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De límites y posibilidades

Por distintas razones, que no excluyen la miopía o el egoísmo político, importantes sectores de las ciudadanías argentina, brasileña y venezolana vacilan actualmente entre apoyar o no apoyar, o en todo caso sobre cómo y hasta dónde apoyar a sus actuales gobiernos. Es que en esas sociedades, frente a los sectores que se sienten amenazados en sus intereses por las promesas de los líderes –una minoría, en términos cuantitativos– se ha alzado una mayoría que aspira a cambios importantes en la orientación económica y la distribución del ingreso, en el funcionamiento institucional, en la educación, salud y seguridad. En definitiva, en calidad de vida y percepción del futuro.

Dejando por un momento de lado las evidentes diferencias en la situación concreta de los tres países, el hilo conductor que une a esos gobiernos es el cómo y el hasta dónde. Porque no se trata de gobiernos “comunes”, en el sentido de haberse hecho cargo en un contexto más o menos rutinario, sino de situaciones de gravísima crisis y convulsión social que exigen medidas excepcionales y un ritmo de ejecución que nada tiene que ver con la rutina.

El presidente Hugo Chávez fue izado a la cabeza del gobierno por el sector mayoritario y absolutamente desposeído de la sociedad venezolana, luego de que se hundiese por sí mismo el corrupto sistema bipartidista –socialdemócrata y socialcristiano– que se alternó en el poder durante más de medio siglo, dilapidando o apropiándose de centenares de miles de millones de dólares de ingresos petroleros. Al cabo de esa fiesta liberal-burguesa, Venezuela, un país enorme y fértil, importa el 80% de los alimentos que consume y más del 50% de su población vive en la miseria o por debajo del nivel de pobreza. Dos cosas pueden decirse hoy sobre Venezuela. La primera, que los sectores políticos y sobre todo mediáticos nacionales e internacionales que denostan al presidente Chávez son los mismos que durante décadas nada dijeron de las tropelías de los gobiernos anteriores; la segunda, que aunque no se conocen aún parangones entre la implosión de la URSS y la del sistema político venezolano, ocurridas casi al mismo tiempo, se puede avanzar una moraleja: el autoritarismo, la corrupción y la ineficiencia no son de izquierdas ni de derechas, y las sociedades y sistemas que los han tolerado acaban en situaciones revolucionarias o en más autoritarismo, caos y miseria.

La sociedad brasileña votó a un Presidente de origen obrero y a un Partido de los Trabajadores en un contexto institucional distinto al de Venezuela, pero en una situación económica y social muy grave. Octava potencia industrial del planeta, país enorme y fertilísimo, en Brasil decenas de millones de ciudadanos vegetan en la miseria y la ignorancia, errando por el inmenso territorio mientras millones de hectáreas permanecen sin laborar. Después de ganarse a pulso el mote de “Belindia” (por su desarrollo comparable al de Bélgica y su situación social a la de India), Brasil enfrenta el desafío de resolver favorablemente esa contradicción o sumirse en el caos económico, social e institucional (ver de Souza, pág. 8). Muy pronto, el gobierno de Lula deberá renegociar la enorme deuda externa (el acuerdo con el FMI, heredado del gobierno anterior, estrangula toda posibilidad de crecimiento), en un clima de crecientes temores ante un posible default.

