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Recuadros:

Atolladero estratégico para la resistencia palestina

Tanto Israel como el Hamas, cuya popularidad se consolida, rechazaron el alto el fuego propuesto por la Autoridad Palestina el 23 de agosto pasado. Con sus atentados indiscriminados, las organizaciones islamitas cargan con una pesada responsabilidad en la escalada de violencia. Pero el gobierno israelí hizo todo lo posible para sabotear la Hoja de Ruta: negativa a retirarse de Cisjordania, construcción del muro, asesinatos selectivos de dirigentes palestinos. La estrategia palestina debe fundarse en la decisión democrática de su pueblo.

El 4 de junio de 2003, en la cumbre de Akaba y en presencia del primer ministro israelí Ariel Sharon, el primer ministro palestino Mahmud Abbas (Abu Mazen) fue ungido por el presidente George W. Bush como la “cara aceptable” del nacionalismo palestino. Esta victoria fue la culminación de una política que Mahmud Abbas y la corriente de la dirección palestina que representa preconizan desde hace por lo menos un año. Es indispensable –explican– poner fin a la Intifada armada para salvar a la Autoridad Palestina, obligar a Israel a retirarse de los territorios ocupados e involucrar nuevamente a la administración Bush en las negociaciones. Admiten de hecho que un levantamiento nacional que le costó la vida a aproximadamente tres mil palestinos ha sido derrotado, y que los términos de la rendición fueron fijados en la Hoja de Ruta aprobada por el Cuarteto el 20 de diciembre de 20021.

Esta derrota era previsible tratándose de un levantamiento sin objetivo ni estrategia, salvo una vaga conciencia nacionalista acerca de que las disposiciones de los acuerdos de Oslo, al igual que los dirigentes que los habían negociado, debían reverse y reemplazarse a cualquier precio. Pero el destino de la Intifada quedará sellado a partir de la noche del 27 de marzo de 2002, día de la aprobación en Beirut del plan árabe de paz, con el asesinato, a lo largo del mes, de 275 palestinos y de 105 israelíes, incluida una treintena de personas que celebraban la pascua judía en un hotel de Netanya. Esta última atrocidad ofreció a Ariel Sharon la ocasión de librar “la guerra contra el terrorismo” que necesitaba para aplastar a Yasser Arafat, a la Autoridad Palestina y a todo lo relacionado con los compromisos de Oslo.

Condiciones tras la derrota

Entre el 29 de marzo y el 4 de abril de 2002, en un movimiento masivo y cuidadosamente planificado, bautizado operativo Muralla de Defensa, el ejército israelí invade Cisjordania y ocupa las principales ciudades, excepto Hebrón y Jericó: mueren 250 palestinos, miles resultan heridos y 8.000 son detenidos en grandes redadas. Sharon borra todo atisbo de autonomía y reinstala la autoridad militar israelí en cada ciudad, aldea y campo de refugiados. Este retorno a la situación previa a los acuerdos de septiembre de 1993, objetivo perseguido desde hace tiempo por el jefe de la derecha, se basa en la destrucción sistemática de las instituciones de la Autoridad Palestina y en una nueva geografía de Cisjordania, dividida en ocho zonas separadas entre sí por colonias y zonas tapón controladas por el ejército.

La obstinada esperanza de los palestinos y los países árabes de que el fracaso de los acuerdos de Oslo aceleraría un rescate internacional se ve así rápidamente frustrada. Sharon ignora por completo los reclamos del presidente Bush exhortándolo a retirar sus tropas de las ciudades ocupadas, “¡y cuanto antes!”. Colin Powell demora ocho días en arribar a Jerusalén, vía Rabat, Ryad, El Cairo, Amman y Madrid. Cuando finalmente llega, no exige ni el alto el fuego ni el retiro de las tropas, sino que negocia un confuso calendario: el ejército abandonaría algunas ciudades de Cisjordania a más tardar el 21 de abril. La única concesión hecha a la sensibilidad árabe será una visita a Arafat en las ruinas de su cuartel general.

Para los palestinos (y para Israel), este encuentro sólo tiene un significado: Estados Unidos aún no ha decidido prescindir de Arafat o, más precisamente, aún no ha preparado una solución alternativa. A cambio del blanqueo por la ONU de los crímenes de guerra israelíes cometidos en el campo de refugiados de Jenin, Sharon, a regañadientes, permite al Presidente palestino salir de Ramallah, el 2 de mayo.

