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De Allende a Kirchner, Chávez y Lula

"Presidente de Chile durante el gobierno de la Unidad Popular, Salvador Allende figurará en la Historia como el primer líder político que dirigió una tentativa de transición pacífica y legal hacia el socialismo”.
Enciclopedia Universalis.

Años setenta. Estados Unidos empantanado en Vietnam y a punto de asumir su peor derrota. La revolución cubana sigue tan campante, y aunque después del fracaso de Che Guevara en Bolivia ha abandonado formalmente la estrategia de “exportar la revolución”, en casi todos los países de América Latina aparecen organizaciones guerrilleras decididas a conquistar el poder por las armas para acabar con la farsa de una democracia que casi nunca existió cabalmente e instaurar el socialismo. El proceso de descolonización en África continúa en pleno auge. Después del Concilio Vaticano II (1962), sacerdotes, obispos y cristianos de base de todo el planeta, en particular en América Latina, deciden “compartir la vida de los pobres” y poco a poco van tejiendo alianzas sociales y políticas con revolucionarios laicos: el sacerdote Camilo Torres muere en Colombia empuñando una metralleta. En los países desarrollados la juventud afirma, a partir del mayo del ’68 francés, “prohibido prohibir” y “debajo del empedrado está la playa”. Penicilina y píldora anticonceptiva, incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo: feminismo y liberación sexual. Los “treinta gloriosos” años posteriores a la II Guerra Mundial completan además el proceso de formación de una clase obrera industrial y urbana, y la alfabetización y educación superior masivas1, generando así altos niveles de conciencia y organización entre las clases medias y bajas. “Peace and flowers” o “revolución permanente” como disyuntiva metodológica, pero ola planetaria por un cambio radical. La Unión Soviética parece en el apogeo de su desarrollo económico, científico y militar. Las revueltas antiestalinistas que estallan en Checoslovaquia y, una década antes, en Hungría, son percibidas como fases de una necesaria democratización del socialismo más que como aquello en lo que realmente se transformaron después: una regresión al capitalismo salvaje. Tanto así, que los partidos comunistas de Europa occidental desarrollan la propuesta del “eurocomunismo”, una estrategia de raíz gramsciana que supone el progresivo rechazo del liderazgo de la URSS, del centralismo democrático y de la dictadura del proletariado para formular una propuesta de unidad democrática a sectores “burgueses objetivamente antiimperialistas”, como cristianos y socialistas.

En este contexto, la experiencia chilena y la cubana eran microlaboratorios donde incubaban las dos vías posibles de una revolución que, al menos así parecía, la mayoría de los ciudadanos del mundo deseaba. Aunque la revolución cubana tenía la aureola del mito y hasta un ícono, Che Guevara, aquella que concitaba unanimidad mundial era la chilena: allí parecían confluir hacia un borbotón luminoso, festivo y final todas las corrientes de la fuente de la modernidad, desde el humanismo, el panteísmo, el iluminismo y la ilustración al marxismo. Liberté, égalité, fraternité, por fin.

El derrocamiento y muerte de Allende provocaron pena y frustración universal y avivaron el debate metodológico. Los partidarios de la lucha armada vieron confirmado su escepticismo sobre la vía democrática, pero otras fueron las conclusiones de dirigentes europeos como el secretario general del Partido Comunista Italiano (PCI), Enrico Berlinguer, quienes dedujeron que el socialismo burocrático y autoritario a la soviética era inviable y que por lo tanto en las sociedades desarrolladas era necesario un “compromiso histórico”2 entre comunistas, socialdemócratas y ciertos partidos “democrático-burgueses” –en el caso italiano, la Democracia Cristiana– para impedir el triunfo de las fuerzas de la reacción y al mismo tiempo concretar reformas sociales importantes y permanentes en un contexto democrático. Berlinguer fue la cabeza intelectual y política de una corriente que entendió que no es posible hacer una revolución contra el deseo de la mitad de la ciudadanía y que el “compromiso histórico” era necesario no sólo para avanzar reformas y concientizar hacia ellas a sectores cada vez más amplios, sino sobre todo para preservar las conquistas ya obtenidas.

En efecto, a pesar de la derrota en Vietnam –o quizá a causa de ella– los signos de una contraofensiva reaccionaria empezaban a ser tan evidentes como la debilidad del “campo progresista”. A finales de los sesenta ya se habían producido los golpes de Estado en Brasil e Indonesia –donde la represión provocó quinientos mil muertos– y en los setenta la cadena siguió por Uruguay, Chile, Argentina… En 1978, el secuestro y asesinato del dirigente democristiano Aldo Moro, dio un golpe mortal al “compromiso histórico” italiano3. Las guerrillas latinoamericanas fueron exterminadas una a una y la única victoriosa –el sandinismo en Nicaragua– no pudo imponer su fórmula “mixta”: toma del poder por las armas, ejercicio democrático del poder. La presión económica y militar de Estados Unidos, en un contexto internacional ya claramente desfavorable en 1979, acabó con ella. Al principiar los noventa, con la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la URSS, todo había concluido. Margareth Thatcher y Ronald Reagan eran los íconos del neoliberalismo triunfante; la expresión política de una mutación económica y social que el sistema capitalista necesitaba y que sólo había frenado hasta entonces la existencia del “campo socialista”.

