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Recuadros:

Washington estimula la proliferación nuclear

Abandonando la vieja doctrina de la disuasión nuclear –una amenaza latente destinada a evitar un ataque atómico contrario y sólo aplicable a países que disponen de ese tipo de armamento– la actual administración de Estados Unidos planea desarrollar armas nucleares tácticas para utilizarlas de manera preventiva e incluso contra países no nucleares. Una amenaza terrible para el conjunto de la humanidad, que corre el riesgo de ver acelerarse tanto el terrorismo como la carrera armamentista, ya sea nuclear o convencional.

En agosto pasado el US Strategic Command, a cargo de las fuerzas nucleares estadounidenses, convocó a una discreta reunión en una base de Nebraska, con el fin de elaborar proyectos de adquisición de armas nucleares de última generación. Más de 150 especialistas de primera línea asistieron a dicha reunión. Entre ellos, miembros de la administración, responsables de los tres principales laboratorios nucleares estadounidenses (Los Alamos, Sandia y Lawrence Livermore), oficiales superiores de la Air Force y del Strategic Command, industriales y expertos en defensa. En cambio, no se convocó a ningún observador del Congreso1.

Objetivo de este muy selecto brainstorming: diversificar la gama de opciones nucleares a disposición de los planificadores estadounidenses, con el fin de dotarse de armas de alta precisión, pero de muy baja intensidad, capaces de penetrar profundamente en el suelo para destruir refugios subterráneos y bunkers2. El Pentágono ya no se conforma con inventariar misiles y bombarderos en los arsenales de los países que pueden atentar contra la seguridad de Estados Unidos: llega incluso a elaborar un listado de 70 países que poseen más de 1.400 puestos de comando de lanzamiento de misiles o instalaciones subterráneas de armas de destrucción masiva3. Durante la Guerra Fría, la amenaza provenía de las armas nucleares soviéticas. Actualmente, son los bunkers de aquellos a quienes denominan “dictadores” los que, aparentemente, inquietan a los responsables de la defensa de Estados Unidos.

Estrategia poco novedosa

La cuestión radica simplemente en reducir los “daños colaterales” que podrían producir los ataques nucleares en estos lugares. El ejército estadounidense está buscando pues un nuevo tipo de misil que pueda “mejorar nuestra capacidad de prevenir ataques disuadiéndolos”, declaró Keith Payne. Asistente adjunto del secretario de Defensa hasta mayo de 2003, Payne se ha incorporado desde entonces a un think tank: The National Institute for Public Policy. Para él, “este tipo de fuerza podría disuadir a los potenciales enemigos de construir instalaciones subterráneas”4.

Sería pues la primera vez que el incremento del arsenal de una nación tendría como efecto paralizar el esfuerzo militar de los países contra los cuales está oficialmente dirigido. Si la historia de la estrategia nos enseña algo, es que ésto nunca ha sucedido. Una aceleración de los programas militares de un país –considerado sobre todo agresivo con los débiles, como es actualmente el caso de Estados Unidos– provoca necesariamente un esfuerzo de compensación y/o de evasión en el potencial adversario.

Otros responsables estadounidenses se expresaron en el mismo sentido que Payne. El portavoz del Pentágono, Michael Shavers, señaló que Washington debía adoptar una estrategia nuclear capaz de hacer frente a las nuevas amenazas. Paul Robinson, director del laboratorio de Sandia, amplía al respecto: según él, Estados Unidos disuadirá mucho mejor a sus adversarios si la distinción entre armas nucleares y armas convencionales se torna más imprecisa. Y preconiza una nueva estrategia que permita la combinación de ataques convencionales y/o nucleares con fines de prevención o de represalias5.

Lejos está el tiempo en que el presidente George W. Bush declaraba, durante la campaña electoral, el 23 de mayo de 2000, que era necesario reducir unilateralmente el arsenal nuclear estadounidense, señalando: “Las armas que ya no necesitamos son reliquias onerosas de conflictos pasados”6. De hecho, si bien los nuevos planes del Pentágono hacen naturalmente las delicias del conjunto de laboratorios nucleares estadounidenses que temían, hasta hace poco, tener que reducir sus programas, inquietan por idénticas razones a todos los partidarios del control del armamento, quienes por cierto ya no ocupan un lugar destacado en Washington.

