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Prisiones secretas en Israel

El Estado de Israel mantiene a numerosos prisioneros en condiciones de detención inhumanas y ultrasecretas. Se sabe al menos de uno de estos establecimientos, pero se sospecha con fundamento de la existencia de otros. Varios testimonios indican que allí se practican torturas (incluso después de su abolición en 1999) y se supone que algunas de las personas desaparecidas desde hace años podrían estar confinadas en esos sitios, a los que ni la Cruz Roja tiene acceso, a pesar de su prestigio y reconocida neutralidad.

Establecimiento 1391: tal es el nombre de esta fortaleza de cemento erigida sobre una colina que domina un kibutz, casi totalmente oculta por altos muros e hileras de pinos, en el centro de Israel. Dos torres de vigilancia militar permiten a los guardias armados ver la gran extensión de los campos circundantes. Desde el exterior, los edificios se parecen a las decenas de puestos de policía fortificados que los británicos construyeron en la década de 1930 en toda la Palestina bajo mandato. Muchos de esos puestos fueron transformados en bases militares, señaladas por carteles con un simple número. Sin embargo, el Establecimiento 1391, cercano a la Línea Verde –la frontera anterior a 1967 entre Israel y Cisjordania– es diferente. No figura en los mapas, fue borrado de las fotos aéreas y el cartel que indicaba su número fue eliminado recientemente. Los censores extirparon de los medios israelíes toda mención a su situación geográfica en nombre del secreto que –según el gobierno– es esencial para “impedir que se atente contra la seguridad del país”. Según algunos abogados, los periodistas extranjeros que divulguen esa información corren el riesgo de ser expulsados del país.

A pesar de los tenaces esfuerzos del gobierno para bloquear esa información, los hechos horribles que se produjeron en ese lugar durante más de una década comienzan a salir a la superficie. Un diario hebreo calificó el Establecimiento 1391 como “Guantánamo de Israel”, en referencia a la prisión estadounidense de Camp X-Ray, instalada en el enclave que Washington posee en Cuba, donde están detenidos los prisioneros talibanes y los miembros de Al-Qaeda.

En octubre de 2003 una comisión de expertos jurídicos internacionales dirigidos por Richard Goldstone, juez de la Corte Constitucional de Sudáfrica y ex fiscal general del Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia y Rwanda, calificó el Camp X-Ray de “agujero negro” donde los detenidos desaparecen y son despojados de sus derechos más fundamentales, consagrados por la Convención de Ginebra. “Los Estados no pueden mantener detenidos, de los que son responsables, fuera de la jurisdicción de todos los tribunales internacionales”, añadían los expertos en su informe.

Un misterio insondable

Lo que ocurre tras los muros del Establecimiento 1391 –que contrariamente al Camp X-Ray, no fue objeto de ninguna publicidad– constituye una violación del derecho internacional mucho más flagrante aun. A diferencia del Camp X-Ray, la ubicación geográfica de la prisión militar israelí no es públicamente conocida ni se dispone siquiera de fotos de los detenidos tomadas a distancia, como las que se conocen de Guantánamo. Contrariamente a la prisión estadounidense, el Establecimiento 1391 nunca fue objeto de una inspección independiente, ni siquiera por parte de la Cruz Roja. Lo que ocurre allí es un misterio insondable.

El juez Goldstone pudo afirmar que en Camp X-Ray estaban detenidos “662 prisioneros privados de todo acceso a un procedimiento regular” en materia jurídica, pero en Israel nadie –salvo un puñado de altos responsables del gobierno y de la seguridad– sabe cuántas personas están encarceladas en el Establecimiento 1391. Los testimonios de ex detenidos dan a entender que el lugar está repleto de prisioneros, muchos de ellos libaneses capturados durante los dieciocho años de ocupación israelí en el sur del país del cedro.

Cuatro meses después de las primeras revelaciones sobre la existencia de esa prisión secreta, la justicia israelí aún no logró que el gobierno suministre informaciones sustanciales al respecto.

“Cualquiera que entre en esa prisión es literalmente susceptible de desaparecer, y posiblemente para siempre. El lugar no tiene nada que envidiarle a las cárceles de las dictaduras sudamericanas”, afirma Leah Tsemel, una abogada israelí especializada en la defensa de palestinos.

Las raras informaciones que se pudieron obtener sugieren que los métodos de interrogatorio por medio de torturas son muy habituales. Mustafá Dirani, miembro de la milicia chiita libanesa Amal, hoy desaparecida, fue secuestrado en el Líbano por agentes israelíes en 1994 y detenido en el Establecimiento 1391, según reconoció recientemente Israel. Dirani afirma haber sido violado por quienes lo interrogaron en esa cárcel.

