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Recuadros:

Recuerdos de alegría y tragedia

Periodista, escritor, diplomático, Pierre Kalfon es un gran conocedor de América Latina. En Argentina, fue director de la Alianza Francesa en los años ’60. Fue corresponsal de Le Monde en Chile de 1969 a 1973, durante todo el gobierno de la Unidad Popular, hasta su expulsión por la junta militar. Los dos textos que siguen son extractos de L’encre verte de Pablo Neruda, de próxima aparición en la editorial Terre de Brume.

Tarde de victoria

Recuerdo la elección de Salvador Allende.

El alegre frenesí que se había apoderado poco a poco de la multitud. Risas y abrazos en la calle con desconocidos que dejaban de ser desconocidos porque compartían el regocijo.

Ese 4 de septiembre de 1970, Santiago salía del invierno; la noche estaba por caer. Mucho tiempo se habían esperado los resultados de esas elecciones presidenciales, tan peleadas. Demasiado tiempo sin duda para la inquieta impaciencia de aquellos que acariciaban todavía la esperanza de una victoria de la izquierda y que vibraban del deseo de salir a gritar su alegría a las calles.

Al principio, había corrido un rumor inquietante. De los tres candidatos, el ganador era el de derechas. Los partidarios de Jorge Alessandri bajaban ya desde los barrios elegantes hacia el centro de la ciudad, blandiendo, socarronamente, banderas chilenas en las puertas de los autos, en medio de un concierto de bocinas. Y luego el rumor se desinfló, las estimaciones habían dado un vuelco. Los tocadores de bocinas, menos presumidos, habían vuelto a subir a sus opulentas casas al pie de la cordillera.

La gente esperó un poco más. Y súbitamente, fue como una marejada. ¡Allende salía primero! Salvador Allende, por la coalición de la Unión Popular. Socialistas, comunistas, radicales, cristianos de izquierda se habían unido frente a la derecha dividida. Esta vez había llegado la victoria. Seguían dudando, casi incrédulos. Sin embargo las cifras hablaban. Tal vez no fuera una victoria aplastante, ¿pero a quién le importaba? Con el 36% de los sufragios, el candidato de la izquierda aventajaba claramente al viejo conservador Alessandri y de lejos al demócrata cristiano Radomiro Tomic. Sin equívocos, se imponía Allende. El eterno vencido de las presidenciales, el mismo que después de tres fracasos ironizaba sarcástico sobre el epitafio que le otorgarían al morir: “Allende, candidato a la presidencia”, estaba ahora allí, desmintiendo a las Casandras.

La gente gritaba, saltaba: “¡El que no salta es momio!”. Se pellizcaba para asegurarse de que no estaba soñando. ¡Ah! qué magnífico era ese país, y qué maravillosos eran esos chilenos politizados hasta los huesos.

La noche había terminado de caer con el frío húmedo de septiembre. ¿Pero a quién le importaba? Desde los suburbios pobres del sur y el oeste de la capital, masas de gente afluían hacia la Alameda, el camino real de Santiago, vestidos con tejidos de colores, chales y ponchos. Mujeres, niños con las mejillas llenas y grandes ojos redondos, hombres secos y fibrosos de tez mate, con el pelo negro y lacio. Un clima festivo se desprendía de esa multitud pacífica y radiante. Para compensar una insignificante iluminación pública, también para calentarse, fuegos de artificio horadaban aquí y allá la bruma. De boca en boca se difundía la noticia: iba a hablar Allende.

Se había instalado un improvisado equipo de sonido en el primer piso del edificio de la Federación de los Estudiantes de Chile, la FECH, situada en el centro de la ciudad, frente a la colina Santa Lucía, punto de encuentro de todas las citas amorosas. Exaltado por la inefable delicia de saber que acababa de ganar por fin un combate entablado hacía treinta años, este médico de 62 años encontraba las palabras justas para saludar la victoria popular, agradecer a sus seguidores, alentar a los demás a unirse a la batalla por una mayor justicia social. A pesar de los obstáculos que iba a enfrentar, decía, Chile iba a cambiar de base. Y todo el mundo entendía que por fin iban a “dar vuelta la tortilla” y que los relegados de la prosperidad económica iban a poder participar, en alguna medida, en el festín nacional.

“Dulce patria…” Cantaban el himno chileno, aplaudían, estaban exultantes y en la alegría del momento surgía la clásica trivialidad del Chile de la gente feliz: “¡Viva Chile, mierda!”.

La carrera a las embajadas

Recuerdo la carrera a las embajadas.

El golpe del 11 de septiembre, el golpe de Estado de Pinochet, había provocado un movimiento de pánico en la izquierda, de júbilo en la derecha, de alivio vagamente intranquilo entre los demócrata cristianos.

