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De cómo la izquierda italiana perdió Bolonia

El 27-6-1999, luego de cuarenta y cinco años de gobierno ininterrumpido de la izquierda, los ciudadanos de Bolonia llevaron a Giorgio Guazzaloca (centroderecha) a la alcaldía. Más que un símbolo, este cambio anticipó el desmoronamiento estructural de la izquierda en las regiones más ricas de Italia y constituyó el síntoma más impresionante del catástrofico viraje a la derecha del país. Lo que sucedió en la capital de la antigua Emilia-Romagna "roja" prefigura la victoria anunciada, a escala nacional, de Silvio Berlusconi y sus aliados, el posfascista Gianfranco Fini y el separatista Umberto Bossi.

Massimo d´Alema renunció. Su partido, Demócratas de Izquierda (DS), acumula las derrotas. La coalición de centroizquierda se hunde y se parece cada día más a una cáscara vacía. Si bien se adjudica al fracaso de la administración Prodi el origen de este abismo, la "caída del muro de Bolonia", el 27-6-1999, y la elección del candidato de centroderecha, Giorgio Guazzaloca, con 50,69% de los votos, a la cabeza de una de las capitales de la izquierda italiana desde 1945, constituyó la señal de alarma más contundente, un "viraje que hasta fue mencionado en la prensa de Nueva Zelanda"1.

Algunos se lo tomaron a broma y, recordando el oficio de Guazzaloca -carnicero-, publicaron fotos suyas entre cortes de carne y cuchillos, prestándole incluso palabras shakespeareanas: "Una libra de carne lo más cerca posible del corazón"2. Otros titularon en primera plana "Bolonia ya no es roja"3, o "Bolonia abandona la izquierda"4. Sin embargo, si bien cada uno mide el carácter trascendental del acontecimiento, nadie quiso realmente analizar las causas. Especialmente los dirigentes del DS, que durante su congreso nacional en Turín, en enero de 2000, ni siquiera rozaron el tema: su pequeña revancha en las elecciones legislativas de noviembre de 1999 probaría, según ellos, que el paréntesis se cerró.

Por otra parte, casi todos los responsables de centroizquierda se limitaron a minimizar los hechos y a buscar culpables a nivel local, haciendo responsables de la catástrofe a las guerras intestinas de la coalición municipal y a la abortada alianza con el Partido de Refundación Comunista (PRC). Fue necesaria la derrota en las elecciones de la primavera boreal de 2000 (regionales y referéndum) para que se iniciara finalmente un debate autocrítico.

En Bolonia resultó derrotada toda la izquierda, incluso aquellos que en su seno criticaban las decisiones del consejo municipal dirigido por el alcalde DS Walter Vitali. Un examen lúcido de los resultados lo confirma: en un escrutinio caracterizado por la abstención masiva, también perdieron votos los Verdes y el PRC. Peor aún: la mayoría de los jóvenes votó por Guazzaloca. "Bolonia, en suma, es el efecto demorado de una derrota histórica. A partir de Bolonia, toda la izquierda podría efectuar un viraje, abrir perspectivas sobre la base de principios fundamentales -justicia social, participación, derechos ciudadanos- perdidos durante los últimos años. Sólo entonces el mensaje electoral del 27-6-1999 habrá encontrado una respuesta"5.

Pero el "fenómeno Guazzaloca" se debe ante todo al hecho de que el nuevo alcalde no manifiesta ninguna voluntad de ruptura con el célebre "modelo emiliano", al que pretende solamente hacer evolucionar. En época de Togliatti6, la Emilia-Romagna "roja" devino en efecto el laboratorio de un "socialismo" que aprovechaba la riqueza de la región (dotada de una floreciente agricultura cooperativa, además de una abundante red de pequeñas y medianas empresas industriales) para privilegiar las inversiones sociales sobre los imperativos económicos. Este enfoque le permitió al gobierno local apoyarse sobre un amplio "bloque social" -una alianza entre la clase obrera y las clases medias- que contribuía a perpetuar el consenso.

A tal punto que hasta un joven gobernador de Arkansas como William Clinton viajó alguna vez para ver de cerca los "distritos industriales". Del mismo modo, la "preservación del centro histórico" sirvió de "caso de estudio" en toda Europa. Y no es casual que la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) eligiera a Bolonia para su reciente cumbre sobre las pequeñas y medianas empresas.

