Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Transversalidad

La política actual, que se rige por modas, ha puesto de moda la palabra transversalidad. A los políticos podrán reprochárseles muchas cosas; cretinismo, ignorancia, hipocresía, desfachatez, corrupción, menos una: desconocer a su clientela, es decir, a la sociedad en que viven. La huelen, la perciben. Sólo que cuando han determinado cuál es la corriente más poderosa de todas las que la atraviesan, se encaraman en ella como un surfista, la cabalgan en su borde más espumoso confiando en que pierda fuerza y los vuelva a depositar mansamente en la playa.

Pero cualquier ola, hasta la más apacible, responde al gigantesco bullir en profundidad de fuerzas que tarde o temprano aparecen, incabalgables, en la superficie. El maremoto que un día se traga a una suave playa y sus desprevenidos bañistas es el resultado del levísimo movimiento, a veces milenario, de placas tectónicas del tamaño del mar, o de la mitad de la tierra. ¿Acaso no han tardado cinco siglos en salir a la superficie los indígenas del altiplano de América?

El afán, la consigna de transversalidad de los políticos obedece a la crisis de la política y, a término, de la democracia1. Está en crisis la política en los países desarrollados (ver Dossier principal) y por supuesto en los demás. En América Latina, durante las dos últimas décadas han sido depuestos o expulsados por sublevaciones populares Carlos Andrés Pérez, Fernando Collor de Melo, Abdalá Bucaram, Jamil Mahuad, Alberto Fujimori, Fernando de la Rúa y Gonzalo Sánchez de Lozada, entre otros y sin contar a dictadores como Alfredo Stroessner, a perseguidos por la justicia de su país como Carlos Salinas de Gortari o a aquellos que se vieron obligados a abandonar antes su mandato, como Raúl Alfonsín. Se han desmoronado además “democracias” bipartidistas como la venezolana y la argentina y se acabó la “dictadura perfecta” del Partido Revolucionario Institucional mexicano. Si algo resume el sentimiento del conjunto de esas sociedades en rebeldía es la consigna argentina de diciembre de 2001: “que se vayan todos”; la derecha, el centro, la izquierda. Todos.

Este movimiento telúrico que en sucesivos remezones atraviesa el continente ha generado pretendidos intérpretes de sus causas, como Hugo Chávez, Luis Inácio Lula Da Silva y Néstor Kirchner, pero también nuevos surfistas como el ecuatoriano Lucio Gutiérrez2 y hasta la reaparición de monstruos de las profundidades como el guatemalteco Efraín Ríos Montt (ver pág. 8). En Argentina, al cabo de una retahíla de procesos electorales que concluirán el próximo diciembre con la renovación de parte del Congreso, se puede contar con los dedos de una mano a los que “se han ido”. Incombustibles, miméticos, casi todos los políticos comprometidos con todo lo que ocurre siguen allí, a pesar de los aparentemente sinceros esfuerzos del nuevo gobierno por renovar, sino al personal, al menos el clima de la política.

¿De qué depende que este proceso siga adelante y cuaje en democracias más sólidas por verdaderas y no se revierta, como puede ocurrir al cabo de nuevos fracasos o desengaños? Conviene, en primer lugar, tratar de definir el concepto de transversalidad, bajar la palabra de la vitrina de los slogans de moda y darle un significado político que responda a las causas de lo que ocurre y no a sus manifestaciones más espectaculares, pero en definitiva exteriores. Es absolutamente indispensable evitar que lo transversal devenga “políticamente correcto”, como ocurre en Estados Unidos, entre otras cosas, con buena parte de las conquistas de la población negra en la década de los ’60: ahora ya no son blacks ni mucho menos el despectivo niggers, sino afroamericans, porque “la respuesta americana habitual a la desigualdad es cambiarle el nombre, en la esperanza de que desaparecerá. Esto, como señaló George Orwell en Politics and the English language, destruye el lenguaje sin variar la realidad ni un ápice”3. Para evitar pues que la transversalidad resulte el último modelo de tabla para surfistas en mar brava, es necesario, como recomienda Orwell en la obra citada, abandonar las metáforas y ser concreto.

La transversalidad debe practicarse entre política y sociedad, y no entre políticos y políticos. Seguramente está muy bien, para dar un ejemplo, que el presidente Kirchner “transversalice” apoyando a Aníbal Ibarra en el gobierno de la ciudad de Buenos Aires contra la sombra terrible del menemismo encarnada en el empresario Mauricio Macri, pero a condición de que Ibarra no repita su nula primera gestión, a espaldas de la sociedad y similar, a escala de la ciudad, a la de su ex aliado Fernando de la Rúa.