Hacía meses que el gobierno de la Unión Popular había agitado la amenaza de un golpe de Estado. ¿Lo creía realmente? Los comunistas no dejaban de proclamar la legitimidad del ejército, pese a un intento frustrado de golpe tres meses antes. Toda la apuesta del gobierno de Allende había consistido en utilizar únicamente los recursos de la legalidad burguesa para conducir al país hacia un régimen socialista, sin recurrir a los fusiles, sin armar al pueblo. Allí estaba su originalidad. Esta hipótesis pacífica nunca había sido prevista por Marx. De modo que cuando vino el vendaval y el Palacio de la Moneda fue bombardeado, el conjunto de la izquierda chilena se encontró ampliamente desprevenido y la tragedia fue total. Fue un sálvese quien pueda generalizado. Corrimos a las embajadas. Cosa no tan fácil.

En el río Mapocho, en el corazón de Santiago, los cadáveres de los que habían sido fusilados por la noche se convertían en un espectáculo corriente. Desde arriba de los muelles, a lo largo de los ríos, los peatones silenciosos, aterrados, los miraban flotar a la deriva. Las indagaciones y las detenciones se habían multiplicado. Las cabezas de los principales dirigentes de la Unión Popular tenían precio. El poeta Pablo Neruda se había dejado morir en su casa saqueada de Santiago. Muy rápidamente, el campo de concentración del inmenso Estadio Nacional se había llenado de hombres y mujeres, casi estupefactos de encontrarse allí. Un sociólogo argentino, de nombre irlandés, había sido apresado en la clínica donde su mujer acababa de dar a luz. Estaba elegantemente vestido y lo que se le reprochaba era bastante leve como para que lo soltaran después de haberlo olvidado tres días, sentado sobre un banquito. Él me contó que había visto, pegadas en la pared en varias columnas, las listas de las personas de izquierda buscadas, donde se especificaba la afiliación política precisa de cada una. Existía incluso una columna de “extranjeros”, donde, según me dijo, tenía yo el honor de figurar en segundo lugar. Los servicios de inteligencia militares no habían perdido el tiempo bajo la administración de Allende.

Precisamente mi calidad de periodista extranjero, sumada a la de profesor enviado por el gobierno francés, me había valido una avalancha de pedidos de auxilio: amigos y desconocidos, amigos de amigos, todos en situación de emergencia. Los chilenos de izquierda no eran los únicos en peligro. Muchos latinoamericanos se encontraban en la trampa. Brasileños, bolivianos, uruguayos, habían venido a buscar refugio en Chile, huyendo de la represión en sus respectivos países. Frente a ellos no tenían otra cosa que las ametralladoras del ejército. ¿Adónde ir?

Con mi mujer improvisamos como pudimos una red de asistencia inmediata, llamando a los diplomáticos que conocíamos, a los franceses dispuestos a ayudar. Con Véronique D., una enviada especial de la AFP llamada como refuerzo, con Jacques d’A, un colega de Valparaíso, y con muchos otros, confeccionamos la lista de las embajadas amigas y la de las embajadas “malditas”. En la primera se destacaban las de México, Argentina, Suecia (gracias a un hombre extraordinario, Harald Edelstam) y la embajada de Francia, bajo la dirección del embajador Pierre de Menthon. Por el contrario, las de los países del Este, de la URSS, Alemania Federal, Holanda, se destacaban por su mala voluntad y sus puertas cerradas. Se decía que un embajador había recurrido a los carabineros para desalojar a un buen hombre que pedía protección, encaramado a las ramas de un árbol de la residencia, con un pie todavía afuera.

Sin embargo, un domingo por la mañana Holanda dio un vuelco espectacular. Ese día, muy temprano, se presentó en mi casa un diplomático holandés a quien yo conocía. “Acabo de poner en el avión a mi embajador, quien me obligaba a decirle que no. En adelante el responsable soy yo. Mañana mismo alquilo una casa, compro colchones, contrato a una cocinera. Puede ubicar allí a quien quiera”. Tuve ganas de abrazarlo. Iba a poder salvar varias vidas. Por otra parte, no esperé al día siguiente. En mi lista de espera, tres parlamentarios comunistas estaban en riesgo inmediato. Los mandé enseguida a la casa amiga.

Muchas veces la dificultad no consistía tanto en conseguir una puerta abierta como en llegar físicamente a la susodicha puerta de embajada. Frente a cada representación diplomática, la Junta había dispuesto patrullas que filtraban las entradas. ¿Alguien parecía sospechoso? De inmediato lo esposaban, a veces alrededor de un árbol, en la vereda. El automóvil de la policía vendría a ocuparse de él. Pero siempre había argucias. A fuerza de observación, habíamos notado, por ejemplo, que el acceso a la embajada de Bélgica quedaba al fondo de un callejón, en el hermoso barrio de Providencia. Los carabineros debían dejar entonces su puesto en el momento del relevo para ir a esperar el furgón de los reemplazantes en la avenida. En ese intervalo de apenas unos minutos, podíamos acompañar, ante todo sin correr, a los aspirantes al exilio y asegurarnos de que efectivamente hubiesen traspuesto el umbral tan bien vigilado un momento antes.

