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De la ciudad oligárquica a la ciudad menemista

La pasión política que suscita la elección del Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires (el tercer presupuesto del país, luego del nacional y el de la provincia de Buenos Aires), ha opacado casi totalmente el debate sobre las necesidades concretas de sus habitantes y, menos evidentemente, algo más: ¿en qué se ha transformado la ciudad? A lo largo de los años, la indiferencia oficial y –todo hay que decirlo– la de sus ciudadanos han determinado una pérdida de personalidad quizá irremediable, visible en sus calles, comercios y bares.

En 1902, Lola Mora daba los últimos retoques a la fuente de las Nereidas. Aunque originalmente se había planeado instalar ese magnífico homenaje a la mujer en Plaza de Mayo, centro de la vida de la ciudad, cuando la obra estuvo concluida resultó demasiado escandalosa para lo que la Buenos Aires oligárquica podía tolerar. Tras diversas vicisitudes fue ubicada frente al río, en la costanera sur, lejos de la vista cotidiana. Las objeciones que condujeron al cambio del emplazamiento original enseñan aquello que la Buenos Aires oligárquica encontraba inaceptable por impúdico, pero muestran también algo más: una conciencia atenta a la demarcación del paisaje urbano. Si las Nereidas no podía situarse en el centro de la ciudad, podía instalarse sin embargo en un espacio periférico. Cuando la escultura fue finalmente emplazada allí donde se la puede apreciar todavía, el panorama de costanera sur se renovaba por albergar ese elemento nuevo, con todo el poder de su belleza y la fuerza de sus significados. Pero lo hacía también por negación: se trataba de la obra rechazada para la plaza mayor de la ciudad. Configurando su paisaje a través de la diferencia, Buenos Aires adquiría fisonomía propia en la diversidad de sus espacios y encontraba su identidad urbana en el juego de oposiciones entre unos y otros.

A fines del siglo XIX los habitantes más ricos de la ciudad abandonaron sus casonas ubicadas al sur de Plaza de Mayo para concretar una mudanza colectiva hacia el norte, en parte debido a razones sanitarias (el intento de escapar de las epidemias que asolaban la ciudad) y en parte a la deliberada intención de construir un espacio propio que explicitara su superioridad social. Este fue el primer paso de la demarcación de un muro imaginario entre el sur popular y el norte aristocrático. El contraste socioeconómico preciso se reflejaba con nitidez en el paisaje urbano: mientras el sur obrero llevaba al parlamento al primer diputado socialista de América1, el norte se pretendía aristocrático y se esforzaba, con éxito singular, por asemejarse a París.

La París de Sudamérica

Aunque el panorama ya no es el mismo, todavía puede observarse en la ciudad este juego de diferencias. El barrio de Barracas, por ejemplo, exhibe casi en una misma manzana a la Estación Solá y a la llamada Colonia Solá. La Estación, en el pasado núcleo articulador del tendido nacional de más de treinta mil kilómetros de vías férreas, está hoy infrautilizada como destino del producto de una fábrica de cemento de la provincia de Buenos Aires cuya propietaria es también dueña de una de las más grandes fortunas del país: Amalia Fortabat. La Colonia, un edificio construido en 1890 como residencia para obreros ferroviarios por la empresa británica que explotó los ferrocarriles hasta su estatización más de medio siglo después, permitía a algunos trabajadores –como otros complejos similares– escapar del hacinamiento de los conventillos. Hoy aguarda la concreción de las obras prometidas por el Gobierno de la Ciudad para restaurar su castigada estructura y hacer algo más digna la vida de sus habitantes actuales.

Un paseo por la Plaza San Martín, frente a la Estación Retiro, convierte al contraste en sensación. El Círculo Militar, antaño hogar de la familia Paz, casi triplica en tamaño a la residencia de los obreros ferroviarios de Barracas, por no mencionar su señorial fachada y la enorme puerta para carruajes de hierro negro y detalles en dorado. Frente al palacio, casi como un jardín privado consagrado al ocio, el cuidadoso diseño de la Plaza San Martín vuelve evidente que no es ese el lugar para una playa de maniobras ferroviaria: aunque ésta existe en la Estación Retiro, se encuentra cuidadosamente oculta detrás de un muro.

