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Golpe de Estado mediático en California

Simétricamente opuesto al también “populista” Upton Sinclair, candidato a gobernador en 1934, el flamante gobernador Arnold Schwarzenegger eludió cuidadosamente toda cuestión política durante su campaña electoral. Representante de los intereses de los sectores económicos más poderosos, fue votado por californianos traumatizados por la recesión tras el estallido de la burbuja de “la nueva economía”.

La celebridad puede mucho. Pero no lo es todo. Ante una gestión calamitosa, la furia de los habitantes provoca lo inesperado, hasta cierto punto. En California, un challenger pintoresco puede hacer morder el polvo a un gobernador insulso y considerado incompetente. Habrá un gobernador Arnold Schwarzenegger, pero nunca hubo un gobernador Upton Sinclair. Con un intervalo de casi setenta años, el contraste entre ambas epopeyas presenta un carácter pedagógico. Conviene detenerse aquí, más allá del último “circo electoral” que ofreció Estados Unidos al mundo siguiendo la línea del fiasco de Florida hace tres años1.

En la época de la campaña de Upton Sinclair, en 1934, ya se hablaba de “populismo” (ver Dorna, pág. 16). Hoy también. Cuántos cambios desde entonces… Upton Sinclair había ejercido el periodismo de investigación apuntando contra los poderosos. En 1906, había escrito La jungla, novela militante de la cual se publicaron millones de ejemplares, que describía la explotación obrera en los barrios bajos de Chicago2.También había producido una película de Eisenstein, defendido a Sacco y Vanzetti, convertido al socialismo a más estadounidenses que ningún otro. En 1934, esta “celebridad” gana las elecciones primarias demócratas obteniendo más votos que todos los demás candidatos juntos. El título de su manifiesto de campaña es tan extenso como presuntuoso: “Yo, gobernador de California, y cómo acabé con la pobreza. La verdadera historia del futuro”. Esa historia aún espera.

Al igual que el resto del país, que lucha entonces contra la Gran Depresión, California atraviesa un muy mal momento. Upton Sinclair propone que las fábricas inactivas sean alquiladas por el Estado a sus propietarios y confiadas luego a sus obreros con el fin de que éstos sean dueños de lo que producen, en vez de no tener nada. ¿El Estado necesita dinero? Se aplicará un impuesto a los grandes estudios. ¿Protestan? Se les exigirá, además, respetar el derecho sindical y, de no hacerlo, se estatizará el cine. MGM y Warner amenazan con exiliarse en Florida en caso de que Sinclair sea elegido3.

Ningún periódico de información general apoya a Sinclair. Más de 700 se le oponen, frontalmente. Su físico no se parecía al de Arnold Schwarzenegger: Los Angeles Times se burla pues del “hombre afeminado de sonrisa fatua”. Pero, en esa época, esto es accesorio. Los ricos anuncian el Apocalipsis: la elección de Sinclair atraería a la Costa Oeste a los millones de miserables del país. The New York Times desempeña su rol de medio de comunicación moderno mintiendo desvergonzadamente. Anuncia “una afluencia notable de desempleados a California del Sur, una conspiración muy organizada destinada a inscribir recién llegados indigentes en los padrones electorales”. Favorable a la causa de Sinclair, una película de King Vidor y Joseph Mankiewicz, Our daily bread, curiosamente no consigue productor. Luego, su difusión será demorada en California y sólo se concretará después de la elección…

Privilegios amenazados

Las grandes cervecerías, Southern Pacific, Standard Oil y PG&E (la compañía de electricidad privada que estuvo en el epicentro de los black out que sacudieron a California en 2002) financian un programa para la destrucción del candidato demócrata. Algunos panfletos lo muestran como un “dinamitero de todas las iglesias e instituciones cristianas, un agitador comunista”. La confederación patronal de California recomienda a sus miembros “distribuir personalmente (sería conveniente que el propio patrón lo hiciera) a cada empleado folletos anti-Sinclair para hacerlo reflexionar sobre el peligro que correría su empleo en caso de resultar electo”.

Ningún peligro de este orden para los patrones californianos con el “populista” Schwarzenegger, quien de entrada los tranquilizó en The Wall Street Journal: “Los nuevos impuestos que reclaman Davis y Bustamente (sus adversarios demócratas) me recuerdan a los androides que combato en mis películas de Terminator. Los mato y no paran de resucitar. Mi plan para reactivar la economía se basa en valores opuestos. Quiero aligerar el peso de las reglamentaciones que afectan a las empresas y estrangulan el crecimiento. De aquí a tres años, quiero que California se convierta en uno de los mejores lugares del país para hacer negocios”4.

