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Recuadros:

Crueles interrogatorios en todas las colonias

"La tortura judicial, la terrible tortura medieval, reina no sólo en Madagascar, sino en Tonkin y en el Sudán francés". Este testimonio del diputado Paul Vigné d'Octon data de… 19001. Esto prueba, si fuera necesario, que la tortura no comenzó con el general Massu2, y que tampoco se limitó al norte de África.

Por cierto, durante la guerra de Argelia, entre 1954/1955 y 1962, la tortura fue un creciente medio masivo de terror, que fue mucho más allá de las filas nacionalistas o "rebeldes". La focalización del debate sobre esta guerra, diferente a todas las demás, es por lo tanto ampliamente justificada. Pero es la colonización en su conjunto lo que hay que impugnar. La Francia oficial, desde la monarquía de julio (1830) hasta la República de mayo (1958), organizó, provocó o permitió, según los casos y según los periodos, el uso de la tortura; de Hanoi a Noumea, de Tananarivo a Dakar, de Rabat a Túnez.

Para explicar semejante generalización hay que volver al corazón de las mentalidades coloniales3. Terminada la conquista y asegurada la "pacificación", la Francia colonial, impregnada en sus fibras más profundas de su "misión" (sacar del reino de las tinieblas a territorios enteros), está convencida de su éxito inminente. Está orgullosa de lo hecho. Las "masas indígenas" le están indiscutiblemente agradecidas: gozan de la "Pax francesa", que pueden comparar con las miserias y las injusticias del pasado. Y si a pesar de todo existen movimientos de protesta, los mismos son provocados por "cabecillas" manipulados desde "el exterior", que tienen algún turbio interés en perturbar la armonía reinante. Esos agitadores sólo representan, por definición, una ínfima minoría. Por lo tanto, la represión se transforma, no en una manifestación de brutalidad contra el pueblo, sino en un acto de autodefensa contra elementos malsanos, la hez (política y social) del pueblo.

La tortura es hija natural de ese argumento: para evitar que la lepra ataque un organismo presuntamente sano, hay que aislar los gérmenes amenazadores, extirparlos del organismo. En 1933, Albert de Pouvourville, gran pluma indochina, literato muy conocido en los círculos coloniales, escribe: "Resulta evidente que jamás se logrará integrar a los nacionalistas irreductibles. Para esta categoría de individuos no hay reforma que valga (…) La única política posible respecto de ellos es la de la represión despiadada (…) Todo indígena que se ponga la etiqueta revolucionaria debe ser puesto fuera de la ley; no debe haber equívocos sobre esto. Felizmente, no cabe duda de que esos irreductibles son pocos, como mucho algunos centenares en el Nor-Annam, pero son muy violentos. Ese número aumentaría rápidamente si por una generosidad mal entendida cometiéramos el error de contemporizar con ellos, de mostrarnos indulgentes"4. ¿Y qué hacer sino utilizar de entrada los métodos más violentos para aislar tales gérmenes?

Torturas clásicas y modernas

Expresándose así, el propio colonizador construye la trampa en la que va a caer. Coloca sobre la realidad (una nación rebelde) una máscara opaca (el gran mito de la minoría activa). Pero ocurre que esa "minoría" es cada vez más numerosa y cada vez más activa. Cuanto más crece el movimiento nacional, más flagrante resulta el divorcio entre el discurso colonial y la realidad.

Desde el período de la conquista no es raro que se recurra a métodos de interrogatorios crueles. Poco a poco se instala la costumbre de actuar violentamente contra los sospechosos, con cualquier motivo. Como escribe Alexis de Tocqueville al comienzo mismo de la ocupación de Argelia: "Desde el momento en que admitimos la gran violencia de la conquista, creo que no debemos retroceder ante las violencias de detalle, que son absolutamente necesarias para consolidarla"5. "Detalle", palabra que hoy resuena extrañamente en nuestros oídos…