Aparte de los consejeros posfascistas de la Alianza nacional, nadie, en la nueva mayoría, exige cambios sustanciales en este orden de cosas. Se trata solamente de un cambio de fase política, en el que las potencias económicas decidieron poner término a la gestion tradicional, la del ex Partido Comunista Italiano (PCI), a fin de tener representación directa en la dirección de los negocios. Y a través de un político que no es de modo alguno extranjero al "modelo": Guazzaloca formó y forma aún parte de ese modelo, es el heredero de su crisis tanto como de sus logros y pretende moldearlo según sus objetivos, no desnaturalizarlo.

Ahora bien, el discurso sobre el "cambio" no asusta a los bolonienses, ya que hace años que el ex-PCI lo postula en esta ciudad, que le servía de modelo de exportación. Desde la evolución del partido encarada en 1989 por el secretario general de entonces, Achille Occhetto, en Bolonia se sucedieron dos alcaldes (Renzo Imbeni y Walter Vitali); dos símbolos (el Roble, seguido de la Rosa, en lugar de la hoz y el martillo) y dos alianzas: unidos en el seno del "Olivo" cuando Romano Prodi dirigía el gobierno, los partidos de centroizquierda libran desde hace años una dura competencia. Pero sobre todo el PCI, devenido PDS, luego DS, pasó por una mutación genética, renegando de la herencia de un comunismo declarado incompatible con la libertad. Sólo una cosa no cambió: Bolonia estaba y debía seguir estando en la vanguardia.

Aunque es cierto que Bolonia, gracias al savoir-faire desplegado durante décadas por los gobiernos locales, sigue siendo una aglomeración más soportable que muchas otras, desde los años 1990 la decadencia es evidente y ninguna propaganda logra enmascararla: la ciudad envejece y expulsa a los jóvenes; numerosas empresas importantes, públicas y privadas, pertenecen ahora a sociedades multinacionales; la calidad de los servicios públicos, en otros tiempos orgullo de la ciudad, se deterioró. Como en todas las ciudades ricas, la sensación de inseguridad y el miedo a la soledad en un medio hostil perturban la vida cotidiana de los habitantes. Pero las verdaderas causas se encuentran en otra parte: en la degradación de las condiciones de vida y de trabajo y en la incertidumbre que acentuán la desocupación persistente y el debilitamiento del sistema de seguridad social. En estas condiciones, la presencia de algunos miles de inmigrantes (menos del 3% de la población) comienza a parecer un peso insostenible

Fin del pacto de confianza

En términos más generales, los últimos años de gestión de la izquierda generaron decepciones: muchos anuncios, pero pocas realizaciones. De ahí la caída de la participación, por ejemplo, en el referéndum local sobre el destino de las farmacias de propiedad pública y sobre el acondicionamiento de la estación de trenes. El mítico buongoverno, eficaz pero paternalista, ya no funciona como antes: hay largas listas de espera en los jardines de infantes; se descubrió salmonela en cantinas para niños; las calles de la ciudad están llenas de baches, las veredas y las calles mal cuidadas; los arboles se pudren sin que nadie se preocupe; une pequeña nevada alcanza para paralizar la circulación. Los funcionarios están decepcionados: durante su tercer y último mandato, el alcalde Vitali debió enfrentar un récord de huelgas de empleados y de empresas comunales.

Vivir en Bolonia se convirtió en un verdadero privilegio, porque el precio de los alquileres alcanzó niveles altísimos. Bolonia es una de las ciudades más caras de Europa. En los últimos veinte años perdió 100 mil habitantes, la quinta parte de su población. Y el viejo centro cuenta con un tercio menos de habitantes. Hay dos veces menos obreros y aprendices. La mayoría está ahora formada por ejecutivos, empresarios y miembros de profesiones liberales.

Del mismo modo, en pocos años, los transportes públicos perdieron 40% de sus usuarios, esencialmente trabajadores y estudiantes. A pesar del resultado del referéndum de 1984, en el que 70% de los habitantes votaron por cerrar el centro de la ciudad a los automóviles, las zonas peatonales ya no son más que simbólicas. La circulación y la contaminación empeoraron.

Mientras los trabajadores autónomos, comerciantes o asalariados de servicios, se instalaban en la ciudad, los sectores tradicionales se dispersaban en pequeñas unidades de producción desparramadas en la región. Los hipermercados se multiplicaron a un ritmo frenético. Ligado al modo de consumo y al tiempo libre, el ascenso de las exigencias de movilidad impuso el uso del automóvil individual. La difusión de la riqueza privada fue de la mano con la degradación de los bienes públicos, tanto más cuanto que la reducción de gastos de la comuna multiplicó la tercerización, con la consecuente degradación de la calidad de los servicios y del cuidado de la ciudad. Incluso cuando la centroizquierda intentaba innovar (desarrollo sustentable, control del crecimiento urbano), en la práctica no era capaz de respetar sus propias opciones: al revés y en contra de las decisiones tomadas, se agrandó el mercado, se alargó la pista del aeropuerto, se ensancharon las autopistas. El cemento y el asfalto corrieron por todas partes. En Italia no resulta dificil encontrar los recursos necesarios, dada la proliferación de leyes especiales y pretextos: Mundial de Fútbol, Jubileo…

La izquierda -y no sólo la que ejerce el gobierno- subestimó las consecuencias políticas de estos cambios en las costumbres y estilos de vida de los habitantes. Ciertamente, los últimos consejos municipales intentaron acordar con las potencias económicas establecidas, pero la transparencia, exaltada durante las negociaciones, fue luego rápidamente olvidada. Vaciados de su contenido político, los conflictos sociales fueron tratados por la "diplomacia", o presentados como simples dificultades técnicas. En cada ocasión, la administración y el DS pretendieron ser simples mediadores de una concertación ambigua. Poco a poco el contrato de confianza entre la comuna y el "pueblo de izquierda" se fue rompiendo, al tiempo que se modificaba el equilibrio tácito entre los poderes establecidos. Numerosos analistas situán la fractura decisiva en el momento en que, por primera vez, un hombre del DS se vio confiar la presidencia de la Cámara de Comercio en lugar de Guazzaloca.

"Boloniedad" vs. bien común

Aprovechando las dificultades de la izquierda, ciertos actores (en primer lugar el rectorado y la curia) comenzaron a lanzarse a la conquista de la ciudad. Para encarnar sus ambiciones, Guazzaloca presentaba el perfil soñado -al punto que hubo responsables del DS que pidieron su candidatura ¡a la cabeza de la coalición de centroizquierda! El hombre hacía alarde de su "boloniedad", una palabra a la que está muy apegado. De hecho, apostaba a ese "patriotismo local", devenido caso de estudio para los politólogos. Obra maestra táctica de su campaña electoral, Guazzaloca hizo alusión a Giuseppe Dozza, alcalde comunista en el momento de la Liberación. Dicho de otra manera: "Qué linda era Bolonia en aquella época". El mensaje iba directamente al corazón de los "ancianos", incluidos los de izquierda…

Una vez llegado al puesto de alcalde, Guazzaloca eligió además la continuidad con la administración anterior, durante la cual la centroderecha había votado repetidas veces con la izquierda. Continuidad también en lo que concierne a los funcionarios: los que esperaban la aplicación del spoiling system fueron defraudados. Durante su campaña electoral, el candidato Guazzaloca había declarado la guerra a los fannulloni (holgazanes), pero una vez elegido, confirmó a casi todos los responsables de la adminisitración precedente…

Afirmación típica del estilo del alcalde: "Los problemas no son ni de derecha ni de izquierda". Algunos caen en la trampa y se dicen de acuerdo con estas palabras: la diferencia entre la izquierda y la derecha reside en las respuestas aportadas. De hecho, la verdadera cuestión es la de las prioridades y los recursos que se les consagran. Imponer algunas -la seguridad, por ejemplo- significa descuidar otras: la degradación de la ciudad, el medio ambiente, y, tratándose de seguridad, la del trabajo: luego de más de medio siglo de gobierno de izquierda, los inspectores de trabajo relevaron graves faltas en 70% de las obras en construcción.

El sentido de la vida en conjunto, del bien común, se han perdido. Excluida de la vida ciudadana, una parte creciente de la sociedad se refugió en la abstención. Más que "algunos votos", es la ciudad la que pasó a la derecha. Con su localismo, que se pretende tranquilizador, Guazzaloca se presenta como el perfecto intérprete de la cultura de la estabilidad. Con él, la política cede definitivamente su lugar a la técnica.

  1. Corriere della Sera, Milán, 30-6-1999.
  2. William Shakespeare, El mercader de Venecia, citado en La Stampa, Turín, 24-6-1999.
  3. La Repubblica, Roma, 28-6-1999.
  4. L"Unità, Roma, 28-6-1999.
  5. Rudi Ghedini y Valerio Monteventi, Guazzaloca 50,69%, Luca Sossella Editore, Roma.
  6. Sucesor de Antonio Gramsci, el fundador del PCI, PalmiroTogliatti se exilió en Moscú, donde trabajó en los años1930 y 1940, bajo el seudónimo de Ercoli, en la dirección de la Internacional Comunista. Luego volvió a Italia al final de la segundaguerra mundial y dirigió el PCI hasta su muerte, en1964.
Autor/es Rudi Ghedini
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 16 - Octubre 2000
Páginas:18, 19
Temas Ultraderecha, Deuda Externa, Políticas Locales
Países Italia