Upton Sinclair concluirá que su derrota relativamente estrecha “es la revelación de lo que el dinero puede hacer en la política estadounidense y particularmente cuando los privilegios se ven amenazados”. Durante la campaña de 1934, los consultores políticos de la firma Whitaker & Baxter habían logrado que cada cine difundiese, como si fueran segmentos de actualidad, cortometrajes de ficción que presentaban a (falsos) partidarios de Sinclair como andrajosos, patibularios y desdentados que sueñan con una revolución al estilo soviético. Los consultores aprenderán otra lección, cínica, de su victoria: “El estadounidense medio no quiere educarse, no quiere desarrollarse espiritualmente, no quiere esforzarse para ser un buen ciudadano. Casi todos los estadounidenses prefieren divertirse. Les gustan las películas, los juegos artificiales y los desfiles. Si no es capaz de luchar, MONTE UN ESPECTÁCULO”5. En 1966, Sinclair abandona California. Es el año en que para el cargo de gobernador resulta elegido un actor llamado Ronald Reagan.

Traveling adelante. California ya no tiene 6 ó 7 millones de habitantes como en 1934, sino 35 millones, y figura entre las diez primeras potencias económicas del mundo. Schwarzenegger es actor, republicano, riquísimo. Su fortuna se calcula entre 250 y 800 millones de dólares. Terminator prometió hace unos meses “terminar” con el gobernador Gray Davis, recientemente reelecto pero ya acusado de miles de males, y especialmente de un déficit público pantagruélico acentuado al mismo tiempo por el movimiento del gasto público que aumenta y los ingresos fiscales que caen con el crack de la “nueva economía” y del mercado bursátil.

Los californianos creyeron más, y antes que el resto, en las quimeras de esta “nueva economía”: crecimiento perpetuo y riqueza para todos a la vuelta de la esquina. Con el retorno súbito de la recesión, el desempleo y los déficits que se creían para siempre superados, el despertar resulta doloroso. Es preciso que alguien pague la desilusión colectiva. Será Gray Davis. Su decadencia servirá de exutorio para una población estafada por su propia credulidad.

El segundo gobernador destituido de la historia del país es un político de oficio, elegido ininterrumpidamente desde hace treinta años, emblemático del “sistema” hasta la caricatura. Carente de carisma e ideas, es conocido por su capacidad legendaria para “recaudar fondos” para sus campañas y por la ferocidad de las guerras publicitarias que libra contra sus adversarios. Schwarzenegger es su viva antítesis: fisicoculturista de profesión, ex “Mister Universo”, inventor de la industria del body building, luego héroe de películas de acción repletas de músculos trabados y masacres sin pies ni cabeza. Nunca pretendió un cargo electivo ni fue miembro de la más mínima asociación cívica o política. Tampoco se tomó la molestia de votar durante la última elección presidencial, y además sólo lo hizo en doce de las veinte elecciones precedentes. La taquilla lo convirtió en un millonario. En suma, el perfil ideal para seducir al electorado ampliamente despolitizado de California que pretende “sacar al saliente”, su gobernador reelecto diez meses antes, en medio de la indiferencia general.

Schwarzenegger superó su propia pobreza; los demás sólo tienen que imitarlo. ¿Su proyecto? Poner orden en el corrompido Estado. Sería interesante saber más sobre este trabajo de limpieza. Schwarzenegger responde que logró cien veces lo imposible en sus películas de acción, que es “empresario” y “quiere devolverle a California lo que tanto le dio”. Desregular, destrabar y desmantelar las políticas públicas con el fin de devolver “al pueblo” el dinero que le robaron con los impuestos…

Su decisión de competir con Davis nada tiene de irreflexiva, aunque haya sido anunciada en agosto pasado en el show del animador de televisión Jay Leno “para sorpresa general”. Su ausencia deliberada del programa ha sido debidamente probada por “grupos testigo” reunidos desde el mes de junio en San Francisco, corazón “progresista” del Estado, y en el valle de San Fernando, un bastión conservador. La estrategia consiste en evitar los medios de comunicación tradicionales, sobre todo la prensa escrita, y dirigirse directamente “al pueblo” a través de las emisoras de “talk radio” y los programas televisivos de variedades.

Bastará con asestar algunas réplicas extraídas de sus películas más célebres y evitar que “Arnold” (el uso de su nombre de pila también fue probado) deba asumir el menor compromiso que revele la inanidad reaccionaria de su programa. De modo que el acceso al candidato que promete “patear traseros en Sacramento” está cerrado: todos los empleados de su campaña deben firmar “acuerdos de confidencialidad” draconianos que les prohíben, bajo pena de multas excesivas, divulgar la mínima información sobre su jefe.