La correspondencia entre la configuración socioeconómica del espacio y el paisaje urbano puede aún observarse con facilidad. Sin embargo, de un extremo a otro del siglo XX, la ciudad ha perdido ese juego de oposiciones que hacía de cada espacio un paisaje único, ofreciendo una serie de identidades barriales definidas por el conjunto de semejanzas internas a cada sector y por las diferencias una vez traspasadas las fronteras del barrio. Si la ciudad oligárquica de principios de siglo y la Buenos Aires que le siguió se habían esmerado, como en el caso de las Nereidas, por diferenciar sus espacios, la ciudad de fin de siglo lima aquel juego de diferencias a través de una homogeneización creciente del espacio.

Paisajes uniformes

A lo largo del tiempo, los bares y cafés de Buenos Aires encontraron un patrón común que, a pesar de las peculiaridades de cada uno, permitía reconocerlos como característicos de la ciudad. Esa especificidad que identifica un estilo propio en los bares y cafés de algunas ciudades, tal como sucede aún en Montevideo o en Londres, desaparece en los ’90, en la ciudad menemista. Los cafés tradicionales han sido suplantados por los llamados pizza-café, demasiado iguales entre sí, más allá de la esquina, de la calle, del barrio en que estén situados. Helechos y luces dicroicas, rasgos ineludibles del bar típico de la década del ’90, hacen difícil para el visitante ocasional reconocer una esquina por las características propias del café allí ubicado, idéntico al de la esquina de dos cuadras más allá. La negación invade los bares que sobreviven de la Buenos Aires que fue y ya no es; los antiguos parroquianos conviven con turistas y curiosos que se acercan al café sobreviviente de otro tiempo a observar una Buenos Aires que ya no existe. Museos activos de un pasado en el que la ciudad se definía por sí misma, los viejos bares y cafés que sobreviven en la ciudad menemista dejan de articularse como elementos de un paisaje urbano que –del Buenos Aires de Gardel al de Borges– había conformado la identidad urbana. Encuentran, ahora, su propia definición como negación fragmentaria de la desaparición del carácter de la ciudad.

El mercado tradicional devenido centro comercial reemplaza progresivamente a almacenes, panaderías y zapaterías. El shopping, repetición monótona de un espacio idéntico a sí mismo, desdibuja la identidad del paisaje particular del barrio a través de un espacio homogéneo para el consumo. El quehacer cotidiano de los sectores populares, que por décadas había encontrado su postal clásica en las calles del Abasto y del Spinetto, desaparece en el así llamado no-lugar, panacea del consumo esquizofrénico en la ciudad menemista. En la ex casa de remates Bullrich, símbolo de la Buenos Aires oligárquica, también convertida en shopping, la organización espacial resulta idéntica a la que se encuentra al visitar lo que habían sido los mercados populares de la ciudad. Igual iluminación, igual disposición del espacio, iguales pasillos, iguales escaleras; la diferencia como paisaje urbano desaparece o es apenas rastreable.

Desaparecen tanto el cine de barrio, sencillo y rústico, como las salas ricas y engalanadas de la Avenida Santa Fe, mientras la moderna multisala se extiende por todos los barrios con una similitud que asusta. Lo mismo ocurre con los tradicionales cines de la calle Lavalle, salas del centro, pero cuya concurrencia procedía de los barrios. En la ciudad uniformizada no hay sitio para cinco o seis de ellas en unas pocas cuadras y aquellas que no se han convertido en multicines fueron transformadas en locales comerciales de segunda categoría.

Mientras la homogeneización del espacio guiada por el consumo elimina las diferencias, Buenos Aires pierde la diversidad del espacio que había construido en el tiempo el sí mismo de la ciudad. En el Abasto de Gardel, en el Palermo de Borges, en La Boca de Quinquela, en el Boedo de Manzi, existen bares idénticos, cines idénticos, shoppings idénticos, que desdibujan en la semejanza monótona el carácter único, distintivo, que el artista había sabido retratar ejemplarmente para su barrio.