Las primeras informaciones que lograron pasar el muro de secreto que rodea la prisión provinieron el año pasado de Leah Tsemel, luego de la reocupación por parte del ejército israelí de varias ciudades de Cisjordania, en abril de 2002. Al parecer, hasta entonces el establecimiento servía exclusivamente a la detención de extranjeros, sobre todo jordanos, libaneses, sirios, egipcios e iraníes. Pero ¿cuántos son? Nadie lo sabe. El Comité de Amistad con los prisioneros de Nazaret afirma que quince ciudadanos extranjeros árabes están “considerados desaparecidos” del sistema penitenciario israelí.

A eso se suman numerosos casos de secuestros –sobre todo en el Líbano– de los que se supone responsable a Israel. Cuatro dirigentes gubernamentales iraníes que desaparecieron de Beirut en 1982 jamás fueron hallados. Durante recientes negociaciones en el marco de intercambios de prisioneros entre Israel y la milicia libanesa del Hezbollah, sus familias exigieron informaciones sobre ellos al Estado hebreo.

Luego de las detenciones masivas de abril de 2002, que generaron en los establecimientos de detención israelíes una situación de hacinamiento crítica, algunos palestinos también fueron enviados al Establecimiento 1391. Durante un tiempo, la “desaparición” de esos detenidos pasó desapercibida en medio del caos general producido por las incursiones del ejército. En octubre de 2002, sin embargo, Leah Tsemel y la organización israelí de defensa de los derechos humanos Hamoked, recurrieron a la justicia para obtener informaciones. Los pedidos de habeas corpus presentados entonces exigían que los palestinos desaparecidos comparecieran para probar que seguían vivos.

Acorraladas, las autoridades israelíes admitieron que los desaparecidos estaban detenidos en un lugar secreto, sin dar más detalles. Todos los pedidos de información fueron transmitidos a Madi Harb, jefe de la unidad antiterrorista de la prisión de Kishon, cerca de Haifa.

Torturas y violencias sexuales

A raíz de esas demandas Israel precisó que sólo un puñado de palestinos habían sido encarcelados en el Establecimiento 1391, a pesar de que muchos otros afirmaron haber pasado por ese centro, como el dirigente de Al Fatah Marwan Barghuti, actualmente procesado en Israel. Según las autoridades, todos esos prisioneros ya fueron transferidos a cárceles normales.

Sólo uno de ellos, Bashar Jadallah, un hombre de negocios de Naplusa de 50 años, fue liberado. Había sido detenido con su primo de 23 años, Mohammed Jadallah, en el puente de Allenby, en la frontera entre Israel y Jordania, el 22 de noviembre de 2002. En una declaración escrita, hecha bajo juramento, Mohammed Jadallah afirmó que por medio de torturas se lo obligó a confesar que pertenecía al movimiento Hamas.

Contrariamente a la mayoría de los otros detenidos, Bashar Jadallah afirma que no fue golpeado ni físicamente torturado, posiblemente a causa de su edad. Pero pasó meses enteros en un aislamiento casi total, sin ver nunca a sus captores, que lo tenían aterrorizado. Su celda medía apenas 2 metros por 2, no tenía ventana, estaba pintada de negro y alumbrada apenas por una lámpara que permanecía encendida todo el tiempo. Se le negó la posibilidad de recurrir a un abogado o de ver a otros detenidos. Cuando preguntaba a sus interrogadores dónde estaba, le respondían: “en la luna”.

Fuera de su celda tenía prohibido ver nada: “Antes de sacarme me hacían poner grandes anteojos negros que me recubrían totalmente los ojos. Tenía que tenerlos puestos cuando me llevaban a otra pieza, como ser la sala de interrogatorios o la enfermería. Sólo podía quitármelos al volver a la celda”.

Hamoked presentará a la justicia el informe de un especialista, el doctor Yehuakim Stein, un psiquiatra de Jerusalén, sobre los efectos de la detención en tales condiciones. En opinión de Stein, la manera en que fueron tratados Jadallah y los otros palestinos que testimoniaron, es una forma de tortura mental, que provoca lo que llama “el síndrome de DDD” (dread, dependency and debility; terror, dependencia y debilidad).