Después llegó el tiempo en que los mismos que ubicaban a los refugiados en las embajadas debieron, a su vez, encontrar protección en ellas, abandonar el país. Los chilenos tuvieron que aprender a vivir con Pinochet, la represión, el toque de queda, el ultraliberalismo. Diecisiete largos años…

  1. Eduardo Carrasco y sus compañeros cantaban en la fiesta de L’Humanité los días 8 y 9 de septiembre de 1973. Quiso el azar que no tomaran el avión para Santiago, según estaba previsto…
  2. Antoine Acquaviva, Georges Fournial, Pierre Gilhodès y Jean Marcelin, Chili de l’Unité Populaire, Editions sociales, París, 1971.
  3. Rinascita, Roma, 28-9-1973; 5 y 12-10-1973.

Lecciones de una tragedia

Vidal, Dominique

Chile en el corazón. En Francia y fuera de ella, en los meses que siguieron al golpe del general Augusto Pinochet, no pasa un solo día sin que una manifestación, una concentración o un concierto del “milagrosamente a salvo” grupo Quilapayún1 haga oír la cólera del “pueblo de izquierda” europeo.

Esta ola de solidaridad responde a la barbarie de la soldadesca. Las noticias de Santiago son estremecedoras: decenas de miles de militantes confinados en el Estadio Nacional, los dedos del cantante Víctor Jara seccionados con un hacha (“¡A ver si tocas tu guitarra, ahora!”), los rumores de torturas y asesinatos en masa, la agonía de Pablo Neruda en su casa saqueada…

Pero la emoción proviene también del símbolo en que la Unión Popular se ha convertido para miles de ciudadanos europeos. Dos años antes de la victoria de Salvador Allende, en 1968, el ideal del socialismo despertó en el Viejo Continente dando –en Praga– un golpe de gracia a su caricatura del Este europeo. Algunos dedujeron de ello la necesidad de una revolución, otros prefirieron apostar a una “vía pacífica” cuyas premisas quisieron ver, en Francia, en la firma del programa común, en junio de 1972.

En 1973, comunistas y socialistas europeos ponen entonces sus propias esperanzas en el desafío chileno y los debates políticos de Santiago se imbrican con los suyos. “Si existe una lección válida para todos los países que deba desprenderse de la experiencia de Chile, ella es sin duda alguna la que condujo a esa concepción de la unidad de las fuerzas populares”, sintetiza, por ejemplo, un libro comunista publicado en esa época2.

Aquel 11 de septiembre por la mañana, el asalto a La Moneda parece aniquilar la idea misma de “vía pacífica” al socialismo. “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”: las últimas palabras de Allende, transmitidas por radio y televisión, conmueven aun más porque parecen remitir a un futuro lejano. De hecho, el recurso al ejército por parte de la alta burguesía, con el apoyo de Estados Unidos, dio cuenta de la Unión Popular en el poder.

Mientras el Partido Comunista francés procura eludir el golpe haciendo hincapié –repentinamente– en las diferencias entre Santiago y París, su homólogo italiano enfrenta el fondo del drama con una serie de tres artículos del secretario general Enrico Berlinguer3.

La autocrítica del dirigente transalpino concierne a la subestimación –fruto de la “distensión” entre la URSS y Estados Unidos– de la capacidad “del imperialismo y de las fuerzas reaccionarias de muchos países” para “frenar la lucha emancipadora de los pueblos”. Razón de más para tomar conciencia: “En Italia no puede llevarse a cabo una profunda transformación de la sociedad por la vía democrática (…) sino bajo la forma de una revolución de la gran mayoría de la población”. Las indispensables reformas estructurales exigen no sólo el consenso de las fuerzas de izquierda que alcanzarían el “51% de los votos”, sino también “la cooperación de las fuerzas populares de inspiración comunista y socialista con las fuerzas populares de inspiración cristiana”.

Treinta años después ¿habrá que arrojar al bebé, el famoso “compromiso histórico”, junto con el agua sucia de los chanchullos de aparato entre comunistas y demócrata cristianos a los que hace tiempo éste se ha reducido en Italia? El socialismo burocrático atraviesa sus últimos sobresaltos en el mundo, y no hay “minoría activa” que haya conseguido una revolución duradera. En cuanto a la “vía democrática”, ha quedado atascada en la arena de la socialdemocracia. Pero la verdadera pista, la sugerida por Enrico Berlinguer, no fue desbrozada en ninguna parte…

  1. Eduardo Carrasco y sus compañeros cantaban en la fiesta de L’Humanité los días 8 y 9 de septiembre de 1973. Quiso el azar que no tomaran el avión para Santiago, según estaba previsto…
  2. Antoine Acquaviva, Georges Fournial, Pierre Gilhodès y Jean Marcelin, Chili de l’Unité Populaire, Editions sociales, París, 1971.
  3. Rinascita, Roma, 28-9-1973; 5 y 12-10-1973.


Autor/es Pierre Kalfon
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 51 - Septiembre 2003
Páginas:8,9
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Estado (Justicia), Estado (Política), Periodismo, Literatura
Países Chile