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¿Gatopardismo en Marruecos?

Aparecen con fuerza las primeras dudas sobre los cambios ocurridos en Marruecos después de la muerte del rey Hassan II, en julio de 1999. Mohamed VI, el nuevo monarca, abunda en declaraciones de cambio y en reformas, pero en el fondo refuerza el papel decisivo de la corona en la gestión de los asuntos del país. En una monarquía constitucional, ese papel correspondería normalmente al gobierno, actualmente presidido por el socialista Abderrahman Yussufi. Pero éste se ve condenado en buena medida al inmovilismo, mientras arrecian las críticas sobre su tímida gestión.

El joven rey Mohamed VI, que hace siete meses accedió al trono de Marruecos, ejerce una indiscutible fascinación sobre los marroquíes y la opinión pública internacional. Hay que decir que los cambios y las reformas se sucedieron a un ritmo frenético: nueva actitud del rey hacia los más pobres; manifiesta voluntad de movilizar a la administración pública y la justicia; declaraciones en favor del Estado de derecho; preocupación por inventar un nuevo concepto de autoridad; intención de sacudir la apatía económica; visita a las provincias del Rif; espectacular retorno de célebres opositores exiliados, en particular Abraham Serfaty y la familia Ben Barka1. Por último, destitución del ministro del Interior Driss Basri, decisión unánimemente saludada como signo de ruptura con el régimen anterior.

Esa voluntad de cambio del monarca es perceptible incluso en el delicado tema del Sahara: luego de los motines de El Ayun en septiembre de 1999, y de su represión -denunciada en un informe de la Organización Marroquí de Derechos Humanos- el rey ha implementado una política que rechaza la primacía absoluta de la seguridad y se basa en la solución de los problemas sociales y en la conformación de una asamblea territorial elegida, es decir, en el diálogo con los saharahuies.

Los cancilleres extranjeros, por su parte, no escatiman su ayuda al nuevo monarca. Así, la conversión de la deuda marroquí fue llevada del 20% al 30% de su monto2; la Unión Europea aceptó el principio de no renovación del acuerdo de pesca; fue ratificada la "ayuda estadounidense para la construcción de un Marruecos moderno, democrático, próspero y estable"; y, medida aún más significativa, el referendum sobre el futuro del Sahara Occidental fue postergado dos años, es decir, hasta 2002, dado el atraso registrado en la identificación de los votantes.

Sin embargo, comienzan a plantearse dudas, pues este rey reina y gobierna, designa, destituye, ordena, impulsa y ocupa todo el campo político, con el consiguiente desplazamiento del gobierno de Yusufi. ¿Existe en este aspecto un verdadero cambio, o se trata de una forma de gatopardismo marroquí? La distorsión resultante entre un monarca muy activo y un gobierno demasiado silencioso -y cada vez más criticado- también pone incómodos a los marroquíes. Es cierto que hay muchas muestras de cambio, pero también de continuidad.

Más allá de las formas de fidelidad al rey, que se mantienen intactas, y de la perpetuación -fundamentalmente económica- del sistema del makhzen3, los signos de continuidad se perciben en particular en la actitud del monarca respecto del gobierno. En un reciente mensaje dirigido a los participantes de un seminario sobre las pequeñas y medianas empresas, Mohamed VI definió bastante bien lo que espera del gobierno: que insista en mejorar el nivel del marco institucional de la economía, que preserve los equilibrios macro-económicos, que planifique, que simplifique los trámites, y finalmente que elimine los obstáculos a las inversiones. O sea, que el rey concede al gobierno únicamente un papel de gestión, reservándose por su parte el rol de elaborar la estrategia política y el de "distribuir equitativamente los ingresos y el producto del trabajo". Por otra parte, ya el 20 de agosto de 1999, en su segundo discurso a la nación, Mohamed VI tuvo cuidado en recordar las prerrogativas reales, inscriptas en la Constitución, mostrando así su intención de ejercerlas.

Todo el poder a la monarquía

No hay, por lo tanto, ninguna ambigüedad de su parte, ni en su acción ni en sus declaraciones: él moderniza y cambia el estilo de la institución real -cuya continuidad asume plenamente- y designa a sus elegidos en los puestos clave. La sorpresa proviene del silencio del gobierno y de su aceptación de esa división de tareas, originada en la cultura acuerdista propia del makhzen. Más aún teniendo en cuenta que a los ojos de la opinión pública el pacto establecido entre Hassan II y su primer ministro de alternancia, Abderrahman Yusufi -que garantizaba al primero una transición dinástica sin sobresaltos, y al segundo la gestión de los asuntos públicos- habría quedado sin efecto al morir el rey.