Sin embargo, la estrategia nuclear que se anuncia no resulta nada novedosa. Se inscribe en una lógica más antigua. En septiembre de 1996, el presidente William Clinton firmaba un decreto presidencial que daba marcha atrás al compromiso asumido en 1978 de no utilizar armas nucleares contra un país que carece de ellas.

En enero de 2002, el secretario de Estado para la Defensa, Donald Rumsfeld, enviaba al Congreso una Nuclear Posture Review (revisión de la política nuclear). Se trataba de solapar estratégicamente un plan de reactivación del arsenal estadounidense. Según este documento, Estados Unidos debía en adelante enfrentar los peligros diversificados provenientes de distintos horizontes y no todos previsibles. El Pentágono estimaba pues que el arsenal existente no contaba con armas suficientemente precisas: pese a su gran potencia, tenían una capacidad de penetración en el suelo demasiado limitada.

De ahí la exigencia de nuevas armas, concebidas para destruir los bunkers, incluso aquellos enterrados profundamente, limitando los “daños colaterales”. El informe mencionaba ya la cifra de 1.400 objetivos subterráneos y estimaba que las armas convencionales carecían de una capacidad de penetración suficiente para destruirlos. Tanto para asegurar la longevidad de las armas distantes como para construir las nuevas cabezas nucleares, sería necesario tal vez retomar los ensayos nucleares.

Privados de su adversario soviético, los responsables del Pentágono buscaban desesperadamente un sustituto con el fin de justificar la continuación de sus programas… La Nuclear Posture Review contemplaba un listado de siete países contra los cuales podrían utilizarse armas nucleares tácticas de última generación: Rusia, China, Irak, Irán, Corea del Norte, Libia y Siria7.

Conclusión de Jonathan Schell, líder de los abogados del desarme8: “La nueva política de Bush estipula claramente que la prevención de la proliferación no se encuentra en los tratados, sino en un ataque estadounidense”9. Esta estrategia es profundamente inquietante, en especial por tres razones. En primer lugar, cuestiona radicalmente la tesis clásica de la disuasión para orientarse hacia un esquema de utilización de armas nucleares basado en la rapidez y la sorpresa. En segundo lugar, contribuirá a cuestionar el régimen, ya maltrecho, de desarme. Por último, constituye paradójicamente un incentivo a la proliferación nuclear.

Nuevo “Doctor Insólito”

La tentación de ver en las armas nucleares armas iguales a las demás –y por ende de utilizarlas– sin duda no es nueva. Desde el principio, se enfrentaron dos concepciones. Quienes privilegiaban un enfoque político destacaron que se trataba de armas radicalmente diferentes de las armas convencionales. Su objetivo era justamente atemorizar suficientemente al adversario para no tener necesidad de recurrir a ellas. Otros, en cambio, las presentaron como instrumentos militares simplemente más eficaces que los demás y, por ello, no excluían su utilización.

En los años 1950, el equipo del presidente Dwight Eisenhower cuenta con las capacidades nucleares estadounidenses para “compensar” la ventaja soviética en armas clásicas. Las armas nucleares producen supuestamente “una mayor explosión por menos dólares” (A bigger bang for less bucks)10. La estrategia de respuesta gradual adoptada por Estados Unidos en los años 1960 va en el mismo sentido: prevé explícitamente utilizar armas nucleares tácticas en el campo de batalla. Lo mismo sucederá en los años 1980 con el proyecto de la bomba neutrónica, que fue finalmente abandonado.

Sin embargo, si bien el pensamiento estratégico estadounidense, contrariamente a la doctrina francesa, ha mezclado siempre los enfoques político y militar de las armas nucleares, Estados Unidos nunca había considerado –hasta ahora– no sólo ser el primero en desatar el fuego nuclear, sino hacerlo sin haber sido agredido previamente.