En Indochina el enfrentamiento alcanza un primer paroxismo. En los años 1930 las prisiones literalmente desbordan de detenidos. Andrée Viollis, una periodista por entonces muy célebre y a quien no cabe sospechar de extremismo, luego de acompañar en un viaje a Paul Reynaud, ministro de Colonias, escribe un libro explosivo, Indochine S.O.S.6, donde puede leerse: "Hay torturas que pueden llamarse clásicas: privación de alimentos, consistente en dar una ración de sólo 30 gramos de arroz por día, golpear con un mimbre los tobillos, la planta del pie, tenazas aplicadas en las sienes para hacer salir los ojos de sus órbitas, colgar a la persona de un poste por los brazos, a pocos centímetros del suelo, el embudo de petróleo, las prensas de madera, agujas bajo las uñas, privación de agua, particularmente dura para los torturados que vuelan de fiebre". En efecto, lo "clásico".

Pero hay cosas más "modernas". La tortura con electricidad está, desde entonces, formalmente comprobada: "Atar un extremo del alambre al brazo o a la pierna, introducir el otro extremo en el sexo; conectar un látigo a los alambres de la corriente eléctrica; atar una de las manos del acusado a un alambre que se conecta luego a la electricidad"… Y Andrée Viollis precisa que esas prácticas son diarias en ciertas comisarías.

Por lo tanto, los "picaneadores" de Argel no inventaron nada. En los trópicos, desde 1930, bajo la protección de la bandera francesa, ya existen todos los métodos degradantes. Sin dudas, los estallidos nacionalistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial harán que esas prácticas sean cada vez más comunes. Sétif en 1945, Indochina en 1946, Madagascar en 1947… en todos lados el sistema colonial se resquebraja, en todos lados la respuesta es la misma.

La Francia de 1945, que con la ayuda de los Aliados acaba de librarse de la opresión nazi, no entendió que el derecho de las naciones a autodeterminarse podía ser aplicado a su Imperio. Francia esboza, es cierto, una política de reformas, pero antes que nada se aferra a su soberanía. Frente a la protesta nacional que se manifiesta cada vez con más fuerza, recurre a los antiguos esquemas de explicación. La maquinaria se embala. Luego de 1945 los dirigentes franceses, que ya no saben para dónde ir, inician una represión generalizada que tendrá su apogeo en la guerra de Argelia. La política da el puntapié inicial; el control de los actores, en todo momento y hasta el final, es garantizado por lo político.

Es el caso de Madagascar. Ahora se conoce el desarrollo de los acontecimientos: la provocación de 1947 y sus consecuencias, la represión masiva. Lo que es menos conocido es la parodia de juicio que entonces se inició a los dirigentes del Movimiento Democrático de Renovación Malgache (MDRM). Durante las audiencias, el doctor Stibbe, el más importante de sus defensores, junto al doctor Douzon, denuncia sin concesiones la práctica frecuente de interrogatorios "intensos", de tortura, para llamar las cosas por su nombre, durante la instrucción. Luego publicaría numerosos testimonios y evocaría, en un artículo en Esprit, la generalización de esos métodos en todos los territorios de ultramar, un año antes de la guerra de Argelia: "En los casos políticos, y particularmente en los casos coloniales, el empleo de esos procedimientos, que tiende a convertirse en sistemático, sigue siendo ignorado por una gran parte de la opinión pública (…) A partir de 1947, casi no hay ningún gran juicio político colonial, en Madagascar, en Argelia, en Túnez o en Marruecos, en el que los acusados no hayan confesado ante la policía, para retractarse luego, invocando las más horribles torturas"7.

Cabe afirmar que el mayor enfrentamiento de esa misma época, la guerra de Indochina, al profundizar la distancia entre las comunidades, significó un paso adelante en el horror. Con una nueva dimensión: el ejército reemplazó a la policía en esas tenebrosas actividades.

Para convencerse de que la tortura fue utilizada en esa guerra (el primero de los dos grandes conflictos de la descolonización francesa), basta con leer la "frasesita" -que pasó relativamente desapercibida- del primer testimonio del general Massu en Le Monde: "Cuando llegué a Argelia, en 1955, me acuerdo de haberlo visto (a Bigeard) interrogando a un desgraciado con la picana (…). Le dije: ¿pero qué está haciendo? Me respondió: Esto ya lo hacíamos en Indochina, ¡no vamos a parar ahora!"8. Primera prueba, de boca de un especialista, de que la tortura fue cuando menos utilizada, y probablemente de manera corriente, a pesar de la negativa de algunos nostálgicos. Y a vista y oídos de todos, o casi.