¿Es necesario describir la situación en que Néstor Kirchner se hizo cargo de Argentina y la magnitud de la tarea? Dentro y fuera del país, la opinión es unánime en el sentido de que se trata de la crisis más grave, profunda y general de la historia argentina; de un tipo de situación de las que se sale hacia arriba o se continúa en caída libre hacia el abismo bananero. Argentina es “un caso” en más de un sentido: porque fue el mejor alumno neoliberal y el que en peor situación se encuentra; porque en el último cuarto de siglo también fue víctima de una expoliación brutal a manos de su propia burguesía. A veces, hasta para explicarse la situación de un país complejo y sofisticado como Argentina conviene simplemente hacer las cuentas del almacenero: en 1976, cuando asumió la última dictadura militar, la deuda externa era de 7.800 millones de dólares; en 1983, cuando asumió el presidente Raúl Alfonsín, de 43.600 millones; en 1989, cuando asumió Carlos Menem, de 62.500 millones; hoy redondea los 160.000 millones. En los ’90 se privatizaron empresas nacionales por casi 40.000 millones. Es decir que en poco más de 25 años “ingresaron” (es una manera de decir, pero eso es lo que se reclama a Argentina), más de 150.000 millones sin contar las privatizaciones, y el país está arruinado. Los fondos de ciudadanos argentinos en el exterior se estiman entre 120 y 140.000 millones de dólares; las grandes fortunas se han acrecentado y más de la mitad de la población se ha empobrecido1.

Un elemento común a los tres países, aunque se exprese de manera diferente y responda a causas distintas, es la mafistización de sus sociedades –relativa en Brasil; exasperada en Argentina2– un factor en general subestimado en los análisis políticos. De manera interesada en la oposición neoliberal y nada realista en ciertos sectores radicales o “apolíticos” de la población, se suele criticar la inoperancia o lentitud de los gobiernos populares sin tener en cuenta el hecho de que éstos se hacen cargo de un sistema institucional lastrado por décadas de clientelismo político y penetrado hasta el tuétano por la delincuencia, cuando no convertido, pura y simplemente, en una “organización delictiva”3.

Dicho esto, ¿es necesario cruzarse de brazos y tener paciencia? Lo segundo, por supuesto; lo primero, en absoluto. Si lo que se pretende es resolverlas en democracia, estas situaciones indican que es preciso analizarlas en movimiento. La somera descripción hecha más arriba equivale a una fotografía, pero ¿qué corrientes profundas han llevado al gobierno a estos líderes y qué expresan realmente, más allá de las diferencias políticas (reformistas/revolucionarios; nacionalistas/integracionistas; populistas/republicanos, etc.) que las separan? La crisis neoliberal ha hecho emerger una enorme corriente social orientada al cambio de rumbo político y económico, por una mayor justicia social y, dato importante, una nueva conciencia sobre la necesidad de recuperar y profundizar la pertenencia cultural y regional. Ese es el mandato que recibieron los actuales gobiernos.

El problema es precisar hasta dónde se puede contar con esa masa y respecto a qué asuntos. Por ejemplo: en la Argentina de hoy se puede decir con cierta certeza que una mayoría de la población apoyaría la recuperación de las AFJP por el Estado si esa estafa4 fuese suficientemente explicada, o la aplicación de mayores impuestos a la riqueza, o la creación de una nueva empresa petrolera y gasífera estatal, o decisiones políticas enérgicas para democratizar los sindicatos y corporaciones, etc. (Nadie se opuso seriamente a la intervención del PAMI y nadie lo haría ante la de la provincia de Santiago del Estero). Pero es muy improbable que ese frente social se mantuviese unido ante los inevitables efectos de una ruptura con los organismos de crédito internacionales o un eventual desabastecimiento organizado por la derecha y justificado por los medios de comunicación masivos en manos de corporaciones. El caso de Venezuela, una sociedad fracturada y al borde de la guerra civil, es ilustrativo (ver Ramonet, pág. 40). Por otra parte, hay que contar con la oposición: en Argentina, entre la derecha menemista y la defensora del statu quo se contabiliza más del 40% de los sufragios… Carlos Menem, calificado ahora de “crápula”5 por la misma prensa internacional que lo presentaba antes como “modelo”, fue bendecido no sólo por la burguesía, sino también por una parte mayoritaria de la misma sociedad que ahora espera que el actual gobierno resuelva la crisis. Quien se haya ilusionado con una revolución el 19 de diciembre de 2001 no tiene más que preguntarse dónde estaban ese día las organizaciones sindicales y estudiantiles y dónde está ahora, después de haber recuperado mal que bien su dinero del “corralito”, la clase media que aplaudía a los piqueteros a su paso. No se construye un gran edificio sobre esa clase de cimientos.