Sharon no tarda en cobrar los dividendos de su “moderación”, sumando una victoria diplomática a la que acaba de ganar sobre el terreno. En consulta permanente con el Primer Ministro israelí, el presidente Bush, en un discurso pronunciado el 24 de junio de 2002, alimenta su “visión” de una Palestina que viviría “junto a Israel, en paz y seguridad”, condicionando esta perspectiva a la puesta en marcha de una “dirección palestina nueva y diferente”. Bush reclama “verdaderas reformas”, precisando que éstas “necesitarán instituciones políticas y económicas totalmente renovadas, basadas en la democracia, una economía de mercado y acciones contra el terrorismo”. Una vez cumplidas estas condiciones a satisfacción de Estados Unidos e Israel, podría proclamarse un Estado palestino “provisorio”, con fronteras determinadas por Israel. Luego, un acuerdo final sobre el estatuto de Jerusalén, las colonias, los refugiados y las fronteras definitivas “podría celebrarse al cabo de tres años”. Estas condiciones conformarán los parámetros básicos de la Hoja de Ruta.

Fracaso de la reorganización

Los palestinos no tardaron mucho tiempo en medir la amplitud de su derrota, especialmente quienes habían dirigido el levantamiento en el terreno: las milicias del Tanzim, surgidas del Fatah de Arafat. Sus cuadros comprendían ahora que la estrategia de la Intifada armada –y particularmente los atentados suicidas en Israel– había resultado desastrosa para la causa palestina; había ofrecido a Sharon, por parte de su electorado y de Washington, el cheque en blanco que necesitaba para llevar a cabo sus ambiciones coloniales israelíes en Cisjordania. Tal estrategia había agotado finalmente las reservas de simpatía diplomática y popular de que gozaban los palestinos, especialmente en Europa. Además, ponía en peligro la reivindicación del Tanzim de asumir la dirección de Palestina.

Muchos de los 6.000 militantes palestinos apresados por Israel durante la reconquista de Cisjordania son cuadros medios de esta organización, la línea dura de la dirección política y militar del movimiento. Entre ellos, la captura más valiosa fue el arresto televisado del carismático secretario general del Fatah en Cisjordania, Marwan Barghuti, el 15 de abril. Decenas de dirigentes locales del Fatah fueron muertos en combate o asesinados. Quienes los reemplazan se parecen más bien a “señores de la guerra” jóvenes e inexpertos, acostumbrados a operar en bandas y más leales a su clan, distrito o comunidad que a la dirección nacional. Esto genera un movimiento indisciplinado y confuso, en el que existen abismos no sólo entre las alas militar y política, sino en el propio seno de una y otra.

Para revertir esta situación, la dirección política del Tanzim (en prisión o no) lanza un llamado al cambio en tres puntos. Primero, la OLP necesita una dirección nueva y revigorizada, llamada de “urgencia nacional”, responsable de la estrategia y de eventuales negociaciones con Israel. Luego, la Autoridad Palestina necesita un gobierno de técnicos, más sólido, reformado, que tenga como única misión brindar servicios eficaces, y que será responsable ante el pueblo. Finalmente, es necesario llegar a un acuerdo que involucre a todas las facciones palestinas (y especialmente al principal rival del Fatah, el Hamas) sobre “los medios y los territorios de la resistencia”.

Gracias a estos cambios democráticos, la organización pensaba no sólo recuperar las pérdidas causadas por la reconquista israelí, sino además acelerar el reemplazo de los dirigentes del Fatah y de la Autoridad Palestina, “quienes –explica un dirigente del Tanzim– carentes de estrategia durante los últimos dos años, han llevado a los palestinos a la crisis actual”. Como era de esperar, la dirección actual tomó medidas para hacer fracasar esta “revolución en la revolución”.

Desde hace mucho tiempo, líderes históricos del Fatah como Abbas piensan que la “militarización” de la Intifada significaba la muerte de la Autoridad y de su propio rol de dirigentes. Pero, dado el alto precio pagado por los palestinos a causa del levantamiento, ni él ni los demás pueden renunciar abiertamente a esa militarización. La escapatoria elegida será más bien un nuevo discurso “reformista” que silencia a la resistencia. Esta fórmula concuerda perfectamente con los esfuerzos diplomáticos internacionales del Cuarteto, que procura, al mismo tiempo, obtener del discurso del presidente Bush una estrategia diplomática que permita poner fin a la Intifada. Estas gestiones del Cuarteto y de Mahmud Abbas convergerán, dando origen a la Hoja de Ruta y a su idea de una reforma impuesta desde arriba, en lugar de la transformación democrática preconizada por el Tanzim.

“Reforma” significará desde entonces reorganización de los servicios de seguridad destruidos casi por entero y de las entidades financieras según las exigencias de la CIA y del FMI. Abbas no propone una estrategia coherente de resistencia, sino un alto el fuego unilateral producto de un acuerdo entre todas las facciones, retomando las fuerzas policiales palestinas el control de los territorios reconquistados luego de una retirada israelí planificada zona por zona. Con el apoyo del comité central del Fatah, Abbas asume también el compromiso de poner fin al “fenómeno de las milicias”, señalando que sólo corresponde a las fuerzas de la Autoridad “defender al pueblo palestino”.

Consciente de la decepción masiva del pueblo respecto de estas fuerzas, especialmente debido al gran número de oficiales que huyeron durante el operativo Muralla de Defensa, Abbas promete “una reforma radical total”, pero se limita a proponer la celebración de nuevas elecciones y la designación de un nuevo Primer Ministro con el fin de despojar a Arafat de algunos de sus poderes ejecutivos. Al hacerlo, da la impresión de cumplir con la condición, fijada por Bush y Sharon, de una “dirección palestina diferente” como requisito previo a todo nuevo proceso político.

Para muchos miembros del Tanzim, estas pautas desvirtúan sus exigencias democráticas y preparan un “cambio de régimen”, dictado por Estados Unidos e Israel, y aceptado por una dirección claudicante que ve en él la única manera de preservar su legitimidad regional e internacional. El Tanzim sabe también que, teniendo en cuenta la obsesión israelo-estadounidense de terminar con Yasser Arafat, sus llamados a la reforma no tienen ninguna posibilidad de ser escuchados por la población palestina.

El 19 de septiembre de 2002, el ejército israelí sitia nuevamente el cuartel general de Arafat en Ramallah, luego de dos atentados suicidas en Israel que causaron siete muertos civiles. Temiendo que esta acción signifique el exilio forzado de Arafat o algo peor, los palestinos de Cisjordania y de Gaza se unen en la defensa del viejo líder. Arafat ve en estas manifestaciones espontáneas un “referéndum” a favor de su permanencia, y presiona al Consejo legislativo para aplazar la designación de un Primer Ministro “hasta la creación de un Estado palestino”. Hábilmente, presenta todas las exigencias de control democrático de su dirección como complots de inspiración israelo-estadounidense tendientes a apartarlo y moviliza a los militantes del Fatah para que difundan esta versión entre aquellos que tuvieran veleidades de reforma.

El Presidente palestino logra eliminar de raíz los intentos de reforma provenientes del interior. Pero esta retirada deja un vacío, rápidamente ocupado por los diplomáticos del Cuarteto. En esta etapa, Estados Unidos condiciona la publicación oficial de la Hoja de Ruta no sólo a una reestructuración controlada de los servicios de seguridad y de las entidades financieras de la Autoridad Palestina, sino a la designación de un Primer Ministro cuya concepción política sea diferente a la de Arafat. Y recurre a la intimidación para obligarlo a aceptar esta reducción de sus poderes.

Por otra parte, a partir de diciembre de 2002, la cuestión ya no era saber si Estados Unidos libraría una guerra contra Irak, sino cuándo. Nadie ignoraba tampoco que muchos miembros del gobierno israelí querrían aprovechar esta guerra para deshacerse de Arafat de una vez por todas. El Cuarteto le hace saber a éste que su supervivencia depende de su aceptación de un Primer Ministro que disponga de poderes reales. Sometido a enormes presiones, el dirigente palestino debe aceptar al mismo tiempo la idea y el hombre, Abbas, único candidato admisible tanto para Washington como para el Fatah. Cuatro meses más tarde, luego de agotadoras batallas con el Presidente palestino sobre cada uno de los poderes que tendrá el nuevo Primer Ministro, el Consejo legislativo elige, el 9 de marzo de 2003, a Mahmud Abbas. George W. Bush declara ver en él “al nuevo líder de la Autoridad Palestina”.

La misión de Abbas, según los términos de la Hoja de Ruta, es tan simple como gigantesca: a cambio del “compromiso” de Estados Unidos de permitir la supervivencia del régimen palestino, la Autoridad debe “poner fin en todas partes a todo acto de violencia contra los israelíes”, inclusive en los territorios ocupados. Israel hubiera querido que esto se hiciera al precio de una guerra civil entre palestinos, pero Abbas optó por un enfoque gradual: se propone comenzar con un alto el fuego aceptado por todas las facciones palestinas, seguido del desmantelamiento y desarme de todas las milicias, de ser posible por las buenas, y si no por las malas.

Para la mayoría de los palestinos, el primer objetivo parece al alcance de la mano, teniendo en cuenta el callejón sin salida estratégico en el que se ha metido la Intifada. Pero pocos son los que creen en la factibilidad del segundo objetivo, en vista de la fuerza y la violencia de la “resistencia armada” palestina y, sobre todo, de su componente más mortífero, el movimiento islámico Hamas.

Nueva relación de fuerzas

A partir de fines de 2002, este movimiento emergió como la fuerza dominante y cada vez más independiente en los territorios ocupados, llenando el vacío dejado por la derrota del Tanzim por el ejército israelí. Las encuestas señalan que su nivel de popularidad es similar al del Fatah. Sin duda, el Hamas debe esta popularidad a la resistencia de sus combatientes frente a las invasiones israelíes, al desmoronamiento de las fuerzas policiales de la Autoridad Palestina, a la alianza militar y a veces política celebrada con el Tanzim y a la popularidad de sus operaciones suicidas en Israel.

Pero igualmente importantes son la disciplina del movimiento y sus programas sociales: el impresionante abanico de servicios de ayuda social y caridad del Hamas ofrece un contraste sorprendente con la ineficacia y la decadencia de los ministerios de la Autoridad Palestina, y con más razón bajo el impacto de la política israelí de castigo colectivo, que apuntaba precisamente al aislamiento y la destrucción de las instituciones palestinas. De ser un movimiento de oposición a la Autoridad Palestina y a su política, el Hamas se transformó en una posible “alternativa política, social, militar e ideológica para el orden palestino actual”, según Ziad Abu Amr, ministro de Cultura de la Autoridad y especialista en islamismo palestino.

La nueva relación de fuerzas estalla claramente cuando el Hamas bloquea los intentos del Tanzim de lograr una “política común” sobre la Intifada. Durante las conversaciones entre facciones palestinas en Gaza y en El Cairo en agosto de 2002 y febrero de 2003, el Fatah formuló dos demandas: un reconocimiento por todas las facciones de que la lucha nacional tiene como objetivo el establecimiento de un Estado palestino en Gaza y en Cisjordania, y de que la resistencia popular armada debe limitarse a dichos territorios; y la exigencia al Hamas de participar de un gobierno de unión nacional previo a la celebración de las nuevas elecciones. Respecto de estas demandas, el Hamas –explicaba Abdel Aziz Rantisi, uno de sus principales dirigentes– manifestó su rechazo. Reivindicaba un derecho de resistencia “sobre todas las tierras de Palestina”, incluyendo Israel. Sólo participaría de un gobierno de unión nacional sobre la base de un “apoyo a la Intifada y a la resistencia”. Y negaba su adhesión a una política común, “porque no existe ninguna política común entre el Fatah y el Hamas”.

Pero el desacuerdo fundamental recaía sobre los objetivos. Si bien el Hamas admitía que el objetivo inmediato de los palestinos era poner fin a la ocupación de los territorios ocupados en 1967, se negaba a renunciar a la reivindicación nacional y religiosa sobre todo el territorio de la antigua Palestina mandataria, incluyendo la parte que hoy ocupa Israel. “La Intifada pretende obligar a Israel a retirarse de los territorios ocupados en 1967, pero eso no pondrá fin al conflicto árabe-israelí”, precisa Rantisi.

La máxima concesión que aceptan los islamitas es un alto el fuego temporal y condicional a cambio de “garantías” de que Israel se retire de los territorios palestinos reconquistados en 2002, libere a los prisioneros sin discriminación entre facciones y ponga fin a la campaña de asesinatos dirigida a sus cuadros políticos y militares. Luego de meses de negociaciones, estas condiciones darán lugar a la tregua de tres meses anunciada el 29 de junio de 2003, a la que se comprometen el Hamas, la Jihad islámica y el Fatah. Pero la tregua será breve: las organizaciones islamitas le pondrán fin el 21 de agosto con un atentado en Jerusalén contra un autobús que transportaba a judíos ultra-ortodoxos.