En suma, ni la vía armada ni la democrática consiguieron imponer no ya el socialismo, sino siquiera reformas importantes o meramente retener conquistas, tanto en los países desarrollados como en los demás.

Enseñanzas de la Historia

Años ochenta/noventa. Durante el breve período de la perestroika y la glasnost de Mijail Gorbachov en la URSS, e incluso bien entrados los noventa, muchos analistas –incluyendo al que esto escribe– imaginaron que era la hora de la socialdemocracia, de los partidos socialistas occidentales que habían penado casi medio siglo en medio del conflicto entre el capitalismo y el comunismo; la hora del socialismo en libertad. Pero pronto desencantaron. Felipe González, François Mitterrand, Bettino Craxi, no pudieron con la inmensa ola de un capitalismo neoliberal sin trabas, ni con la marejada de desencanto y descrédito que provocó el derrumbe de la URSS. De hecho, pusieron el barco de las sociedades occidentales a navegar con la corriente y no tardaron en adquirir los vicios del contrabandista. Si Harold Wilson, Helmut Schmidt y, sobre todo, Willy Brandt y Olof Palme, habían sabido sostener con honor las banderas socialdemócratas en tiempos de la Guerra Fría, González, Mitterrand, Craxi y otros (por ejemplo el corrupto venezolano Carlos Andrés Pérez) se rindieron de manera incondicional y acabaron suscribiendo las prácticas en auge del capitalismo mafioso.

En América Latina, las dictaduras militares tuvieron las manos libres hasta bien entrados los ochenta. Cuando por fin no quedaba el menor atisbo de organizaciones sindicales y políticas capaces no ya de amenazar, sino siquiera de trabar el sistema (el movimiento por los derechos humanos y las ONGs son otra cosa), se permitió el derecho al voto. Feliz, el capitalismo mundial proclamó que el sistema democrático se imponía en casi todo el mundo. Y era cierto, sólo que las sociedades latinoamericanas se encontraban en el estado de un enfermo grave que ha sido sometido a dosis masivas de antibióticos y radiaciones: boqueaban. Todos sus anticuerpos, sindicatos, organizaciones sociales y partidos políticos –con excepción del movimiento por los derechos humanos– estaban diezmados de sus mejores cuadros y en general en manos de crápulas y mafiosos. En el mejor de los casos, de dirigentes muy por debajo de la situación. Las clases medias respiraron, pero mientras recuperaban energías y se aireaban al sol, los nuevos gobernantes vendían a precio de saldo las riquezas nacionales y endeudaban desaprensivamente a sus países. Los años ochenta fueron los de la recuperación democrática en todo el subcontinente, pero también –no hay que olvidarlo– “la década perdida” en materia económica. Es sobre ese organismo apenas sobreviviente que se aplicó la medicina neoliberal en los noventa. El resultado fue no sólo la pérdida de riquezas y el endeudamiento, sino el debilitamiento y disminución de las clases medias y obrera –los motores tradicionales del progresismo, en la medida en que su situación misma las impulsa al progreso social o, al menos, a la preservación de las ventajas adquiridas– y el fenómeno concomitante de la marginalidad masiva. El grave deterioro en materia educativa y sanitaria y la fuerte desnacionalización y frivolización cultural completan el panorama.

Año 2003, septiembre: 30º aniversario del golpe de Estado en Chile y del suicidio de Salvador Allende. A comienzos de esta década, que es también principio de un siglo y de un milenio, el que da signos de agotamiento es el capitalismo, al menos en su modalidad neoliberal4. La recesión es mundial, la amenaza de depresión y deflación, constante; el desempleo, crónico5; el deterioro de la democracia, sistemático. Ante las reacciones políticas, sociales e incluso culturales que esto provoca, el capitalismo viola sus propias reglas económicas y políticas y amenaza con instaurar un reino universal de terror y tiranía. Algunos símbolos, entre tantos: la invasión a Irak al margen de Naciones Unidas; los centenares de detenidos desde hace meses en el limbo jurídico de Guantánamo, por no hablar de la Patriotic Act, que anula derechos civiles esenciales de los ciudadanos de Estados Unidos.