¿Qué significa disuadir? Agitar la amenaza explícita del uso de armas nucleares, que generarían seguramente daños irreversibles, para impedir que un potencial adversario se lance a un ataque armado, aunque fuese con armas convencionales. La eventualidad del uso en primer lugar de armas nucleares es pues inherente a la disuasión. Por eso los partidarios de la disuasión rechazan el concepto de “No First Use”, en el cual lo nuclear sólo disuade lo nuclear. Estados Unidos, al igual que Francia, pretendía incluso disuadir un ataque convencional soviético.

Pero no sucedía lo mismo con respecto a los Estados no nucleares. Desde 1978, Washington había asumido el compromiso de no utilizar armas nucleares contra países que carecían de ellas. Este compromiso fue reasumido solemnemente por las cinco potencias nucleares oficiales11 durante la prórroga del Tratado de No Proliferación (TNP) en 1994, veintiséis años después de su celebración. Era una concesión hecha a los Estados que no poseían armas nucleares, a cambio de su renuncia a dichas armas. Actualmente, los estadounidenses vuelven atrás implícitamente sobre este compromiso.

Más grave aun: con esta nueva doctrina estratégica, Estados Unidos bien podría utilizar armas nucleares, no sólo contra un país que carece de ellas, sino también contra un país que nunca lo ha atacado. Bastaría, para hacerlo, que decida lanzarse a una acción “preventiva”, fuera del marco legal de la legítima defensa, contra un país al que considerase sospechoso de querer atentar contra su seguridad. La guerra de Irak hubiera terminado más rápido y mejor si, gracias a la eficacia de las armas nucleares de alta precisión, se hubiese podido matar a Saddam Hussein en su búnker al iniciarse el conflicto, sostienen los partidarios del cambio de doctrina, quienes, por otra parte, ya se habían expresado en este sentido luego de la guerra del Golfo de 1990-199112.

Venciendo ahora abiertamente el tabú que separa las armas nucleares (jamás utilizadas desde 1945, debido justamente a su carácter apocalíptico) de las armas convencionales, estos nuevos “Doctor Insólito” plantean el enorme riesgo de facilitar su uso. ¿Esperan resolver la muy compleja ecuación de Medio Oriente con la ayuda de mini-bombas? No hace falta ser un especialista en cuestiones estratégicas para inquietarse frente a semejante perspectiva. Ni hablar del riesgo de “errores de puntería”, que jamás debe descartarse.

El 6 de agosto último, durante la conmemoración del 58º aniversario del bombardeo a Hiroshima, el alcalde de esta ciudad, Tadatoshi Akiba, declaró que el TNP estaba a punto de caer, no como consecuencia de los violentos ataques de Corea del Norte, sino principalmente debido a la política nuclear estadounidense13. Porque los proyectos de Washington pondrían fin a diez años de prohibición de toda investigación de armas con una capacidad de menos de cinco kilotones. De hecho, Estados Unidos parece soñar con una política de ataque nuclear prioritario, equivalente, en el campo atómico, a la “legítima defensa preventiva” implementada durante la guerra de Irak.

Otra cuestión: ¿no implicará la puesta a punto de esta nueva generación poner fin a la moratoria sobre los ensayos nucleares declarada por Estados Unidos en 1992? Por el momento, ni hablar de ello. Washington, que no ha ratificado el Tratado de prohibición total de los ensayos nucleares (TICE, celebrado en 1995), se comprometió sin embargo unilateralmente a respetarlo.

En mayo de 2002, Estados Unidos se había comprometido ante Rusia a reducir de 6.000 a aproximadamente 2.000 el número de ojivas nucleares ofensivas que poseía. Se trataba de una promesa engañosa: los militares estadounidenses conservaban en efecto el derecho a poseer 10.000 ojivas almacenadas que, de ser necesario, podían ser reactivadas en pocos días14. Inventor del concepto de “Arms Control”, Washington se distingue actualmente por un rechazo total a todo desarme negociado.