¿Qué noción de transversalidad aplicarán los millares de peronistas, radicales, comunistas y otras izquierdas al cabo de las experiencias de sus partidos en las últimas décadas? Hace muy poco, en el transcurso de una cena entre amigos, un peronista de toda la vida, luchador y decente como hay tantos, nos dejó pasmados porque en toda la noche no se le pudo arrancar una sola palabra sobre la necesidad de acabar con el menemismo y el duhaldismo para que el peronismo adquiera de una vez el perfil democrático y progresista que militantes como él reivindican. Del mismo modo que los jóvenes montoneros argumentaban en los ’70 que “Perón está cercado”, este amigo alegó que “una cosa es el partido y otra el movimiento, y yo hace rato que no estoy en el partido”, como si a los candidatos los eligiese y a la política la decidiera esa entelequia donde todo cabe y nada se concreta –salvo, cada tanto, el aporte de víctimas– llamada “movimiento”. Del mismo modo, no se ha tomado una sola decisión seria desde el radicalismo contra la derecha del partido o ante hechos como el desvergonzado argumento del senador Rodolfo Terragno para no votar a Eugenio Zaffaroni para la Corte Suprema: que había sido juez durante la dictadura. El radicalismo no sólo tuvo jueces en ese período, sino intendentes y hasta embajadores, y su jefe Ricardo Balbín, que hace muy poco fue objeto de un sentido homenaje, viajó expresamente a Europa en 1977 a denunciar a lo que llamó “la guerrilla fabril”, justificando así la masacre de miles de trabajadores que tenía lugar en ese momento4.

No hay transversalidad positiva posible con esos aparatos controlados por truhanes, oportunistas e hipócritas redomados. Lo mejor que puede hacer un buen peronista, radical o izquierdista es analizar fría y responsablemente su propio pasado y el de su agrupación y comprender que hoy, quizá como en ninguna otra época de la historia, en ningún sitio están todos los que son ni son todos los que están. Que la transversalidad es posible y necesaria, pero a condición de dejar atrás toda rémora de compinchería, clientelismo, autoritarismo, elitismo, corrupción, o sencillamente estupidez. Como hombre de izquierdas de toda la vida, quien esto escribe puede afirmar que actualmente suele sentirse más cómodo en todo sentido con algunos honestos y cultos “conservadores” que con muchos de los marxistas de manual y puño levantado, esas caricaturas de sí mismos que nada han aprendido y nada pueden enseñar. Atrás quedó el tiempo en que socialistas y comunistas, además de organizar huelgas y denunciar la explotación, abrían bibliotecas y casas del pueblo; cuando hacían política pegados a la sociedad y tratando de elevarla sobre sí misma. Si no fuese por la portentosa actividad cultural, esa llama inextinguible que tantas veces ha salvado al país de la decadencia definitiva y cuyo legado tienen derecho a reivindicar tanto liberales como peronistas y las izquierdas, el progresismo argentino habría dejado de existir.

En otro plano: ¿qué transversalidad posible puede haber en la Internacional Socialista entre los dirigentes latinoamericanos y reaccionarios como Anthony Blair o lobbistas de las multinacionales de su país como Felipe González? Lo único que dirigentes como Chávez, Lula, Kirchner y los que vendrán (ver pág. 7), pueden aprovechar de esa relación es el ejemplo de lo que no deben hacer: los socialismos francés, español, portugués, italiano (en este caso también el comunismo, a pesar de sus brillantes antecedentes), se encuentran en crisis y desprestigiados, a causa de haber aplicado los programas y métodos de la peor derecha.

¿Cuál es el criterio transversal a aplicar con los sublevados indígenas del altiplano? ¿Se tendrán en cuenta sus prácticas simbólicas, sus lazos de parentesco, la repartición de la tierra, la distribución del poder, sus ritos agrarios y pastorales? En otras palabras: ¿se los respetará para que a su vez se abran a la comprensión de las ventajas de la modernidad? La modernidad –respeto del individuo, libertad, igualdad– debe dejar de ser una estafa o no habrá transversalidad posible. Las promesas de la modernidad se han desvirtuado a tal punto, que aunque suene insólito y a pesar de las abismales diferencias, en Estados Unidos millares de granjeros comienzan a plantear reivindicaciones similares a las de los indígenas del altiplano: el derecho a la posesión de la tierra, a producir cultivos tradicionales, a alimentar a sus familias…5.

Por último, ¿no es más prometedora la transversalidad Sur-Sur expresada en el Grupo de los 22 y liderada por Brasil, India, Sudáfrica y eventualmente China, que mendigar sin casi ninguna posibilidad la apertura de mercados en Estados Unidos y Europa? Las alternativas son muchas y no se excluyen entre sí. Pero una cosa es clara: “trans” significa del otro lado, hacia otro lugar. Eso debe ser lejos, en los antípodas de la mediocridad, la corrupción, la violencia y la injusticia actuales.

  1. Gianfranco Pasquino, “La larga ola de la antipolítica”, Clarín, Buenos Aires, 20-10-03; y Carlos Gabetta, “Descrédito y necesidad de la política” y “Cuando la política juega con la democracia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio y agosto de 1999, respectivamente.
  2. Telma Luzzani, “Ecuador o el agua que no has de beber”, Clarín, Buenos Aires, 26-10-03.
  3. Robert Hughes, La cultura de la queja, Anagrama, Barcelona, 1994.
  4. En particular en un programa de Televisión Nacional de España conducido por José Luis Balbín, que causó consternación y furor entre los exiliados, muchos de ellos radicales de toda la vida, como Hipólito Solari Yrigoyen, a quien no se dignó siquiera saludar, quizá porque lo consideraba “un subversivo”. De miserias así tienen que desembarazarse todos los partidos.
  5. Elizabeth Becker, “Farmers and unions take on trade rules”, The International Herald Tribune, París, 21-10-03.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 53 - Noviembre 2003
Páginas:2
Temas Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina