma Kurumu (organismo de fondos de pensión de las fuerzas armadas), fundado en enero de 1961 por los autores del golpe de Estado de mayo de 1960. Sus actividades industriales y comerciales tomaron impulso después del golpede 1980, a favor de la liberalización económica.
  8. Kendal Nezan, "L'injustice faite aux Kurdes" y Michel Verrier, "En Turquie, procès au peuple kurde", os ´20 diplomatique, París, marzo y junio de 1999 respectivamente.
  9. Umit Sakallioglu, "Parameters and strategies of Islam-State interaction in republican Turkey", en Journal of Middle East Studies, Cambridge (Reino Unido), Nº28, 1996. El autor informa que Atatürk había inaugurado la instrumentación del islam llamando al "jihad" mientras llevaba adelante la guerra de liberación nacional contra las fuerzas aliadas del Imperio Otomano, a fin de sumar a sucausa a los personajes destacados del anatolismo, a los dirigentes religiosos yal campesinado.

"Demócratas" contra "Republicanos"

Poco visible, apenas audible, ignorada en el exterior, la sociedad civil de Turquía se activa a medida que el plazo para la adhesión a la Unión Europea toca su fin. La línea divisoria entre "republicanos", partidarios del sistema estatal vigente, y "demócratas", favorables a una reforma profunda y completa, se va dibujando al filo de los debates que se desarrollan en el seno de la dirigencia política, los círculos intelectuales y los medios. Los dos campos invocan el "kemalismo" aunque con un contenido muy distinto. A primera vista, la relación de fuerzas parece desequilibrada. Los republicanos, elite dominante y guardiana de la ortodoxia, heredera de una cultura secular sustentada por los "pachás" de las fuerzas armadas, ocupan el centro del escenario. Los demócratas, divididos y prudentes, se desempeñan en los papeles secundarios con cierta discreción, obligatoria o calculada.

Estos últimos son tolerados y se expresan libremente en los medios, en dosis homeopáticas. Profesionales, periodistas y universitarios crearon una asociación que en enero de 2000 lanzó una "iniciativa para una constitución civil". Su (modesto) objetivo: suscitar un debate nacional acerca de la necesidad de dotar a Turquía de una nueva ley fundamental, que no sería "impuesta desde arriba". El sitio de Internet de esta asociación recibió 40.000 visitantes en tres meses.

Otros sectores de la sociedad civil militan con el mismo objetivo, aunque con motivaciones distintas: la Fundación de la Constitución de 1961 (que agrupa a los autores del golpe de Estado de mayo de 1960, quienes habían instaurado la Constitución más democrática que jamás haya conocido Turquía), multiplica sus seminarios, publicaciones y gestiones ante el Parlamento para conseguir la liberalización de la Constitución de 1980. La Tusiad, asociación del gran empresariado laico, presentó un audaz programa de democratización que complacería a la Unión Europea.

Innumerables organizaciones islamizantes, en particular las asociaciones patronales -la Musiad y su rival, "Los leones de Anatolia"-; las cofradías musulmanas (influyentes en el seno de los partidos laicos), el partido Fazilet, tercera formación del Parlamento en orden de importancia, libran un combate en sordina, aunque difícil, en un ambiente represivo. Sin lugar a dudas, hay dos Turquías enfrentadas en un territorio sembrado de emboscadas.


Autor/es Eric Rouleau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 16 - Octubre 2000
Páginas:20, 21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Militares, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales, Islamismo
Países Estados Unidos, Irak, Turquía, Israel