Es en este marco que las sociedades latinoamericanas han comenzado a reaccionar. Tres décadas han pasado desde aquel pico de terror que fue el golpe de Estado en Chile; dos desde la “década perdida”; y ahora apenas se sale del neoliberalismo rampante de los noventa. En todos estos años, un sordo rumor ha tomado cuerpo, una ola de fondo ha salido a la superficie: la conciencia de lo que se ha perdido, el deseo de cambio, expresados en puebladas como la argentina de diciembre de 2001 y otras en todo el subcontinente y materializadas en la elección de presidentes como Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inácio Lula Da Silva en Brasil y Néstor Kirchner en Argentina. La consigna, el objetivo, ya no es el socialismo, sino la soberanía nacional, la recuperación de bienes y conquistas sociales confiscados, la preservación de las manifestaciones culturales, la protección y el desarrollo de los mercados internos y su fusión con mercados vecinos complementarios.

¿Capitalismo tardío? ¿Nueva ilusión reformista? Las discusiones sobre esto pueden prolongarse al infinito, pero allí está la Historia para aprender de ella. Si la izquierda no pudo imponer su revolución por ninguna vía cuando las “condiciones subjetivas” (es decir, la conciencia social) parecían favorables, ahora se da la paradoja de que aparentemente lo son las “objetivas” (la crisis del capitalismo), pero las sociedades apenas salen de un período de respiración artificial y el mundo ha cambiado para peor. El sueño de Allende fracasó en los años setenta, pero es posible imaginar que vaya, con el tiempo, a encarnar en esta realidad más cruda y compleja. Chávez, Lula, Kirchner, sólo son, por el momento, la expresión política, en la cima de las instituciones, del fracaso del modelo neoliberal y de quienes lo ejecutaron por un lado; de la confusa esperanza de cambio de una masa amorfa políticamente hablando, de desencantados y/o desesperados, por otro. Eso no hace un proyecto político sólido y claro; es sólo un momento de un proceso histórico de transición. No contemplar esta complejidad; no tener en cuenta la necesidad de que el tejido social de base recupere su fortaleza y coherencia; no acompañar –de manera crítica y vigilante, pero activa– el desarrollo del proceso, comporta ignorar las enseñanzas de la Historia.

  1. Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX, Grijalbo-Mondadori, Barcelona, 1995.
  2. La tesis del “compromiso histórico” fue lanzada por Berlinguer en octubre de 1973, apenas un mes después del derrocamiento de Allende y fuertemente influida por ese trauma. Los sucesos de Chile no hicieron más que reforzar una línea inaugurada ya por el PCI en 1956 (“la vía italiana al socialismo”), prolongada en 1969 en el XII Congreso de Bolonia por Luigi Longo: “la sociedad debe ser pluralista, no centralista y no burocrática” y “el socialismo en Italia será algo muy diferente de las experiencias conocidas hasta el presente”.
  3. Este dirigente se aprestaba a sellar el “compromiso histórico” con el PCI cuando fue secuestrado, el 16 de marzo de 1978, y posteriormente asesinado. Este crimen fue atribuído a las Brigadas Rojas (BR), un grupo terrorista de extrema izquierda. Pero en 1990 un juez italiano descubrió que bajo el paraguas de la OTAN se parapetaba una organización de sabotaje internacional cuyo objetivo era impedir la llegada de los comunistas al gobierno –la red “Gladio”– en la que estuvieron implicados, por acción u omisión, todos los jefes de Estado Mayor militar de los países miembros de la OTAN desde los años cincuenta . “Gladio” era financiada por la CIA estadounidense, dependía del Estado Mayor de la OTAN y operaba en todos los países. En Italia, donde estalló el escándalo, estuvieron implicados el presidente Francesco Cossiga y el primer ministro Giulio Andreotti; el gobierno belga admitió que la red actuaba y que en ese momento un general de esa nacionalidad estaba al mando. El presidente francés François Mitterrand se apresuró a indicar que “la disolvió”. La OTAN, por su parte, advirtió que no acostumbra a “comentar secretos militares”. Existen indicios de que “Gladio” teleguió a las BR hacia el asesinato de Moro. Ver Carlos Gabetta, “Mondo cane”, Interviú, Madrid, 3-12-1990.
  4. Joaquín Estefanía, “Van a matar el capitalismo”, El País, Madrid, 22-8-03. Título inspirado en un libro de Claude Bebear, ex presidente de Axa (una gran compañía mundial de seguros), Ils vont tuer le capitalisme, en el que se denuncian como suicidas las prácticas neoliberales. Los análisis y denuncias en este sentido –y no necesariamente desde la izquierda– son numerosos en el mundo.
  5. Marie-Béatrice Baudet, “Le poison lent du chômage de masse” (“El lento veneno del desempleo masivo”), Le Monde Économie, París, 1-7-03. En la Unión Europea, el promedio es ya del 7,7% y aumentará con el ingreso de los países del Este. El subtítulo en castellano de este dossier reza: “En treinta años, sigue sin encontrarse el antídoto”.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 51 - Septiembre 2003
Páginas:2,3
Temas Historia, Militares, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Justicia Internacional, Estado (Política), Movimientos Sociales
Países Chile