La falta de alimentos, de sueño, de movimiento y de estimulación mental –explica– combinadas con la ausencia de todo contacto humano, ya sea un abogado, familiares, otros detenidos o guardianes, apunta a debilitar la resistencia de los detenidos durante los interrogatorios y a reducirlos a un estado de dependencia total respecto de sus interrogadores. Si a eso se añade el sufrimiento físico provocado por los actos de tortura, o las amenazas de torturas, el miedo a ser asesinado y el sentimiento de ser olvidado por todos para siempre, los detenidos se consumen víctimas de lo que el doctor Stein denomina un “terror” psicológicamente perjudicial.

“El hecho de no saber dónde estaba y ni siquiera poder ver el rostro de los guardias me daba un miedo casi total. Lo peor era sentir que yo podía desaparecer y que mi familia no sabría nunca lo que me había pasado”, indicó Bashar Jadallah.

La descripción que hace Bashar Jadallah de su aislamiento y de sus condiciones de detención coincide con la de otros detenidos cuyos testimonios fueron reunidos por Leah Tsemel y por Hamoked. Todos mencionan los colchones húmedos y de olor fétido sobre los que debían dormir, los baldes que les servían para cumplir sus necesidades y que pocas veces eran vaciados, y la canilla de agua de la celda, controlada por guardias invisibles. Durante la noche, violentos ruidos les impedían dormir, a la vez que la refrigeración los hacía temblar de frío.

Los testimonios escritos mencionan actos de tortura, práctica que fue abolida por la Corte Suprema israelí en 1999. Hannah Friedman, directora del Comité Público contra la tortura, afirma que su organización comprobó un constante aumento de los casos de torturas en las cárceles israelíes desde el comienzo de la última intifada. Según un estudio reciente, 58% de los detenidos palestinos son sometidos a actos de violencia declarada, reciben golpes, puntapiés y violentas sacudidas, los obligan a ponerse en posiciones dolorosas o les ajustan demasiado las esposas.

Esos métodos, y otros aun peores, parecen ser moneda corriente en el Establecimiento 1391. Mohammed Jadallah dice en su testimonio escrito que fue golpeado en repetidas ocasiones, que le ajustaron en exceso las cadenas, que lo ataron a una silla en posiciones dolorosas y que le impedían ir al baño. Además le impedían dormir, rociándolo con agua en cuanto cerraba los ojos. Sus interrogadores le mostraron fotos de varios de sus seres queridos, amenazando con tomar represalias contra ellos. “Me trajeron una foto de mi padre con ropa de prisionero y me hicieron escuchar un casete donde él hablaba en su condición de detenido. Amenazaron con encarcelarlo y torturarlo.

Sin embargo, esos prisioneros tuvieron mejor suerte que otros, detenidos durante mucho tiempo en el Establecimiento 1391: los ciudadanos extranjeros. Los palestinos que pasaron por esa cárcel secreta estuvieron siempre bajo la autoridad del servicio de seguridad, el Shin Bet, responsable de los interrogatorios en los centros de detención israelíes regulares. Los prisioneros extranjeros del Establecimiento 1391, en cambio, dependen de una rama especial del servicio de informaciones militares: la Unidad 504. El trato que les fue reservado se conoció gracias a documentos presentados a la justicia en el marco del proceso a Mustafá Dirani.

Dirani fue secuestrado en su domicilio en el Líbano, en mayo de 1994, cuando los servicios de informaciones israelíes trataban de averiguar el paradero de Ron Arad, un piloto cuyo avión se había estrellado en el sur del Líbano en 1986. Dirani tuvo en su poder a Arad durante dos años, y luego, al parecer, lo habría “vendido” a Irán.

Transferido el año pasado a la cárcel de Ashmoret, cerca de Netanya, Dirani había pasado ocho años en el Establecimiento 1391 junto a otro detenido célebre, Sheikh Abdel Karim Obeid, del Hezbollah. Durante los primeros meses de su cautiverio, mientras los israelíes esperaban obtener de él informaciones sobre Arad, Dirani fue torturado por un interrogador que era un alto funcionario del ejército, conocido únicamente como el “mayor George”. Por entonces la tortura era legal en Israel; sin embargo Dirani inició un proceso contra el Estado y contra el mayor George por dos casos de violencia sexual. En uno George habría ordenado a un soldado que violara a Dirani y en el otro le habría introducido un palo en el recto.

Métodos corrientes

Las acusaciones de Dirani fueron corroboradas por el testimonio de soldados israelíes que prestaron servicio en la prisión. Uno de los interrogadores, identificado con las iniciales TN, declaró: “Sé que era común amenazar con introducirles un palo, la intención era hacerlo si el individuo no hablaba”. Una petición en defensa de George, firmada por 60 oficiales israelíes, no niega los hechos, sino que estima injusto atacar a George por aplicar métodos que eran corrientes en la prisión. El propio George admitió que era común mantener a los detenidos desnudos durante los interrogatorios.

Jihad Shuman, un británico que Israel acusó de pertenecer al Hezbollah luego de detenerlo en Jerusalén en enero de 2001, estuvo detenido tres noches en el Establecimiento 1391. Shuman afirma haber sido violentamente golpeado por los soldados: “Cuando me sacaron la venda de los ojos, me vi rodeado por unos quince soldados armados, algunos con bastones. Varios de ellos me golpearon, me empujaron y me pegaron por detrás”. Poco después fue interrogado por un hombre con uniforme militar que le dijo: “Tiene que confesar. Si no lo hace está terminado y nadie sabrá lo que le ocurrió. O confiesa o muere”.

Los efectos de esos métodos sobre el estado emocional y psicológico de los detenidos son fáciles de imaginar. Un familiar de Mustafa Dirani, llamado Ghassan Dirani, que había sido detenido en su compañía y encerrado en la prisión 1391 durante un tiempo, se vio luego afectado por una esquizofrenia catatónica.

El Estado de Israel reconoció ante la justicia que el Establecimiento 1391 era una prisión secreta, pero nada indica que sea la única del país, según se desprende de documentos recientes descubiertos por organizaciones humanitarias. Entre los que el ejército entregó a Hamoked, algunos conciernen a Musa Azzain, un militante del Hezbollah de 35 años, encarcelado en agosto de 1992 en la tristemente célebre prisión de Khiam, en el sur del Líbano. Según responsables israelíes, posteriormente fue transferido al Establecimiento Barak, nombre –según Hamoked– de otra prisión secreta en Israel. Azzain afirma que lo llevaron a una prisión secreta que los detenidos llaman Sarafend, nombre a menudo citado por los prisioneros libaneses. Sarafend es el nombre inglés de una base militar que actualmente se llama Tzrifin, en las afueras de Tel Aviv.

Varios detenidos que permanecieron algún tiempo en prisiones secretas afirman que oían el ruido de las olas. Pero el Establecimiento 1391 se halla lejos del mar. Otros dijeron haber oído el ruido de aviones al despegue o de disparos, que podrían provenir de algún campo de tiro militar. Dado que existen más de 70 establecimientos Taggart –puestos de policía fortificados construidos durante el mandato británico– varios de ellos podrían servir de prisión secreta sin despertar sospechas.

Otro Taggart situado en Gedera, al sur de Tel Aviv, habría sido utilizado con ese fin, hasta que las operaciones fueron –al parecer– transferidas al Establecimiento 1391 en la década de 1970. Podrían existir otros casos similares. Según un ex responsable de la Cruz Roja, cuya tarea era hallar a los prisioneros luego de la primera intifada, de 1987 a 1993, la organización humanitaria supo a comienzos de la década de 1990 que Israel había encarcelado secretamente a palestinos en un centro de detención militar cerca de Naplusa, conocido con el nombre de Farah.

La señora Kerstein sospecha que Israel posee varias prisiones secretas, que utiliza o cierra en función de sus necesidades. Durante la época más crítica de la ocupación del Líbano, pudo haber varias funcionando. El exceso de prisioneros palestinos registrado el año pasado podría haber llevado a las autoridades a activar otras prisiones secretas. Kerstein teme además que el Estado de Israel esté poniendo sus prisiones al servicio de otros países, en particular de Estados Unidos, luego de la invasión de Irak. Según la Cruz Roja no hay ningún iraquí detenido en Guantánamo. Dado el caos que reina en Irak resulta casi imposible saber quién fue detenido y dónde se hallan los prisioneros.

Según fuentes diplomáticas, existen pruebas de que Estados Unidos interroga prisioneros en Jordania para escapar al derecho internacional y a la mirada de la Cruz Roja, que tiene acceso al Camp X-Ray de Guantánamo. Egipto, Marruecos y Pakistán también estarían colaborando con Estados Unidos.

“Sería sorprendente que Israel, el aliado más fiel de Estados Unidos, que como sabemos dispone al menos de una prisión secreta, no ofrezca sus servicios a los estadounidenses”, afirma Kerstein. Y añade: “Israel tiene décadas de experiencia en materia de tortura y de interrogatorios de prisioneros árabes, exactamente los conocimientos que necesitan los estadounidenses luego de las invasiones de Afganistán e Irak”.

Autor/es Jonathan Cook
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 53 - Noviembre 2003
Páginas:24,25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Minorías, Derechos Humanos, Justicia Internacional, Estado (Política)
Países Israel