Durante mucho tiempo los marroquíes estuvieron convencidos de que si Yusufi y su equipo de cuarenta y un ministros, provenientes de siete formaciones políticas diferentes (sin olvidar los "ministros de soberanía", es decir, designados directamente por el rey precedente), no podían ejecutar las reformas con mayor rapidez, era a raíz de la preponderancia de Hassan II en la vida política y del predominio de Basri -su poderoso ministro del Interior- en la dirección de los asuntos gubernamentales. Esperaban por lo tanto que las cosas cambiaran luego de la desaparición de Hassan II y más aún luego de la destitución de Basri el 9 de noviembre de 1999.

Pero no sólo las cosas no cambian, sino que comienza a extenderse la sensación de que están empeorando, puesto que la acción del nuevo rey es muy visible, mientras que la del gobierno parece afectada de inmovilismo. Y no se trata simplemente de apariencias. Al igual que su padre, Mohamed VI da muestras de un gran dinamismo, creando multitud de comisiones reales: sobre el tema del Sahara; las inversiones; los derechos de las personas; la enseñanza; la pobreza; los problemas sociales y hasta sobre el destino de los 1.100 millones de dólares percibidos por Rabat por la venta de una segunda licencia de teléfonos GSM, dinero destinado a la creación de un llamado fondo Hassan II para el desarrollo y el equipamiento.

"Confieso que no entiendo", dice un economista francés. "Cuando Yusufi y sus ministros vinieron a París en 1998, nos explicaron que no tenían los medios materiales ni presupuestarios para hacer las reformas. Ahora bien, esa licencia GSM les da medios financieros, que ellos se dejan quitar del presupuesto. Es bastante raro".

¿Busca así Mohamed VI restarle credibilidad a su primer ministro, a quien la prensa acusa de "timorato, pasivo y sin imaginación"4? ¿Comparte el rey las críticas de inercia dirigidas contra el gobierno, cuyos resultados él mismo lamentó públicamente el 12 de octubre de 1999 que "no estén a la altura de nuestras esperanzas"? ¿O bien, no hace más que ejercer plenamente las que son, a su entender, las prerrogativas de su función ?5 En cualquier caso, de todos lados brotan actualmente reclamos por un gabinete más compacto (con las nuevas designaciones reales, ahora hay dos Secretarios de Estado más, es decir, ¡que el gobierno cuenta con cuarenta y tres miembros!)6, y hasta de un nuevo gabinete o de un nuevo primer ministro.

Por su parte, Yusufi ha hecho esfuerzos para "acelerar la marcha", como se lo reclamaban sus aliados, insistiendo en la lucha contra la corrupción y hasta presentando diez proyectos de ley, uno tras otro. Pero reiteró que "el orden de prioridades" no había cambiado, y -al igual que el ministro de economía, Fathallah Walalu- considera a su gobierno como de "transición democrática", a lo que Walalu agrega: "sin bases reales".

Las críticas aumentaron recientemente, cuando -durante una reunión de gabinete- Yusufi anunció que organizaría un "té de honor" en homenaje al ex ministro Driss Basri, odiado por el pueblo. En respuesta, varios militantes de derechos humanos efectuaron una manifestación de protesta con velas delante de la residencia de Yusufi. Y hasta los observadores más favorables mostraron su sorpresa ante un homenaje tan incongruente (al cual -por otra parte- muchos ministros se negaron a asistir), más aún teniendo en cuenta que en 1993 Yusufi había declinado una primera propuesta de dirigir el gobierno, precisamente debido a la preponderancia de Basri.

Reclamos civiles

El rey, que comanda los cambios, y el primer ministro, que ejecuta su política, no son los únicos actores de esta pieza que se representa durante la compleja transición. Entre ambos actores principales, numerosos recién llegados se deslizan en medio de un clima de deshielo, donde los espíritus se liberan y las lenguas se sueltan. Y si bien los partidos políticos aparecen como envejecidos y obsoletos, una sociedad civil muy activa ocupa una parte cada vez más grande del campo político, impulsando cambios y reformas.

En primera fila están las asociaciones de defensa de los derechos humanos, como el foro Verdad y Justicia, creado en octubre de 1999 por las víctimas de detenciones arbitrarias y de desapariciones forzadas de personas. No se van a conformar con las indemnizaciones ya prometidas7, ni con las rehabilitaciones efectuadas: piden la acusación de los responsables de los malos tratos. Rechazan el olvido y la impunidad, argumentando que no puede haber reconciliación sin justicia, y se aprestan para juzgar "simbólicamente" a Driss Basri ante un tribunal popular. Sobre el tema del juzgamiento de los torturadores, algunos de los cuales siguen ejerciendo funciones oficiales, Mohamed VI dijo el 10 de octubre de 1999, evocando el valor que el Islam acuerda al perdón: "Lo que enaltece al hombre es el hecho de elevarse por encima de toda forma de venganza".

Pero de todas partes brotan las denuncias de disfuncionalidades, prebendas, acaparamientos, enriquecimientos ilícitos, escándalos financieros o inmobiliarios, despilfarros. Todo lo que se ocultó durante los largos años de plomo aparece ahora a la luz del día, y es de prever que los reclamos y las reivindicaciones vayan en aumento. Hasta los parlamentarios más deshonestos, que utilizan su inmunidad para eludir la justicia, están siendo denunciados, y algunos van a ser enjuiciados. Por otra parte, a partir de marzo de 2000 quedará prohibido acumular varios cargos públicos.