Así es como “Arnold” elude los programas de televisión “serios”, se abstiene de dar conferencias de prensa, e incluso boicotea los debates públicos con los principales candidatos, salvo la única confrontación transmitida por televisión para la cual… los oradores disponían de las preguntas por adelantado. “Arnold”, invisible en los estudios de los programas políticos, es omnipresente en los “talk shows” más irritantes, ronroneando en el programa de Oprah Winfrey, rugiendo en el show de David Letterman, sonriente y matinal en Today Show, paternal en el programa del inamovible Larry King de CNN. El segundo principio de su estrategia de no-campaña: pasar por alto los medios de comunicación californianos para abarcarlos a través de los medios de comunicación nacionales, jugando a fondo la carta de la celebridad.

El dispositivo de “desvío metódico de lo político” es coronado por el “lanzamiento al estrellato” de su esposa, la periodista de NBC Maria Shriver, miembro del clan Kennedy. Algo que tranquiliza. Su presencia en escena, sus besos permanentes y sus elogios sobre “el respeto que Arnold tiene por las mujeres desde hace 30 años” servirán como respuesta a las acusaciones de acoso sexual que llovieron sobre su viril marido en la recta final de la no-campaña.

“No paran de llegar”, explicaba en 1994 el ex gobernador republicano Pete Wilson, que dirigió a Schwarzenegger. Se refería a los mexicanos, mendicantes de ayuda social, delincuentes en potencia, que se instalan en las escuelas y los hospitales, una carga impositiva cada vez más pesada. El nuevo gobernador no retomó este tipo de discurso. Incluso explotó al máximo su pasado de extranjero y su fuerte acento austríaco. Pero prometió volver atrás sobre las leyes “laxas” en la materia. Para él es inútil hacer demasiado al respecto, su principal adversario demócrata se llama Cruz Bustamente…

Schwarzenegger había apoyado el proyecto de prohibir a los clandestinos y a sus hijos el acceso a las escuelas y a los hospitales públicos. Este humanismo selectivo no le impidió encontrar en Francia partidarios “liberales”. Un muy tranquilo diputado del grupo UDF en el Parlamento europeo, Jean-Louis Bourlanges, se convirtió incluso en un hincha exaltado de Terminator: “Es un falso conservador. En el Reino Unido, hubiera sido liberal-demócrata, y en Francia, de la UDF. […] ¡Es la encarnación del sueño americano! Elia Kazan ha muerto, pero el sueño americano continúa. ¡Está aquí!”6.

Es verdad, salvo por el hecho de que el pequeño inmigrante austríaco de nombre impronunciable es el candidato de los ricos, que en menos de siete semanas recaudó y gastó 22 millones de dólares, de los cuales más de diez eran parte de su fortuna, para comprar su último juguete: una residencia de gobernador en Sacramento. El resto provino de generosos donantes privados, esos famosos “intereses sectoriales” que Schwarzenegger prometió, sin embargo, combatir con la intrepidez de Conan el Bárbaro.

Con 80 millones de dólares en 70 días, la campaña californiana batió, una vez más, todos los récords. Según lo señalado por el ex vocero del presidente George W. Bush en julio de 2003, Ari Fleischer, esto no sería más que la expresión del fervor popular por la vida cívica: “El dinero que los candidatos recaudan para nuestra democracia es el reflejo del apoyo que reciben en todo el país”. En este sentido, la democracia nunca estuvo tan viva en Estados Unidos…

Un “golpe de Estado jurídico” de la Corte Suprema llevó a Bush al poder hace tres años. California acaba de sumar a este modelo el del “golpe de Estado mediático”, llave en mano.

  1. “Crisis democrática en Estados Unidos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2000.
  2. Upton Sinclair, La jungla, Noguer, Barcelona, 1977.
  3. Greg Mitchell, The Campaign of the Century; Upton Sinclair’s Race for Governor of California and the Birth of Media Politics, Random House, Nueva York, 1992.
  4. Arnold Schwarzenegger, “Arnie Speaks”, The Wall Street Journal, 24-9-03.
  5. Greg Mitchell, op. cit.
  6. “L’esprit public”, Radio France Culture, 12-10-03.
Autor/es Serge Halimi, Loïc Wacquant
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 53 - Noviembre 2003
Páginas:18,19
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ultraderecha, Neoliberalismo, Nueva Economía, Estado (Política), Periodismo
Países Estados Unidos