Cacofonía política

Antes de que se desatara la segunda Intifada, a fines de septiembre de 2000, el movimiento nacional palestino tascaba el freno bajo un liderazgo inadecuado, pero único. Ahora, soporta tres liderazgos diferentes.

El primero es el antiguo régimen, oculto tras la Autoridad Palestina. Se divide en dos grupos: los que, como Abbas, aceptan sin chistar el programa estadounidense, considerándolo el único medio que permite un rescate de la causa palestina por la comunidad internacional; y los que temen que la marginación de Arafat por Israel y Estados Unidos anuncie su propia disolución y la erosión de los “cimientos” del nacionalismo palestino (autodeterminación, retirada israelí y derecho al retorno). Pero todos están de acuerdo en resignarse a la Hoja de Ruta y renunciar al terrorismo como condición sine qua non de un retorno al camino propuesto por la Casa Blanca.

El segundo representa a la creciente generación de dirigentes hoy debilitados, encarnada por el Tanzim. Su política nacional –y especialmente el hecho de que, para ellos, el objetivo de la lucha es el establecimiento de un Estado palestino sobre los territorios ocupados en 1967– es apoyada por la mayoría de los palestinos de Cisjordania y de Gaza. Pero las inmensas pérdidas sufridas durante la reconquista israelí obligaron al Tanzim a cuestionar la conveniencia de la Intifada armada como estrategia de liberación. El punto de vista predominante entre ellos es un apoyo táctico al alto el fuego, a la Hoja de Ruta y a Abbas como primer ministro, con el fin de liberar a sus dirigentes y organizar la celebración de elecciones, en las que “la joven guardia del Fatah intentará excluir a la vieja y tomar las riendas”, según la predicción del politólogo Khalili Shikaki.

El tercero es la “resistencia” armada, llevada a cabo por el ala radical del Hamas y por disidentes del Fatah como la Brigada de los Mártires de Al-Aqsa y los Comités de la Resistencia Popular. Impulsados por una ideología islamita más poderosa, unidos cada vez más estrechamente a las fuerzas nacionalistas a través del mundo árabe y musulmán, pretenden implícitamente construir un nuevo movimiento nacional sobre las ruinas del antiguo. La estrategia encarada es la de “simple resistencia”, que fue tan provechosa para el Hezbollah en el sur del Líbano. En la medida en que estos movimientos se fijen un objetivo a mediano plazo, no será la paz, sino la retirada forzosa de Israel, o bien una “separación unilateral” de casi todos los territorios ocupados.

Esta cacofonía política, ideológica y organizativa es el fruto amargo de un levantamiento respecto del cual muchos, en el Tanzim, creían que no sólo aceleraría el fin de la ocupación corrigiendo los puntos más desastrosos de los acuerdos de Oslo, sino que actuaría como catalizador de una democratización del régimen palestino, abriéndoles el camino al poder. Tres años más tarde, ninguno de estos objetivos se alcanzó, de modo que la dirección de la Autoridad Palestina permanece en manos de figuras desacreditadas como Abbas y Arafat; la resistencia, en manos del Hamas y de todos aquellos que adhieren a sus soluciones militares. Resulta de esto un movimiento dividido en dos, e incluso tres estrategias que se excluyen mutuamente, una realidad que se limitan a esconder a través del alto el fuego y otros acuerdos provisorios, en lugar de enfrentar el problema.

Para muchos observadores palestinos, la única esperanza para el pueblo de salir de este atolladero es asumir la búsqueda de una estrategia común de liberación para el período post-acuerdos de Oslo que comprometería a todos, tal como intentaron hacerlo las facciones en Gaza y El Cairo. Una estrategia semejante deberá obligatoriamente fundarse en la decisión democrática del pueblo palestino, por medio de elecciones locales, legislativas y presidenciales. Las elecciones nacionales constituyen sin duda el único terreno donde las diferentes corrientes del movimiento nacional pueden unirse y donde puede decidirse legítimamente la futura orientación de la lucha nacional.

Desde la prisión en Israel, Marwan Barghuti declaró que las elecciones son “el medio legal y democrático” para forzar la partida de “muchos funcionarios y dirigentes de la Autoridad Palestina” que no han cumplido “con sus roles y sus responsabilidades en este momento decisivo de la batalla”. Líderes del Hamas (incluso Rantisi) afirmaron que su movimiento respetaría “la decisión de la mayoría de los palestinos, si las elecciones son libres y no están sujetas a las restricciones de Oslo”, y que aceptarían además la prohibición de los atentados en Israel. Esto último se debe a que, hoy por hoy, es inconcebible que los palestinos acepten por votación prohibir acciones armadas contra los soldados y colonos en los territorios ocupados.

Pero la celebración de este escrutinio deberá lograrse en reñida lucha contra la voluntad israelo-estadounidense de impedir toda elección que pueda prorrogar el mandato presidencial de Arafat y conferir al Hamas un papel importante en el futuro gobierno palestino y su administración. Sin embargo, según numerosos observadores palestinos, a falta de reformas sustanciales de este tipo, la Intifada se meterá aun más en el atolladero en el que ya se encuentra: la Intifada, más que una lucha nacional contra la ocupación, es una guerra de desgaste entre facciones por la dirección del movimiento, una guerra sin control y, a fin de cuentas, suicida.

  1. Nadine Picaudou, “De una intifada a otra”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2001.

Cronología

2000

11-24 de julio: Tras dos semanas de negociaciones, fracasa la cumbre de Camp David entre el presidente estadounidense William Clinton, el primer ministro israelí Ehud Barak y el presidente de la Autoridad Palestina Yasser Arafat.

28 de septiembre: El jefe del Likud Ariel Sharon se dirige a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén. Al día siguiente, se producen los primeros enfrentamientos, las primeras víctimas. Es el comienzo de la segunda Intifada.

2001

-21-27 de enero: Concluyen las negociaciones palestino-israelíes de Taba en Egipto, sin acuerdo global.

-6 de febrero: Ariel Sharon es elegido primer ministro de Israel con el 62,5% de los votos. Su gobierno de unión nacional es consagrado por el Knesset (Parlamento israelí) el 7 de marzo.

-21 de mayo: La comisión Mitchell propone la suspensión de la ampliación de las colonias judías en Cisjordania y en la Franja de Gaza, así como el encarcelamiento de los terroristas palestinos, intentando poner fin a ocho meses de violencia.

-9 de agosto: La Jihad islámica reivindica el atentado suicida en Jerusalén oeste, el más mortífero desde el comienzo de la Intifada (17 muertos y 90 heridos).

2002

-8 de marzo: La jornada más sangrienta desde el comienzo de la Intifada, con 46 muertos (40 palestinos y 6 israelíes).

-29 de marzo: Luego de un mes de atentados criminales contra la población civil israelí, y dos días después de un ataque particularmente sangriento en Netanya, el ejército israelí lanza el operativo Muralla de Defensa. Esta ofensiva –la mayor desde la guerra de junio de 1967– le permite reocupar las ciudades autónomas de Cisjordania.

-2 de mayo: Arafat sale de su cuartel general de Ramallah luego de más de un mes de sitio israelí.

-16 de junio: Israel lanza la construcción de un muro entre Israel y Cisjordania.

-24 de junio: Durante un discurso en la Casa Blanca, Bush condiciona la creación de un Estado palestino a la implementación de una “nueva dirección palestina” que lleve a cabo “verdaderas reformas”.

-20 de diciembre: El Cuarteto (Estados Unidos, Rusia, Unión Europea y ONU) aprueba en Washington la Hoja de Ruta, nuevo plan de paz internacional para Medio Oriente.

2003

-9 de marzo: El Consejo legislativo palestino elige primer ministro a Mahmud Abbas (Abu Mazen).

-30 de abril: Se entrega oficialmente la Hoja de Ruta a israelíes y palestinos.

-4 de junio: Una cumbre tripartita sobre la implementación de la Hoja de Ruta reúne al presidente Bush, a Ariel Sharon y a Mahmud Abbas en Akaba (Jordania).

-21 de agosto: Un sangriento atentado en Jerusalén pone fin a la tregua de tres meses aceptada por las organizaciones islamitas del Hamas y de la Jihad islámica el 29 de junio.

Al 4 de agosto de 2003, el saldo de la segunda Intifada y de su represión ascendía, según Le Monde, a 3.388 muertos: de ellos 2553 palestinos y 774 israelíes.


Autor/es Graham Usher
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 51 - Septiembre 2003
Páginas:17,18,19
Traducción Gustavo Recalde
Temas Conflictos Armados, Militares
Países Israel, Palestina