Consumo y miseria

Aunque el deterioro viene de lejos, la política económica, social y cultural implementada durante la década menemista guió como nunca antes la transformación de la ciudad a través de la creación y reconfiguración de espacios para el consumo masivo. La crisis del “modelo”, que se vislumbraba tiempo antes de su colapso completo a fines de 2001, se observa también en el paisaje urbano. Muchos de los elementos característicos que aparecieron en la ciudad durante el auge del menemismo se fueron extinguiendo, en algunos casos lentamente y en otros con velocidad inédita. De la misma manera, el agotamiento y la crisis de la ciudad menemista arrojó sobre la ciudad características nuevas.

Las grandes casas de importación en las que era posible adquirir whisky escocés, chocolate suizo y perfume francés a precios similares a los europeos, desaparecieron tan velozmente como habían llegado. Las que quedan son de una pobreza franciscana, al menos en materia de import. En el otro extremo del arco de la expansión del consumo, la mayoría de los cientos de negocios en los que era posible comprar toda una variedad de productos importados de Asia “por dos pesos” se ha esfumado. Aquellos que sobreviven fueron rebautizados de un modo más acorde a los tiempos; el novedoso “todo por cinco (o más) pesos” indica, en el valor mismo, el fin de la era del consumo desenfrenado que se impuso sobre Buenos Aires por más de una década y remodeló la imagen de la ciudad.

Después del auge y antes de la crisis, la ciudad, como el resto del país, se vio afectada por el agotamiento creciente del “modelo”. Toda una serie de elementos aparecieron en Buenos Aires con la agonía del menemismo para desvanecerse, al menos en buena medida, con su crisis final y total. El barrio de Once vio esfumarse al menos un tercio de sus comercios y su vida frenética ha dado paso a un tránsito casi apacible. Así, ante el agotamiento de los circuitos de consumo, aparecieron formas nuevas para el intercambio.

El hoy olvidado “club del trueque” tuvo su auge en esta época de agonía. El mantenimiento asfixiante del tipo de cambio que caracterizó al menemismo, y su continuidad cuando Menem ya se había alejado del poder, condujo irónicamente a la paralización de ese consumo sin límite que había sido el rasgo más notorio de la vida y del paisaje de la ciudad a lo largo de una década. Fue entonces cuando proliferó el trueque. La inmensa expansión de esta forma de intercambio, que condujo a sociólogos locales y extranjeros con buenas intenciones a hablar de “nuevas formas de sociabilidad” o de “formas alternativas de intercambio por fuera de los circuitos del mercado” ofrece la pauta de la crisis de un patrón de consumo que marcó a la ciudad. El desvanecimiento del trueque es un fenómeno que excede los límites de Buenos Aires, pero evidencia también la crisis de la ciudad menemista. Hoy nadie habla del trueque y pocos lo practican.

Sin embargo, pese a que el agotamiento de la ciudad menemista resulta evidente en estas y otras manifestaciones concretas, el impacto fue demasiado importante como para que sus señales desapareciesen junto con el menemismo. Resulta difícil imaginar la ciudad futura sin algunas de las características de su estética, de sus formas, de sus configuraciones espaciales. La uniformización de los espacios de consumo persiste con fuerza y aparece como un claro ejemplo de continuidad. Algunos aspectos estéticos que caracterizaban a ese fenómeno en la década del ’90 han perdido para muchos su atractivo y han sido eliminados. Sin embargo, el cambio no ha producido un retorno a la vieja individualidad, sino una renovación cosmética idéntica en cada café, shopping o multicine.

Uno de los procesos más notables al fin de la década menemista es la acentuación de las diferencias entre ricos y pobres, al punto que la desigualdad en el ingreso superó su marca histórica a comienzos de 20032. La pobreza extrema y la marginalidad aparecieron en la ciudad como nadie recuerda haberlas observado con anterioridad, y tras el menemismo, permanecen. La omnipresencia de esta realidad de tragedia ha terminado por naturalizarla para la mayoría de los habitantes de la ciudad: la limosna se ha automatizado tanto como la negativa a entregarla o la mirada que no repara en quien la pide.

La miseria y la marginación que llevan a miles a recorrer las calles de la ciudad para revisar la basura e intentar rescatar de ella cartón y papel provocó pronto reacciones estatales: el Gobierno de la Ciudad pretendió convertir a los cartoneros en un ejército más o menos oficial de recicladores. Pero también produjo la sorpresa de muchos porteños, que observaban cómo Buenos Aires, que siempre quiso ser la más europea de las ciudades latinoamericanas, se asemejaba cada vez más a estas últimas en la polarización social y la ubicuidad de la pobreza. En el último tiempo, el marginal y el harapiento han dejado de llamar la atención. La acuñación del eufemismo “trabajadores de la basura” habla por sí misma de este proceso de normalización de la miseria.

El aumento vertiginoso de la desigualdad social se observa con facilidad en la proliferación de la seguridad privada en los barrios más ricos de la ciudad. Es igualmente inevitable notar su contrapartida, la evolución del fenómeno de los asentamientos marginales generalmente ubicados en terrenos fiscales. Sólo en Buenos Aires, en 1983 vivían en diversas “villas de emergencia” algo más de doce mil personas. A fines de 2001 la cifra casi se había decuplicado3. Hoy ya no se conoce a estos lugares como “villas de emergencia”, sino como “villas miseria” o sencillamente “villas”. Otro signo de que la pobreza extrema se ha vuelto parte del paisaje y de que la movilidad social ascendente, que antes era la marca del país y en particular de Buenos Aires, ha devenido fundamentalmente un descenso hacia la marginalidad.

Con la crisis del menemismo llegó a su fin la ilusión de una década. Al comenzar el siglo XX la ciudad oligárquica convertía a Buenos Aires en la París de Sudamérica valiéndose de la imitación de las formas urbanísticas más importantes de la capital francesa y de otras ciudades europeas. Al terminar el siglo, Buenos Aires se presentaba a sí misma, otra vez, perteneciendo al primer mundo. Pero la pertenencia se articulaba ahora, antes que a través de la semejanza del paisaje urbano, a través de la capacidad y de los hábitos de consumo. Durante unos pocos años, la ilusión se sostendría en la sobrevaluación del tipo de cambio, que lentamente conduciría a Argentina a una crisis de proporciones catastróficas. Durante esos años, el paisaje urbano se modificaría notablemente: los espacios de consumo se volvían uniformes, se desdibujaba la identidad de la ciudad. Como contracara de ese proceso, con el agotamiento de la ciudad menemista una realidad cotidiana de pobreza y marginación aparecía con fuerza. Con su crisis, se convirtió en algo tan habitual que ya no llama la atención. Éste es el significado profundo de la “latinoamericanización” de Buenos Aires.

Como hace un siglo, la ciudad busca su identidad y la construye cotidianamente. Como hace un siglo, el carácter de la Buenos Aires del futuro resultará del cruce entre aquellos elementos que puedan ser apreciados con facilidad, aquellos otros que se pretenda ocultar y disfrazar y también aquellos que, por cotidianos, parezcan invisibles.

  1. En 1904, el distrito de La Boca eligió a Alfredo Palacios, entonces de 24 años, como su representante.
  2. El diez por ciento más rico de la población de la ciudad gana hoy 195 veces más que el diez por ciento más pobre; en 2001 la disparidad en el ingreso de los más pobres y los más ricos era de 175 veces. La Nación, Buenos Aires, 28-07-03.
  3. Dirección General de Estadísticas y Censos (DGEyC) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. http://www.buenosaires2010.org.ar/biblioteca/ indicadores/pobreza/pob002.asp
Autor/es Nicolás Kwiatkowski, Julián Verardi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 51 - Septiembre 2003
Páginas:36,37
Temas Historia, Sociología, Mundialización (Cultura), Neoliberalismo
Países Argentina