En todo caso, la opinión pública comienza poco a poco a informarse. Ya en 1945, cuando los métodos nazis están aún presentes en todas las mentes, la prensa se hace eco de los detestables métodos de la reconquista. El periodista Georges Altman denuncia en Franc-Tireur las "salvajes represalias que los defensores de cierto orden colonial ejercen contra los hombres del Viet Minh". Y añade: "No habremos reducido en nada la enorme mancha de sangre que cubría Europa, si dejamos extenderse -porque está muy lejos- la mancha de sangre en la Indochina francesa"9. En 1949 estalla un escándalo que causa conmoción, pero que luego fue cuidadosamente enterrado. Jacques Chegaray, un periodista de L'Aube, diario del Movimiento Republicano Popular (MRP), es enviado a Indochina. Lo que trae de su viaje está muy lejos de lo que esperaban sus patrones: horrorizado, recogió el testimonio de torturadores, que tranquilamente le describieron varios de sus métodos. Su diario se niega (evidentemente) a publicar el artículo. Se dirige entonces a Témoignage Chrétien, que el 29-7-1949 titula: "Junto a la máquina de escribir, el mobiliario de una comisaría incluye una máquina para hacer hablar. Las torturas en Indochina". La publicación de su testimonio, el primero de una larga serie en la que se incluyen artículos del gran conocedor orientalista Paul Mus, es la señal de una amplia polémica en Francia.

Entonces, se podía saber. Así lo prueban las "memorias" de algunos ex-combatientes del ejército en Indochina, a pesar de que ese cuerpo se mantiene generalmente cohesionado -incluso hoy en día- en torno de los valores que defendía entre 1945 y 1954. Pensamos, evidentemente, en el general Jacques de Bollardière, que vio la tortura en suelo vietnamita. Pero la consideraba algo marginal. En todo caso, no generalizada, lo que explica su permanencia en el seno del Ejército10.

En los escritos de Jules Roy también se hallan numerosos rastros de esas prácticas. Joven teniente coronel y ya célebre escritor, se presenta como voluntario para ir a Indochina. Sus primeros textos no dejan ninguna duda sobre su aceptación de la cruzada anti Viet-Minh en nombre de la defensa del "mundo libre". Pero lo que ve en Indochina enfría su pasión: "En todas las bases aéreas, a un costado de las pistas se habían construido unas cabañas cerca de las cuales nadie pasaba, y de las cuales, por las noches, salían unos alaridos que fingíamos no oír. En la base de Tourane de mi camarada Marchal, donde yo tenía una cierta libertad de movimientos, me lo mostraron con repugnancia: allí practicaban los mercenarios de los servicios de informaciones. Marchal me decía: "En todos lados es igual, no hay otra posibilidad". ¿Por qué? ¿Cómo? Un día, durante otra operación, yo recorría la zona en jeep cuando vi frente a una pagoda un grupo de campesinos en cuclillas y custodiados por soldados. Le pregunté al oficial que me acompañaba qué era eso. "Nada. Sospechosos". Hice que nos detuviéramos. Fui hasta la pagoda y entré: había filas de Nha Que frente a las mesas donde los especialistas les destrozaban los testículos con la picana"11.

Transcurrieron menos de cien días entre el final de la guerra indochina (20-7-1954) y el comienzo de la guerra de Argelia. Demasiado poco tiempo para que se olvidaran las "malas costumbres"…

  1. Discurso en la Cámara de Diputados, 19-11-1900.
  2. Referencia al general Jacques Massu, comandante de la 10º división de paracaidistas encargada de restablecer el orden en Argelia, que ganó la batalla el 24 de septiembre de 1957. A los 92 años, Massu reconoció en una entrevista a Le Monde del 22-6-00 la existencia de la tortura sistemática en las colonias, aunque negó haber participado directamente de ella.
  3. Le Credo de l'Homme blanc, Complexe, Bruselas, 1996.
  4. Griffes rouges sur l'Asie, Baudinière, París, 1933.
  5. Carta al general Lamoricière, 5-4-1846, citada por A. Jardin, Alexis de Tocqueville, Hachette, París,1984.
  6. Prefacio de André Malraux, Gallimard, París, 1935.
  7. "Le mécanisme de la répression politique", Esprit, septiembre de 1953.
  8. Le Monde, París, 22-6-00.
  9. Franc-Tireur, París, 22-12-1945.
  10. En marzo de 1957 pediría ser relevado de su mando en Argelia para protestar contra la tortura.
  11. Mémoires barbares, Albin Michel, París, 1989.

Memoria del 8 de mayo de 1945

El 8 de mayo de 1945 marca el fin del nazismo, pero coincide también con uno de los momentos más sangrientos de la represión colonial. En efecto, el levantamiento de Sétif se inscribe como una etapa decisiva del nacionalismo argelino. La Segunda Guerra Mundial favoreció esa explosión: en la primera fase del conflicto, la propaganda alemana estimuló la consolidación de los nacionalismos en el Magreb y, luego del desembarco aliado en Argelia, en 1942, las fuerzas estadounidenses propagaron el tema del anticolonialismo. El combate de los Aliados contra regímenes dictatoriales, combate en el que participan cada vez más magrebíes, acentuó la comparación con el autoritarismo colonial y dejó ver más claramente la condición de ciudadanos de segunda zona de los musulmanes argelinos.

El levantamiento de Sétif, que se extiende a Guelma, Bône, Biskra, Batna y Constantine, cristaliza así más de un siglo de frustraciones y de humillaciones en una brutal ola de violencia antieuropea. La represión desatada entonces por el general Duval, de la que participaron la aviación y la marina, es de una violencia inaudita: en pocas semanas mueren entre 6.000 y 8.000 argelinos, cifra que llega a los 45.000 en la memoria colectiva de esa población. El gran escritor Kateb Yacine recuerda que "se veían cadáveres por todos lados, en todas las calles… Era una represión ciega, una gran masacre (…) Todo acabó con decenas de miles de víctimas. En Guelma, mi madre perdió la memoria… La represión fue atroz"1. En su más célebre novela, Nedjma, el escritor describe la violencia de la represión: "Las ametralladoras, las ametralladoras, las ametralladoras, unos caen y otros corren entre los árboles, no hay montaña, no hay estrategia, se hubieran podido cortar los cables del teléfono, pero ellos tienen radios y armas estadounidenses flamantes. Los gendarmes salieron con sus side-cars, no veo a nadie más en torno mío"2.

Milicias de pieds-noirs3 participan activamente en las operaciones, acentuando la separación entre las comunidades. Así, Michel Rouze, jefe de redacción de Alger-Républicain señala en un informe que "se proclamó la ley marcial. Se distribuyen armas a los europeos. Todo árabe que no lleve brazalete será abatido"4.

El desencadenamiento de la represión de mayo de 1945 en la región de Constantine marca un cambio radical de coyuntura para los nacionalistas argelinos. La ausencia de reformas significativas luego de 1945 refuerza la convicción de que el sistema colonial no puede ser enmendado por medios pacíficos. Por otra parte, se hace evidente que la unificación de todas las fuerzas de un nacionalismo por entonces dividido, resulta necesaria para cambiar la relación de fuerzas entre éste y la potencia colonial. De ese modo, Sétif prefigura la guerra de Argelia.

  1. Citado por Boucif Mekhaled, Chroniques d´un massacre. 8 mai 1945. Sétif, Guelma, Kherrata, Syros, París, 1995.
  2. Kateb Yacine, Nedjma, Le Seuil, París, 1956.
  3. Pied-noir: francés instalado en África del norte durante la época colonial.
  4. Michel Rouze, informe del 12-6-1945, citado por Boucif Mekhaled, op. cit.


Autor/es Alain Ruscio
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 24 - Junio 2001
Páginas:12, 13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia, Colonialismo, Minorías, Derechos Humanos, Estado (Política)
Países Túnez, Argelia, Madagascar, Marruecos, Sudán, Francia