En los años 1960 y 1970, el “Arms Control” había surgido de la inquietud suscitada por el efecto estratégicamente desestabilizador –y financieramente ruinoso– de la carrera armamentista. Se trataba, no de interrumpirla, sino de controlarla a nivel bilateral. Hasta fines de los años 1980 los arsenales de las superpotencias siguieron creciendo pero a un ritmo mucho menor. A comienzos de los años 1990 se pasó del control del armamento al desarme: eliminación de las fuerzas nucleares intermedias, reducción de los arsenales centrales (se pasó de los SALT a los START, la reducción reemplazaba a la limitación)15, prohibición total de las armas químicas, reducción de las fuerzas convencionales en Europa…

Este impulso fue frenado en la segunda mitad de los años 1990, con el rechazo estadounidense al Tratado de prohibición total de los ensayos nucleares; la anulación del tratado ABM (Anti Balistic Missile) de 1972 (que, sin embargo, había resistido a todas las vicisitudes del enfrentamiento Oriente-Occidente), sin hablar del rechazo al Tratado de prohibición de minas y al Protocolo de verificación de la Convención de armas biológicas.

Ofreciendo al mundo entero una caricatura de unilateralismo, los estadounidenses buscan librarse de sus compromisos anteriores (mientras que los demás países deben respetarlos) y se niegan a suscribir nuevos compromisos (que los demás países deben cumplir). Se vuelve así a una concepción de un desarme ya no negociado, sino impuesto a los débiles de la misma manera que a los vencidos de un conflicto.

Estados Unidos, a semejanza del resto de la comunidad internacional, ha hecho siempre la vista gorda al programa nuclear israelí, que nada tiene de potencial: es muy real. Luego de haber ejercido presiones constantes sobre India y Pakistán para que renunciaran a sus programas nucleares militares –renovadas luego de los ensayos realizados por ambos países en 1998–, Estados Unidos acepta de facto su carácter de Estados nucleares. Es verdad que estos tres países se mantuvieron al margen del TNP y no violan pues ninguna obligación legal.

Los planes estadounidenses, lejos de luchar contra la proliferación, corren el riesgo de reactivarla. La conclusión que pueden sacar de la guerra de Irak y de esta nueva estrategia los candidatos al armamento nuclear es que, para protegerse de la ira estadounidense, es mejor tener una capacidad de respuesta y de agresión que continuar con los compromisos de no poseer armas de destrucción masiva.

Corea del Norte, que reconoce oficialmente una capacidad nuclear y rechaza todo control internacional, recibe un trato diplomático por parte de Estados Unidos. Irak, que negaba la posesión de armas nucleares y aceptaba un control ilimitado de sus declaraciones, ha recibido la respuesta militar ya conocida. La conferencia sobre el análisis del TNP, que debe realizarse en 2005, corre el riesgo de ser particularmente agitada…

  1. Julian Borger, “Dr. Strangelove’s meet to plan new nuclear era”, The Guardian, Londres, 7-8-03.
  2. Karyn Poupée, “e-bomb, o cómo matar sin matar”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2003.
  3. William J. Broad, “US presses program for new atom bombs”, The International Herald Tribune, París, 4-8-03.
  4. The International Herald Tribune, París, 4-8-03.
  5. The Guardian, Londres, 7-8-03.
  6. Conferencia ante el National Press Club.
  7. Barthélemy Courmont, “Une nouvelle doctrine nucléaire américaine?”, Défense nationale, París, julio de 2001.
  8. En 1982, Schell publicó un libro de gran repercusión, Le destin de la terre, traducido por la editorial Albin Michel.
  9. “Disarmament wars”, The Nation, Nueva York, 25-2-02.
  10. Lawrence Freedman, The Evolution of Nuclear Strategy, Macmillan, Londres, 1987.
  11. Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido, China.
  12. Véase Contre le révisionnisme nucléaire, Ellipses, París, 1994.
  13. Ralph Cossa, “Is Bush readying a first strike strategy?”, The International Herald Tribune, París, 18-8-03.
  14. Georges Le Guelte, “Une nouvelle posture américaine: révolution dans les concepts stratégiques?”, Revue internationale et stratégique, París, N° 47, otoño boreal de 2002.
  15. Los acuerdos SALT (Strategic Armament Limitation Talks) firmados por Estados Unidos y la URSS en 1972 y 1979 establecían para las armas estratégicas ofensivas techos superiores a los niveles que éstas habían alcanzado: autorizaban pues su desarrollo, pero limitado. Los acuerdos START (Strategic Armaments Reduction Talks, 1991 y 1993) imponían una verdadera reducción de los arsenales de ambos países de 13.000 a 6.000 ojivas.