Esas denuncias, más o menos agresivas, reproducidas por una prensa de tono muy libre y que funciona como locomotora del cambio, alcanzaron su paroxismo luego de la destitución de Basri. Los que en el pasado se mostraban desafiantes, temen ahora que se abra la caja de Pandora, y comienzan a movilizar sus redes de contactos.

A todo eso se agregan los problemas no resueltos: los sindicatos protestan contra el nuevo código laboral y amenazan al gobierno con una huelga general; por otra parte, en octubre de 1999 la Coordinadora Internacional de Sindicatos Libres (CISL) denunció en Bruselas "el endurecimiento de las autoridades marroquíes respecto del movimiento sindical". La patronal, en cambio, reclama flexibilidad laboral y reformas en la justicia y en la administración. Los jóvenes diplomados y sin empleo siguen protestando. Las asociaciones femeninas critican los obstáculos puestos al plan de inserción de la mujer presentado en marzo de 1999 por el secretario de Estado para Asuntos sociales, y contra el cual se manifestaron el ministro de Asuntos religiosos, luego los doctores de la ley musulmana, más tarde los islámicos del Parlamento y por fin el jefe de un partido de la coalición gobernante, sin contar los miembros eminentes del partido (socialista) del propio primer ministro.

Ese debate llena las páginas de los diarios y hace más visible al movimiento islámico, tanto el oficialmente reconocido (el Partido de la justicia y del desarrollo, que dispone actualmente de su propio grupo parlamentario) como al representado por Justicia y Beneficencia, dirigido por el jeque Abdessalam Yassin, que enarbola una oposición radical, dominante en el seno de la universidad y cuya influencia en amplios sectores de la sociedad actual resulta patente.

Muchos, incluido el primer ministro8, no se opondrían a que los islámicos legalistas entren en el gobierno, puesto que es evidente que éstos tratan de reposicionarse políticamente aprovechando el cambio actual que afecta a todos los partidos, algunos de los cuales, como el Istiqlal (de derecha) ya está en campaña electoral9.

El concepto de moda ("Él es él, yo soy yo", frase atribuída a Hassan II) va a resultar insuficiente dentro de poco. Referida al príncipe heredero, la frase se revelaría como exacta y acaba de ser adoptada por el nuevo ministro del Interior, El Midawi, para diferenciarse de su predecesor. Pero los cambios esperados deberán ser inscriptos en los textos, así como lo está el llamado sistema Basri, fundado -a escala regional- en la preponderancia de los gobernadores, cuyo régimen acaba de sufrir importantes modificaciones. La carta electoral, modelada por Basri, da forma a ambas cámaras (Mohamed VI dio a entender que la segunda era innecesaria). Algún día habrá que modificar esa famosa carta por medio de elecciones y redactar un nuevo código electoral. Entonces se verá si Marruecos está realmente en el camino del cambio.

  1. Mehdi Ben Barka, por entonces líder de la oposición marroquí, fue secuestrado en París en octubre de 1965, sin que jamás se volviera a saber nada de él. El caso, clasificado en Francia como "secreto de defensa", finalmente va a ser reabierto.
  2. Según las autoridades marroquíes, habría sido reducida de 19.300 millones de dólares en 1998, a 18.000 millones en 1999.
  3. En Marruecos, gobierno de un sultán.
  4. La Nouvelle Tribune, Ginebra, 16 al 22-12-99.
  5. De esta manera, Mohamed VI obedece punto por punto las reglas de las sucesiones dinásticas, tal como son descriptas por Lévy-Provençal, en su Histoire de l´Espagne andalouse, Maisonneuve et Larose, París, 1950.
  6. Hay actualmente cuatro ministros de Educación, otros cuatro de Relaciones Exteriores e igual número de ministros de Asuntos Sociales, sin contar las comisiones paralelas. Se habla de una próxima reestructuración o de una reducción del gabinete, "lo cual -dijo el primer ministro- no modificará en nada la situación".
  7. Ya no se trata únicamente del centenar de casos reconocidos en la época de Hassan II: se han presentado unas 3.000 carpetas con pedidos de indemnización, que están siendo estudiadas por una comisión real ad hoc.
  8. Ver entrevista publicada por La vie économique, agosto de 1999, y declaraciones de Habib el Malki, ministro de Agricultura, en Jeune Afrique, Nº 2032, del 21-12-99.
  9. Ver Mohamed Tozy, "Qui sont les islamistes marocains?", Le Monde diplomatique, París, agosto de 1999.
Autor/es Kader Abderrahim, Zakya Daoud
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 8 - Febrero 2000
Páginas:27, 28
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Deuda Externa, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Marruecos, Francia