En resumen, los tres gobiernos enfrentan el desafío de producir cambios importantes ante un adversario interno y externo poderoso y con una base política y social cuantiosa, pero frágil política e ideológicamente. ¿Significa esto que hay que concederlo todo, no operar cambios para no molestar a los sectores que verían recortados o anulados sus privilegios? El “posibilismo” ya fue practicado por el gobierno de Raúl Alfonsín con el resultado conocido, porque no era más que una actitud timorata producto de la ideología radical y de una pésima evaluación del estado de ánimo de la ciudadanía. Lo “posible”, para Alfonsín, fue concederlo todo.

Entonces, ¿qué hacer? Ciñéndonos al caso argentino, ya que en este punto aunque el problema general es semejante las situaciones concretas son muy distintas, parece evidente que la mejor manera de apoyar y al mismo tiempo de obligar al gobierno a avanzar en el mandato recibido consiste en que la ciudadanía acelere la recuperación y democratización de las bases sociales –partidos, sindicatos, cooperativas, vecinales, hasta los clubes deportivos…–; en criticar a la lupa y de manera madura y constructiva cada una de sus decisiones y, sin que esto acabe la cuenta, centrar las demandas en los problemas estratégicos para la recuperación del país: educación, salud, medio ambiente, soberanía (no sólo política, sino también productiva: ver Pengue, pág. 6), desempleo, Pymes, patentes, recursos naturales, integración regional…

En cuanto al gobierno, si se queda en “lo posible” acabará como Alfonsín o De la Rúa. Es su responsabilidad llevar el límite de lo posible más allá del que le marcan el sistema actual y los sectores sociales y económicos que lo expresan; debe empujar con decisión hasta el punto donde los problemas comienzan a resolverse realmente y explicar esto a la sociedad, incluyendo a la derecha democrática, de manera que ésta lo acompañe hasta el final.

Un buen ejemplo es la propuesta de crear un fondo de reconstrucción nacional (ver Calcagno, pág. 4), porque según toda evidencia el acuerdo con el FMI y el que vaya a lograrse con los acreedores privados, por buenos que sean, sólo permitirán pagar los intereses de la deuda y, en el mejor de los casos, dejarán migas para los graves problemas sociales. ¿Que se soliviantará la oposición? Pues habrá que acallarla por medios democráticos, porque no se trata de una revolución social, sino de un medio que otros países han utilizado en situaciones graves. Lo revolucionario, en este caso, sería acudir a los recursos propios, en lugar del endeudamiento, para reconstruir el país.

En situaciones de extrema necesidad, la audacia, el coraje y el sacrificio no son síntomas de locura o afán autodestructivo. ¿Qué habrán dicho los posibilistas de comienzos del siglo XIX cuando San Martín se propuso cruzar los Andes a lomo de burro?

  1. María del Carmen Feijóo, Nuevo país, nueva pobreza, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
  2. Carlos Gabetta, “República o país mafioso”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Nº 4 y 16, Buenos Aires, octubre de 1999 y octubre de 2000.
  3. Así calificó a la Aduana Nacional, en una conversación privada, su actual director, José Sbattella, a poco de hacerse cargo. Ver entrevista “Tapen el colador”, suplemento Cash, Página/12, Buenos Aires, 13-7-03.
  4. Jorge Beinstein, “El saqueo de las jubilaciones”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 1999.
  5. Jérôme Sgard, “Le déclin du FMI”, Le Monde, París, 23-9-03. El autor define a Menem como “une franche crapule” (“un verdadero crápula”).
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Páginas:3
Temas Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina, Brasil, Venezuela