Mondo Novo

Ruwedel, Mark

El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón llegó a Guanahani, en Bahamas, poniendo en contacto a Europa con las Américas. El Nuevo Mundo. Cuatrocientos cincuenta años más tarde, el 2 de diciembre de 1942, Enrico Fermi creaba con éxito la primera reacción en cadena en la Universidad de Chicago. Para confirmar este logro, se transmitió un mensaje en clave a Washington: “El navegante italiano llegó con toda tranquilidad al Nuevo Mundo”. La experiencia de Fermi, que formaba parte del Manhattan Project, dio lugar al desarrollo de la bomba atómica en Los Alamos, en Nuevo México. La bomba fue probada cerca de Alamogordo, en Nuevo México (el ensayo “Trinity”) y arrojada luego sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. “Trinity” (denominado así por Robert Oppenheimer, según un poema religioso de John Donne o un fragmento del Bhagavad-Gita) tuvo lugar en Jornada Del Muerto, una extensión árida a lo largo del Camino Real, así llamado por los españoles cuatrocientos años antes. El “navegante italiano” refiere tanto a la invención de las armas nucleares como a la conquista europea, dos profundas incursiones en el Nuevo Mundo.

A las 5 horas, 29 minutos, 45 segundos –hora de guerra de la montaña– del 16 de julio de 1945 todo cambió. La nube de la explosión rodeó al globo en menos de cuarenta y ocho horas “como una profecía” (Reg Saner). Más allá de los horrores de Hiroshima y de Nagasaki, “Trinity” marcaba el comienzo de la era de los ensayos de armas nucleares y de su desarrollo, que aún no cesa. (Más de dos mil ensayos a escala mundial tuvieron lugar desde 1945).

La concepción, la producción, los ensayos y el desarrollo de estas armas se extiende sobre un amplio territorio. En Estados Unidos, los lugares vinculados a las armas están situados frecuentemente en el Oeste, la frontera de la historia y de la leyenda estadounidenses. Tanto en los relatos de la Conquista del Manhattan Project como de la Guerra Fría, la indiferencia respecto de la tierra y sus habitantes es pasmosa.

En la Reserva forestal Palos, en las afueras de Chicago, hay un claro verde en el bosque: Plot M, el primer depósito nuclear mundial, es el lugar de entierro de los residuos de la sección Chicago del Manhattan Project. Frenchman y Yucca Flats son fondos pleistocenos de lagos en el interior del lugar de los ensayos en Nevada, donde Estados Unidos repite la Tercera Guerra Mundial desde 1951. Más abajo, en el Snow Canyon, en Utah, donde John Wayne interpretaba el papel de Gengis Khan, las arenas rojas contienen aún huellas de isótopos radiactivos, la herencia de los ensayos atmosféricos. Los cañones de arenisca de la meseta del Colorado contienen miles de minas de uranio abandonadas, provenientes de la explosión generada por la Comisión de Energía Atómica. En los Estados de las Great Plains, donde hace menos de doscientos años se encontraban literalmente millones de bisontes, mil silos de misiles se encuentran debajo de la pradera. Las armas nucleares han modificado fundamentalmente nuestras relaciones con el mundo natural y, en el proceso, los paisajes han adquirido nuevos significados.


Autor/es Pascal Boniface
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Páginas:18, 19
Traducción Gustavo Recalde
Temas Armamentismo, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos