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Legionarios del capitalismo

¿Cómo asegurar la supervivencia del capitalismo en el siglo XXI? Es la tarea impuesta por un grupo de poderosos individuos a un equipo de expertos. El resultado es un documento ultrasecreto: el "Informe Lugano", una de cuyas premisas es la necesidad de reducir la población mundial en función de las necesidades del mercado. La incentivación de los conflictos fundados en la pertenencia estrecha a grupos de identidad étnica, religiosa, sexual, etc. será la herramienta privilegiada. Fragmento de la novela.

The Lugano Report. On preserving Capitalism in the Twenty first Century.

Susan George

Pluto Press, Londres/Sterling, 213 págs.

"Hay que consolidar ante todo los fundamentos de la ambiciosa empresa que apunta a provocar una reducción masiva de la población. Estos fundamentos tienen cuatro pilares: el de la ideología y la ética; el económico; el político; el psicológco.

Para que se vuelva aceptable un auténtico control de las poblaciones, hay que instaurar un nuevo clima de pensamiento y opinión, un clima que no tome como punto de partida dogmático una libertad individual sin freno, ni los derechos humanos como eje central. Alentamos vivamente a nuestros mandantes a crear y apoyar un cuerpo de pensadores, escritores, docentes y comunicadores capaces de desarrollar conceptos, argumentos e imágenes que justifiquen, en los planos intelectual, moral, económico, político y psicológico, estrategias vigorosas de gestión de las poblaciones. Esos trabajadores intelectuales deberían elaborar y difundir también una ética innovadora y pragmática para el siglo XXI.

Dentro de un marco ideológico conveniente, una inversión sustanciosa se recuperaría con creces. Para tal fin, deberían desempolvarse las ideas de grandes pensadores como Platón, Darwin, Hobbes, Malthus, Nietzsche, Hayek, Nozick (y también, nos atrevemos a esperar, las contenidas en este informe) revisarse y adaptarse al gusto actual, reformularse en función de los diversos públicos y diseminarse entre los líderes de opinión, los responsables de las decisiones y la opinión pública. (…) Partimos del principio de que la creación de un cuerpo así de "legionarios ideológicos" no debería plantear demasiados problemas a nuestros mandantes. Sin duda mantienen estrechas relaciones con los dirigentes de los grandes conglomerados mundiales de los medios de comunicación, actualmente en expansión, así como con las grandes empresas que tienen en su haber todos los "altavoces intelectuales-ideológicos" necesarios para la difusión de las ideas".

Con toda honestidad, los miembros del grupo de trabajo se consideran a sí mismos como los prototipos de este marco intelectual. Además, admiten de buen grado la seducción que las compensaciones materiales por su participación en esta empresa ejercen sobre ellos, más allá de sus méritos intrínsecos:

"En este sentido, no somos diferentes de los demás pensadores, científicos y escritores profesionales que reconocerán las evidentes ventajas del liberalismo y pondrán su saber y su talento al servicio del mercado toda vez que les resulte claramente ventajoso.

Los abordajes psicológicos, sean grupales o individuales, la "batalla por los corazones y los espíritus" (…) pueden contribuir a crear una atmósfera favorable a la hostilidad entre los grupos; a su vez, esta hostilidad puede estar en el origen de ciertas reducciones de población. Paradójicamente, la psicología individual también puede favorecer la globalización.

La herramienta psicológica más útil de que se dispone para estos objetivos es la "política identitaria", tal como se la denomina en Occidente. Idealmente, y dondequiera que estén, los individuos deberían establecer una estrecha identificación con un subgrupo étnico, sexual, lingüístico, racial o religioso, en desmedro de una definición de sí mismos que pase por la pertenencia a un país, o bien a una clase social o una casta profesional de ese país, y menos aún por una identificación en tanto elemento de la "especie humana". Ante todo, cada individuo debería sentirse perteneciente a un grupo estrechamente definido, y recién después debería definirse por su oficio, por su comunidad, como padre, como ciudadano de una nación o del mundo. Hay que luchar activamente, en todos los niveles, contra la noción de ciudadanía.

Una parte de la ofensiva ético-ideológica hasta aquí esbozada debería consagrarse a procurar un soporte material y moral para los portavoces más agresivos y que mejor saben expresar todos los particularismos, sean sexuales, raciales, religiosos o étnicos. Habrá que dejarlos acceder tan fácilmente como sea posible a los medios de comunicación, gracias a canales específicos instaurados y financiados, en el caso de que no se manifiesten espontáneamente.

¿En quiénes pensamos? En los negros, los blancos, los amarillos, los mestizos; en los homosexuales de ambos sexos, las feministas, los falócratas; en los fundamentalistas y suprematistas judíos, cristianos, musulmanes e hindúes; pero también en los grupos profesionales desprestigiados, desde los camioneros hasta los policías. Cada cual tendrá su diario, su revista, su radio, su televisión, su sitio informático, y todos se preocuparán ante todo de defender sus "derechos". Derechos que no deberán concebirse sólo negativamente (por ejemplo, el derecho a no padecer hostigamiento, violencia o discriminación), sino también en forma positiva (esto es, el derecho a un trato especial, en nombre de todos los daños pasados o presentes, reales o imaginarios), hasta llegar a incluir el derecho a gozar de un estado separado.

Dado que prácticamente todos los grupos identificables del planeta han sido víctimas, en una u otra oportunidad, en mayor o menor grado, de otro grupo o sencillamente de condiciones históricas y/o geográficas particulares, los clamores que se elevarán deberían crear una cacofonía ensordecedora, al punto de que en medio de semejante estruendo no podría escucharse ningún llamado a las armas. El objetivo es reforzar la fragmentación, subrayar las diferencias entre los grupos y erigir guetos, tengan o no fundamento en los hechos o en la tradición. Contrariamente a las ideas heredadas, la mayoría de las identidades, y especialmente las supuestas "identidades étnicas", tienen raíces históricas muy débiles y en la mayor parte de los casos, son de creación reciente. Se parecen un poco a Dios: aun cuando no existan, son sumamente poderosas, hasta el punto de que habrá quienes maten en su nombre.

El método más rápido para crear un repliegue identitario acompañado por un estado mental belicoso consiste en obrar de modo tal que una cantidad suficiente de miembros del grupo X sean humillados o asesinados por miembros del grupo Y (basta con que el grupo X crea que algunos de los suyos fueron muertos o humillados). Aunque no siempre tales tensiones sean fáciles de crear o de manipular, la historia contemporánea ofrece múltiples ejemplos en los que se hicieron surgir y se amplificaron con éxito ciertas diferencias étnicas o religiosas dudosas. Los odios tenaces entre grupos y los conflictos larvados pueden salir fortalecidos por el agravamiento de las tendencias racistas actuales y por ciertas provocaciones que harán que los grupos se vuelvan infaliblemente más proclives a la violencia.

La política identitaria presenta dos notorias ventajas. En primer lugar, al exacerbar toda clase de tensiones dentro de las comunidades, crea las condiciones que dan nacimiento a los conflictos internos y a las guerras civiles. Incluso en los casos en que esas tensiones no lleven al enfrentamiento directo, mantienen a las facciones más visibles en un estado de colérica obnubilación entre unas y otras, de modo tal que los verdaderos actores de la escena mundial se vuelven prácticamente invisibles para estas mismas facciones. En segundo lugar, neutraliza la solidaridad, volviendo extremadamente problemática la oposición a las estrategias que recomendamos; las alianzas nacionales o internacionales se hacen difíciles, cuando no imposibles, y todo recurso a una auténtica acción política queda excluido.

En lugar de preguntarse qué pueden hacer, es preciso que las personas se preocupen ante todo por lo que son. La globalización económica y política proseguirá sin inconvenientes siempre que la gente sea psicológicamente ciega en relación a lo que pasa, y en tanto no haya una ciudadanía mundial que pueda oponérsele (…) Los dirigentes potenciales que se empecinen en adoptar estrategias de solidaridad y de universalidad, así como los que se esfuercen en practicar un nacionalismo inclusivo, fundado en la noción de ciudadano, debieran ser desacreditados a nivel personal para que pierdan la confianza de sus vecinos, sus estudiantes, sus colegas, o de los trabajadores, ya sea a causa de su "raza", de sus orígenes étnicos, de sus preferencias sexuales o de dudas acerca de su honestidad.

Recientes trabajos científicos abrieron nuevas perspectivas sobre estas cuestiones; debieran ser objeto de un atento seguimiento en tanto aplicaciones prácticas del proceso ligado al "imperativo de reducción" de la población. En particular la teoría de los juegos y la primatología contribuyen a explicar por qué y cómo cooperan y viven en sociedad los seres humanos. Las simulaciones en computadora de ciertas estrategias de juego ("toma y daca", "cooperación condicional", "el que pierde gana", "firme pero equitativo" y así sucesivamente) muestran que se pueden provocar actitudes conciliadoras y una cooperación que continuará indefinidamente o, por el contrario, un encadenamiento de mutuas e inextricables recriminaciones cada vez más virulentas que desembocarán en el odio y la "lucha a muerte".

Autor/es Susan George
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 11 - Mayo 2000
Páginas:10
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Literatura