Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Fracturas y esperanzas en la “Nueva Europa”

Al compás de un marcado alejamiento de Alemania y Francia respecto de la política exterior estadounidense, Polonia y República Checa compiten con otros nuevos componentes de la Unión Europea por el favor de Washington. El proyectado desplazamiento de bases militares de Alemania a Polonia, el papel de estos países en los emprendimientos bélicos de la Casa Blanca y las condiciones de ingreso –para muchos inaceptables– producen un creciente sentimiento de rechazo en el ciudadano común del área antes dependiente de la URSS.

“Recientemente leí declaraciones de un general polaco responsable de la zona de ocupación que tenemos a cargo: cree que [los iraquíes] no nos querrán hasta que no solucionemos los problemas de trabajo, de salud, de la administración. Esto me hace preguntarme si en lugar de meternos con Irak no sería mejor que nos dedicáramos a solucionar esos problemas en nuestro propio país”. Popular, el ex ministro de Trabajo Jacek Kuron es uno de los pocos intelectuales polacos que tomó posición contra la guerra en Irak1. Se dice “sorprendido” por el apoyo dado por el Presidente y el gobierno de su país a Estados Unidos. “Probablemente esperan algunos beneficios políticos a corto plazo, pero eso no justifica participar en esa historia vergonzosa”.

Sin dudas, ese punto de vista expresa mejor a la mayoría de la opiniones populares que las tomas de posición que supuestamente las representan, tanto en Polonia como en el conjunto de esa “Nueva Europa” que se suele considerar alineada tras Estados Unidos2.

Prueba de ello es la distancia existente entre esas sociedades y sus actuales dirigentes respecto de la guerra en Irak, pero también la masiva abstención registrada en los referéndums de adhesión a la Unión Europea (UE; ver Donckel, pág. 29).

En realidad, la guerra en Irak profundizó el abismo que la de Kosovo había generado hace cuatro años –salvo en Polonia– entre los pueblos y los gobernantes de los países de Europa del Este, algunos de los cuales (Polonia, República Checa y Hungría) acababan apenas de ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)3. En febrero de 2003, en el conjunto de los países candidatos a ingresar en la UE, un promedio del 75% de la población se manifestaba opuesto a una intervención militar en Irak sin mandato de Naciones Unidas. Aun en caso de contar con la aprobación del Consejo de Seguridad, la hostilidad a la intervención era mayoritaria (49% en contra, 42% a favor), contrariamente a la opinión pública de Europa Occidental (38% en contra, 57% a favor)4. De tal forma, la “Carta de los Ocho” y la “Declaración de los Diez”5 que apoyaban la guerra programada por Estados Unidos no reflejaban ni la opinión de la gente ni las conclusiones de los debates parlamentarios.

Evocando la firma de Hungría al pie de la “Carta de los Ocho”, el economista Laszslo Andor, presidente del consejo científico de Attac-Hungría, señala: “El primer ministro Peter Medgyessy la rubricó durante un viaje a Grecia. De regreso en Hungría debió explicar por qué había aprobado un documento a favor de la guerra sin consultar al gobierno y al Parlamento, cuando ya se conocía la posición de Francia y de Alemania y la creciente impopularidad de esa intervención a través de las encuestas realizadas en nuestro país. Afirmó haber logrado que se hiciera una ‘pequeña enmienda’en esa carta, a la que no consideraba una declaración de guerra… Aseguró que no se enviarían soldados húngaros a combatir en Irak. El desconcierto generado por ese incidente fue tal que se designó un nuevo consejero nacional para temas de seguridad”.

Por su parte, el profesor Egdunas Racius escribió que “el envío de tropas a Irak por los gobiernos de Estados bálticos fue un ‘gesto de fidelidad’ hacia Estados Unidos adoptado sin ningún tipo de debate gubernamental ni público”6. Y el profesor Rastko Mocnik, de la Universidad de Liubliana manifestó “la incomodidad y el intenso debate político” despertado por la firma de Eslovenia. Mocnik adhirió a una petición en la que se afirmaba que “ningún partido político de Eslovenia tiene mandato para arrastrar a nuestro país a una guerra de agresión” y se exigía que “el gobierno retire su apoyo a la declaración de los diez cancilleres de Europa del Este”.

Polonia, “cabeza de puente”

De Eslovaquia a Hungría, de República Checa a Polonia, la oposición a las diferentes formas de apoyo a la guerra y a la ocupación superó –por mucho– el marco de la explotación por parte de los partidos de oposición de la fragilidad de sus adversarios. Los dirigentes checos, eslovenos y croatas cuestionaron oficialmente que se incluyera a su país como miembro de la “coalición”. Otras naciones quedaron claramente divididas, como fue el caso de Rumania y de Bulgaria.

No caben dudas de que en las presiones que se ejercen sobre los nuevos y los futuros miembros tanto de la OTAN como de la UE se mezclan los negocios, la política exterior y el “reciclado” de ex dirigentes de la nomenklatura comunista.

Por ejemplo, es cada vez más conocido el papel de “procónsul” de Estados Unidos que jugó Bruce Jackson7, presidente del Comité para la liberación de Irak (al que hizo adherir a unas cuantas personalidades de Europa del Este), vicepresidente de la fábrica de armas estadounidense Lockheed-Martin, al mismo tiempo que artesano de la instalación de nuevas bases de la OTAN en la región y presidente del Proyecto para un Nuevo Siglo de Estados Unidos elaborado por la derecha neoconservadora de ese país, luego de haberse desempeñado en el Departamento de Defensa. Fue el propio Jackson quien negoció con Polonia el “contrato del siglo” por 48 aviones de guerra F-16 fabricados por Lockheed-Martin. En realidad, fue el propio Estados Unidos el que financió esa operación: la compra fue “compensada” con un crédito y con la adquisición de productos polacos por un monto de 12.000 millones de dólares8.

Por lo tanto, no tiene nada de sorprendente que Polonia –único país de Europa del Este que forma parte de la coalición dirigida por George W. Bush y Anthony Blair– haya tomado el mando de una fuerza multinacional en la región centro-sud de Irak. Además, como signo de “gratitud”, podría ver a su presidente, el ex comunista Aleksander Kwasniewski, nominado para dirigir la Alianza Atlántica, y recibir en su territorio cuatro bases estadounidenses trasladadas desde Alemania. Otros dirigentes este-europeos, al igual que varios del Oeste, abrieron su territorio y su espacio aéreo a las operaciones estadounidenses, o enviaron algunos cientos de soldados para proteger a sus diplomáticos o cumplir con operaciones llamadas humanitarias. Además, evidentemente, no dejan de interesar a sus empresas en las conversaciones que se desarrollan sobre la “reconstrucción” de Irak.

Pero las manifestaciones de oposición –incluso contra los policías-militares checos enviados para proteger el hospital de campaña de Basora– y los atentados contra las tropas de ocupación, tanto como contra Naciones Unidas, refrenaron su entusiasmo. En cuanto a las bases estadounidenses instaladas en Europa del Este, la opinión pública, que en un principio las consideró como un estímulo para el comercio local, ahora las considera cada vez más como una incitación a las represalias. El 15 de febrero pasado unas 50.000 personas manifestaron en Budapest, convocadas por el Movimiento Cívico por la Paz de Hungría, para que se prohíba cualquier tipo de ayuda a la guerra y para poner fin a la base de Tazsar, la cual, por otra parte, fue oportunamente cerrada al comienzo de la intervención militar…

El aumento de los gastos militares, al mismo tiempo que se reducen los de salud pública y de educación, plantea a su vez el problema de los criterios teóricos de Maastricht y de la construcción liberal de Europa. El capital extranjero, poco propenso a apoyar la defensa del empleo y los servicios públicos, domina de manera masiva los sistemas bancarios en Europa del Este desde fines de la década de 1990 (sólo Eslovenia resistió a esa línea impuesta por la Comisión Europea). Los fondos estructurales –segundo tema en importancia en el presupuesto europeo, detrás de la agricultura– destinados a compensar los mecanismos de mercado y a ayudar a las regiones más pobres, quedaron limitados y condicionados al co-financiamiento. A raíz de ello, como el financiamiento público fue reducido y los créditos privados buscan la rentabilidad, la ayuda irá fundamentalmente a los que más tienen.

Polonia y España pueden hacer frente común respecto de Irak y de los criterios de representatividad en el seno de la UE. Pero si el presupuesto de ésta –inferior al 1,27% de su Producto Bruto Interno9– se mantiene tal cual, la lógica redistributiva, de por sí demasiado débil, se debilitará aún más, justamente cuando se registra el ingreso de nuevos miembros más pobres. De esa forma, España perderá casi todo el financiamiento europeo que hasta entonces recibía, a la vez que se ajustarán hacia abajo los montos concedidos (un campesino polaco recibirá un 25% menos que un agricultor francés).

En Bruselas afirman que se trata de no estimular el mantenimiento del “autoconsumo improductivo”. Sin embargo, las pequeñas parcelas de tierra son el único salvavidas cuando desaparecen los servicios sociales, antaño a cargo de grandes empresas. En realidad, se trata de suprimir la totalidad de las protecciones sociales, lo que llevaría a una situación similar a la del siglo XIX, para permitir la emergencia de un “verdadero” salariado, sometido a una implacable “flexibilidad”. Tal es lo que imponen los nuevos códigos laborales. Eso genera pobreza, cuando se dice que se busca una “mejora”.

Si simplemente se trata de crear en Europa del Este un gran mercado liberalizado, ¿para qué ampliar la UE y agravar así sus problemas? La apertura comercial de esos países, la supresión de las protecciones sociales, la venta de las mejores empresas y la deslocalización ya son realidades palpables. Es por eso que Bruselas tardó en iniciar la fase oficial de negociaciones, que recién comenzó con los primeros países10 en 1998, no en función del “éxito” de las naciones concernidas, sino en vistas del décimo aniversario de la caída del Muro de Berlín: en 1998, luego de varios años de baja de sus PBI, sólo dos países habían recuperado su nivel de 1989, entre ellos Polonia, que desde entonces sufre una baja de su tasa de crecimiento…

“Las nuevas elites políticas del Este –subraya el economista húngaro altermundialista Lazslo Andor– temen ser cuestionadas. Para consolidar las transformaciones realizadas quisieran formar parte de cualquier cosa del Oeste, la OTAN, la UE, lo primero que venga de la comunidad euro-atlántica”. Para frenar a los candidatos la cumbre de Copenhague de 1993 había impuesto ciertos “criterios”: pluralismo político, economía de mercado “capaz de hacer frente a la competencia” e integración de los “logros comunitarios”11. Pero la aplicación real de estos últimos implicaba de hecho una selección tal –estima Andor– que “las promesas iniciales de apertura al Este sólo se concretarán para uno o dos casos vitrina”.

La cumbre europea de diciembre de 1999 marcó el giro hacia el “big-bang”: el ingreso de todos los candidatos fue decretado “irreversible”, pero sin fecha. Sin embargo, los “criterios” de Copenhague se volvían cada vez menos operatorios: los países candidatos tienen balanzas comerciales deficitarias con la UE y no pueden “hacer frente a la competencia”; el “logro comunitario” es indefinido y evolutivo en lo que concierne a la política agrícola común y los fondos estructurales, puntos centrales de las negociaciones finales. En el plano político, el aumento del abstencionismo y de las corrientes xenófobas12, agravado por los efectos de la guerra de la OTAN en Yugoslavia, precipitaron la gran apertura.

Asociado al “big-bang”, el Pacto de estabilidad de Europa del Sudeste, instaurado en junio de 1999, apuntaba a ayudar a los gobiernos de la región, cada vez más desestabilizados, creando una especie de antecámara de la UE para los “Balcanes del Oeste”13. “Se imponía un enfoque regional, dado el peligro de una balcanización generalizada y de tener que someterse al trabajo de ‘estabilización’ de la fuerza aérea estadounidense”, estima Andor, que en marzo pasado organizó en Budapest la primera conferencia en Europa del Este de una red de economistas a favor de una nueva política europea…14.

Europa del Este pasó directamente de la censura y del estropicio burocrático del antiguo régimen de partido único (no obstante, socialmente protector), al terrorismo intelectual y al capitalismo salvaje sostenido por los dogmas liberales. En esa dolorosa transición, la UE se presenta como una fuente de moderación, pero también de esperanza de nuevas convergencias en la base.

“La guerra en Irak creó lazos entre los pueblos de Europa del Este y del Oeste”, se alegra Petr Uhl, ex militante checoslovaco de la Carta 77, resuelto adversario de la OTAN y ferviente partidario de la adhesión a la UE. Editorialista del diario Pravo, Uhl calificó la firma de Vaclav Havel al pie de la “Carta de los Ocho”, a pocos días de concluir su mandato como presidente, de acto “criminal”. A su entender, la construcción europea es un medio para “hacer avanzar los derechos reconocidos en el Consejo de Europa”. Luego de haber denunciado la “responsabilidad checa” en la disolución de la Federación Checoslovaca, lucha ahora contra los nacionalismos estrechos: “La campaña del PC checo contra la UE es muy negativa –afirma– pues señala a los alemanes, a los extranjeros, como un peligro”.

De su lado, Anna Sabatova, ex portavoz de la Carta 77 y recientemente elegida vice-mediador por el Parlamento checo, también rechaza ese nacionalismo: “Me resulta imposible imaginar una alternativa al ingreso” a la UE. Sensible a los retrocesos sociales que se verifican desde 1989, sin embargo subraya la evolución de las ideas: “Por entonces, pronunciar la palabra ‘solidaridad’ era una grosería propia de una ‘mentalidad de asistido’. Ahora es posible criticar racionalmente las expulsiones que afectan a los más pobres y la supresión de las ayudas sociales”. Y añade: “Soy consciente de que el ingreso a la UE no tendrá sólo aspectos positivos, pero no veo forma de cambiar el mundo estando aislado. Muchos ejemplos en la UE pueden ayudarnos a nosotros a resistir”.

“Es la opción menos mala”, estima también el historiador Tamas Kraus, militante del Foro Social húngaro. “Frente a la extrema derecha eurofóbica, tendremos mayor margen para defender a las minorías nacionales (principalmente los gitanos) y sexuales en el marco de la UE, además de mayores posibilidades de cooperación sindical”. Y agrega con una sonrisa: “La delegación húngara al Foro Social de Florencia descubrió allí que era posible agitar una bandera roja sin terminar en la cárcel. Globalmente, estuvimos más colonizados durante trece años fuera, de lo que lo seremos dentro” de la UE.

Rechazo y abstencionismo

La expresión subraya la responsabilidad de la UE en la propagación y en el aprovechamiento del capitalismo salvaje por parte de las elites de Europa del Este. Es lo que expresó una parte de los votos negativos en los referéndums de adhesión. Pero la mayoría provenía de la extrema derecha nacionalista y xenófoba, representada a menudo en las categorías sociales más pobres, o de los ultraliberales thatcheristas y soberanistas (como el partido del presidente Vaclav Klaus en República Checa). La Liga de Familias Polacas (LPR), derecha católica anti-europea (a pesar de la posición del Papa) ¡prefería proponer la adhesión de Polonia al ALCA estadounidense que a la UE!15.

Igualmente diversos, “los altísimos porcentajes de abstención plantean más interrogantes que respuestas claras”, subraya el profesor Nicolas Bardos-Feltoronyi. “Pero ese fenómeno parece particularmente importante en regiones de ingresos bajos o medios”. Uno de esos foros sociales, que reúnen principalmente asociaciones de desempleados y sindicalistas, tuvo lugar en febrero de 2003 en Elk, una de las regiones con mayores problemas económicos de Polonia. “Los representantes de nuestro país exigen un derecho a veto en los temas sociales, pero esa gente no habla en nuestro nombre”, se queja Piotr Ikonowicz, uno de los organizadores de dicho foro, en el que se votó una moción a favor de una Europa social. Sin embargo, las propuestas alternativas a la construcción de una Europa liberal, en ruptura con la derecha clerical y nacionalista, apenas comienzan a surgir.

“La Unión Europea sigue siendo el lugar del mundo donde más se cultiva la laicidad y los derechos sociales y cívicos”, señala Michal Kozlovski, editor de una revista polaca muy anticlerical titulada Bez Dogmatu (Sin Dogma). Asumiendo sus dudas añade: “Las condiciones para el ingreso a la UE son escandalosas”. De todas formas, “la integración de Polonia será un desafío”, agrega, un poco en serio y un poco en broma, pues teme, al igual que las feministas polacas, “el poder del lobby religioso del Papa en Bruselas”.

Como en respuesta a ese punto de vista, el historiador polaco Marcin Kula gusta recordar la opinión de aquellos para los cuales, “dado que Polonia siempre estuvo en Europa, es la UE la que debe adherir a los valores polacos”. Él, en cambio, critica el discurso dominante, que mitifica el pasado europeo de Polonia y olvida su “situación límite” respecto de Europa occidental.

En los años ’70, bajo el pasado régimen, el dirigente comunista Edward Gierek ya “había abierto una perspectiva de vida a la occidental a través de su política de importaciones”, explica el historiador. Pero en la época del sindicato Solidaridad, “el desempleo era algo inimaginable, lo mismo que las privatizaciones”. De esto surge una paradoja: “A pesar de que el movimiento sindical fue el iniciador de las transformaciones, ahora prácticamente desapareció, sobre todo en las empresas privadas. La gente se sintió decepcionada por Europa luego de la caída del comunismo: se acordaban de la ayuda recibida en la década de 1980 y pensaban que una vez “liberados” serían recibidos con los brazos abiertos. Es por eso que su visión del pasado comunista es ahora más positiva que la que tenían en 1989”16.

Interrogado sobre su propia opinión sobre la UE, el profesor Kula condensa los dilemas y las inquietudes encontradas en otros aspectos, fundamentalmente respecto del cierre de la frontera polaca a sus vecinos (y al tráfico fronterizo) del Este: “Si se trata de elegir entre ingresar a la Unión Europea o bien tornarse hacia la Bielorusia del presidente Alexandre Loukachenko, yo voto por la UE. Pero estoy preocupado, en primer lugar por el riesgo de que surjan nuevos muros entre nosotros y una nueva ‘Europa del Este’, cuyos ciudadanos serán despreciados, considerados a su vez como ‘europeos indeseables’”.

  1. Entrevista a Zycie Warszawy, Varsovia, 4-9-03.
  2. Sobre la percepción que la población y las nuevas elites de Europa Central tienen de Estados Unidos, cf. Nicolas Bardos-Feltoronyi, “Le centre de l’Europe et la guerre en Irak”, La Revue nouvelle, Bruselas, mayo-junio de 2003.
  3. Catherine Gousseff, “L’effet Kosovo sur les nouveaux partenaires”, Courrier des pays de l’Est, N° 1001, enero de 2000; y François Guilbert, “L’OTAN, d’un élargissement à l’autre”, en Edith Lhomel (ed.), L’Europe centrale et orientale, dix ans de transformations (1989-1999).
  4. Le Monde, París, 1-2-03, titulaba sin embargo: “Los países del Este justifican su fidelidad a Estados Unidos”…
  5. La “Carta de los Ocho” fue firmada el 30-1-03 por los primeros ministros de Polonia y Hungría, el Presidente checo (pocos días antes de cesar su mandato) junto a los jefes de gobierno de España, Gran Bretaña, Portugal, Italia y Dinamarca. La “Declaración de los Diez” fue firmada el 5-2-03 por los dirigentes de Albania, Bulgaria, Croacia, Estonia, Letonia, Lituania, Macedonia, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia.
  6. The Baltic Times, Vilna, 18-9-03.
  7. Fundamentalmente The Baltic Times, Vilna, 15-11-01; International Herald Tribune, París, 20-2-03; y Radio Free Europe, 10-2-03.
  8. The Guardian, Londres, 12-6-02 y 16-5-03.
  9. En Estados Unidos, el presupuesto representa el 20% del PBI.
  10. Los cinco primeros fueron Eslovenia, Polonia, Hungría, República Checa y Estonia. La segunda tanda está formada por Lituania, Letonia, Eslovaquia, Rumania y Bulgaria.
  11. Catherine Samary, “El alto costo de la adhesión”, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Buenos Aires, junio de 2000.
  12. Jacques Rupnik, “L’Europe du Centre-Est entre quête de stabilité et tentation populiste”, en Etudes du CERI, N° 81, diciembre de 2001.
  13. Ex-Repúblicas yugoslavas (salvo Eslovenia), Albania, Rumania y Bulgaria, cuyo ingreso fue postergado hasta 2007.
  14. Se trata de la red temática EPOC (http://www.epoc.uni-bremen.de/home.htm).
  15. Jean-Michel De Waele (ed.), La Pologne et l’intégration européenne, Universidad de Bruselas, 2003.
  16. Más del 70 % de los polacos consideran positiva la época de Gierek.
Autor/es Catherine Samary
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 53 - Noviembre 2003
Páginas:28,29,30
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Geopolítica, Políticas Locales, Unión Europea